Vivir en una pequeña isla perdida en medio del Atlántico
tiene sus ventajas y sus inconvenientes.
En Fernando de Noronha, el archipiélago brasileño en el que acabo de estar, no hace falta que eches el pestillo de la puerta de tu casa cuando te vas, el coche lo puedes dejar aparcado y con las llaves puestas, los niños se mueven solos por la isla desde bien pequeños y si quieres ir de un sitio a otro solo tienes que ponerte al pie de la única carretera, pedir carona (hacer autostop) y al momento te para un vecino, al que seguro conoces.
Porque todo el mundo se conoce en este pequeña sociedad de 3.000 habitantes donde no existe la propiedad de la tierra: el gobierno te otorga un terreno en concesión por 99 años para que construyas tu casa, que puede pasar a tus descendientes, pero no puedes venderla ni comerciar con ella. Para vivir aquí tienes que casarte con un o una local o llegar con un contrato de trabajo. Si no, no te puedes quedar.






