Ojo de halcón

Sobre el blog

Un ojo de halcón para mirar al tenis, compartir historias y hablar sobre un deporte que de enero a diciembre inunda la libreta de héroes, villanos, partidos y detalles.

Sobre el autor

Juan José Mateo

es master en periodismo por la Universidad Autónoma de Madrid / El País, redactor de la sección de deportes y cubre los Grand Slam.

Eskup

El dinero de Na Li

Por: | 27 de enero de 2011

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¿Por qué empezó jugando regular en su semifinal Na Li, la primera finalista china en un grande? “Porque estaba nerviosa: no dormí bien anoche, me despertaba cada hora. Mi marido roncaba mucho”. ¿Qué le llevó a superar ese mal momento y a salvar un punto de partido contra la danesa Wozniacki, la número uno? “El dinero que gano por pasar a la final”. Todo eso, además de negar que fuera el día de su quinto aniversario de boda, dijo la número 11 nada más terminar su semifinal del Abierto de Australia.

           El éxito de la china es importantísimo para el negocio. Ávido de triunfar en Asia, el tenis extiende sus redes por China desde hace años y a través de contratos comerciales, nuevos torneos de primer nivel y decenas de pequeñas citas de categoría inferior. Al mecanismo del dinero, sin embargo, aún le faltaba la tuerca fundamental para engrasar la maquinaria: un jugador o jugadora que animara al público local, movilizara a las marcas y excitara a los patrocinadores. Na Li o Li Na es esa mujer. Lleva un romántico corazón tatuado en el pecho, pero bien pudiera haberse puesto una cobra. Juega igual, lanzando andanadas de la misma forma que una serpiente catapulta su cabeza en busca de la presa.

            La china, de 28 años, contesta a las preguntas con una sinceridad brutal, mezcla de su personalidad y de un inglés peculiar que no le permite esconder con palabras sus pensamientos. Cinco preguntas para conocer parte de su vida. ¿Por qué ganó a Azarenka, una de las favoritas? “Porque soy mejor”. ¿Es su marido un buen entrenador? “Hasta ahora, sí”. ¿Él manda en la pista y usted fuera? “Ya me gustaría. Tiene todo el control”. ¿Por qué le va bien a usted? “Porque, normalmente, las mujeres no trabajan tan duro como yo”. ¿Por qué se separó del sistema deportivo estatal para trabajar por su cuenta? “Porque si estás en el equipo nacional no te tienes que preocuparte de nada. Pagan el billete de avión, reservan el hotel, te buscan un entrenador. Lo hacen todo por ti. Ahora, si tengo ganas de vaguear, si quiero descansar, con mi equipo, puedo decirlo. Antes, no podía hacer muchas cosas como un individuo, éramos un equipo”.

            Hace una semana, en Sidney, Ni La, que llegó a estudiar dos años de periodismo, ganó el torneo tras derrotar a la belga Clijsters, la gran favorita en Melbourne. Aquí, su receta. “Cuanto más pienses en una pista, más fallarás. No pienses. Concéntrate. Juega”.

Nada es imposible

Por: | 24 de enero de 2011

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Las bajitas no pueden jugar al tenis. Las bajitas no pueden sacar. Las bajitas, con revés a una mano, no tienen ninguna posibilidad en la era de las grandes pegadoras. Las bajitas, que lo dejen, que se dediquen a otra cosa, que den un paso a un lado, se sienten y admiren a la legión de mujeres del Este que invaden las pistas con su 1,80m y su tenis monotemático de golpetón y tentetieso.

            Menos mal que Schiavone no cree en estereotipos. Con sus 166 centímetros y sus 64 kilos, la italiana ha ganado Roland Garros (vídeo) y tres veces la Copa Federación; ha pisado los cuartos de final de los otros tres grandes; será la número 4 la próxima semana; y ha vencido el partido más largo de la historia del tenis femenino en los torneos del Grand Slam: 4h44m tardó en ganar a la rusa Kuznetsova, que tuvo seis puntos de partido.

            Con su revés a una mano, “un látigo”, que dicen los comentaristas, Schiavone, tenista de diminuta pero hipertrofiada armadura, es un ejemplo de inconformismo, un acicate, por ejemplo, para jugadoras como Carla Suárez. Con su personalidad expansiva, sonriente siempre, impredecible en palabras y gestos, es un regalo para el tenis femenino, tan necesitado de estrellas en tiempos tan grises como los que vive. Y con sus heroicas gestas, con esos besos a la tierra de París tras sus increíbles victorias, con esos saltos y esos puños al cielo tras ganar a Kuznetsova, la italiana es un estímulo para el espectador: es una sorpresa constante, un incentivo para ir a una pista. Su éxito ha sido tardío. A los 30 años culminó todo el trabajo físico que le permite resistir lo que otras no pueden y correr como ninguna. A los 30 años, también, ha descubierto lo que es la fe, la confianza, el creer en uno mismo. A la final de París la acompañaron una legión de familiares uniformados: Schiavo, nothing is impossible, se leía en sus camisetas. Francesca ganó Roland Garros, y desde entonces es una tenista totalmente distinta.

Raonic y el síntoma blanco

Por: | 22 de enero de 2011

Milos

Milos Raonic, un mozetón mocetón de 1,96m y 90 kilos, es la sensación del Abierto de Australia. Allí donde el mundo descubrió a Marcos Baghdatis o Jo Wilfried Tsonga, desconocidos que acapararon los focos en Melbourne, ha eclosionado el tremendo sacador canadiense. Su primera demostración de clase en un gran escenario, que debería tener punto y final en octavos ante David Ferrer, el número siete, es también un síntoma. España, junto a Francia, es el país con más y mejores tenistas del mundo. El mundo, en consecuencia, mira a España.

            José Higueras dirige con mano firme la Federación estadounidense. Felix Mantilla trabaja para la australiana. Alex Corretja se desempeña en el Reino Unido, donde pilota la carrera de Andy Murray, igual que Toni Colom dirigía antes la de Jamie Ward. Y ahora Raonic depende de Galo Blanco, ex tenista español, quien, junto a Fernando Vicente y otros dos socios, ha abierto una academia en Barcelona, ha llegado a un acuerdo con la Federación canadiense, y forma parte del G-4 que dirige a ese país en la Copa Davís.

            ¿Por qué tanto emigrante? “Porque en España”, cuenta el ex número 40, que no querría que sus palabras sonaran a acusación; “nadie confía en nosotros, con tantos ex jugadores que tienen tanto que dar. No digo que se equivoquen, a lo mejor el que se equivoca soy yo, el tiempo dará y quitará razones”, continúa. “Mucha gente, muchos ex jugadores que han sido muy buenos, se están yendo. En la Federación, mientras tanto, sigue la misma gente desde hace 24 años. No busco polémica. Son entrenadores muy buenos, a ellos les debo yo mi carrera, pero si llegaran ex tenistas más jóvenes habría una especie de revolución, más hambre y unidos a los que ya hay haríamos un gran grupo”.

            Los entrenadores españoles están de moda. Los países que les contratan no buscan copiar un estilo de juego, sino una filosofía de vida, una estrategia de trabajo. “Vendemos el transmitir nuestra experiencia”, cuenta Blanco, “¡white!”, que le grita Tommy Robredo por los pasillos. “Los entrenadores que tuvimos son nuestra suerte. Hoy, cuando todos juegan bien, cuando todo se decide por tonterías, garantizamos trabajo…que es lo que muchas veces falta”

Tomic enseña los dientes

Por: | 20 de enero de 2011

Tomic 
Es el número 199, pero habla como si fuera el número uno. Bernard Tomic, esperanza del tenis mundial, hambriento como está el circuito de adolescentes prometedores, juega el sábado por la noche contra Rafael Nadal tras eliminar a Feliciano López. Será en la central del Abierto de Australia. No le impresiona, aunque aún no le hayan salido los dientes. “Creo que puedo ganar. No creo que a él le guste mucho mi juego. No creo que le guste cómo lo mezclo”, dijo.

             Tomic, nacido en Alemania y de origen croata, es un tipo problemático. Sus enfrentamientos con la Federación australiana son constantes. El papel de su padre en su carrera, polémico. Se ha peleado públicamente con Lleyton Hewitt, que es alguien en el tenis australiano. Y con 16 años fue suspendido y multado con más de 1.500 dólares por la Federación Internacional tras abandonar un partido: su rival, supuestamente, no hacía más que cometer faltas de pie en el saque, y su padre, tras mucho más que un puñado de gritos, le ordenó que se marchara.

    Nada de eso impide que sea un tenista de verdad interesante. Ve “cosas que otros no ven”, en palabras de Brad Gilbert, un entrenador más que prestigioso. Frente a la apuesta contemporánea por la potencia, Tomic provoca el fallo de los rivales identificando sus debilidades. Mezcla el zumbido de sus pelotas monótonas y sin peso con la repentina picadura de un poderoso tiro. Juega bien. A los 18 años, y como ex número uno junior, ya tiene su propia página web. Se cree un competidor fuerte, fiero, maduro. Tiene la audacia de aquel Nadal que a principios de siglo jugaba contra Hewitt en Australia. Es, sin embargo, el número 199 del mundo. Se entiende: instalarse en la elite del tenis está muy duro.

NADAL CONTRA HEWITT EN EL ABIERTO DE AUSTRALIA

Tenistas aborígenes

Por: | 17 de enero de 2011

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Evonne Fay Goolagong aparece junto a Ken Rosewall y con toda la fanfarria de los aborígenes australianos. La preceden los lamentos lanzados al aire por el didgeridoo soplado por un compatriota. Bajo el frío de la mañana de Melbourne, que anuncia la lluvia que llegará luego durante la jornada, el hombre suelta las reverberaciones de su instrumento protegido por un taparrabos y las blancas pinturas que recorren su desnudo cuerpo. El ritual, que abre la presentación de los trofeos del Abierto de Australia, no es simple protocolo para la ex tenista, que coge el micrófono y agradece a los aborígenes, su gente, que le permitan hablar poniendo los pies sobre sus tierras.

            Australia es tierra de aluvión, crisol de gentes venidas del extranjero. Allí se encontraron los primeros colonos con los aborígenes de la tierra, que en las pistas han sido representados con orgullo por Goolagong, the sunshine supergirl, la superchica del rayo de sol. La ex jugadora venció siete títulos grandes (cuatro Abiertos de Australia, dos Wimbledons y un Roland Garros) dejando la marca de una personalidad influída por un padre pastor trashumante y una madre de la etnia Wiradjuri.

            Su vida, como su origen, ha sido del todo peculiar. Llegó al número uno en 1976, pero no se enteró hasta 31 años después, cuando en 2007 alguien se dio cuenta de que la computadora que organiza el ránking se había equivocado. Antes, consiguió ganar un grande tras haber sido madre. Es la única jugadora que ha vivido el sinsabor de llegar a cuatro finales del Abierto de Estados Unidos seguidas para perderlas todas. Y siempre, en cualquier pista, dejó señales de una personalidad única, peculiar como su juego, suave, dicen los cronistas de entonces, como la seda.

                “Mi primer sueño fue jugar al tenis, luego ganar Wimbledon y, finalmente, ayudar a los niños aborígenes a competir en este deporte a través de mi fundación”, dijo la ex tenista mientras se movía con el trofeo. A un metro, el músico aborigen observaba sus movimientos. Los dos pisaban cemento, escaleras empinadas, la impresionante escenografía moderna del Rod Laver Arena. Sus corazones, sin embargo, estaban en otra parte, dijeron. En la tierra. En casa. En Australia.

Esos locos españoles

Por: | 15 de enero de 2011

David_Ferrer

La locura está en el tiempo: mientras Brisbane cuenta sus muertos, ahogada en agua y barro, Melbourne aparece abrasada por el calor del eléctrico verano australiano. La locura está en el calendario: mientras el Abierto de Australia calienta motores, marcando el inicio oficioso de la temporada, ya hay tenistas que han disputado dos torneos cuando solo se llevan descontadas un par de semanas del año. Y la locura está en las pistas, hirviente el cemento del calor y los pelotazos: David Ferrer, el número siete del mundo, ganó el sábado 6-3 y 6-2 al argentino David Nalbandian en Auckland (Nueva Zelanda) y consiguió el primer título de la armada en 2011.

            No hace tanto, que un español jugara una final sobre cemento era una noticia de altura. No en el siglo XXI. Los tenistas españoles cerraron 2010 con títulos sobre hierba, tierra, cemento, moqueta, al aire libre y bajo techo. Batieron, también, el récord total de trofeos (20). Lo hicieron entre ocho jugadores. Esos hombres avanzaron con paso firme y sellaron una interesante temporada que quedó cegada por los brillos de Rafael Nadal, el hombre de los nueve grandes, que al conquistar tres seguidos (Roland Garros, Wimbledon, Abierto de Estados Unidos), acaparó todas las portadas.

            Ahora que nace un nuevo curso, vigente la preocupación por el relevo que no llega, los españoles llegan llenos de expectativas. Aquí, en Australia, está Nadal, a la caza de su cuarto grande seguido, el Rafa Slam, que le dicen. Aquí, en Melbourne, está Fernando Verdasco, el número nueve, que necesita un resultado que detenga su terrible caída (suma dos victorias y seis derrotas desde el Abierto de Estados Unidos). Y aquí, en el primer grande del año, aparece toda esa legión de quijotes españoles, de Nicolás Almagro a Feliciano López, pasando por David Ferrer, epítomes de aquellos hombres que tanto martirizaban al gran Pete Pistol Sampras: “¿Para qué ir a la tierra europea?”, decía el estadounidense, frustrado en la preparación de su asalto a Roland Garros. “Antes o después, me encontraré con uno de esos españoles que corren y lo devuelven todo” Eso era sobre arcilla. Eso, en el siglo XX. Ahora, en el XXI, casi nada detiene a la armada.

El País

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