El Viajero: Guía de Viajes de EL PAÍS

Sobre el blog

Un blog de viajes para gente viajera en el que tienen cabida todos aquellos destinos, todos aquellos comentarios, todas aquellas valoraciones que no encontrarás en otros medios.

Un espacio abierto a la participación con información diaria y actualizada sobre países y ciudades, alojamientos, transportes, gastronomía, rutas, ideas para ahorrar dinero o para gastárselo en lo mejor en lo que uno puede invertir su tiempo: en viajar. Todo contrastado y analizado en primera persona.

paconadalsl@gmail.com

Sobre el autor

Paco Nadal

Paco Nadal es viajero-turista antes que periodista y culo inquieto desde que tiene uso de razón. Estudió Ciencias Químicas pero acabó recorriendo el mundo con una cámara y contándolo. Escribe en EL PAÍS sobre viajes y turismo desde el año 1992. Es también escritor y fotógrafo, colabora con la Cadena Ser, además de presentar series documentales en diversas televisiones.

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El cuerno del elefante, un viaje a Sudán

El cuerno del elefante, un viaje a Sudán

Un relato trepidante por unos de los destinos menos turísticos y más inseguros del mundo. Un viaje en solitario lleno de emoción y melancolía a lo largo de una región azotada por constantes guerras y conflictos étnicos. Un viaje plagado de sentimientos que consigue conectar al lector con los sufrimientos y las esperanzas de África.

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31 jul 2008

Diez años después, en Koh Samui

Por: EL PAÍS

Veinte años no es nada, cantaba Gardel. Pero diez, en el mercado urbanístico son una eternidad. Y dan para cambiar la faz de una isla. Eso le ha pasado a Koh Samui. Sigue siendo una encantadora isla tropical con excelentes playas y paisajes perfectos de rocas de granito comidas por los palmerales.
Pero ya no es la isla hippie que conocimos hace diez años. Se ha masificado mucho, han crecido resort de lujo por todas partes, es difícil ver el mar desde la carretera cuando circunvalas la isla en moto o en coche porque todo el frente marino está tomado por hoteles y resort y la zona de Chaweng es como Lloret de Mar o Benidorm, pero en plan asiático.
De todas formas, si nunca has estado en una isla tropical del Golfo de Tailandia, Koh Samui no te defraudará. Un excelente hotel tipo resort con cabañas de lujo y vistas de fábula es el Napasai Hotel, en el norte de la isla, más asequible de precio que el megapijo, megafamoso y megacaro Four Season Hotel.
Si buscas algo más alternativo o neo-hippie (si es que aún existen los hippies) conozco otra isla cercana. Os lo cuento en el próximo post.

29 jul 2008

Adiós bicicleta, adiós

Por: EL PAÍS

He llegado por fin a Don Sak, el puerto del golfo de Tailandia donde se toman los ferrys hasta Ko Samui. Aquí dejo la bici. Me voy a Samui a descansar un poco, que me duelen hasta los músculos de DNI.
Una gran experiencia lo de viajar por Tailandia en bicicleta. A quien le guste este tipo de cicloturismo se lo recomiendo vivamente. Se pueden plantear muchos itinerarios: montañosos por el norte; más suaves, por el sur. Los conductores son bastante respetuosos, no pasas miedo en ningún momento, sobre todo porque hay buenos arcenes. En zonas con poca infraestructura turística siempre encuentras un paisano que te deja dormir o te alquila una habitación e incluso te dejan dormir en algunos templos. El paisaje es soberbio. Yo lo he hecho con bicicleta de carretera, alquilada en Tailandia junto al resto del equipo en Siam Bike Tours. Eso te obliga a ir por pistas asfaltadas. Estoy seguro de que también hay muchos itinerarios por pistas para bicicletas de montaña.
Hasta pronto. Ya os contaré como sigue Koh Samui.

29 jul 2008

En Khao Sok

Por: EL PAÍS

Es temporada de monzones en la costa del mar de Andamán. Eso quiere decir que llueve un día sí y al otro también?. y por en medio, vuelve a llover. Pedaleo totalmente empapado, ya ni me molesto en parar cuando los cielos se abren y dejar caer el diluvio universal sobre mi. Se que en cuanto salga el sol me volveré a secar. A cambio, en esta época la temperatura es más agradable, rara vez llega a 30 grados, y se hace más placentero ir en bicicleta. Hoy he llegado hasta el parque nacional de Khao Sok, después de pasar el primer puerto de montaña: unos 7 kilómetros de rampas que dan acceso al parque, sin demasiada dificultad pero ambientadas con otro aguacero tropical, por supuesto.
Khao Sok es un lugar más que recomendable si visitáis el interior de la Tailandia meridional (que es mucho más que playas y cocoteros). Tiene algunos de los paisajes más bonitos que recuerdo. Montañas picudas y aisladas que se elevan desde el valle comidas por la vegetación tropical. Es plena selva, pero en la pista de acceso al parque encotraréis todo tipo de servicios, desde sencillos lodges con cañabas de madera hasta cibercafés, salas de masajes y multitud de agencias de trekking que te organizan al instante unas excursión a pie por el interior del parque de tantos días como quieras. Es lo bueno de Tailandia. Si tienes dinero para pagarlo, no problem, my friend, se te puede organizar al instante lo que quieras.

28 jul 2008

Tailandia en bicicleta

Por: EL PAÍS

La buena vida del tren se ha acabado. He vuelto en avión desde Singapur a Phuket (Tailandia), para empezar otro tipo de viaje. Quiero cruzar Tailandia de costa a costa en bicicleta. Me gusta viajar en bici porque significa ser parte del paisaje. Si viajas en bicicleta puedes oler el país, sentir la temperatura, pararte donde quieras a hablar con la gente. Eres parte del entorno, si llueve, te mojas; si hace calor, sudas. Además, a la población local le parece siempre tan exótico que visites su tierra en bici que te acogen de otra manera mucho más receptiva, más franca.
He empezado a pedalear esta mañana en el aeropuerto de Pukhet. Las bicis y el resto del equipo, en vez de cargarlos desde España las hemos alquilado en Tailandia, en Siam Bike Tours, que se han encargado de traernos hasta aquí lo necesario: bicis de carretera, alforjas, cascos, herramientas?
Hoy, primera jornada, he hecho unos 86 kilómetros hasta Khao Lak, una población costera en el mar de Andamán. Todo el trayecto discurre por carreteras asfaltadas, pero todas tiene un buen arcén, no hay demasiado tráfico, la gente conduce más despacio que en Europa y el parque automovilístico tailandés es bastante moderno y no pasas el día tragando malos humos de camiones desvencijados, como sí ocurre por ejemplo en Vietnam.
Eso, sí, se conduce por la izquierda, a la inglesa, y los primeros kilómetros no ganas para sustos cada vez que tienes que tomar un desvío o te incorporas de nuevo a la vía.
Lo dicho, de momento, una delicia pedalear por Tailandia. Y cuando acabas el día, buscas una sala de masajes (las hay en cada esquina del país, como en España los bares) y pides un foot massage, un masaje de pies y piernas. Por 250 bath, unos 3 euros, se tiran una hora entera contigo. Y te quedas como nuevo.

28 jul 2008

No es un monumento a la Marina

Por: EL PAÍS

El barco que se ve en la foto era la mayor patrullera de vigilancia costera de la policía tailandesa y está ahora varado en medio de la selva, a 1,5 km. de la costa. Pero no lo ha puesto ahí la Marina real como atracción turística. Al POR 813 lo mandó hasta este lugar la ola del tsunami del 26 de diciembre de 2004. El gobierno decidió dejarlo allí como recordatorio de aquella tragedia.
Estoy recorriendo hoy con la bici la zona de costa tailandesa más castigada por aquel tsunami. Solo en Khao Lak murieron unas 2.500 personas, muchas de ellas turistas escandinavos a los que el muro de agua de 10 metros de altura les pilló en la playa o en sus bungalows de primera línea de costa. En toda Tailandia murieron unas 56.000 personas, aunque la cifra es seguro mucho mayor porque había en la zona numerosos trabajadores sin papeles de Birmania que no estaban registrados en sitio alguno.
Pedaleo sobrecogido. En primer lugar porque por muchas imágenes que hayas visto en la tele antes, aquí te das cuenta de la verdadera magnitud de la tragedia. El hotel en el que me alojé anoche quedó totalmente arrasado. Igual que todos los demás en kilómetros y kilómetros de playa. Los empleados me señalaban una construcción: ¿ve eso de allí?, pues no quedó nada. Y luego señalaban hacia otro lugar: ¿ve la piscina?, pues no quedó nada. Me sobrecoge la vulnerabilidad del ser humano antes estos fenómenos naturales. ¿Qué puedes hacer si una ola de 10 metros te pilla en bañador tumbado en tu toalla?
Pero me sobrecoge también la celeridad con la que Tailandia ha rehecho todas las infraestructuras. Si no fuera por los carteles que ahora avisan de vías de escape seguras en caso de nuevo tsunami y por algunos memoriales en recuerdo de las víctimas, nadie podría decir que por aquí paso una apisonadora en forma de agua. No veo ni un solo edificio aún derruido ni una evidencia del desastre. Hasta los grandes árboles de las zonas ajardinadas de los resort que resultaron abatidos por la ola han sido sustituidos por otros de igual porte replantados.

20 jul 2008

Mejor con pantalones

Por: EL PAÍS

Bangkok no es una ciudad para quedarse mucho tiempo; la mayoría de viajeros pasa por aquí porque aquí está el aeropuerto internacional, se quedan uno o a lo sumo dos días, y siguen viaje. Les entiendo, aunque el tema de la polucion y los atascos parece que ha mejorado (al menos estos días que paso aquí no veo tanto tráfico ni tan cargado el ambiente como otras veces). Además, en un país con tantas cosas que ver como Tailandia, si tienes poco tiempo (que es lo normal), tienes que priorizar.

Lo habitual es dedicar la mayor parte de la estancia en Bangkok a visitar el Palacio Real y el templo del Buda Esmeralda, un gigantesco conjunto de edificios blancos y pagodas doradas que fue residencia de la familia real desde el siglo 1782, cuando la dinastía chakri subió el poder. Chedis, pagodas, grandes salones, inabarcables pabellones recubiertos de oro y maderas preciosas, cientos de estancias y dormitorios hacen del Gran Palacio un sueño de cuento de hadas que tiene la virtud de trasladar al visitante ? y suponemos que también a sus antiguos moradores, para eso fue construido ? a un estado de serenidad y paz espiritual que contrasta con el caótico tráfago urbano que resuena tras su muros.

Pero suele estar tan lleno de gente que la visita se convierte en una especie de estancia ajetreada y sudorosa en un parque temático (con menos sombras que Terra Mítica). Mi consejo es que lo veáis rápido (satura tanta belleza) y vayáis al otro lado del río al menos concurrido pero delicioso templo de Wat Arun. Es uno de los más antiguos de la ciudad y tiene un prang (torre) de estilo khermer camboyano de 82 metros de altura que es una maravilla. Subir hasta la cima del prang (no se aconseja ir con falda, cuando lleguéis sabréis por qué) y deleitaros desde arriba de la mejor vista de Bangkok? sin agobios.

20 jul 2008

La limpia e impoluta Singapur

Por: EL PAÍS

El Oriental Express acaba su viaje en la estación de Singapur. Nunca había estado aquí y aunque todo el mundo que conoce esta isla- estado lo comenta, hay que verlo para creerlo. Singapur es una ciudad tan limpia y tan ordenada que da grima. Yuyu, vamos. Es como si de repente cayeras en un decorado del mundo perfecto de Aldous Huxley. Tirar un papel al suelo o arrojar una colilla está penado con importantes multas o con trabajos comunales (tire basura a la calle y ya verá como le ponen un mono azul y le tienen varios días limpiando las aceras con una escoba como castigo, me decía el taxista).

Pero no es solo eso. Es que no hay un rincón descuidado ni un mínimo trozo de jardín sin césped ni un arcén con una bolsa de plástico o una solitaria colilla ni una urbanización, por humildes que sean los bloques de viviendas, sin sus parterres y sus macizos de flores. No sé, es tan ordenado que da miedo. Reconozco que está bien eso de buscar la excelencia, sobre todo en estos temas de convivencia urbana, pero a la perfección le pasa como a la felicidad. Que lo bonito es buscarla. Una vez que la consigues, se vuelve aburrida. U opresiva.

20 jul 2008

El puente sobre el río Kwai

Por: EL PAÍS

El Orient Express ha parado hoy en la estación del puente sobre el río Kwai. Sí, el genuino, el de la película de los silbiditos. Es un puente normal, perdido en un lugar remoto, cerca de la población de Kachannaburi, que no llamaría la atención si no fuera por el trágico papel que jugó en el frente del Pacífico durante la II Guerra Mundial.

Por una cuestión estratégica que es larga de explicar aquí, los japoneses se vieron obligados a construir una línea férrea entre Tailandia y Birmania a través de selvas impenetrables, ríos (entre ellos el Kwai, o Kwae, como se escribe en tailandés), montañas y zonas infectadas de malaria y otras enfermedades. Utilizaron como mano de obra a prisioneros de guerra, sobre todo holandeses, australianos, neozelandeses y británicos, y peones contratados en régimen de semiesclavitud en los países asiáticos que ya habían conquistado. Los ingenieros tenían previsto tardar cinco años en completar los 415 kilómetros de vía férrea entre los dos países, pero al final lo hicieron en solo 16 meses. A costa de matar literalmente de hambre y de esfuerzo a miles de hombres. Se calcula que unas 100.000 personas murieron durante las obras, 26.000 de ellas prisioneros de guerra occidentales. Me impresiona pasear por el cementerio que hay junto al puente, donde están enterrados unos 6.000 de aquellos jóvenes que fueron exterminados de manera ignominiosa por los japoneses. Es el cementerio más visitado y se ha convertido en una de las atracciones turísticas de la provincia de Kachannaburi, pero por desgracia no es el único, hay otros 160 como éste a lo largo de toda la vía férrea.
El puente ya digo no es gran cosa y por si no justifica el viaje, excepto para mitómanos del cine. El original, cuya construcción recoge la célebre película de David Lean de 1957, era de madera y se levantó entre 1942 y 1943. Un año después fue sustituido por otro de pilares de hormigón y traviesas de acero, que los aliados bombardearon en 1945. Los pilares que se ven aún hoy pertenecen a aquel segundo puente de 1944. Si venís no perderos el Museo de la Línea Férrea Thai-Burma, al lado del cementerio, un recordatorio de lo que fue la construcción de esa vía y un alegato contra los horrores de la guerra (y aún hay quien la justifica en la actualidad para ?combatir el terrorismo?; ¡que vayan ellos; conmigo que no cuenten)

16 jul 2008

Un dia en el Oriental Express

Por: EL PAÍS

Viajar en un tren del Oriental Express es volver a una época en que el verbo viajar significaba mucho más que desplazarse entre dos puntos. También cambia la percepción del espacio, porque cuesta acostumbrase a ese plano único longitudinal que marca el estrecho pasillo de los vagones. Solo puedes ir para delante o para atrás, nunca para un lado. Pero salvado este pequeño problema espacial pronto te sumerges en la cotidianeidad de la vida abordo.
El desayuno te lo trae a la cabina el asistente de tu vagón. Una bandeja primorosa con servilleta de lino, fruta pelada, bollería, zumo natural y café americano. Luego te preparas para bajar a la excursión diaria; a la vuelta, almuerzo informal en uno de los restaurantes. Y por la tarde, tiempo libre para leer, ver el paisaje desde el vagón panorámico de cola o para lo que te de la gana. Viajar sin prisa. Y al anochecer, cena de gala en la mesa que te hayan asignado.
Por la ventana, como en un bucle sin fin, van desfilando los verdes infinitos del sudeste asiático. Verde amarronados, sucios y caóticos, a la salida de Bangkok; arrabales de chapa y polvo como los de todas gran ciudad que avergüenza aún más vistos desde el interior de estos lujosos vagones. Verdes ocuros y húmedos de la zona boscosas del río Mae Nam Klong, por las que el tren pasa despacio, salvando barrancos y quebradas de vértigo. Y verdes vivos y eléctricos, de una luminosidad especial de los arrozales del sur de Tailandia, el paisaje más bonto que hemos visto de momento. Inmensas planicies de horizonte fijo sobre las que levanta palmeras solitarias, como pentagramas perdidos en una partitura verde monocroma.

16 jul 2008

La dicotomía de Bangkok

Por: EL PAÍS

SaludosdesdeBangkok.jpg
Un Mercedes de gama alta se detiene en la puerta del hotel Hilton de Bangkok, a orillas del río Chao Praya. Una pareja de ejecutivos vestida, tanto él y ella, con trajes de marca y maletines de diseño italiano desciende del vehículo. Alrededor se elevan otras torres de rascacielos que albergan más hoteles de lujo, como el Shangri-La, el Lebua, el Oriental o el Sukhothai (ninguno baja de varios cientos de dólares la noche) además de oficinas acristaladas y sedes de compañías multinacionales.

Justo enfrente del Hilton, al otro lado del río, se levanta Thonburi, el barrio histórico de Bangkok. Aquí no hay calles, solo canales de aguas estancadas; las casas son palafitos de madera y chapa, la gente vive en cuclillas sobre esteras vegetales y todo se compra y se vende desde piraguas atestadas de productos naturales que manejan mujeres protegidas por un gorro de paja de arroz. Un siglo de distancia entre una orilla y otra del mismo río. Dos mundos coetáneos separados por unos metros en la distancia y un abismo en el tiempo. Así es Bangkok, la capital tailandesa, a la que acabo de llegar después de muchísimas horas de vuelo, vía Estambul.

El jet lag me pesa, pero me puede más el ansia de redescubrir una ciudad que vi por primera vez hace ya más de 25 años y que recuerdo caótica pero amable. No me importa dejar las maletas en el hotel y tirarme sin pausa a la calle.

Bangkok es futurista, rabiosamente moderna, saturada de todo (ya sean olores, gentes o coches), una ciudad donde las autovías crecen unas sobre otras, el metro circula bajo tierra y también sobre raíles por encima de ella; los rascacielos del siglo XXI se reflejan en las aguas achocolatadas de río Chao Praya junto con la silueta piramidal del Wat Arum, la pagoda de estilo camboyano más antigua de la ciudad. Donde los grandes reclamos publicitarios llenan la noche de destellos de neón y el ir y venir de sus 14 millones de habitantes genera unos atascos bíblicos famosos en toda Asia.

Sin embargo, Bangkok, “la deliciosa capital de las nueve gemas, la morada real más elevada”, vive la misma dicotomía entre la tradición y la vanguardia que el resto del país: junto a esos rascacielos de acero y cristal se pueden ver palafitos de madera, frente esas ejecutivas ceñidas en finos trajes de marca enganchadas permanentemente a su teléfono móvil caminan aldeanas tocadas con el gorro cónico en dirección a un mercado flotante, o monjes buditas envueltos en raídas túnicas naranjas espera el pindapata, la limosna matutina. Es la dulce locura de una ciudad única, alocada, calurosa en extremo, que simboliza el desarrollo de este tigre asiático.

El País

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