Mariano Rajoy junta a Esperanza Aguirre en abril de este año.
Todo el mundo ha dicho de Esperanza Aguirre que una de sus cualidades más reconocidas era decir siempre lo que quería, y hacerlo de forma muy clara. Es falso. A los hechos me remito para negar lo segundo. Es imposible montar un espectáculo como el de ayer con su dimisión y dejar más oscura, más opaca, más incomprensible la razón que ha llevado a la presidenta de Madrid a dejar el cargo y la dirección del PP madrileño. Medida la intervención ya ha sido, ya. Mención expresa, aunque deliberadamente confusa, a su salud, con lo que deja abierta que ésta haya sido la posible causa de su salida. Tapona así a muchos críticos de su labor, que se van a guardar unos cuantos insultos en consideración a su dolencia. Porque, ¿y si de verdad está muy enferma? Pero a la vez ha dejado en el aire todo lo demás. Así que ha logrado, como en su carrera política ha sido habitual, embarrar el campo de juego. Y esta vez, de nuevo, el de su propio partido, porque con su alambicado discurso deja la atmósfera del PP llena de miasmas contra Génova, con Rajoy como primer objetivo de esos silencios. Lo van a ver en los comentarios de sus muchos hooligans, que ustedes conocen bien y que ahora se quedan sin la luz y la guía de la gran lideresa. ¡Qué cruel es el destino!
Les pido perdón por la desmesurada extensión de este monográfico, que no se volverá a repetir, pero es que Esperanza Aguirre ha dimitido. Y el catavenenos no va a vivirlo otra vez.
Recuerda hoy El País que los dos puestos clave del PP en Madrid “quedan en manos de dos personas no votadas como cabezas de cartel: Ana Botella en el Ayuntamiento e Ignacio González en la Comunidad”. Qué curioso…



