Ojo de halcón

Sobre el blog

Un ojo de halcón para mirar al tenis, compartir historias y hablar sobre un deporte que de enero a diciembre inunda la libreta de héroes, villanos, partidos y detalles.

Sobre el autor

Juan José Mateo

es master en periodismo por la Universidad Autónoma de Madrid / El País, redactor de la sección de deportes y cubre los Grand Slam.

Eskup

Ferrer, ni más que nadie ni menos que ninguno

Por: | 19 de septiembre de 2011

¿Qué pensará el francés Gilles Simon? ¿Qué ideas recorrerán su cabeza cuando ve que David Ferrer le ha ganado en semifinales de la Copa Davis y que se acerca a la red cojeando con una pata de palo? ¿Cómo se quedará el número 11 cuando ve que el alicantino se tiende inmediatamente sobre la arena para que le atienda el fisioterapeuta, víctima de un calambre en una pierna? Porque lo que le pasa a Simon es lo que le ha ocurrido a tantos otros: se ha topado contra un muro en movimiento, se ha chocado contra una rocosa muralla.

Ferrer aporta los valores originarios de la escuela española, amamantado y crecido en el sufrimiento de la tierra. Suma, además, una forma de entender su presencia en la selección que faltó en equipos anteriores, podridos por las envidias internas. Siendo el número cinco mundial, Ferrer es un tipo camaleónico. Igual acepta la pesada responsabilidad de un papel principal, como en cuartos ante Estados Unidos, que se conforma con uno relativamente secundario, como en semifinales ante Francia. Para Rafael Nadal, que le siente su igual, que admira su entrega y su afán de mejora, es mucho más que el perfecto escudero.

Ferrer mantiene una constante que le hace imprescindible para el equilibrio del grupo: no querer ser más que nadie, no sentirse menos que ninguno. Es el tenista que le da a España el justo punto de equilibrio. Es un singlista feroz que no teme a los focos ni a la presión. En un competidor de primera que no tiene aires de estrella.

España se cruzará con Argentina, un equipo agitado por las tensiones internas, en la final de la Copa Davis. Para Ferrer es la oportunidad de cerrar un círculo. El alicantino se despidió de 2007 como número cuatro del mundo. Vive 2011 entre los cinco mejores. En medio, protagonizó una crisis profesional y personal que alcanzó su punto álgido en la final de Mar del Plata 2008. Argentina se enfrentó a España por La Ensaladera. El cruce coronó a Feliciano López y Fernando Verdasco.

El triunfo tapó un asunto: Ferrer, el mejor español por ránking de aquel grupo, cedió su partido inaugural, ante David Nalbandian, y no contó de cara a la disputa de los puntos del domingo. “Me ha pasado por encima”, resumió. “Me he sentido muy inferior. Es uno de los partidos en los que más he echado de menos el cuando jugaba bien. Cuando intentaba algo, no tenía fe para conseguirlo. Me he sentido mal. No he estado a la altura. Me duele como persona y como tenista, el querer, el intentar, y que las piernas no me vayan igual, que mi bola no me corra igual, que ya no haga el mismo daño que hacía antes”. No queda nada de aquel hombre. Primero estuvo su remontada ante el checo Stepanek, que le dominaba por dos sets a cero, en la final de Barcelona 2009, un encuentro memorable. Ahora, la posibilidad de cicatrizar la herida de 2008 ante el mismo rival y en el mismo escenario.

Solo hay que preguntarle a Simon por lo que trae Ferrer a la pista. Es un muro. Uno que solo defiende. Uno que es quien es solo por sus pulmones... ¿no? “No”, se despidió Simon el número once mundial, “es un excelente tenista que lo hace todo bien”.

El adiós de El Guindi

Por: | 17 de septiembre de 2011

La fina figura que se mueve por el centro de la pista, solitario caminar por la plaza de Los Califas, responde por El Guindi igual que por Óscar Hernández. Saluda. Se despide. Es un tenista en retirada, uno que lo deja: “Me operé de una hernia discal L5 S1… lo que pasa es que tuve una complicación de la operación y estuve casi dos meses en cama. Es una complicación que le pasa a muy poca gente y tuve la mala suerte de que me tocó”.

A Hernández le homenajea la Federación con honores y pompa de estrella. Nunca pasó del número 48. ¿Por qué gastar entonces esfuerzos en su figura? Porque Hernández es un buen ejemplo para todos los canteranos españoles. Fue “un currante del tenis”, como él decía. Un enamorado de su oficio, un apasionado de la raqueta, que servía copas en bares porque no quería que sus padres siguieran financiando una carrera que no despegaba. Un día, sin embargo, Hernández se instaló entre los 50 mejores del mundo, cubriendo lo que le faltaba de talento puro con amor y sacrificio; con carreras y más carreras; con inteligencia, sabiduría y profesionalidad.

Hernández no está en los posters que cuelgan de sus paredes los aficionados, pero sí en los que se ponen en algunos vestuarios. Para los canteranos, puede ser una espuela, un recordatorio, un azuce: con esfuerzo, con trabajo, recorriendo kilómetros de pelea en pelea, también se llega.

Un set para el futuro

Por: | 13 de septiembre de 2011

Nadal "Ese era mi momento”. Cuando Rafael Nadal pronuncia esas palabras se refiere a su primer juego al resto del cuarto set de la final del Abierto de EEUU, cuando estira el debate hasta el deuce, recién conquistada la tercera manga, y olisquea la posibilidad de adelantarse en la cuarta. Un resto agresivo que se le marcha por un pelo, o “un pelín”, como él dice, desbarata esa opción, cuando sus seguidores ya sueñan con la remontada, con la épica y la heroica, con Nadal en estado puro. Ese cuarto parcial, enfriado por la asistencia del fisioterapeuta a Novak Djokovic, dolido de una costilla y una pierna, acaba 6-1. El anterior, ganado por el español, ve al mallorquín cediendo tres veces el saque. Son dos datos para la reflexión.

Nadal, un tenista de indudable talento técnico, venció una manga desde la pasión. Para ello necesitó que Djokovic sacara por debajo del 50% en sus primeros envíos. El set ganado no se explica desde la pericia del campeón de Roland Garros, ni desde la táctica o la estrategia, sino desde el corazón, la fuerza y el empeño. Fue suyo porque creyó cuando nadie más creía. Lo conquistó de arrebato en arrebato, no porque encontrara un sitio, una estrategia, por el que hacerle daño a Nole. ¿Por qué le concede entonces tanta importancia el mallorquín? ¿Por qué le da tanto valor su propio equipo tras perder un encuentro en el que fue break arriba en las dos primeras mangas y ganó la tercera?

En la final de Wimbledon, Nadal no quiso discutir. Renunció a sus señas de identidad, a ser un muro de consistencia y fe, para buscar golpes ganadores que acabaron casi siempre donde no debían. Perdido el título, el vencedor de 10 grandes reflexionó sobre el asunto y lo interpretó como una señal de debilidad. Todo, pese a la derrota, cambió en la final del Abierto de Estados Unidos: Nadal se reconoció a sí mismo, se reencontró con el tenista fiero de deseo inquebrantable, lo que no le había ocurrido en la catedral de Londres.

Djokovic tiene mayor capacidad de maniobra desde un punto de vista técnico y táctico. Tiene más golpes, las mismas piernas y el mismo deseo de triunfo. Siempre los tuvo. No siempre se impuso. En sus anteriores victorias sobre el serbio, como la de los Juegos Olímpicos de Pekín 2008, Nadal aportó un punto épico, unos gramos de fe en sí mismo, que le venían faltando en sus últimos cruces con el número uno. En Nueva York, volvió a tenerlos. Le puso fe y coraje al duelo, ánimo frente a las adversidades, deseo para tumbar cualquier muro. Al español le queda un buen trecho para lograr la victoria, mucho para limar la distancia de confianza y posibilidades estratégicas que le separan del número uno, pero ahora, por lo menos, cree haber reencontrado el camino.

Tenistas enfermos

Por: | 09 de septiembre de 2011

Venus Williams
El Abierto de Estados Unidos extiende cada día el récord de bajas en los torneos grandes. El sueco Robin Soderling acaba de anunciar que padece mononucleosis, como le pasó al suizo Roger Federer. Serena Williams superó una embolia pulmonar que puso en peligro su vida este mismo año. Venus, su hermana, tiene una enfermedad autoinmune aún más misteriosa, el síndrome de Sjögren. Los tenistas, obligados a esfuerzos extenuantes, exigen a sus cuerpos a través de cuatro continentes, decenas de países, constantes cambios de superficie y condiciones de juego extremas. Eso tiene su coste. Para algunos, como demuestran las recientes protestas en el circuito masculino, demasiado.

“El síndrome de Sjögren puede afectar a la práctica deportiva de muchas formas”, explica por correo electrónico el doctor Antonio Fernández-Nebro, portavoz de la Sociedad Española de Reumatología. “(…) En un extremo estarían los pacientes con una forma grave de la enfermedad, en los que existen intensos síntomas de sequedad ocular y oral junto con diversas manifestaciones que afectan a otros órganos en los cuales existe una seria interferencia con las actividades de la vida diaria. Afortunadamente este extremo de la enfermedad es muy poco frecuente y representa un problema de salud en el que la práctica deportiva no tiene cabida", añade. "Sin embargo, los más comunes son aquellas personas con síntomas moderados de sequedad de ojos y boca, dolor muscular y articular y sobre todo intenso cansancio o fatiga. En estos pacientes es lógico pensar que la deshidratación asociada al esfuerzo empeorará los síntomas de sequedad de los ojos y la boca. El dolor muscular y articular dificultará los grandes esfuerzos que el deporte exige y el cansancio provocado por la enfermedad podría mermar su resistencia al ejercicio. Por otro lado, los pacientes con síndrome de Sjögren a menudo tienen dificultades de concentración y esto puede suponer otro hándicap en los deportes de élite”.

La sintomatología pone en duda el futuro de una veterana como Venus Williams, que en enero debería enfrentarse a las temperaturas infernales y la humedad agobiante del Abierto de Australia. No es, claro, la única tenista con problemas. Unos, como el hijo del mítico Bubka, un pertiguista de leyenda, se marean tras darse golpes en la cabeza que nada tienen que ver con el tenis. Otros, como Soderling o Federer, sienten una debilidad extrema, apenas pueden apretar en los partidos, hasta que descubren que tienen mononucleosis. Los más, simplemente, se lesionan.

La gran moda del circuito son los test alimentarios. Así, dicen, fue como Novak Djokovic, el número uno mundial, descubrió su intolerancia al gluten. Esos exámenes, en cualquier caso, no pueden compensar una temporada extenuante, esclavista casi, que ve a los mejores jugando de enero a diciembre. Con dos semanas menos en 2012, sus efectos son conocidos: retiradas en números nunca vistos y enfermedades jamás conocidas entre los tenistas.

El País

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