Ojo de halcón

Sobre el blog

Un ojo de halcón para mirar al tenis, compartir historias y hablar sobre un deporte que de enero a diciembre inunda la libreta de héroes, villanos, partidos y detalles.

Sobre el autor

Juan José Mateo

es master en periodismo por la Universidad Autónoma de Madrid / El País, redactor de la sección de deportes y cubre los Grand Slam.

Eskup

El increíble viaje de Clijsters

Por: | 30 de agosto de 2012

“Ha sido un viaje increíble”, se despide Kim Clijsters, la mujer que defiende entre acrobacias, con una mano en el suelo; la campeona de cuatro grandes, de tres Copas de Maestra y ex número uno mundial; cuando pierde su encuentro de segunda ronda en el Abierto de Estados Unidos y da por finalizada su carrera. Tras sus palabras se levanta el coro de sus compañeras, que despiden con unánimes buenas palabras a la niña a la que las Navidades le dejaban raquetas bajo el árbol; a la joven que dormía con el uniforme de Steffi Graf y Monica Seles como pijama; a la madre que fue capaz de volver al circuito acompañada por su marido y su hija sin que eso le impidiera seguir ganando títulos. Clijsters, la sonrisa del tenis femenino, lo deja con 29 años, más de 500 victorias individuales y 41 títulos.

“En las dos rondas que he jugado aquí me he enfrentado a tenistas que dicen que las inspiré”, reflexionó en una rueda de prensa en Nueva York, donde aún tiene que terminar con el torneo de dobles. “Eso es emocionante, porque hubo un tiempo en el que yo fui la que estuve en esa situación. Ahora que casi se ha acabado, recuerdo cuando llegué al circuito y conocí a Steffi Graf o Monica Seles. Ha sido un viaje increíble”, continuó. “Cuando estás compitiendo, no piensas en estas cosas, estás con el piloto automático, pero ahora que pienso en ello me doy cuenta de que a veces [mi carrera] ha sido una loca montaña rusa. Tenía 15 años y me lanzaron bajo los focos; viví mi pubertad bajo los focos; tuve mi primer novio bajo los focos… todo”.

Clijsters fue la novia de Australia. Salía con Lleyton Hewitt, y en Melbourne la consideraban una de los suyos. Cuando esa relación se rompió, se casó con el ex jugador de baloncesto Bryan Lynch. De esa unión nació una niña, Jada, a la que luego se vio señalándose a sí misma en una pantalla gigante: estaba en la central del Abierto de Estados Unidos y su madre se acababa de convertir en la primera mujer capaz de ganar un título del Grand Slam tras dar a luz desde los años 80 del siglo XX.

¿Qué echará de menos? “La lucha, la batalla cuando no estás jugando bien, esos momentos en los que estás entre la espada y la pared y consigues encontrar una forma de volver al partido y jugar bien”, contestó la tenista, que ya se había retirado una vez y decidió volver para dominar el tenis femenino de nuevo.

"Era una jugadora muy completa que aguantaba bien desde el fondo de la pista y podía cambiar las velocidades de repente cuando lo necesitaba o subir a la red, etc...", recuerda a través de un email Conchita Martínez. "Parecía que siempre se guardaba una velocidad más en la manga, y que la sacaba cuando más la necesitaba. Tremenda competidora.. y muy querida en el circuito".

Se marcha Clijsters, con ella se va su famosa defensa con la mano en el suelo y las piernas totalmente abiertas, y el tenis femenino se queda un poco más desamparado. Resisten sus antiguas rivales, las hermanas Williams, la rusa Sharapova... pero cada vez son menos los iconos y las estrellas; menguan las filas de tenistas en activo que se puedan comparar con sus precedentes (Evert, Navratilova, Graf y tantas otras); y, en consecuencia, sufre una competición que poco a poco se va quedando sin referentes.

El espectáculo de Djokovic

Por: | 28 de agosto de 2012

Un día de lágrimas da para toda una vida de gestos. En 2008, el serbio Novak Djokovic venció en cuartos del Abierto de Estados Unidos al local Andy Roddick. No se vio apoyado. Le dolió que la grada animara al ídolo local. Se sintió traicionado porque el estadounidense hubiera dicho en la previa que pedía demasiadas veces la atención del fisioterapeuta, insinuando, medio en broma medio en serio, que lo hacía para romper el ritmo del contrario. Sobre la pista y tras su victoria, el serbio cogió el micrófono y habló con gesto serio. “No es bonito que digas delante de todo este público que tengo 16 lesiones y que las finjo. Los has puesto en mi contra, porque piensan que finjo”, le espetó a Roddick, cabizbajo tras su eliminación. Hubo silbidos y abucheos. El serbio se retiró, según fuentes de su equipo, llorando al vestuario. “Quizás exageré”, dijo luego. Desde entonces, Nole intenta reconquistar al público estadounidense.

En Nueva York no se ve al Djokovic de las pezoneras, los parches piratas y las bromas alocadas. En Nueva York se ve a un Djokovic enamorado de los símbolos locales, tan patriota como un joven de Ohio o Alabama.

Aquí, tras una victoria en 2009, retó a John ‘Big Mac’ McEnroe a dejar la cabina de comentarista y bajar a la pista, donde echaron unos peloteos que deleitaron a la gente. Aquí, durante todo un torneo, estuvo invitando a los hijos de algunas de las víctimas de los atentados del 11-S a ver los encuentros desde su palco. Y aquí, el año pasado, antes y después de derrotar a Rafael Nadal en una final que disputó brillantemente, el mejor colofón para un curso que retrató a un tenista excelente, se puso en la cabeza una gorra que no tenía nada de inocente: justo en el décimo aniversario de los atentados que destruyeron las torres gemelas, se puso la gorra de los bomberos de Nueva York, que tantas vidas salvaron y tantos compañeros perdieron aquella trágica jornada.

No hay mejor show en el tenis que la sesión nocturna de Nueva York, llena de actores, cantantes y famosos. No hay tenista más showman que Djokovic, un jugador fantástico con raqueta y sin ella, capaz de atraer hacia su deporte a los aficionados de siempre y a algunos nuevos. La ciudad y el número dos son dos estrellas que parecen destinadas a entenderse. Con gorra, o sin gorra.

El camino de Nadal

Por: | 18 de agosto de 2012

Rafael Nadal se sienta frente al mar con la mirada perdida. Es el invierno de 2005. Le duele un pie. Acaba de renunciar al Abierto de Australia 2006. Su carrera está en peligro. Así comienza Crónica de un fenómeno, escrito por Manel Serras y Jaume Pujol Galcerán, un libro que retrata, entre otras cosas, un capítulo decisivo en la vida del mejor tenista español de la historia: Nadal se sube a un avión, vuela a los Estados Unidos, y allí, en la fábrica de uno de sus patrocinadores, se somete a unos exámenes que le proporcionan unas plantillas con las que solucionar su problema en el pie. Más de un lustro después, el mallorquín vuelve a estar lesionado. Se sube a un barco con los niños de su familia. Mira al mar. Renuncia al Abierto de Estados Unidos 2012: sufre el síndrome de Hoffa en la rodilla izquierda.

Esos dos dolores de 2005 y 2012 son paréntesis que abarcan mil y un sufrimientos. El repaso de esas penalidades deja dos cosas claras: que la increíble cabeza de Nadal va más allá que su cuerpo y que a cada parón competitivo le siguieron rachas de éxitos impensables. Nada asegura que eso vuelva a ocurrir ahora, cuando el periodo de baja será de 78 días como mínimo. La biografía del mallorquín, sin embargo, es abundante en ejemplos de cómo el ex número uno sabe transitar el camino de vuelta, digerir los problemas del retorno a la competición y pelear contra los efectos de la inactividad.

En 2006, superado aquel problema en el pie, Nadal ganó Roland Garros y se afianzó como número dos mundial. En 2008, lesionado en las rodillas, renunció a la Copa de Maestros y a la final de la Copa Davis: a la vuelta de tan prolongado periodo de baja, en enero de 2009, ganó su primer grande sobre cemento (Abierto de Australia). En 2009, nuevamente lesionado en las rodillas, Nadal se perdió Wimbledon: después hizo una pretemporada que lanzó uno de los mejores cursos de la historia, en 2010, cuando conquistó tres de los cuatro grandes.

En 2012, Nadal intentará andar de nuevo ese camino: a los 26 años, parece que cada vez le cuesta más activar el cuerpo tras los parones, pero cuenta con la ventaja de la experiencia y la libertad que da la ausencia de urgencias, brillante como es su currículo.

Son muchos los interrogantes, solo hay un puñado de cosas seguras: Nadal para porque no se conforma con participar, lógicamente ya solo acude a la pista cuando se ve peleando por el título; sus médicos aseguran que la lesión no pone en peligro su carrera; y su equipo trabaja desde una única certaza. Hasta ahora, la cabeza del mallorquín siempre ha pesado mucho más que sus rodillas.

El País

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