Es la historia de un éxito y de un posible agravio. Hace 50 años, Manuel Santana ganó el Roland Garros de 1961. Fue el primer título del Grand Slam vencido por un español en la historia. Tuvo un mérito enorme: durante su paso por París, el madrileño venció a Rod Laver, Roy Emerson y Nicola Pietrangeli, los mejores tenistas de su época. Abrió, también, el camino a los jugadores españoles de su generación y sentó las bases de los que vendrían en el futuro. Rafael Nadal no estaría en París sin aquél triunfo de Santana.
Tamaño aniversario pasa hoy sin pena ni gloria por el mundo del tenis, inmerecidamente olvidado hasta ahora por las autoridades, a no ser que estas trabajen en secreto para darle una sorpresa. Apenas una tarta con un par de velas en la cena que ofrece todos los años el torneo de Madrid, del que Santana es director, a los enviados especiales españoles que cubren Roland Garros. Apenas la esperanza de que, en el último momento, sea Santana quien entregue el trofeo de campeón el domingo. Apenas una sonrisita del propio Manolo cuando se le pregunta sobre si espera algún homenaje, un guiño por haber despertado a un deporte que tantos trofeos y medallas olímpicas ha dado a España. Eso empezó en 1961. Luego, en 1966, llegaría el triunfo en Wimbledon. Aquello sí que fue el acabose.
De la importancia del éxito que ahora cumple 50 años dan testimonio los colegas de Santana, gentes como Andrés Gimeno, que en aquella época había dado el paso al profesionalismo y, en consecuencia, no podía disputar los títulos del Grand Slam: “Yo no creía que Manolo pudiera hacer esa gesta. Era impensable. Me alegré por lo siguiente: ‘Ahora en el resto de países pensarán que también nosotros sabemos jugar al tenis”.
Santana no solo hizo eso. Fue un pionero. Rompió barreras. Hoy, más delgado que nunca y con tanto pelo como siempre, está en París, donde se cumplen 50 años de su éxito… y nadie le celebra nada.