A nadie parece sorprender que nuestro presidente del Gobierno, más de diez millones de votos que le llegaron desde gentes de distintos pelajes, se vaya ayer a casa de los empresarios a contarles qué piensa hacer con este país. Y eso tres o cuatro días después de negarse a comparecer en el Congreso de los Diputados para el obligado -hasta ahora- Debate del Estado de la Nación. Debe ser que está en territorio más cómodo, que mejor será una charla agradable y distendida con la cúpula de la CEOE, mismo traje y similar corbata, donde no tiene que aguantar las impertinencias de la oposición. Pues qué quieren qué les diga: a este catavenenos le da un sofocón ver el desprecio con que el presidente del Gobierno trata a los representantes de la ciudadanía -los diputados-, que es tanto como despreciar a los ciudadanos mismos. Y para anunciar “medidas difíciles” prefiere el amor de la lumbre entre amigos y conocidos, que no van a preguntarle de qué medidas está hablando, ni le van a exigir que nos diga qué dinero vamos a pedir a Bruselas y en qué condiciones, entre otras muchas cuestiones que seguro le iban a plantear en el Parlamento. Lo dije el otro día y lo repito, hoy con el añadido de la ostentación de la CEOE: es una vergüenza este juego del escondite permanente. Y, por cierto, no oigo a la oposición, sobre todo a su principal partido, el PSOE, lanzar los alaridos pertinentes. Esto no es un jijí-jajá, ni se despacha con una frase ingeniosa. Rubalcaba debe exigir esa comparecencia a voz en cuello y montar un pollo permanente. A ver si es que a un silencio le vamos a oponer otro silencio. Sería otra vergüenza. Aviados estamos.
A ver, sin pensarlo: ¿es un pedazo fascista Barack Obama? Pues aquí les contestamos, que en este blog lo mismo arreglamos bicicletas que hacemos tatuajes. Ya saben, se planchan tortillas y se fríen pantalones.



