El juez más implacable fue Jordi Arrese. Thomas Muster volvió a competir esta semana, y al hacerlo no solo perdió en primera ronda del torneo de Viena, organizado por su antiguo mánager, contra un tenista 20 años más joven: a sus 43 años, el ex número uno también se arriesgó a que el tiempo juzgue con más dureza su carrera, a que sus numerosos títulos y logros quizás queden ensombrecidos por ese intento de volver a ser el hombre que fue cuando el reloj ya ha decidido que eso es imposible. El austriaco, sin embargo, no fue el primero en ceder a esa tentación. Antes estuvo Bjorn Borg. Para el genio sueco, Jordi Arrese fue principio y final del camino.
El hombre de hielo se había retirado con 26 años y 11 grandes. Su lugar en la historia de su deporte estaba asegurado. Nadie había domado la tierra y la hierba con su puño de hierro. Nadie como él había dejado una marca tan indeleble. Borg, sin embargo, se casó y divorció; montó y perdió negocios; se encontró en la ruina, rodeado de rumores nunca demostrados sobre drogas y malas decisiones financieras, y decidió volver. Era 1991. Llevaba ocho años sin jugar. El club de Montecarlo pedía dinero para presenciar sus entrenamientos. Discutían los tenistas sobre las posibilidades del gran hombre (“Me da pena, mucha pena”, decía Edberg, entonces el número uno). Y así, tras entrenarse con unos jovencísimos Becker e Ivanisevic, que concluyeron que era un top 10 en forma física, pero que le faltaba fuerza, picante, en los golpes, el tenista de 34 años se presentó con sus prehistóricas raquetas de madera en la primera ronda de uno de sus torneos fetiche: Jordi Arrese, por entonces más allá del número 50, acabó con él en un suspiro (6-2 y 6-3) sobre la arena de Montecarlo. Duraron más los prolegómenos que el propio partido. Borg siguió intentándolo, pero ya lo vio todo en aquel primer encuentro: ni sus raquetas ni su cuerpo estaban ya en sintonía con aquellos tiempos. Perdió 12 partidos seguidos.
Borg, como Muster, no se quedó solo en ese intento por reverdecer viejos laureles, tan frecuente en el tenis femenino (Clijsters, Henin, Margaret Court, Hinguis) y que tan mal puede sentarle a una biografía. John McEnroe se retiró en 1992 y dos años después se llevó tal disgusto en la primera ronda del torneo de Rotterdam (2-6 y 6-7 ante Gustafsson) que ya no volvió a intentarlo. Ilie Nastase, con Borg el primer sex symbol del tenis, lo dejó con 39 años, volvió tres cursos después en el torneo de Dijon, y ya tuvo suficiente (2-6 y 6-7 ante Moir, el número 260). Del mismo modo, Stan Smith, campeón de Wimbledon y del Abierto de Estados Unidos, perdió decenas de partidos tras su primera retirada. Al final, como Borg, todos encontraron a su Arrese, al tiempo disfrazado de tenista para explicarles que hasta los dioses tienen fecha de salida.
BORG Y MCENROE, EN UNO DE LOS TIE-BREAKS MÁS EMOCIONANTES DE LA HISTORIA (Wimbledon, 1980)
ARRESE, EN LA FINAL DE LOS JUEGOS DE BARCELONA 1992