El Viajero: Guía de Viajes de EL PAÍS

Sobre el blog

Un blog de viajes para gente viajera en el que tienen cabida todos aquellos destinos, todos aquellos comentarios, todas aquellas valoraciones que no encontrarás en otros medios.

Un espacio abierto a la participación con información diaria y actualizada sobre países y ciudades, alojamientos, transportes, gastronomía, rutas, ideas para ahorrar dinero o para gastárselo en lo mejor en lo que uno puede invertir su tiempo: en viajar. Todo contrastado y analizado en primera persona.

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Sobre el autor

Paco Nadal

Paco Nadal estudió Ciencias Químicas, aunque lo que más le gustaba desde pequeñito era recorrer el mundo y contarlo. Al final lo consiguió y ahora le pagan por viajar. Periodista especializado en viajes, escritor y fotógrafo, colabora con la Ser y con El Viajero, además de presentar series documentales en Canal Viajar.

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Si hoy es jueves, esto es Tombuctú

Si hoy es jueves, esto es Tombuctú

El alocado diario de un periodista de viajes recoge una selección de las entradas de este blog publicadas desde sus inicios en 2008. Unas crónicas que retratan con humor los avatares de una profesión absorbente pero maravillosa -la de periodista de viajes digital- en la que hay días en que no sabes si hoy es jueves o si esto es Tombuctú

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30 jun 2008

Bares.. ¡qué lugares! (tan ruidosos)

Por: EL PAÍS



Nunca he podido entender las razones que llevan al gremio de la restauración española a esa desmedida querencia por los decibelios, pero estoy seguro de que usted y su pabellón auditivo saben bien a qué me refiero. Lo normal en una venta hispana es que funcione a la vez la televisión (aunque ni un solo comensal se fije en ella) y la radio (siempre con la cadena comercial más estridente), ambas por supuesto a un volumen cercano a la barrera del sonido. Si el salón es suficientemente grande puede haber incluso dos aparatos de televisión, cada uno sintonizado con cadenas diferentes. A esto suele añadírsele el soniquete repetitivo de una o varias máquinas tragaperras que berrean Los pajaritos y la máquina expendedora de tabaco repitiendo aquello de ?Su tabaco, muchas gracias!, como si el cliente hubiera olvidado que iba a por su dosis de nicotina y no a por una segadora de césped. Súmenle el molinillo del café (aparato mortífero y ruidoso donde los haya), varios corrillos de comensales hablando a gritos y otra media docena de clientes chillándole a su teléfono móvil y tendrán una radiografía acústica casi exacta de nuestros bares. Una vez entré a una taberna donde no había ni televisor, ni radio, ni un solo ruido. Los parroquianos comían como asustados, de tapadillo. Se miraban de reojo y procuraban terminar lo antes posible para marcharse rápido y sacudirse el agobio del silencio. Era como servir menús del día en un tanatorio.
Cuando por razones de trabajo viajo por zonas rurales profundas (a veces no tan profundas), y entro a cenar a algún restaurante aún vacío, bien porque es temprano, bien porque nadie en su sano juicio anda por esos andurriales un lunes de invierno, lo primero que hace la patrona del local es encenderme la televisión. Como si diera por sentado que me da miedo estar a solas conmigo mismo. O para exorcizar Dios sabe que malos espíritus. Siempre les digo que la apaguen, que prefiero el silencio, pero por lo general no lo entiende y la dejan en marcha por si, como me espetó una vez un camarero, llegan más clientes y no son tan raros como usted. ¿Podrá la medicina alguna vez explicar esa asombrosa unión entre el pabellón auditivo y el tracto intestinal de los españoles?

27 jun 2008

Comer bien en Mérida

Por: EL PAÍS

Estoy en Mérida, haciendo un reportaje sobre la Vía de la Plata para una revista sueca. Siempre me gustó esta ciudad; tiene algo de pueblerina y algo de capitalina, como si aún flotara en el ambiente el refinamiento y el poderío de aquella gran urbe romana.
Aunque el puente sobre el Guadiana es soberbio (dos mil años soportando el paso de vehículos por encima y ahí esta) y el teatro, sublime, a mi el vestigio romano de Mérida que más me gusta es el templo de Diana. Era un gran recinto religioso que se alzaba en la esquina del Cardus y el Decumanus (pleno centro de la ciudad clásica; a saber a cómo estaba los pisos en esta zona!!). Por fortuna, en el siglo XV a una famila noble de la ciudad se le ocurrío la peregrina idea de incrustar su nuevo palacio entre las columnas del viejo templo. El resultado: hoy podemos contemplar la sorprendente imagen de un palacio renacentista entre un bosque de columnas corintias. Una delicia.

Otra delicia, ésta vez gastronómica. El restaurante Altaïr (tel. 924 30 45 12), donde el chef cacereño Ramón Caso ha logrado crear una carta de recetas extremeñas tamizadas por la creación de autor. Excelente los rollitos de presa ibérica, las carnes de retinto, el bacalao con avellanas confintadas y de postre, las gominolas de melocotón. No es barato (mínimo 65 ? por cabeza) pero vine bien para darse un homenaje gastronómico. Está a la vera de río, encima del parking, con excelentes vistas al Guadiana y al puente de Calatrava (que como todos los puentes de Calatrava es exactamente igual al resto de puentes de Calatrava, por supuesto).
El engaño empieza a ser cada vez más frecuente. A mi me ha pasado un par de veces y varios amigos y amigas han caído también en la trampa. La cosa empieza más o menos así: quieres reservar un alojamiento para un puente, fin de semana o fecha de temporada alta. Pero se te ha pegado un poco el arroz y ya es tarde; está todo ocupado. De repente ves a través de algún portal de reserva de alojamiento on-line que queda un hotel o establecimiento en la ciudad o en el pueblo que buscas que casualmente (o sospechosamente) aún tiene habitaciones libres y a un precio razonable. Perfecto. Pichas, das tu tarjeta de crédito y dejas hecha (y pagada, que es lo peor) tu estancia. Cuando te presentas en recepción te dicen que sí, que tiene tu habitación pero que como está todo lleno (es puente, bla,bla, bla...) te la han reservado en "otro" hotel que tienen justo al lado (aunque esté a cuatro manzanas de allí), o en un "anexo" que casualmente acaban de inaugurar (aunque el tal anexo sean las habitaciones de la vecina) y que por supuesto no tiene nada que ver ni con el hotel de ensueño que tu imaginabas ni con las fotos que salían en internet. Es el famoso alojamiento B. Lo único que es igual es el precio. Y tu cabreo. ¿Que opción te queda más allá del pataleo? Pocas. Quejarte, poner una reclamación y dar cuenta a la vuelta al portal en el que contratastes semejante engaño. Pero las vacaciones (y el mosqueo) ya no te las arregla nadie. Lo suelen hacer mucho, por ejemplo, en los riads de Marruecos. El Riad Arabesque, en Fez, es todo un experto en reubicarte en cualquier otro tugurio de la medina con esta milonga.

El País

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