En Honningsvag, un pueblecito de 5.000 habitantes a 35 kilómetros del cabo Norte, el lugar habitado (o al menos con gasolinera, internet y cerveza) más septentrional del continente europeo, encontré a dos de ellos. Son españoles, se llaman José Mijares y Gloria Pamplona y después de trabajar durante 10 años como guías turísticos en Noruega decidieron retirarse a este remoto lugar en el que la noche polar dura tres meses para montar un...¡bar de hielo!
Como suena. Compraron un bajo comercial cerca del puerto y cada año, al llegar la primavera, acuden provisto de motosierras a los lagos del interior de Laponia y cortan entre 30 y 40 toneladas de hielo en bloques de 60 centímetros de espesor cada uno con los que forran el interior del local hasta dar vida a este Ice Bar, donde todo, desde los asientos a la barra pasando por los vasos son de hielo.
"No vendemos solo el atractivo de tomarte una copa en pleno verano rodeado de hielo", me cuenta Gloria, "es también una lección sobre las glaciaciones. Puedes tocar el hielo del Ártico en el Ártico. Cada bloque cuenta una historia del invierno pasado. Ese que ves ahí traslúcido es hielo de primavera porque ya tiene nieve dentro. El de allá, completamente transparente, es hielo de los días más crudos del invierno". Un libro abierto... y además no hace falta que le pongas cubitos al gin-tonic.
Tienen una página web por si quereis ver más fotos del bar por dentro.







Escribo a bordo del Finnmarken, uno de los barcos del servicio Hurtigruten. Navegamos por la costa noruega en dirección al Cabo Norte. Uno puede pensar que en esta época del año y por estos mares cercanos al Ártico, la navegación es de todo menos placentera: olas, iceberg, tormentas... Pues nada más lejos de la realidad. Como la costa de Noruega está salpicada por miles de islas e islotes el barco navega por canales de aguas tranquilas, sin apenas sobresaltos (si exceptuamos el de ver a veces demasiado cerca de la borda las paredes de los acantilados y de los fiordos) y casi nunca sale a mar abierto.
Ese fue precisamente el acierto de August Kriegsman Gran, un asesor de buques a vapor, que en 1891 aseguró que conocía una ruta para navegar por estas aguas en invierno, con oscuridad total, pese a que solo existían dos cartas náuticas y 28 faros al norte de Trondheim. Lo tomaron por loco. Pero dos años después el gobierno le concedió una licencia para establecer un servico de barcos-correo que fue todo un éxito y facilitó el contacto con el mundo exterior a todos los pueblos costeros del norte del país. El correo que antes tardaba cinco meses en llegar lo hacía ahora en solo unos días.
Sin embargo, en esta época del año lo mejor llega por la noche. Y no me refiero a la marcha en la discoteca: la media de edad de mis compañeros de pasaje roza la de Matusalén y lo más cañero que tocan en el music-bar es un pasodobe; el Hurtigruten es un barco para disfrutar de la naturaleza más salvaje. Si buscas hacer pandilla y pasar la noche bailando, este no es tu barco.
El viernes, para celebrar la llegada de la primavera, subí al 
¡QUÉ BARATA ES ESPAÑA!