Carrillo en el Congreso de los Diputados el 26 de julio de 1977.
El lunes fue Esperanza Aguirre y su extraña despedida. Ayer, la muerte de Santiago Carrillo. Y las dos noticias se han juntado en unos medios que dividen sus páginas –o bites- entre las lastimeras quejas por la pérdida de la referencia que les proporcionaba la gran lideresa, y la agria despedida al más que veterano comunista. Seguro que ni a una ni a otro le hubiera gustado la compañía. ¿Recordamos que Esperanza Aguirre volvió a repetir la semana pasada en la Asamblea madrileña aquella maldad de que “la mitad de los encarcelados en cárceles del franquismo lo estaban porque les había denunciado Santiago Carrillo”? Pero el tiempo corre a su aire, y ha pasado que el viejo carcamal le ha robado el espacio a la pimpante heroína de nuestros muchachos de la fiel infantería. ¡Qué injusta es la vida, con el tiempo y esfuerzo que había gastado la ex dirigente madrileña en su bomba informativa!
Y luego está el Rey y los nacionalismos, que parece que estemos todos reviviendo los años de la Transición. Qué cansancio, por favor…



