Ojo de halcón

Sobre el blog

Un ojo de halcón para mirar al tenis, compartir historias y hablar sobre un deporte que de enero a diciembre inunda la libreta de héroes, villanos, partidos y detalles.

Sobre el autor

Juan José Mateo

es master en periodismo por la Universidad Autónoma de Madrid / El País, redactor de la sección de deportes y cubre los Grand Slam.

Eskup

El autobús de Myskina

Por: | 30 de agosto de 2011

Anastasia Myskina (Foto: Reuters)

Usando la labia, o argumentando con una entrada de las de verdad buenas, siempre hay algún aficionado que intenta colarse en el autobús oficial del Abierto de Estados Unidos. El vehículo cubre el trayecto entre el centro de Nueva York y Queens, que dura entre 45 minutos y 1h30m dependiendo del tráfico caótico de la Gran Manzana. Los seguidores saben que su insistencia tiene premio. No es el viaje gratis. Es sentarse cerca de sus ídolos.

Solo en Nueva York los tenistas comparten transporte con los periodistas, los invitados VIP y los entrenadores. Solo los cabeza de serie, Rafael Nadal o Roger Federer, además de los antiguos campeones, gozan del privilegio de un coche oficial que les lleve cómodamente hasta el club. Así, uno puede ir sentado tranquilamente al lado de Anastasia Myskina, exnúmero dos mundial, la rusa que conquistó Roland Garros en 2004 batiendo rivales al mismo ritmo que rompía corazones. El viajero se puede encontrar también con Marcel Granollers, ya clasificado para la segunda ronda, o con Marc López, doblista y compañero de entrenamientos de Rafael Nadal, igual que el brasileño Marcos Daniel le puede solicitar que libere un asiento de su mochila para ocuparlo él.

Bajo el frío del aire acondicionado, el autobús enseña otro Abierto. Jugadores reconcentrados en sus BlackBerrys o Ipods, ciegos y sordos en muchos casos al mundo exterior. Entrenadores sin trabajo en busca de clientes, los más dicharacheros. Accidentes. Si los túneles que atraviesan el Hudson East River tienen algún problema de tráfico, el caos está asegurado. A veces, lo provocan los propios autobuses. Una vez, ‘Tsunami’ Gabashvili se puso a maldecir en todas los idiomas que conoce, que son muchos. El bus se había chocado contra la pared del estrecho pasillo subterráneo, a punto de reventar una rueda y de repetir, o así lo pareció en el momento del golpe, las dramáticas escenas de la película Pánico en el túnel.

Todo eso pasa en el autobús. A todo eso intentan subirse día sí día no los aficionados más lanzados.

Los aullidos de Irene

Por: | 27 de agosto de 2011

Los aullidos de Irene están precedidos por las sirenas de los camiones de bomberos y las luces de los coches de policía. Esos sonidos son solo los prolegómenos. Es sábado, y la ciudad, como hizo el viernes por la noche, los recibe con una mezcla de ambiente festivo y temor contenido. A las puertas de los bares aparecen cócteles y combinaciones salvajes de alcohol dedicadas a Irene. Los camareros de algunas de las cadenas de comida del centro de la ciudad, aquellas situadas en la Zona C, la de menos peligro, se coordinan para trabajar al día siguiente, si la suspensión del metro no lo impide. Los estantes de varios supermercados del centro aparecen vacíos, con los cristales recorridos por cinta aislante. No hay fruta. Han desaparecido en bastantes sitios los sándwiches. Muchos productos perecederos van esfumándose de algunas de las tiendas de Manhattan al mismo ritmo que los turistas empiezan a temer las consecuencias del huracán.

Los tenistas procuran entrenarse lo antes posible y dejar el club a la carrera, mientras se preguntan si estarán abiertos los túneles que cruzan el Hudson y si será posible que el último grande del año arranque el lunes teniendo en cuenta que sus instalaciones estarán cerradas a cal y canto el domingo. Novak Djokovic, el número uno, suspende su rueda de prensa pretorneo. Rafael Nadal adelanta la suya para acabar lo antes posible. Todos los jugadores viven lejos de Queens, donde se disputa el torneo, justo en el centro de Nueva York, donde empiezan a proliferar bolsas de arena para proteger las tiendas del agua. Todos, empezando por Mardy Fish, hacen recuento de comida y bebida, por si deben atrincherarse. Todos, como Nadal, que opta por las películas, piensan en qué hacer si la situación se alarga. Ninguno, sin embargo, recuerda que todo esto ya ha pasado.

En 1960 hubo una semana entre la disputa de las semifinales del Abierto de Estados Unidos y el partido que decidió el título. La culpa la tuvo Donna, otro huracán, que mantuvo a Neale Fraser y Darlene Hard, finalmente campeones, encerrados en la habitación, igual que sus contrincantes de aquellas finales, mientras rumiaban los nervios y la angustia rodeados de viento y de lluvia. Algo parecido pasó en 1938, según el libro On this day in the tennis history, cuando otro huracán suspendió el juego durante seis jornadas. Y, además, las dos últimas finales del Abierto de Estados Unidos fueron retrasadas al lunes por los coletazos de otras grandes tormentas.

No hubo en esas ocasiones surfistas lanzándose a las playas de Rockaway mientras la Naturaleza abría sus fauces. No se creó, tampoco, la alarma de ahora, con cientos de canales y miles de páginas de internet retransmitiendo en directo el caos de la ciudad horas antes de que siquiera cayera la primera gota. Y sí pasó, sin embargo, que se detuviera el tenis, boquiabierto frente a una fuerza incontrolable, patidifuso ante lo que se le venía encima, atónito, finalmente, frente a un monstruo capaz de anestesiar a la ciudad que nunca duerme.

Esperando al próximo 'fenómeno'

Por: | 22 de agosto de 2011

Por primera vez en los últimos diez años, Andy Roddick no está entre los 20 mejores tenistas del planeta. Su ausencia, que se explica por los límites del cuerpo y el pasar de las hojas del calendario, esconde un dato preocupante. Su puesto no será ocupado por una joven promesa. No hay ningún adolescente que empuje con fuerza hacia las posiciones más altas del ránking. Aquellos tenistas de futuro que han enamorado a los aficionados más apasionados, como el búlgaro Dimitrov, de 20 años, el nuevo Federer, que le dicen; o el australiano Tomic, cuartofinalista en Wimbledon con 18 años, ni se acercan en términos de precocidad a los éxitos de sus mayores. Al cierre de 2010, ninguno de los 100 mejores tenistas tenía menos de 22 años.

Los mismos técnicos que vieron despuntar con 16 años a Rafael Nadal, que conocieron el fenómeno de Michael Chang o el de Boris Becker y tantos otros, explican que la razón principal del cambio se encuentra en el gimnasio. Nunca exigió tanto el tenis del cuerpo de los tenistas. Nunca hubo en la pista un despliegue mayor de potencia y fuerza bruta. Nunca requirió el deporte de la raqueta un saque tan terrible, una movilidad tan exagerada, una capacidad física tan grande para volcarse sobre la pelota y devolver los kilos de energía que genera el contrario después de horas y horas levantando pesas.

Es el tenis fuerza. “Hoy, lo que hace la diferencia, es la potencia de los golpes”, decían allá por 2009 y 2010 en el grupo de Fernando Verdasco, que por entonces despegaba hacia las alturas del top 10 gracias a extenuantes sesiones de pesas. Hoy, agotado el hombro de tantos saques por encima de los 200 kilómetros por hora, Roddick es un tenista en retroceso. No es descartable que un competidor con su ahínco, capaz de clasificarse ocho años seguidos para la Copa de Maestros, vuelva a dejarse ver por la planta noble del circuito. Lo haría, sin embargo, con más de 30 años, sin adolescentes que le pelearan el puesto. Para su deporte, preocupante.

El otro número uno

Por: | 18 de agosto de 2011

“Es el número uno de los suyos”. “Es el número uno de los de menos de 1,85m”. Así describe el vestuario español a uno de sus integrantes durante la eliminatoria de cuartos de final ganada por España a Estados Unidos en Austin. Esas palabras describen a un tenista irreverente, rompedor y casi inexplicable. A uno que ha decidido que la biología y la genética, esas limitaciones impuestas por la naturaleza, no deben ser freno para una carrera de lo más peculiar, que desde el lunes le verá de nuevo entre los cinco mejores del mundo. David Ferrer (1,75m, 29 años y 73 kilos) es ese hombre.

En la época de Novak Djokovic, Rafael Nadal, Roger Federer, Andy Murray, Robin Soderling, Tomas Berdych o Jo Wilfried Tsonga, todos ellos tenistas que han disputado, como mínimo, una final grande, sorprende que un chico de Alicante, con menos saque que ninguno de ellos, ocupe un lugar tan privilegiado. El número cinco del mundo…lugar por el que no se dejaba ver desde 2008.

Los valores de Ferrer son de sobra conocidos: corre que se las pela, tiene una resistencia a prueba de bombas y el corazón de tigre. Todo eso, sin embargo, es reduccionista. Ferrer no son solo derechas lacerantes, carreras agónicas y amor por el oficio. Es también un ejemplo para todos los canteranos españoles, el epígono del ritmo y un maestro del trabajo alrededor de la pelota. Pocos entienden mejor que el tenis es movimiento, colocarse en franquicia, y no solo golpes. Pocos revolotean alrededor de la pista como el alicantino, que busca así dar cuantas más derechas mejor. Pocos, quizás solo Ferru, creyeron que lo suyo en la elite era posible y no solo una quimera.

Misterios del verano

Por: | 08 de agosto de 2011

Antes de que Roger Federer cumpla 30 años, julio y sus calores. Durante esos días, los mejores tenistas del planeta, que ahora abordan la gira estadounidense, guardan reposo. Sus vacaciones ofrecen una oportunidad insospechada. Un español autoproclamado en retirada, un tenista fuera ya de los 100 mejores del mundo, logra ganar un título tras haber vencido solo tres encuentros en 2011 y haber disputado cinco en total. Juan Carlos Ferrero protagoniza ese chispazo sorprendente.

Tras perder en su debut en Madrid, el exnúmero uno anuncia que quizás lo deje, que quizás se marche, que le pesan los dolores de rodilla muy por encima de los 31 años. Desaparece entonces. Empieza a escribir artículos para periódicos. Radiografía una carrera que le vio conquistar Roland Garros y la Copa Davis. Sufre en el gimnasio para revitalizar esa rodilla maldita. Se marcha, entonces, a Stuttgart, en Alemania, para reaparecer, recordar qué es el tenis y sentir de nuevo el aliento de los suyos desde la grada mientras se levanta la arena del albero. Es casi un divertimento. Una prueba para saber cómo andan los zurcidos de su armadura. Cinco partidos después, Ferrero, ese que pensaba en retirarse este año en la cita de Valencia, levanta el título tras vencer, entre otros, al ruso Youzhny, el número 17.

El español es un ejemplo de perseverancia, de amor al juego y de deseo, porque sigue cortejando a su amor de juventud cuando este ya solo le reserva menos tardes grandiosas que a otros. Recién cumplidos los 30, ver si Roger Federer será capaz de recorrer ese camino es uno de los grandes misterios de lo que queda de año. ¿Podrá él, dueño de 16 grandes, jugar simplemente por mantener viva la chispa del juego, por encima de los grandes resultados? ¿Podrá aceptarse como un campeón en retroceso, un paso más lejos cada día de los nuevos dictadores, y disfrutar como el chico que por primera vez salió a la pista? ¿Podrá, en fin, leer los epitafios que sobre él se escriben estos días, las adelantadas necrológicas y no decirse, sorprendido, que no entiende nada?

En 2011, solo él y nadie más que él ha sido capaz de derrota al serbio Novak Djokovic (semifinales de Roland Garros). Pasan las hojas del calendario, se adelantan con premura los homenajes y Federer sigue donde casi siempre (video): atento a que le dejen un resquicio por el que asaltar el próximo título. 

El País

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