Un quinto set antológico catapulta al checo Lukas Rosol de la nota a pie de página al titular de la portada. Rafael Nadal ha perdido en segunda ronda de Wimbledon, su eliminación más temprana en un grande desde 2005. Ya no hay margen de maniobra para que el mallorquín se niegue a que cierren el techo cuando aún hay luz; ya no caben preguntas sobre por qué hay que hacerlo justo en ese momento, cuando él sube y su rival baja, si aún en las pistas exteriores se competirá durante 40 minutos con luz natural; y ya no se puede dar marcha atrás y encontrarse con un Nadal activado, atento y concentrado de inicio. Rosol ha evitado eso a cañonazos. Magnífico. Rebelde. Arisco. Preparado para aprovechar la rebajada versión de su contrario.
El número 100 cree ahí donde otros no creyeron. Él no es el Robert Kendrick de 2006, que estira a Nadal a cinco sets en segunda ronda y pierde 6-7(4), 3-6, 7-6(2), 7-5, 6-4. Él no es el Robin Soderling de 2007, que lleva al mallorquín al límite durante cinco mangas y luego se inclina 6-4, 6-4, 6-7(7), 4-6, 7-5, como hará Mikhail Youzhny en la siguiente ronda (4-6, 3-6, 6-1, 6-2, 6-2). Él no es el Robin Haase de 2010 (5-7, 6-2, 3-6, 6-0, 6-3 en segunda ronda) ni el Philipp Petzschner del mismo año (6-4, 4-6, 6-7(5), 6-2, 6-3 en tercera), tumbados cuando ya tienen en las mandíbulas la presa. Rosol es otra cosa. Tiene fe a prueba de bombas.
Una vez más se demostró que las primeras rondas de Wimbledon tienen un peligro infinito para Nadal. En la primera semana, mientras él busca el ritmo justo y espera a que se desgaste el césped, descubriendo la tierra que lo sustenta, es vulnerable. En la segunda semana, gobierna. Durante años, un puñado de partidos durísimos y peleados a muerte pasaron por la imprenta como un simple resultado, acunados en la dinámica ganadora del mejor tenista español de la historia, desvestidos de la épica que sin duda tenían.
Rosol pone ahora las cosas en perspectiva. Jugar cinco finales de Wimbledon en cinco participaciones seguidas, ganando dos títulos, no es frecuente en la historia de un torneo plagado de trampas. Durante un lustro, el mallorquín tuvo magia, hizo real lo imposible, dominó partidos irreductibles. Solo el futuro sabe si volverá a llegar al duelo por el título. Mientras tanto, la victoria de Rosol puso en su justo sitio lo que ha logrado Nadal hasta el momento: una carrera para las enciclopedias, en la que lo excepcional acabó siendo normal.