Da igual. Nada sirve: la situación española es angustiosa. Tras las elecciones griegas, la penúltima esperanza, la prima de riesgo se dispara –cerca de 590 puntos, un disparate- y la Bolsa cae casi un 3%, otro disparate. Así que las advertencias sobre una próxima intervención de España se multiplican, incluso de los mismos analistas que la descartaban por completo, sobre todo por su gran tamaño. Y entonces uno se acuerda de Lehman –“too big to fail”- y entran sudores fríos. Montoro en Madrid, y Rajoy y Guindos en México, vuelven a pedir, por enésima vez, ayuda al Banco Central Europeo. Y el BCE no sabe, no contesta. No es fácil saber por qué pasa lo que está pasando, pero hay que constatar que quienes menos lo entienden son los miembros de un Gobierno que confiaban en el valor taumatúrgico de su sola presencia, y a los seis meses de llegar observan, horrorizados, que no solo nada ha mejorado, sino que todo va mucho peor del más pesimista de los escenarios posibles. Solo queda esperar a que por ahí afuera se apiaden de nosotros y nos resuelvan la papeleta. O que funcione el manto de la Virgen del Rocío de Fátima Báñez. Y esta perplejidad acompaña a nuestros cornetas y agregados que tienen, además, la imposible tarea de defender con uñas y dientes a un Gobierno desnortado con un presidente noqueado. Todavía, más de una semana después del anuncio del rescate, son incapaces de saber cuánto dinero se va a pedir y cómo y cuándo se va a devolver. ¿Los llamados mercados desconfían? ¡Y cómo no van a hacerlo!
Y mientras, los masones se hacen con Francia y España gana a Croacia en los estertores. ¡Las mujeres y los niños, primero!



