La vida en Rangiroa es deliciosa, no olvidaré fácilmente los días que estoy pasando aquí (solo falta Brooke Shields para que parezca El lago azul), pero se que no podría quedarme a vivir para siempre. No es fácil entablar amistad con los polinesios. Como buenos isleños, son gente reservada y callada. Y al final, tu bagaje genético de estresado europeo te puede. Vista desde aquí, hasta Papeete, la capital de la Polinesia Francesa, parece una frenética urbe llena de gente con prisa. En un pequeño atolón como éste funcionan otros tiempos, otros ritmos. En vez de resort de lujo cinco estrellas dignos de revista de diseño hay sencillas casas polinesias en torno a las cuales sus moradores atesoran todo tipo de cachivaches, una lavadora desvencijada, un viejo coche, muebles, cocos, ropa tendida...
Un polinesio trilingüe que es mi guía me dice: "No entiendo a los europeos. ¿Para qué la prisa? El principal problema de la gente joven aquí es que los mejores puestos de trabajo se los quedan los franceses que llegan el continente. Están más preparados pero sobre todo son más voraces. Los ritmos de una isla son distintos. Por eso mucha gente vería bien que se exigiera un mínimo de 10 años de residencias en las islas para optar a determinados puestos de trabajo.
¿Quien lleva la razón? Seguro que los dos.
Recuramos a los maestros. ¿Que diría Kapuscinski?: "La cultura de Occidente es única e irrepetible y por eso no se debe confundir modernización con occidentalización. Los Estados, las culturas, pueden modernizarse, pero no tienen por qué occidentalizarse". (El mundo de hoy, autorretrato de un reportero, citando a Samuel Huntington)







Cuando se lo cuente a lo amigos me va a resultar muy difícil seleccionar el momento cumbre de este viaje tuti plen "comosideverdadfuerarico" en el
El Ti´a Moana sigue navegando por el archipiélago de la Sociedad. El cocinero francés sigue hiperactivo. Y yo sigo engordando.

Es verdad que también Bora Bora es la isla más turística y llena de hoteles de todo Tahití. Para muchos demasiado masificada, aunque según los datos oficiales en ella pernoctan al año una media de 100.000 turistas (si dividimos, sale a 273,9 turistas por día, que tampoco es tanto; sobre todo si has estado un mes de agosto en Benidorm o en La Manga del Mar Menor).
Crucé Europa de punta a punta por primera vez con 15 años. He tragado todo el polvo del mundo en campamentos juveniles, de boys scouts o de clubes montañeros desde que tengo uso de razón. Me han picado todos los chinches habidos y por haber en pensiones de mala muerte viajando de mochilero en transporte público o en aquel viejo Seat 850 de quinta mano que se calentaba como un horno cuando llegaba una cuesta arriba. He recorrido media África a bordo de camiones de carga, compartiendo espacio con la población local amén de con sacos de pescado seco, cabras, gallinas y mercancías de lo más variopinto.
Una isla volcánica en mitad del océano es como una de aquellas mesas de comedor de nuestras abuelas, llenas de portarretratos, ceniceros y figuritas de porcelana. Tienen mucha superficie, pero son poco aprovechables. Las laderas escarpadas del viejo volcán salen del mar como muros de contención y se elevan en vertical cientos de metros tapizadas además por una vegetación tan abigarrada que en el hipotético caso de que alguien intentara escalarlas tendría que abrirse paso a machetazos. 
En el caso de Tahití si tienen un origen conocido. El más cercano: Marlon Brando y el 
Pocas cosas han hecho tanto daño a la música y las danzas tradicionales como el turismo. La banalización de los bailes folclóricos en los programas de los touroperadores para turistas ramplones ha convertido el arte popular en el reino del kistch. Solo hay que ver los pseudo-tablaos flamencos que abundan por la Costa del Sol.
El Ori Tahiti, la danza polinésica, es una mezcla de sensualidad y percusión. Tan sensual que en cuanto llegaron los primeros misioneros católicos y protestantes la prohibieron por pecaminosa (con la iglesia hemos topado). Anoche, cada grupo de los que actuó colocó unos 200 bailarines en el escenario, con un vestuario espectacular, confeccionado siempre con productos naturales de las islas (flores, hojas, perlas, semillas?) y una excelente coreografía. Y acompañados por una orquesta de percusión que dejaría en mantillas a las batucadas de Carlinhos Brown. 