Ilustración de Joaquín Secall aparecida en el EP3. La momia rosa vs el Robocop de la fantástica Be Kind Rewind. Qué más puedo pedir.
Y antes de que se acaben el año se cuelan algunas buenas sorpresas. Posiciones dulces en listas de lo mejor del año (como en la de El Cultural, Bloody Disgusting, Ep3 ). Edgar Wright, ese director supervitaminado que remata un género por película nos lanza un beso desde su blog... Algo que no nos esperábamos es el reconocimiendo de la Asociación de Criticos de Austin, que nos considera mejor debut del año. Y estamos incluídos en los premios Goya de este año. La película está nominada en la categoría de mejor director novel. Ya sé, ya sé, las nominaciones a los Goya nos resultan agridulces en el mejor de los casos, aunque sólo sea por las ausencias. ¿Qué pasa con Tres días, Casual day, El pollo, el pez y el cangrejo real, Un tiro en la cabeza, El rey de la montaña? Pero no voy a negar lo agradecido que es estar presente en la lista de nominados ¡el año en el que Jess Franco se lleva un honorífico! En cualquier caso, prometo no darle muchas vueltas al asunto de aquí a febrero. Ya sabemos que los Goya son demasiado fáciles de entender, y a la vez impenetrables.
Insisto en que las alegrías de estos días sólo tienen sentido por estar zambullido en otro largometraje que, cruzo los dedos, se haría realidad antes de que acabe el 2009. Hay una sensación casi adúltera al trabajar en un proyecto sintiendo con tanta fuerza el peso del anterior. Y con mi nuevo paquete de desafíos y miedos, empiezo a percibir cuáles son los mecanismos de eso que los medios llaman “la evolución del director”.
Los directores de cine son los artistas que peor envejecen. No sólo físicamente, y esa cuestión es bastante alarmante. Su obra tiende a hacerse mansa y acomodada a medida que se hacen mayores, en un alto tanto por ciento. Están los que se escudan en unas constantes, legitimándolas como propias, sabiendo que un público fiel va a aplaudir el mismo chiste una y otra vez. O los que se vuelven atletas de los premios anuales, acercando sus fórmulas a las más fáciles de reconocer en este tipo de galas. O los que inclinan su cabeza y se adaptan a los gustos mayoritarios en el momento y el lugar. ¿Por qué hay tan pocos cineastas que se escapen de estos destinos?
Creo que la explicación es bastante sencilla: La del director de cine es de las disciplinas más expuestas y visiblemente juzgadas. A no ser que tengas una voluntad de acero, o vivas en una cabaña aislada, el número de fantasmas que te rondan, producto de las reacciones que provocas con tus decisiones, crece y crece con cada película. Cada desafío a la ortodoxia (la de la Cinemanía o la de la Cahiers, ambas igual de estrictas) es un precio a pagar. Y todo el precio que hayas pagado previamente tiende a pesar en cada nueva empresa, seas consciente o no.
Voy a intentar concretar. Hay decisiones a través de las cuales intentas alcanzar un absoluto: Este susto podrá ser aún más inesperado, este gag más gracioso. Este plano siempre podrá estar mejor compuesto, esta secuencia mejor coreografiada, esta luz más armónica. Pero también hay un segundo tipo de resoluciones, las que podríamos llamar políticas. Aquellas en las que uno se posiciona. Aquellas que miman a un espectador... a costa de perder a otro. ¿Meto sustos, o prefiero que no rebajen la exquisitez de la película? ¿Debería meter gags explosivos o me conformo con la sonrisa del otro?
Donde realmente se pone en evidencia la orientación del director es en esas decisiones donde se define la inteligencia del espectador. Un argumento sutil, intuído o evocado con delicadeza llenará de satisfaccion al espectador con capacidad para la interpretación, pero frustrará al de la butaca de al lado, que piensa que la película le está tomando el pelo o está metiendo la pata. Una sobreexplicación tranquilizará al espectador lento, o al crítico con prisas, pero irritará al que no ha pagado para que le llamen simple a la cara. Y las formas de llamar tonto o listo a un espectador no se ciñen al guión, como muchos piensan. Abarcan planificación visual, dirección de arte, interpretación, fotografía, sonido...
Un director de cine tiende a ser perseverante con el primer tipo de decisiones. Pero, respecto a las otras, las políticas... Digamos que con el paso del tiempo tiende a cambiar de partido. El problema es que este transfuguismo nunca se asume con sinceridad. El progresivo acercamiento a territorios más cómodos suele disfrazarse con términos como "eficacia", "competencia", "solidez" o "capacidad para llegar al público".
En esas reflexiones ando sumido. ¿Habrá sido mi primera película la más torpe y descuidada, y progresivamente iré cogiendo destreza? ¿O será éste, mi debut, mi mejor película, y las demás una lenta acomodación a las modas y gustos? ¿Que tipo de cuesta arriba o cuesta abajo me espera a partir de ahora?
Así despido el año, entre sombras, pero en sólo en las pausas. Estoy trabajando, por fin.
¡Feliz año nuevo!
Un último inciso: Gracias a todos los que comunicáis vuestro entusiasmo por el DVD. La cajita de la edición especial tiene impresos, en su caras internas, unos enigmáticos árboles. Para poder verlos sin romper la caja hay que usar una linterna o un mechero. ¿No es encantador?