Ojo de halcón

Sobre el blog

Un ojo de halcón para mirar al tenis, compartir historias y hablar sobre un deporte que de enero a diciembre inunda la libreta de héroes, villanos, partidos y detalles.

Sobre el autor

Juan José Mateo

es master en periodismo por la Universidad Autónoma de Madrid / El País, redactor de la sección de deportes y cubre los Grand Slam.

Eskup

Lágrimas de campeones

Por: | 22 de junio de 2011

Este no es solo el video de unas lágrimas. Es el resumen de lo que cuesta llegar a lo más alto, de cuánto le pide al alma y al cuerpo la competición, de los límites que debe superar un deportista para buscarse un sitio en la historia. Serena Williams llora, pero no lo hace porque deba volar con unas medias especiales, porque le tengan que poner una inyección antes de subirse a un avión, o porque tema que ese enemigo silencioso e indetectable, la embolia pulmonar, le ataque de nuevo en cualquier momento. Llora porque está en su templo, en Wimbledon, y viva para contarlo.

“Lucho, disfruto de la batalla”, dice luego, ya sin lágrimas en el rostro. “Ha sido un camino arduo. Terminarlo de pie es increíble”.

La estadounidense, por supuesto, no es una excepción. Los tenistas, como muchos otros deportistas, están sometidos a tensiones extremas. La competición aprieta cada una de las clavijas de su personalidad hasta el límite. Las lágrimas están en el día a día de los torneos. Unas son de alegría, otras de pesar, amargas, fruto de las derrotas. Un día, en la final del Abierto de Australia 2009, el que lloró fue Roger Federer. Al otro, lo hizo Andy Murray, que solo encontró en las risas el antídoto contra las lágrimas: “Puedo llorar como Roger, es una pena que no pueda jugar como él”, dijo.

También, por nombrar solo a alguno de los campeones recientes, lloraron Juan Martín del Potro, tras ver rota la mejor racha de victorias de su carrera, o el español Rafael Nadal. Le pasó, por ejemplo, en el torneo de Montecarlo 2010, quizás la clave del mejor curso de su carrera: tras casi un año sin ganar un torneo, se impuso sobre la arena del Principado y debió esconder el rostro tras una toalla, emocionado.

 

El deporte es esfuerzo, superación de las dificultades, búsqueda constante por convertir los límites en horizontes. Por eso, las lágrimas están presentes hasta en las despedidas: se acaba un sufrimiento, se marchan, también, miles de alegrías y una forma de entender la vida, como reflejó el estadounidense Agassi en su último partido.

 

La escuela de McEnroe

Por: | 20 de junio de 2011

Hace 30 años, Wimbledon vivió una de las escenas más míticas de la historia del tenis: John McEnroe la emprendió a gritos con el juez de silla tras ver cómo le daba como mala una pelota que él consideraba buena.

"Enfadarte, protestar, no te lleva a nada, solo a desconcentrarte", dice Rafael Nadal, un campeón que ha hecho de la corrección y el saber estar su bandera, aunque también se le recuerdan dos protestas a los árbitros ("Con razón", argumenta). "Está claro", matiza; "que a McEnroe, evidentemente, protestar no le desconcentraba".

Un día malo lo tiene cualquiera. Serena Williams, dicen, amenazó con matar a una juez de línea. Novak Djokovic le dedicó un par de miradas asesinas a un juez de silla este mismo año. Roger Federer se enfrentó a otro ("A mi no me digas que me calle"; video) en la final del Abierto de Estados Unidos. Y Andy Murray estuvo a punto de marcharse de la pista de Montecarlo.

 

Nervios, camisetas y autógrafos falsos

Por: | 04 de junio de 2011

Cc 
El hombre no se lo esperaba. De espaldas a la puerta del vestuario, no tiene forma de saber lo que se le viene encima. Francesca Schiavone, finalista de Roland Garros, se abalanza sobre él, trepa a su espalda, se coloca a caballito y empieza a sobarle el pecho. Es su masajista, claro. Así prepara la campeona defensora el asalto a un nuevo título.

El club de jugadores es un hervidero de grupos enfrentados. A un lado, vestidos con camisetas en las que se lee Forza Francesca con los colores de Italia están los seguidores de Schiavo. Al otro, con camisetas amarillas y caracteres chinos, la familia y el equipo de trabajo de Na Li/Li Na, su rival en la final. Los italianos se muestran expansivos y alegres, protagonizando un ceremonial continuo de abrazos, besos y sonrisas aderezado por Schiavone, que se pelea en broma con una niña del grupo, que corretea, ligera y desinhibida, sin las presiones que uno imagina recorriendo el cuerpo de un tenista horas antes de jugarse un gran título. Los chinos, por su parte, nada dicen, nada hacen, ni a nadie tienen: su tenista no se deja ver en público. Su entrenador navega por internet en la sala de prensa.

A todo eso asiste el grupo de Rafael Nadal desde una  mesa en la terraza, por la que también circulan algunas de las leyendas de este deporte, como John McEnroe, que le firma un autógrafo a un niño diciéndole “yo soy Rafa”; o Martina Hingis, la campeona eternamente adolescente. El sábado es suya la divertida sonrisa, la entretenida conversación y las especulaciones sobre si habrá que apretar el acelerador en la final ante la amenaza de la lluvia. El domingo, sin embargo, será el momento de los nervios, de ocupar los espacios del club de jugadores en unión, todos juntos, ante lo que se avecina: Roger Federer y el partido decisivo de Roland Garros.

El País

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