Uno de los líderes de la comunidad creole y personaje respetado en toda la isla. Pase una agradable mañana charlando con él en el porche de su casa de madera, rodeado de nietos y bisnietos que entraban y salían. 71 años y un sorprendente parecido con Sean Connery, media vida como pescador y marino en todo tipo de barcos, conoce el mar Caribe como la palma de su mano y lucha por conservar la biodivesidad de su isla. Habla de forma cadenciosa y suave, pensando en inglés y traduciendo luego al español. Trasmite paz y serenidad; tantas que dan ganas de ser como él, un venerable hombre en paz consigo mismo y con lo que le rodea sentado sin prisas en el porche de su casa. Me habló de cómo la comunidad decidió abandonar la ganadería porque fomentaba la desertización y la pérdida de suelo de la isla, del problema de las basuras y los residuos sólidos (han logrado que se prohiba la entrada de botellas de vídrio no reciclable en Providencia), de la cooperativa de pescadores que ayudó a montar y de los esfuerzos por convencer a sus compañeros de que el caracol y la langosta no son infinitos, que si los pescan en demasía acabarán con ellos. Y de cómo conciliar el turismo y el futuro de sus hijos y sus nietos, que ya estudian en la univeridad y no quieren ser pescadores ni agricultores, con la conservación de la isla.
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Dueño del chiringuito más famoso de Providencia, el de la playa de Manzanillo. Showman y astuto hombre de negocios que enreda a sus clientes con un desparpajo fuera de lo común y una hiperactividad a prueba de clima tropical. Su bar-restaurante está abierto las 24 horas del día en una de las playas más bonitas de la isla, con música reggae, calypso, salsa, cumbia..., una hogera en el centro, hamacas y tumbonas entre los cocoteros, su simpatía y todo tipo de cócteles, incluido el Roland' Espacial (no es un error, es esPAcial), que lleva ron, wiskhy, ginebra y no se cuantas miles de cosas más y se sirve en un coco. El primer y único afterhours de Providencia. Un sitio al que no puedes dejar de ir.
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Regenta otro famoso chiringuito a pie de arena, el de la playa del Suroeste. Pero está en las antípodas de Roland. Hay música también y cócteles (buenos mojitos, por cierto), pero el ambiente es más tranquilo y menos alocado. Richard es un librepensador, un místico que igual podría ser rasta que sufí. Pasó cinco años trabajando en barcos de carga por el Caribe y otro montón de ermitaño en lo alto de la montaña más elevada de Providencia. Solo bajó cuando se enteró de que su isla estaba amenazada por varios proyectos turísticos de gran envergadura, para luchar contra ellos. Si lo colocas entre Bob Marley y los Wailers, no desentona. "Solo quien sabe disfrutar del momento presente puede construir un buen futuro", me dice. Y me quedo con él en su chiringuito, disfrutando del momento inmediato, disfrutando del mejor atardecer de la isla. Tratando de que los dioses del Caribe me depararen un buen futuro.
Y muchos más.... como Felipe Cabezas, el buzo loco y grandote con rastas que es capaz de tirarse al agua sin equipo y darse cuenta de ello solo 20 minutos después. Como Jennyfer Archbold, la guía de turismo a la que la isla le enseñó cúal era su sitio en el mundo... como Josefina, una señora de armas tomar que regenta un restaurante y se enfrenta al mismísimo presidente Uribe si hace falta para defender a su isla....
Pero para conocerlos hay que venir hasta aquí, hasta la isla que reparte Providencia entre quienes son capaces de amarla y respetarla.





San Andrés no tiene muchas playas, la mayoría de la costa es de coral fósil. Pero las pocas que hay son muy agradables y con aguas transparentes gracias a la placidez de la laguna del arrecife. Si consigues olvidar tu estrés de urbanita, si apagas tu móvil, si no andas todo el día detrás de una conexión a internet para consultar tu correo y no te acuerdas de que el mes que viene te volverán a cargar, sí o sí, el recibo de la hipotéca..... ¡hasta te puedes creer el ser más afortunado y relajado de la tierra en esta tumbona!
Quizá sea una buena ocasión para hablar con la población creole, interesarse por su historia y por sus problemas cotidianos, que son muchos. Hablar con ellos del desarrollo de la isla, de su grado de participación en él, de qué piensa sobre el futuro de sus hijos. Siempre he creído firmemente que un turista no puede ser un especimen vácuo que ande por el mundo coleccionando lugares bonitos pero pasando de puntillas sobre la realidad deesos lugares. Ser turista no significa evadirse de los problemas locales. Siempre se aprende hablando con la gente.
Aparte de la compra de frigoríficos baratos, otro de los grandes atractivos de la isla colombiana de San Andres es el buceo. Toda la isla es de origen coralino (apenas levanta un centenar de metros sobre la superficie) y está rodeada por un gran arrecife que la protege de los embates del mar.
No puedes decir que has estado en Bogotá si no has ido al menos una noche a cenar al lugar más loco y disparatado de toda Colombia:
Hay colas para llegar, docenas de aparcacoches que te ayudan a dejar el carro, servicio de vigilancia y atención al tráfico. Y una vez que entras? una orgía barroca. Las paredes y techos están decoradas con todo tipo de cachivaches, afiches, trastos, lucecitas, banderitas, chapas, antigüedades y los más variopintos objetos que te puedas imaginar, de tal manera que no cabe ni un alfiler. Hay unas 300 mesas y 850 empleados, de ellos 250 meseros (camareros); es decir, casi uno por cada mesa. Mientras cenas van desfilando todo tipo de personajes y animaciones, desde diablos a pachangas de carnaval. Si encima dices que es tu cumpleaños te montan un show que nunca más querrás volver a celebrar tu onomástica con una aburrida tarta de merengue con velas.
Solo abre de jueves a domingos y se pone a reventar de gente joven de la clase media-alta bogotana y de extranjeros, todos con ganas de agradar. Lo normal es que antes de que llegue el segundo plato, la peña esté ya en estado de catarsis colectiva. Y a los postres no queda nadie en su mesa: están todos bailando salsa, vallenato o cumbia hasta en el cuarto de baño. A las 3 de la mañana se abre un servicio para guayabos (borrachos) con caldo caliente y algo más de comida con la que bajar la resaca antes de coger el coche de vuelta.
En fin, la bomba. Ya nunca un filete de ternera me sabrá igual.
Ahora por fortuna muchas cosas están cambiado en el pais. Ya me lo comentaron muchos compañeros de profesión y amigos que han estado por aqui recientemente y lo estoy comprobando yo ahora: al menos en Bogotá (cuando siga hacia el interior del país os contaré lo que veo por allí) la violencia secular que amordazó Colombia ha remitido de forma considerable. Viajar en coche de una ciudad a otra ya no es una lotería a ver si te secuestran o no. Y los problemas de seguridad de Bogotá - que siguen existiendo, no hay que bajar la guardia - son los mismos que pueda tener cualquier otra ciudad de 8 millones de habitantes.
Estoy por fin en Colombia. Aterricé en Bogotá y hoy he dedicado el día a recorrer la ciudad. La capital colombiana no es tan monumental como pueda ser Cartagena de Indias, pero tiene un pequeño casco histórico lleno de lugares interesantes. Bogotá es una ciudad sobre todo joven, con miles de estudiantes procedentes de todo el país, una ciudad de buenos de museos, muy literaria, muy abierta. Al barrio antiguo le llaman La Candelaria y es el único que tiene calles con nombre; con nombre bonito y sugerente, me refiero: calle de La Rosa, callejón de la Moneda, calle de las Culebras... en los que se respira aún la esencia de la vieja ciudad adoquinada y colonial. El resto de vías de esta metrópoli de 8 millones de habitantes que los españoles fundaron a 2.600 metros de altitud en la cordillera central del pais se rige por el más cartesiano y funcional (y más aséptico) formato de lo números: calle 176, carrera Septima...