Ojo de halcón

Sobre el blog

Un ojo de halcón para mirar al tenis, compartir historias y hablar sobre un deporte que de enero a diciembre inunda la libreta de héroes, villanos, partidos y detalles.

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Juan José Mateo

es master en periodismo por la Universidad Autónoma de Madrid / El País, redactor de la sección de deportes y cubre los Grand Slam.

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Juan José Mateo

Pistas con alma

Por: | 03 de junio de 2012

PeticionImagenCAQDXBZ8Es poesía en movimiento. Lejos de la mastodóntica estructura de la Philippe Chatrier, la pista central de Roland Garros, la Suzanne Lenglen, segunda en importancia, ofrece una oportunidad única a los espectadores. Los héroes están ahí, a un palmo. Se les escucha respirar. Se oye el ruido de sus pasos contra la arcilla. Se les ve gruñir, gesticular y pegar pelotazos. La cercanía permite vivir las emociones de los tenistas como si se estuviera a su lado. No hay aquí metros de distancia, miles de espectadores en medio, es casi una cita entre cada seguidor y su jugador.

En la Lenglen se observa como en ningún otro sitio el juego de pies de Roger Federer, un maravilloso ballet que le coloca siempre en la mejor disposición frente a la pelota. En la Lenglen se ve a Mikhail Youzhny regalarle una raqueta a un espectador durante el partido o dibujar una disculpa con la zapatilla sobre la arena. En la Lenglen se descubre como en ningún otro sitio el daño que le hace Rafael Nadal a sus contrarios: así, justo a espaldas de la jugada, se ve cómo el uzbeko Istomin, un gigante, tiene que estirarse a la caza de altísimas pelotas que le roen las articulaciones.

La profesionalización del tenis ha ido en paralelo al aumento de la bolsa de premios y la desaparición de las pistas más románticas. Es necesario aumentar el aforo, vender más entradas, dividir incluso la jornada en dos (día y noche) para aumentar los ingresos. La tendencia imparable ha provocado la desaparición de pistas únicas, mágicas e irremplazables.

Ya no existe como era la pista dos de Wimbledon, el cementerio de los campeones, donde uno tras otro se inclinaban los ganadores de la Copa mientras los espectadores oían cómo rozaban sus blancas zapatillas contra la fuerte hierba. Allí cayeron Pete Sampras, Boris Becker, Venus Williams…

Ya se ha hablado de reformar la pista uno de París, la mítica plaza de toros, donde los resbalones de los tenistas manchan de tierra a los aficionados. Allí, en 1980, fue descalificado por incomparecencia Manuel Orantes, que protestó porque el argentino Guillermo Vilas, excusándose en dolores de estómago, lograra que se retratase su partido un día en contra de lo que dicta el reglamento. Allí, en 1993, Gabriela Sabatini desaprovechó 6-1, 5-1 y cuatro puntos de partido en cuartos ante Mary Joe Fernández. Allí, en 2004, Marat Safin se bajó el pantalón y enseñó los calzoncillos para celebrar que había ganado a Félix Mantilla.

Hay pistas impersonales, como la central del Abierto de Estados Unidos. Otras suenan incluso cuando están vacías, vibran sin espectadores y están llenas de historias. Son pistas con alma.

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