El Ebro se abre paso por el cañón de los Hocinos, en las Merindades
¿Cómo imaginará que es el entorno de una central nuclear alguien que jamás se haya parado a imaginarlo? ¿imaginará que sus gentes tienen la piel de escamas verdes, trompetillas por orejas y estornudan plutonio-239?
Dejando al margen que viviríamos más seguros sin nucleares, siempre me llamó la atención que algunas centrales españolas estén ubicadas en territorios hermosísimos, generalmente estigmatizados para hacer turismo por aquello de que no se vaya a escapar un neutrón y le de al niño en un ojo.
Y pongo por caso a la central nuclear de Garoña, de actualidad estos días porque al parecer tiene la camisa ya más ajada que la de El Lute y está pidiendo a gritos la jubilación (aunque no haya llegado a los 67).
Santa María de Garoña, el pueblo donde está ubicada, pertenece a una de las comarcas más bonitas y desconocidas de Burgos: Las Merindades, un intrincando y difícil paisaje al norte de la provincia donde confluyen la Cordillera Cantábrica, el valle del Ebro y la meseta castellana.
Una merindad era una entidad jurídica de la vieja Castilla regida por un merino, una especie de delegado real. Y aquí en el norte de Burgos quedan muchas. Garoña pertenece a la de Tobalina, que presumo se conoce así por la cantidad de esa piedra caliza porosa llamada toba que alfombra los valles y que crea bellas cascadas en el río Jerea.
Muy cerca emerge la localidad más espectacular y llamativa de las Merindades: Frías. Un fortaleza encaramada de forma imposible en un roquedo preside este pueblo de calles medievales. Todo, absolutamente todo en Frías, desde las viviendas colgantes (nada que envidar a las de Cuenca) a la iglesia de San Vicente, pasando por el puente medieval fortificado que salva el Ebro está construido con el mismo material: toba caliza.
En la merindad de Sotoscueva hay que detenerse para visitar Ojo Guareña, uno de los mayores complejos cavernícolas de España, con cerca de 100 kilómetros de galerías subterráneas, distribuidas en seis niveles diferentes. Al abrigo de una sus bocas —llamada la sala del Ayuntamiento— se reunió durante siglos el Concejo de los pueblos cercanos, una tradición que duró hasta 1924.
Existe también un románico que apabulla en las Merindades, como el de la iglesia de San Pedro de Tejada, en la merindad de Valdivieso.
Hay también hayedos, robledales de alta montaña y pinares silvestres. Quejigos y encinas tapizan las zonas de solana. Y el río Ebro cruza la comarca creando profundos cañones en los que se refugian aun corzos y jabalíes.
Puentedey, el pueblo más curioso de todas las Merindades, está instalado encima de un gigantesco puente de roca bajo el que pasa el río Nela. La etimología del término parece clara, pero al preguntarle a los paisanos me responden que lo del puente lo entienden, pero “si viene de Dios, ¿porque lo escriben con y griega?”.
En fin, mi consejo para este fin de semana: no os perdáis las Merindades, el Burgos verde, montañoso, rico en agua y bosques; en las antípodas de esa Castilla llana y cerealista de los tópicos.
Es más probable morir por una sobredosis de chorizo de Villarcayo que por una radiación de uranio-235.
¿Quién subiría el castillo de Frías hasta allá arriba?
Otras de las bocas de Ojo Guareña se utilizó para construir la ermita de San Bernabé.






