Ayer me tropecé de forma casual con una de esas historias humanas que te hacen replantearte el sentido de los viajes, el sentido de la palabra viajero y hasta el sentido de la vida.
Estaba comiendo con unos amigos en su autocaravana, aparcada en la bocana del puerto de Cabo de Palos, en Murcia, cuando vimos entrar en la rada una extraña embarcación. Era una mezcla entre canoa y catamarán hecha a retales; un engendro de nave con unos mástiles muy enanos y un pequeño motor fueraborda.
Atracó justo delante de donde estábamos nosotros y vimos desembarcar a un tipo alto y delgado, cocido por el sol y con barba de no haberse afeitado en ocho meses. Hubiera sido el típico náufrago de no ser porque en vez de bajar de la extraña nave exclamando alabanzas y besando la tierra se sentó sonriente en el pantalán y encendió un cigarrillo con el deleite de quien se da así mismo una recompensa tras un largo día de faena.
Después se levantó y se acercó a nuestra autocaravana a pedirnos agua caliente para hacerse un té. Pero lo invitamos a entrar y le ofrecimos que comiera con nosotros. Ese rostro bruñido, esa barba rubia y rizada y esos ojos penetrantes anunciaban a gritos que detrás había una gran historia. Y así era. Su historia es ésta:






