El Viajero: Guía de Viajes de EL PAÍS

Sobre el blog

Un blog de viajes para gente viajera en el que tienen cabida todos aquellos destinos, todos aquellos comentarios, todas aquellas valoraciones que no encontrarás en otros medios.

Un espacio abierto a la participación con información diaria y actualizada sobre países y ciudades, alojamientos, transportes, gastronomía, rutas, ideas para ahorrar dinero o para gastárselo en lo mejor en lo que uno puede invertir su tiempo: en viajar. Todo contrastado y analizado en primera persona.

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Paco Nadal

Paco Nadal estudió Ciencias Químicas, aunque lo que más le gustaba desde pequeñito era recorrer el mundo y contarlo. Al final lo consiguió y ahora le pagan por viajar. Periodista especializado en viajes, escritor y fotógrafo, colabora con la Ser y con El Viajero, además de presentar series documentales en Canal Viajar.

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Si hoy es jueves, esto es Tombuctú

Si hoy es jueves, esto es Tombuctú

El alocado diario de un periodista de viajes recoge una selección de las entradas de este blog publicadas desde sus inicios en 2008. Unas crónicas que retratan con humor los avatares de una profesión absorbente pero maravillosa -la de periodista de viajes digital- en la que hay días en que no sabes si hoy es jueves o si esto es Tombuctú

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30 mar 2010

Y tú... ¿escupes en el tren?

Por: EL PAÍS

Viajar es una fuente de conocimientos. Y de quebraderos de cabeza. Sobre todo si no se conocen los códigos de conducta locales y de uso de los transportes públicos de cada país, de cada cultura, de cada religión. Porque no es lo mismo subir en un tren en Canadá o en India. O coger un taxi en Madrid que en Johannesburgo. Es más, en algunos lugares incluso no deberías coger un taxi. El pasado lunes hablamos de ello en Hoy por Hoy de la Cadena Ser ; estas son algunas de mis conclusiones:
- El viaje empieza en la parada de autobuses de una ciudad africana. Da igual la que sea. Localizo la furgoneta taxi que va hacia mi ciudad de destino, me subo a ella y me acomodo en una siento. Pero llega la hora y el vehículo no parte. Y sigue subiendo gente. La furgoneta-taxi tiene 9 asientos, pero a bordo ya somos 15. Ahora somos 16, 17, 20, 22? ¡24 personas! "¡Por favor, señora, déjeme sacar mi pie de debajo de su axila!" Entonces, ahora si, el conductor arranca y la lata de sardinas parte. ¿Qué ha pasado? Pues que en África los taxis y buses no salen cuando es su hora, sino cuando están llenos. Y nadie entendería que si tienen 9 asientos fueran ocupados por solo 9 pasajeros. ¡Que desperdicio!

- Estoy ahora en Shangai, en China, en un vagón de metro. El señor que va sentado a mi derecha hace un ruido espantoso con la boca y? me lanza un escupitajo a centímetros de mi pantalón. "¿Cielos! ¿me está provocando? ¿quiere pelea?", pienso. De repente, el de la izquierda, hace lo mismo.. y otro escupitajo pasa rozando mi zapato. ¿Qué esta pasando? Pues que en China la costumbre escupir en el suelo está socialmente aceptada. Y un medio de transporte no iba a ser una excepción.
- Por cierto, si viajas en tren por China y el de enfrente se quita los zapatos y pone los pies sobre tu asiento, junto a tu trasero, no te incomodes. Está también socialmente aceptado.

- He llegado a Tokio y estoy esperando un tren regional. Hay que saludar a los compañeros de compartimento con una leve inclinación de torso. Hecho esto, tomo asiento y saco mi bocata de chorizo, el viaje va a ser largo. Pero el resto de viajeros me mira horrorizado. ¿Serán vegetarianos? No, es que en Japón es una falta de urbanidad terrible comer en la calle o en lugares públicos.
- Si viajas por Rusia no levantes la mano en la acera como si estuvieras llamando a un amigo: te parará cualquier coche. La costumbre es que si necesitas un vehículo, levantas la mano a pie de acera y si alguien va en esa dirección te para y te lleva, sea o no un taxi oficial.
- En Alemania te puedes subir libremente a cualquier transporte público: nadie te va a pedir el billete. Ni nadie te lo va a vender a bordo. La tentación de viajar sin pagar es grande... pero antes o después te pilla un revisor (los hay y muchos) y te cae una multa de órdago: hay que comprar los billetes o abonos antes en establecimientos autorizados (gracias Carmen-frei).
- Voy en un autobús nocturno de Turquía. La gente se descalza y coloca sus pies sudorosos en cualquier parte, sin pudor. Pero de repente a mi se me ocurre sonarme la nariz con un pañuelo y todos alzan la cabeza para mirarme horrorizados: sonarse la nariz es uno de los gestos de peor gusto que puedes hacer delante de un turco.
- Estoy ahora sentado en la mesa de un restaurante de Dublín. Viajo solo y estoy en una mesa de cuatro. De repente el camarero llega acompañando a otra pareja y los sienta en mi mesa. "¡Ejem, perdone, pero yo no estaba esperando a nadie, le digo!" Da igual. Ni falta que hace, en Irlanda y en otros países anglosajones es un desperdicio usar una mesa uno solo. Mientras haya sitio irán sentado a tu vera a otros comensales. Bien visto, es una manera de no cenar en solitario y mirando la tele y, quien sabe,? ¡hasta el inicio de una gran amistad!
Y a ti, ¿te ha sorprendido alguna "particularidad" de los transportes locales en tus viajes?

28 mar 2010

Patagonia: manual de instrucciones

Por: EL PAÍS

Canal de Beagle, al atardecer. Darwin vio este mismo paisaje.
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Como siempre que acabo un viaje, os dejo algunos datos prácticos, por si queréis repetir la aventura.

El barco. La empresa que lo gestiona se llama Cruceros Australis . Tiene dos naves, el Vía Australis y el Mare Australis (para la temporada que viene está previsto botar el tercero, el Stella Australis) que hacen continuamente la ruta entre Punta Arenas (Chile) y Ushuaia (Argentina) en ambos sentidos, desde septiembre a febrero. Los precios varían entre 840 dólares y 3.400 dólares por cabina doble según fechas, itinerario y tipo de cabina.
Mi consejo. Que elijáis el trayecto Punta Arenas-Ushuaia, en vez del contrario. Dura un día más y se visitan lugares más interesantes (por ejemplo, la avenida de los Glaciares se ve al atardecer, mientras que en el que sale de Ushuaia se pasa por esa zona de noche).
Lo mejor. Muchas cosas: la profesionailidad de la tripulación, todos los camarotes son amplios y exteriores, el interés que ponen en las charlas y las excursiones a tierra, la comida a bordo...
Lo peor. El barco tiene poco criticable; está todo muy cuidado. Si me tengo que quejar de algo: de que no se pueda desconectar el altavoz del camarote, para no tener que oir los mensajes generales si estás descansando.
Mejor época. En el hemisferio austral, el verano es nuestro invierno. Por tanto las mejores fechas son diciembre y enero (también las más caras: allí es temporada alta). Mi consejo es ir fuera de estas fechas: los precios bajan considerablemente y la meteorología sigue siendo relativamente estable.
Ropa. Aunque allí sea verano, es un verano en el paralelo 54. Ropa de invierno, forros polares y chaqueta y pantalón impermeables. Para el barco, ropa casual y deportiva. Nadie espera tener una cena de gala con el capitán vestido de pingüino; es otro rollo.
UNA VEZ EN PUERTO. En Punta Arenas me gustó el hotel Cabo de Hornos.
En Ushuaia, el nuevo hotel Cilene del Faro es una pasada; todo son suites y tiene spa incluido (pero no es barato: 220 dólares la doble). Más razonable de precio, sencillo pero muy limpio y acogedor, el hotel Tierra del Fuego , un cuatro estrellas en el centro del pueblo, entre 60 y 85 ? la noche.
Para comer en Ushuaia: imprescindible probar el cordero patagónico hecho durante horas a fuego lento; el mejor es el que preparan en el restaurante La Estancia (c/San Martín, 253; 20 euros a la carta.)
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PD: en un islote perdido encontré esta tumba. Era reciente. Me dijeron que pertenecía al capitán de un pesquero que naufragó hace un año en este lugar; toda la tripulación consiguió llegar a nado a la isla, pero él murió de frío mientras esperaba el rescate. Sus compañeros grabaron en la cruz "Cap. Gringo" y dejaron en ella su gorra y su reloj. Estas aguas no perdonan errores.

25 mar 2010

La cárcel más austral del mundo

Por: EL PAÍS

Que te metan en la cárcel debe de ser una faena. Pero que te metan a la cárcel en el paralelo 54º 48'', es decir, a miles de kilómetros del lugar habitado más cercano y en un clima tan hóstil que solo hay dos estaciones: la del frío y la del mucho frío, es una putada.
Eso debieron de pensar las autoridades argentinas cuando decidieron en 1902 construir un presidio para reincidentes y presos peligrosos en Ushuaia, al borde del canal de Beagle. Que mandarlos allí sería el mayor castigo que podrían imponerles.
El presidio de Ushuaia fue construido por los propios penados y debía de servir para fomentar la colonización de la parte argentina de Tierra del Fuego. En aquella época Usuhiaia no era más que una pequeña aldea con 40 casas. La cárcel llegó a albergar 600 presos y aunque en un principio se decía que solo recibiría reincidentes y peligrosos asesinos con cadenas perpetuas, la verdad es que también albergó presos políticos y opositores al régimen de turno (todos los regímenes, ¿cuál del Cono Sur no ha sentido la necesidad de quitarse de en medio a los opositores durante todo el siglo XX?).
La cárcel fue clausurada en 1947 y hoy se ha reconvertido en museo y en una de las principales atracciones turísticas de la ciudad. Se han rehabilitado algunos pabellones donde se muestra cómo vivían los presos, el régimen de internamiento y el día a día del presidio (tenían trabajos "remunerados" y había talleres de diversas manualidades). Aunque el que da escalofrío es el pabellón que no se ha arreglado, es decir, que está tal cual estaba (el de la foto de al lado). Hay también una interesante muestra de maquetas de barcos que fueron importantes en la historia de la Tierra del Fuego, empezando por el Beagle, y una exposición sobre las exploraciones antárticas.
De todas formas, en estos sitios me pasa siempre igual. Yo los visito casi con reverencia, porque me impone respeto pensar en la gente que sufrió y murió allí (aunque fueran convictos); pero eso me chirría la frivolidad con la que los turistas dilapidamos ahora estos lugares, con nuestras bermudas y nuestras cámaras digitales. Me produjo especial sarpullido unas adolescentes que jugaban a fotografiarse con la figura de la foto de arriba (que representa a uno de los presos reales) en plan frívolo. Lo dicho: el turismo lo trivializa todo.

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Se acabó el fin del mundo. Ha sido un viaje fascinante, lleno de recuerdos y de nuevos descubrimientos. Ya estoy otra vez en casa. Pero por poco tiempo. Deshacer maletas y lavar ropa: nos vamos enseguida de viaje. ¡Otra vez!

Nunca pensé que volvería a Ushuaia . Y sin embargo, aquí estoy de nuevo, en la ciudad más austral del mundo. En un día gris ceniciento en el que el cielo llora un sirimiri triste como amanecer de otoño. Las montañas negras y huidizas que rodean la ciudad siguen igual de negras y patibularias. Y el brillo de acero de las aguas del canal de Beagle sigue creando la misma conmoción de lejanía que me provocó en aquella primera estancia.
El Vía Australis acaba aquí su singladura. Y los pasajeros deambulamos por las calles de la ciudad que Argentina creo sobre un antiguo poblado yagán para darle soberanía a su parte de Tierra del Fuego como zombies bamboleantes, con ese ligero desajuste de equilibrio que provoca la tierra firme tras una semana en el mar.
Ushuaia no es una aldea: tiene 40.000 habitantes y acaba de ampliar el exiguo aeropuerto que yo conocí para que puedan entrar aviones de tamaño mediano, aunque sigue siendo tan adrenalínico como el antiguo: por delante y por detrás de la pista no haya nada más el agua fría del canal de Beagle.
Pero pese a ciertos atentados urbanísticos (está en construcción el tercer casino de la ciudad; ¿quién viene a jugar a la ruleta al paralelo 54), Ushuaia sigue teniendo un aire de ciudad del far-west, crecida al amparo de alguna fiebre: la del oro, la del aceite de ballena, la de la piel de foca o la de la promesa de un trabajo bien pagado.. Entre las viviendas modernas y anodinas del centro aún afloran, como islotes de la historia, algunas de aquellas pequeñas casitas de planta baja y vivos colores que un día poblaron la ciudad más al sur del mundo. Y cuando el sol asoma entre los nubarrones australes, sus policromías alegran la ciudad como si un niño hubiera dejado escapar un puñado de globos de colores.




Hay varios excelentes museos en Ushuaia (el del fin del mundo, el de la cultura yagán y otro del que os hablaré en el siguiente post), además de un montón de librerías (¡estamos en Argentina!). Pero aparte de esto hay poco que hacer en el casco urbano.
Lo mejor de Ushuaia es el soberbio paisaje de montañas con nieves casi perpetuas, glaciares y bosques que la rodea, buena parte de él protegido bajo la denominación Parque Nacional de Tierra de Fuego . Y la gente llega hasta aquí en avión para programar excursiones por esa naturaleza salvaje. Pero nosotros lo hemos hecho al revés: venimos de esos lugares salvajes, los hemos visto en completa soledad, y ahora el reencuentro con la civilización nos provoca desubicación. Me cruzo una y otra vez con los pasajeros del barco, que deambulan calle San Martín arriba y calle San Martín abajo, tan aburridos y fuera de lugar como pingüinos en un garaje.
Es el momento de irse a la cárcel.

Son muchos las amenazas ecológicas que se ciernen sobre esta tierra aún casi virginal de la Patagonia y la Tierra del Fuego. Algunas las enumeraron ya los lectores de este blog (Adrián, Catalina, Jordi Busqué, a los que les agradezco la información): piscifactorías de salmones, megapresas y complejos hidroeléctricos en los que está envuelta la española Endesa....
Pero hay una amenaza más pequeña, menos visible y no menos peligrosa: ¡LOS CASTORES!
Sí, aunque parezca mentira estos pequeños roedores pueden acabar con los bosques patagónicos por culpa de ¿quién?... por supuesto: del hombre, que cada vez que manipula la cadena natural...¡la jode!
En Patagonia nunca hubo castores . Los introdujeron en 1946 empresas canadienses para comercializar su piel. Pero resultó que al cambiar su dieta, los castores desarrollaban otro tipo de pelaje de menor calidad y el negocio fue un fiasco. Las empresas se fueron, pero los castores se quedaron... y se multiplicaron por miles. Hábiles nadadores, cruzaron el canal de Beagle y se esparcieron por toda la Tierra del Fuego.
¿Cual es el problema?: los castores son los ingenieros del bosque. Talan árboles para construir diques con los que represan los arroyos hasta formar grandes lagunas. En medio de esas charcas construyen una isla-madriguera de forma cónica con troncos y barro a la que solo se puede acceder por túneles submarinos y allí viven y tienen a sus crías. Uno de los bichos más inteligentes que existen.
Los castores no tiene depredadores en Patagonia, por lo que no sería necesario hacer esos complejos hidráulicos para proteger a su prole, pero ellos no lo saben. Así que llevan medio siglo haciendo castoreras, como la de la foto, por toda la Patagonia; anegando terrenos, derribando bosques enteros, causando un destrozo que ni una pandilla de maníacos a bordo de bulldozer podría igualar.
Se han hecho tímidos intentos por acabar con ellos: se introdujeron visones para que se los comieran, pero los visones prefiren comer huevos de pato o de ganso, más fáciles de conseguir, que perseguir castores. Con lo que ahora hay dos probelmas: los castores y los visones. Se ha intentado controlarlos mediante la caza, pero no hay cultura ni medios ni conocimientos suficientes para hacerlo. De momento ni el gobierno chileno ni el argentino se han puesto mucho las pilas por buscar soluciones al problema.
Y mientras tanto los castores ya han cruzado el estrecho de Magallanes y han llegado al continente. El día menos pensado aparecen en la calle Corrientes de Buenos Aires.
Es lo que pasa cuando el hombre toca donde no debe: ¡lo estropea todo!

PD: es muy interesante el proyecto Pumalin, un parque natural creado por el dueño de la compañía de material de montaña North Face que se gastó una fortuna comprando terreno en Patagonia para... ¡dejarlo tal cual está y evitar que las multinacionales de la madera y la energía lo destrocen todo!

21 mar 2010

90 nudos en el cabo de Hornos

Por: EL PAÍS

El colofón de un viaje en el Vía Australis es llegar al cabo de Hornos, el extremo sur del continente americano, el verdadero fin del mundo.
En realidad Hornos no es un cabo, es una isla. La última isla de la muchas que forman esta pléyade de fiordos, canales, glaciares y senos que llamamos Tierra del Fuego. Pero ese es el único equívoco. El resto, toda la leyenda que envuelve al paso más traicionero y mortífero de los siete mares, es verdad.
Hay unos 800 naufragios datados en este punto en el que se juntan el océano Pacífico y el Atlántico, y puede que sean otros tantos los que no quedaron reflejados en ningún registro. Naves que sencillamente fueron tragadas por las aguas y desaparecieron sin dejar rastro en esta latitud 55º 59' sur en la que si aún es peligroso adentrase, mucho más lo era en aquellas épocas en que se navegaba a vela con pesados cascarones de madera difíciles de gobernar con el viento en contra.
El colofón de este viaje es llegar al cabo de Hornos... y descender a la isla. Pero la buena suerte se nos acabó ayer tarde. Esta noche han soplado ráfagas de 90 nudos y cuando al alba hemos avistado al faro del fin del mundo el viento alcanzaba los 90 kilómetros por hora con ráfagas de hasta 120. Aquí, a sotavento de la isla, el temporal se nota menos; pero al otro lado de ese peñón, en mar abierto, es como si alguien hubiera abierto la caja de Pandora. Imposible echar las zodiac al agua. Ni locos si nos ocurriría intentar desembarcar allí.
Como una imagen vale más que mil palabras, os dejo este vídeo (por cierto, 90 nudos son 168 kilómetros/hora, no 200 como digo en él; se ve que el viento me alteró la única neurona).
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Qué distinto este día de la otra vez que tuve la suerte de llegar al cabo de Hornos. Lo conté en este post. Aquella vez si que pude descender a la isla, estuve con los tres militares chilenos que guardaban la posición (ahora en la isla vive un solo militar con su familia, que son relevados cada año; no es un castigo: aunque parezca mentira hay cola para hacerse con el puesto). Esta vez la isla estaba más animada: vive también temporalmente un equipo de artificieros del ejercito chileno que están desactivando minas antipersona colocadas en 1978, cuando Chile y Argentina casi llegan a la guerra por los límites fronterizos de este fin del mundo.
Lo que también sigue allá arriba es el monumento con la imagen de un albatros en recuerdo de todos los navegantes muertos cuando intentaban doblar el cabo; se calcula que pueden ser más de 10.000. Lo he visto a lo lejos, entre la bruma del amanecer y me ha evocado grandes recuerdos de aquel primer viaje que hice hasta este extremo en un barco a vela. Y también está el faro del fin del mundo. La última luz del sur, el postrer resplandor de calidez ante de adentrarse en el oscuro, tétrico y peligroso paso de Drake. Al otro lado solo queda el frío, solo queda la Antártida .

?Soy el albatros que te espera en el final del mundo,
Soy el alma olvidada de los marinos muertos,
Que cruzaron el Cabo de Hornos,
Desde todos los mares de la tierra.
Pero ellos no murieron en las furiosas olas,
Hoy vuelan en mis alas,
Hacia la eternidad,
En la última grieta de los vientos antárticos?
(Poema de Sara Vial de los Heros grabado en el monumento a los marinos
fallecidos en el cabo de Hornos)

Si me hubieran dado a elegir compañía para este crucero austral habría pedido a Elsa Pataky . Pero si ello fuera imposible (como creo que lo es) habría pedido que viniera el primo de Rajoy, el mismo Rajoy y el resto de negacionistas del cambio climático para que comprobaran que algo gordo está pasando.
Hoy hemos navegado por la avenida de los Glaciares, uno de los tramos más espectaculares de la travesía. Se trata del brazo noroeste del canal de Beagle, en el que desaguan seguidos cinco glaciares que bajan de la cordillera Darwin. Cinco poderosos ríos de hielo que se pueden ver uno tras otro como un traveling mágico desde la borda del barco: el España, el Romanche, el Roncagli, el Italia y el Holanda.
Los glaciares son uno de los fenómenos de la naturaleza que más me ha impresionado desde que era niño. Es sobrecogedor estar aquí debajo, a escasos metros del frente de hielo, tomando conciencia del espesor de la masa helada, de la profundidad de las grietas y de su devastador poder erosivo. Te sientes un enano, sobre todo cuando se desprende un bloque y el estruendo que provoca recuerda el de una poderosa tormenta.
Pero lo más sobrecogedor es comprobar cómo están menguando los glaciares de Tierra del Fuego. El deshielo es tan rápido que hay fiordos, como el del glaciar Pia o el del glaciar Marinelli, en los que hace 10 años el barco no podía acceder porque estaban ocupados por el hielo y ahora penetra varios kilómetros sin problemas. En concreto, el glaciar Marinelli ha perdido 10 kilómetros de longitud desde 1984.
El que veis en la foto lateral es el glaciar Romanche. Bien, pues en 1990 el hielo llegaba hasta el mar; ahora solo es una cascada de agua. Sobran las palabras, ¿no?

PD: cuando vayáis a un glaciar tomar alguno de los trozos desprendido de la lengua. Nunca antes habríais visto un hielo tan compacto y transparente. La presión a la que se somete el hielo en el interior de la lengua es tal que las burbujas de aire oclusas van empequeñeciéndose hasta hacerse casi microscópicas con lo que el agua helada pasa a ser prácticamente transparente. El trozo de hielo que sostengo en la foto tiene unos mil años de antigüedad. Mola.
Otra PD, para lectores allende las fronteras hispanas: Rajoy es el líder conservador de la muy conservadora derecha española. Como todos los conservadores, pone en entredicho la influencia del hombre en el cambio climático, asesorado por un primo suyo que estudio ciencias.

18 mar 2010

¿Era Darwin un racista?

Por: EL PAÍS

Hay tres nombres omnipresentes en este viaje en barco por los canales patagónicos: Darwin, Beagle y Fitz-Roy. No en vano navegamos por los mismos escenarios por los que navegó el bergantín de 10 cañones más famosos de la historia, el HMS Beagle, al mando del capitán Robert Fitz-Roy. Un buque hidrográfico de la marina británica que realizó dos viajes de exploración y cartografía por estas peligrosas costas de la Tierra de Fuego entre 1826 y 1836, en el segundo de los cuales llevó a bordo a un naturalista novato pero muy perspicaz llamado Charles Darwin que cambiaría la historia de la ciencia.

Los topónimos de los lugares por los que pasamos no hacen más que recordarnos aquella gesta: canal Beagle, cordillera Darwin, Seno Otway (por el almirante Robert Otway, que mandaba la flota británica en Sudamérica), canal Ballenero (por el bote ballenero del Beagle que supuestamente le robaron los nativos), estrecho Murray (por el teniente Murray, piloto del Beagle)... En la pequeña biblioteca que lleva nuestro barco, el Vía Australis , hay además docenas de libros sobre Darwin y todo lo que rodeó a aquellos dos viajes. El año pasado se celebró el bicentenario de Charles Darwin y la verdad es que con esa efemérides se han escrito miles de títulos sobre el tema. Yo mismo me he traído dos de mi propia biblioteca: la Autobiografía del propio Darwin y El reloj de Mr. Darwin, de Juan Luis Arsuaga.
Pero entre esa riada de estudios y relatos me quedo con unos pocos que dan vueltas a algo de lo que no se ha hablado demasiado: ¿cómo fue la relación de Darwin con los fueguinos, los nativos de la Tierra del Fuego? Algunos autores defienden que no todo lo políticamente correcta que debería haber sido. La misma tripulación del Beagle notó que Darwin prestaba más atención a las rocas, los vegetales las playas o los animales que a los humanos.

"La visión de un salvaje desnudo en su tierra natal es un hecho que nunca podré olvidar", escribió a un amigo.
En su Autobiografía y en su Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo ... dejó perlas como éstas:
"Los fueguinos se encuentran en un miserable estado de barbarie, mayor del que yo había esperado que vería en un ser humano".

"Es imposible imaginar la diferencia que existe entre el hombre salvaje y el hombre civilizado; es mucho mayor que la que hay entre un animal silvestre y otro domesticado, por lo que el hombre es susceptible de un mayor perfeccionamiento".

"El lenguaje de estos fueguinos, según nuestro modo de pensar, apenas merece ser considerado algo articulado. El capitán Cook lo ha comparado al carraspeo como cuando alguien hace gárgaras, pero puedo asegurar que nunca oí a europeo alguno que se limpiara la garganta con sonidos tan roncos, tan guturales y tan crepitantes".

(años después el reverendo Thomas Bridges, una de las personas que mejor conoció y estudió la cultura yamana, una de las cinco de Tierra del Fuego, publicaría un diccionario yamán-inglés, que tengo ahora mismo en mis manos ¡de más de 600 páginas!; el yamán era una lengua muy compleja, con más de 40.000 términos).
¿Contribuyó Darwin con su poco aprecio por los fueguinos a que se les considerara salvajes y se les exterminara sin piedad, como algunos sugieren? Hablo de esto con Paula, una de las naturalista del Via Australis.
"No necesariamente. Lo que ocurrió iba a ocurrir de todas maneras, con o sin la visita de Darwin. Ya se habían descubierto ballenas, oro... no creo que haya influido su paso por estas tierras.
Pero es verdad que él los calificó como los más miserables de los miserables, los trató como el eslabón perdido con los primates. Pero eso fue debido a su inexperiencia, tenía apenas 23 o 24 años, era su primer gran viaje, era un joven victoriano que nunca había visto antes este tipo de etnias. Posiblemente muchas de las personas que llegaron después pudieron tener poca consideración hacia ellos leyendo los escritos de Darwin.
En mi opinión, fue un hombre de su tiempo. Y pasó luego buena parte de su vida enmendado esos "errores de apreciación" de su cuaderno de campo. Me quedo con la conclusión de Arnoldo Canclini, autor de Darwin y los fueguinos ": "No cabe de ninguna manera la calificación de racista, sentimiento que no era entonces lo que pensamos actualmente".

PD: la foto la tomé en la bahía de Wulaia, antiguo poblado yamana, en la isla de Navarino, en la que Darwin y el Beagle estuvieron el 23 de enero de 1833, como lo atestigua una placa.

16 mar 2010

Pingüinos, elefantes y otros animales

Por: EL PAÍS

Tierra del Fuego es el extremo sur del continente americano. El punto donde los Andes pierden altura y se diluyen en el océano no sin antes haber dejado un gatuperio de islas, islotes y canales, modelados por la acción de los glaciares.
Estamos en el paralelo 54º, no hay tierra en estas latitudes tan meridionales en ningún otro continente, y el clima es a veces malo y otra veces, peor. Por eso la presencia humana es mínima. Los antiguos habitantes de estas tierras -los ona, los yaganes, los alacalufes y los haush-, fueron exterminados sin piedad por el hombre blanco, (hay muchos libros sobre el tema, recomiendo Extinción indígena en la Patagonia, del chileno José Perich).
Por eso es una de las últimas zonas vírgenes del planeta, un santuario de vida animal que pese a todas las agresiones del hombre, sigue su curso.

Uno de los animales más fantásticos que hemos visto de momento es el elefante marino . Bolas de grasa de 3.000 kilos que dormitan en las playas en actitud placentera y permiten que te acerques a ellos lo suficiente como para sentir su pesada respiración (y su olor nauseabundo), aunque cuando se enfurecen o luchan entre si por aparearse con una hembra mejor no estar cerca: pueden llegar a ser temibles.
Lo que me gusta del Vía Australis, el barco en el que viajo, es que a bordo en vez de clases de cómo ponerte el pareo o cómo bailar "Los pajaritos" hay conferencias sobre glaciología, sobre Darwin y el Beagle o sobre flora y fauna patagónicas a cargo de naturalistas, de manera que cuando bajas a tierra en las zodiac para las excursiones podrías pasar con nota aquel examen sobre biología que suspendiste en el bachillerato.
Hay cientos de especies de aves. Ayer tarde navegamos con las cuatro zodiac que lleva el buque en torno a la isla Tucker, donde habitan cormoranes imperiales y de las rocas, patos quetru, caiquenes, águila de cabeza negra?. Pero lo más espectacular del islote Tucker es la colonia de unos 4000 pingüinos de Magallanes que vive en él . Estos son los pingüinos más comunes de Tierra de Fuego y pese a que han sido cazados por los pescadores para usarlos como carnada en la pesca de la centolla, no huyen cuando te acercas a ellos en la playa. Exite otra colonia muy famosa de pingüinos de Magallanes cerca de Punta Arenas que se puede visitar en coche, pero a veces hay más turistas que pingüinos.
Por eso me emocionó verlos aquí, en la soledad de una tarde gris plomiza de la Tierra del Fuego. El capitán nos permitió a mi y la fotógrafa que me acompaña quedarnos solos en la playa cuando los demás compañeros de viaje ya regresaban al barco.
Solos entre miles de pingüinos. A cientos de kilómetros del lugar habitado más cercano. En una isla horadada por kilómetros de túneles (las guaridas donde tienen a sus crías) y con un suelo almohadillado con un par de metros de espesor de turba y guano de pingüino (¡lo que me costó quitarle ese olor a las botas!). Rodeados de miles de pequeños y cómicos seres que nos miraban perplejos como preguntándose a sí mismos: ¡que bichos más raros! ¿dónde se habrán dejado el frac?

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PD: Aquí los efectos del terremoto no se han sentido, pero si hay un sentimiento generalizado de solidaridad con el país y sus víctimas. ¡Fuerza, Chile!

15 mar 2010

Un barco por los canales patagónicos

Por: EL PAÍS

Escribo por fin a bordo del Vía Australis, la razón de este viaje que me ha traído a la Patagonia chilena. El Vía Australis es uno de los dos únicos buques de pasajeros (el otro es su hermano gemelo, el Mare Australis) que recorren los canales patagónicos entre Punta Arenas (Chile) y Ushuaia (Argentina). Ambos pertenecen a la compañía Cruceros Australis.

Pero el Vía Australis tiene poco de crucero convencional. Es un barco pequeño, en el que cabe un máximo de 120 pasajeros (en este viaje vamos 89), no tiene karaoke, ni piscina, ni sala de masajes ni se baila la conga ni hay discoteca. Ellos lo llaman crucero-expedición y es la única manera de llegar a rincones salvajes de la Tierra de Fuego a los que no se puede llegar de otra manera , a no ser que trabajes en uno de los pesqueros que capturan centollas y calamar en estas gélidas aguas del fin del mundo.
Anoche zarpamos de Punta Arenas , la población chilena en la ribera norte del estrecho de Magallanes. Una localidad de 130.000 habitantes que tiene algo de puesto de colonización, de ciudad de frontera en la que la luz y el aire presagian ya las soledades australes. Punta Arenas recuerda un punto a Valparaíso, con esos cerros alomados tapizados de casitas bajas de vivos colores que se descuelgan hasta la orilla del Estrecho de Magallanes. El periódico local se llama ?El pingüino? , razón más que sobrada en mi opinión para venir a conocer una localidad tan singular como ésta.
Hemos navegado toda la noche por el Estrecho de Magallanes y el amanecer nos ha sorprendido en el Seno Almirantazgo, uno de los muchos fiordos sin salida de este laberinto de canales, islotes y estrechos que es la Tierra del Fuego. Hoy conocemos como la palma de la mano esta complicada orografía y los modernos sistemas de navegación permiten al Vía Australis avanzar incluso en noche cerrada. Pero me acuerdo de Fitz-Roy y de Darwin, de Martial, de Magallanes, de Bouganville y de tantos otros marinos ilustres que surcaron estas agua con pesados galeones, carabelas y bergantines a vela difíciles de gobernar y sin mapa ni GPS. A veces entraban en un seno o fiordo de este tipo avanzaban durante días hasta comprobar que no tenía salida y debía volver por donde habían entrado.
Hemos descendido a tierra para dar un paseo acompañados por los biólogos del barco, que van explicando al pasaje, la flora y la fauna patagónicas. Teníamos de fondo el glaciar Marinelli y como envoltorio, un excepcional día soleado, algo raro en estas latitudes australes. Un regalo que la Patagonia ha tenido a bien hacernos.

El espectáculo de colores es soberbio: el blanco del glaciar y de los picos de la cordillera Darwin; el azul impoluto del cielo; el verde turquesa de las aguas de deshielo del fiordo; los mil tonos ocres, verdes y amarillos del bosque de ñires y lengas; las bayas rojas que crecen en el sotobosque; la turba negra que almohadilla el suelo, empapada por siglos de lluvia continua; el violeta eléctrico de las conchas de moluscos muertos en las playas de cantos rodados; los árboles secos por la acción de los castores, con su grisácea palidez de muerto viviente.
Navegamos por tierra hostil. Pero esta mañana radiante, esto podía haber sido el paraíso terrenal.

El País

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