El Viajero: Guía de Viajes de EL PAÍS

Sobre el blog

Un blog de viajes para gente viajera en el que tienen cabida todos aquellos destinos, todos aquellos comentarios, todas aquellas valoraciones que no encontrarás en otros medios.

Un espacio abierto a la participación con información diaria y actualizada sobre países y ciudades, alojamientos, transportes, gastronomía, rutas, ideas para ahorrar dinero o para gastárselo en lo mejor en lo que uno puede invertir su tiempo: en viajar. Todo contrastado y analizado en primera persona.

paconadalsl@gmail.com

Sobre el autor

Paco Nadal

Paco Nadal es viajero-turista antes que periodista y culo inquieto desde que tiene uso de razón. Estudió Ciencias Químicas pero acabó recorriendo el mundo con una cámara y contándolo. Escribe en EL PAÍS sobre viajes y turismo desde el año 1992. Es también escritor y fotógrafo, colabora con la Cadena Ser, además de presentar series documentales en diversas televisiones.

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El cuerno del elefante, un viaje a Sudán

El cuerno del elefante, un viaje a Sudán

Un relato trepidante por unos de los destinos menos turísticos y más inseguros del mundo. Un viaje en solitario lleno de emoción y melancolía a lo largo de una región azotada por constantes guerras y conflictos étnicos. Un viaje plagado de sentimientos que consigue conectar al lector con los sufrimientos y las esperanzas de África.

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30 oct 2008

España cañí (II)

Por: EL PAÍS

Segunda entrega de este particular viaje por la España cañí de nombres curiosos. Spain is different!!!!!!!!

29 oct 2008

España cañí (I)

Por: EL PAÍS

La vida de un periodista de viajes no es tan glamourosa como se puede pensar. No andas todo el día de playa en playa tropical, ni de paraiso en paraiso, ni de un hotel de lujo a un restaurante cinco estrellas Michelin. Ni siquiera te acosan las teenagers en la playa de Malibu. ¡Qué más quisieramos! Lo normal es que te pegues buena parte del año dando tumbos por la España más cañí y rural, durmiendo en pensiones de mala muerte.
Un día vi un cartel de entrada a un pueblo de Guadalajara: "Solanillos del Extremo" ¿Qué sobredosis de peyote debía de tener quien puso ese nombre a un pueblo? ¡Solanillos del Extremo! Era como de risa.
Me acordé de la de pueblos con nombre raro que veo a lo largo del año haciendo kilómetros por esa España profunda por la que no pasan ni las autopistas ni los AVES. Y decidí hacerme una foto en cada uno de ellos. Aquí va parte de la colección, en absoluta primicia. Prometo atacar con más en próximos días (tengo fotos para aburrir, ni os imaginais la de pueblos que bautizo el señor del peyote con nombre original/curioso/raro a lo largo y ancho en este país).

28 oct 2008

La mejor vista de Corfú

Por: EL PAÍS

Hace unos días, en el programa de viajes que hago en la SER con Javier Rioyo (Hoy por Hoy, con Carlos Francino, jueves de 10,30 a 11,00) hablabamos de Rodas y Corfú, dos de las mayores islas griegas. Pero esto de la radio en prime time es una locura: entre que el tiempo apremia, que hay mucha publicidad (¿dónde está la crisi?) y de que tanto a Rioyo como a mi nos gusta chupar micro, no da tiempo a explicar nada.

Comentaba que una de las vistas imperdonables de Corfú era al monasterio Panagia Vlacherna, un pequeño templo blanco que se levanta sobre el islote de Pontikonisi, a unos 20 minutos en moto de la ciudad de Corfú. Es una vista deliciosa, y además hay un bar en la playa, justo enfrente, donde puedes sentarte en plan relajado a comer un pescado fresco mientras ves, a lo lejos, el pequeño monasterio ortodoxo recortándose sobre el agua azul y los pinares de Corfú. Es la foto que veis arriba.
Y como en el blog si que da tempo a explicar las cosas, pues eso, aquí queda la imagen de lo que no pude terminar de explicar por la radio. ¡Viva la trasnversalidad de los medios! Por cierto, a Corfú hay que ir también con un libro de Gerald Durrell debajo del brazo, por ejemplo, "Mi familia y otros animales". La mejor guía de viajes de esta isla cargada de mediterraneidad.

27 oct 2008

Peña Abantos

Por: EL PAÍS

Para recuperarme del camino he estado descansando este fin de semana en una casa rural del Maestrazgo de Teruel que conocí hace poco y que me encanta. Se llama Peña Abantos. La descubrí buscando nuevas casas con encanto para la guía de El País-Aguilar. Lo primero que me llamó la atención fue su ubicación: está aislada y solitaria en mitad de un bosque de pino negro y albar, a ocho kilómetros de pista de tierra de la carretera más cercana y a 15 del siguiente pueblo; asomada a un cantil de piedra desde el que se ve el valle de Nogueruelas, la sierra de Javalambre y las águilas volar.

Aunque lo mejor de la casa son sus dueños, Amparo y Sefo, que después de pasar más de 20 años navegando a vela por todo el mundo y ganándose la vida con los trabajos más dispares en los puertos más remotos decidieron cambiar las soledades del mar por las no menos emocionantes soledades de la sierra del Maestrazgo turolense. Encontraron esta finca preciosa y aislada y levantaron allí esta casa para vivir, en la que alquilan seis habitaciones para huéspedes. Todo lo han hecho ellos, desde los cabeceros a la piscina (los marinos han sido siempre gente muy autosuficiente). Silencio, paz y relajación en un entorno memorable, asegurados. Un buen sitio para ir a caminar, a hacer excursiones con bici de montaña o simplemente a pasar el rato de contemplación o lectura frente a la chimenea o en la terraza, con un escenario infinito por delante. (Se que a Blas no le gustan esta entradas (jejeje, es broooooma, Blas, con mucho cariño), pero la dejo aquí colgada para quienes busquen alojamientos rurales sin sorpresas.




24 oct 2008

Por fin, ¡Santiago!

Por: EL PAÍS

Acabo de entrar por fin en Santiago. Y como siempre, me he emocionado. No hay peregrino, por insensible o ateo que sea, al que tras ese montón de kilómetros, días y penalidades sufridos, no se le empañen los ojos cuando se encuentra por fin ante esa obra sublime del ser humano que es la fachada del Obradoiro de la catedral compostelana. La hicieron para eso, para impresionar. Para que te des cuenta de que lo mejor de los diversos Caminos a Santiago es que no terminan en cualquier lugar, no. Terminan en Santiago de Compostela, una ciudad única. El mejor regalo para una aventura al corazón de ti mismo.
Compostela se hace en torno a la campana, decía Torrente Ballester. La campana inunda la ciudad de tonos de bronce. Y la piedra de las iglesias, de los conventos y de los palacios, animada por ese tañir interminable, destila la humedad y la nostalgia de una ciudad sumida en la niebla. En Santiago se oye de continuo el repiqueteo de las campanas, muchas campanas, sones de ultratumba, ecos misteriosos que día a día, siglo a siglo, han marcado el tempo humano, el ritmo cadencioso de una ciudad de silencios.
Compostela es la patria de la contradicción, una ciudad vieja nacida de un camino de peregrinación en la alta Edad Media, donde bulle la nueva Galicia. Una mezcla de lo más nuevo y lo más arcaico a la que, como dice el escritor gallego Suso del Toro, ?parece que le faltara el siglo XIX y parte del XX?.

Una vez aquí hay varios ritos que cumplir. Primero, subir los 33 escalones de la entrada principal (qué número más cabalístico, ¿verdad?) poner la mano en el parteluz del Pórtico de la Gloria (en la foto contigua) y pasar bajo él. El Pórtico de la Gloria era la fachada de la vieja iglesia medieval, la joya del románico compostelano. Tan soberbia que cuando se hizo la ampliación barroca no se derribó sino que se conservó tras la nueva fachada, por eso la catedral de Santiago tiene dos pórticos de entrada contiguos.
Luego hay que ir a la oficina del peregrino y enseñar la credencial en la que te han ido sellando en los lugares de paso para que den la Compostela, un documento en latín que acredita que has peregrinado ?bajo pietatis causa?, es decir, con devoción cristiana. Como la iglesia está con la mosca detrás de la oreja porque esto de la peregrinación se les está convirtiendo en un viaje turístico, se han inventado otra Compostela laica, para los ateos como yo, que no viajamos por ?pietatis causa? sino por otras muchas causas que creemos tan nobles o más que las de ellos (pero esa es otra historia).
Todo eso pasa en Compostela. Todo en torno a un mito, la supuesta tumba de un apóstol, de más que dudosa veracidad. Pero eso es lo de menos. Sean de quien sean los huesos que se conservan en el relicario del altar Mayor, la magia de Compostela sigue siendo capaz de convocar a gentes del mundo entero, como lo lleva haciendo desde hace 1.200 años. Por algo será. Ya lo decía Gonzalo Torrente Ballester: ?No lo olvidéis. Solo quienes conserven el poder de asombrarse, entren en Compostela?

22 oct 2008

¡Esto se acaba!

Por: EL PAÍS

Estoy ya cerca de Melide, la población donde el Camino del Norte se une al Camino Francés, la ruta jacobea más importante y famosa, la que entra por Roncesvalles y pasa por Pamplona, Logroño, Burgos y León. Desde allí queda un día en bici (o dos a pie) hasta Santiago.
Eso significa que mañana se acaba la soledad, los silencios, la escases de servicios para el peregrino y los tramos intimistas, como estos que veis en las dos fotos superiores. Aunque ahora, a mediados de octubre no pasa tanta gente como en verano, el Camino Francés es la romería del Rocío comparado con este del Norte por el que vengo. Su fama ha crecido como la espuma y está muriendo un poco de éxito. Un pueblo como Foncebadón, en los Montes de León, que la primera vez que pasé haciendo ese Camino en el 94 estaba abandonado y en ruinas, tiene ahora un restaurante de lujo, un hotel y dos albergues de peregrinos. Un buen día de verano es fácil ver 100 personas haciendo cola ante el albergue de Melide a las 10 de la mañana para conseguir una cama. Una locura. Mientras que por el camino del Norte y más en estas fechas, hay jornadas en las que no te encuentras a nadie por la ruta.
Os dejo también una foto de un cabeceiro, una especie de canasto gigante hecho con palos trenzados y techado con paja que en zonas de Galicia se usa para guardar el maiz. Este lo había hecho un señor mayor en la puerta de su casa a imitación de los antiguos "para conservar las tradiciones", según me dijo. Cuando le pregunté si le podía hacer una foto, puso cara seria y me contesto: "Bueno, si no va a traerme ningún problema". Gente desconfiada esta del campo.

21 oct 2008

Cementerios góticos en la Galicia rural

Por: EL PAÍS

Galicia es una tierra sorprendente. Y distinta. Hay muchas cosas que me asombran de ella. Por un lado la singular configuración del territorio. Todo, absolutamente todo, está colonizado, habitado, en uso.
Entras desde Castilla o desde los montes de León, donde has atravesado cientos de kilómetros deshabitados, de páramos yermos sin pueblos ni vida, y una vez en Galicia todo cambia. Una aldea se confunde con la otra, una parroquia con la siguiente, un concello con el concello vecino. La tierra está usada y cultivada hasta la saciedad y aunque parezca que nunca hay nadie, por debajo pervive y resiste una sociedad agraria, arcaica y rural que aún vive apegada a la tierra y a las costumbres de sus ancestros. No se por cuanto tiempo.
Por otro lado, también me llama la atención el diferente culto a la muerte de los gallegos. Los cementerios son parte del pueblo y están siempre cerca de los vivos. Esa es, en parte, la razón por la que el bellísimo cementerio de Finisterre, de César Portela, está vacío. Como me decía una amiga gallega, el nuevo camposanto queda muy lejos del pueblo y expuesto a los vientos de la costa da Morte. Y nadie quiere que su deudos pasen la eternidad soportando ráfagas de aires salinos.
Cementerios que son obras de arte, como estos que veo al paso del Camino de Santiago del Norte, en su variante por la costa. Cementerios neogóticos, como el de San Xoan de Alba (el de la foto de arriba) o el de Goiriz (el de abajo) donde a uno no le importaría pasar el resto de la eternidad. Cerca de los tuyos... y a resguardo de un mal viento.
© Texto y fotos Paco Nadal

19 oct 2008

Las murallas de Lugo

Por: EL PAÍS

El Camino del Norte entra en Galicia por el puerto de El Acebo, pasa por A Fonsagrada, Cádavo Baleira y Castroverde y, después de una larga etapa por aldeas minúsculas y lugares tan solitarios que no hay ni dónde comprar una barra de pan, llega a Lugo, una de mis ciudades favoritas.



Lugo es una gran desconocida. Y sin embargo tiene un casco histórico soberbio, rodeado por una muralla romana que no sólo es única en el mundo sino que representa uno de los mayores deleites visuales que el peregrino puede experimentar en las ciudades que atraviesa. Dos kilómetros largos de muro de lajas de pizarra y granito unidas con opus caementicum, de hasta siete metros de grosor y entre ocho y doce metros de altura que se han conservado de forma milagrosa a lo largo de 2000 años y que envuelven aún esta ciudad, eje de caminos desde la antigüedad entre el noroeste peninsular, Asturias y la meseta.
La muralla, declarada hace poco Patrimonio de la Humanidad, fue siempre el emblema de Lugo, la Lucus Augusti de los romanos, y ya en 1549 una ordenanza municipal decía ?que ninguna persona de cualquier condición no sea osada de sacar, ni llevar, ni robar piedra ni hierro ni madera de las puertas y murallas de esta ciudad (..) bajo pena de 600 maravedís y 30 días de cárcel...?. El hooliganismo se ve que viene de largo.

Si venís por aquí, entrar al casco histórico por la puerta de San Pedro, que es por la que accede el Camino de Santiago, bajar luego por la rúa de San Pedro (donde se vive y se palpa el ritmo tranquilo, sosegado y delicioso de una pequeña capital de provincia), haced un alto en la catedral y enseguida subir al camino de ronda de las murallas, un paseo peatonal que circunvala toda la ciudad por lo alto de la cerca de piedra. Es la manera más intimista de descubrir Lugo, la gran olvidada de las capitales gallegas.
Luego siempre puedes dejarte llevar por placeres más mundanos y darte una vuelta por la calle de los vinos, una popular arteria del casco viejo llena de marisquerías y restaurantes. No son baratos, pero el marisco salta de puro vivo. ¡No todo va a ser mortificación en este viaje a Compostela!

16 oct 2008

Un 'ferreiro' ilustrado en Grandas

Por: EL PAÍS

Este es el último post que escribó desde Asturias porque ya he llegado a Grandas de Salime, la última población astur antes de que la ruta del Norte entre por fin en Galicia.
Vengas a pie o en coche, en Grandas hay que pararse obligatoriamente a ver el museo etnográfico, y no tanto porque sea uno de los más completos que he visto en España como por la personalidad de su creador, Jose Naveiras, conocido en el mundo entero como Pepe el Ferreiro.
Pepe fue el último herrero (ferreiro, en gallego) del pueblo. Hombre llano y sin estudios, pero con una inteligencia y una sensibilidad que ya quisiéramos muchos de los que hemos pasado por la Universidad, se dio cuenta de que toda la historia del mundo rural que el conoció, todo el patrimonio, toda nuestra herencia cultural en definitiva, se estaba perdiendo a marchas forzadas sin que nadie hiciera nada. Las cosas viejas eran solo eso, cosas viejas, y había que tirarlas pronto para sustituirlas por otras nuevas. El síndrome de nuevos ricos que ha acogotado a este país en las últimas décadas.
Sin más ayuda que la de los amigos y la familia y sin más patrimonio que el suyo propio fue reuniendo todo tipo de objetos relacionados con las artes, los oficios, las fiestas y el quehacer diario de los pueblos de esta raya astur-galaica.
Al final, el Ayuntamiento tomo conciencia de la fabulosa colección de objetos de todo tipo que Pepe el Ferreiro había reunido ¡durante 25 años! con su esfuerzo personal y aportó lo necesario para crear el Museo Etnográfico de Grandas de Salime. Una ventana a nuestro pasado más reciente, perdido ya en la mayor parte del país. El museo reproduce con pasmosa fidelidad diversos ambientes: una casa popular asturiana, una herrería, una tienda-bar clásica, un taller de carpintería, un telar, un molino, una fábrica de orujo..., todo con materiales y útiles originales. No soy amigo de exageraciones, pero es de lo mejor que he visto en mi vida. Y todo gracias a un ferreiro ilustrado.

14 oct 2008

En el techo del Camino

Por: EL PAÍS

Ayer pase Pola de Allande, una de las poblaciones más entrañables y aisladas por las que discurre el Camino del Norte en Asturias. Desde allí se inica la subida al puerto del Palo, que con 1.146 metros es la máxima altura de esta ruta jacobea. Son 12 kilómetros de cuestas ininterrumpidas, pero cuando llegas arriba el panorama de 360 grados de prados yermos, cordilleras y horizontes infinitos que envuelve la escena justifican el esfuerzo.
Es soberbia la sensación de soledad que transmiten estas alturas. No hay nada, ni humano ni divino, en lontananza. Solo la piedra desnuda, el viento y el frío. En invierno esta travesía es muy peligrosa a pie o en bici porque se te mete una niebla o una nevada y no te encuentra ni Paco Lobatón. Por fortuna está bien señalizada y hay mojones como el de la foto o flechas amarillas cada pocos metros.
Curiosamente hace mil años el puerto del Palo y los cerros que le rodean estaban más frecuentados y mejor equipados que ahora. Si llegas al puerto por la variante de Hospitales, un recorrido alternativo al oficial, verás las ruinas de tres antiguos hospitales de peregrinos (como antes se llamaba a los centros de acogida de pobres y transeúntes; no es que tuvieran quirófano) distribuidos estratégicamente en otros tantos collados que ya en el siglo X daban cobijo a los caminantes que se atrevían a cruzar estos collados. No eran el Hilton precisamente, pero al menos aseguraban un techo y una chimenea en caso de problemas. ¡Y creíamos que el turismo se había inventado antes de ayer!
La foto de al lado es de uno de estos "hospitales", el de Fonfaraón, que estuvo en uso hasta el siglo XV y que ahora utilizan los pastores para cobijar el ganado en los pastos de verano.
© texto y fotos Paco Nadal

El País

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