Por fin apareció Mariano Rajoy en televisión. Estar, estuvo, que todos lo vimos. Lo que no sabemos es para qué. Cuando un presidente de Gobierno tarda once meses en conceder la primera entrevista televisiva y finalmente se decide a ir al plató, se supone que es porque quiere anunciar alguna novedad importante o tiene intención de enviar a los ciudadanos algún mensaje de calado. Ni una cosa ni otra. Nada. Hoy estamos igual que si no hubiera dado la entrevista. Una avalancha de lugares comunes y de indefiniciones, que nada aclararon al respetable. ¿Y este señor, a qué ha salido?, se dirán los telespectadores, una vez que superaron el asombro de que el presidente se quedara sin palabras ante la primera pregunta, la más obvia y la que se supone que le habrían preparado todos sus asesores: ¿Va a pedir el rescate? Mmmmmmmmmmmmmmm, este, mmmmmmmmmmmmmmmm. ¿Era difícil la pregunta? ¿Quizá inesperada? A excepción de sus tifosi más fanáticos, tampoco ha convencido a sus fieles. Ahora lo veremos.
Lo mismo ustedes no se habían dado cuenta de que Cristiano Ronaldo es un diamante entre la basura progresista. Es que no se fijan.



