Hoy os traigo un vídeo que hice hace algunos años cuando trabajaba para Nosolomúsica, el programa de cultura y tendencias de Tele 5 (¡sí¡, aunque no os lo creáis Tele 5 llegó a tener el programa de vanguardias y tendencias más cañero y rompedor del panorama audiovisual).
Estuve varios días con una pequeña cámara de vídeo en las favelas Santa Marta, Cidade de Deus y Rosinha, en Río Janeiro (Brasil). Para el común de los mortales y para los medios de comunicación, favela es igual a violencia y narcotráfico. Un cliché fácil con el que se etiqueta a los más de 4.000 barrios marginales de Brasil, el 25% de los cuales se concentra en los morros (colinas) de Rio de Janeiro.
Sin embargo, la inmensa mayoría de sus habitantes lleva una vida honesta y similar a la de cualquier otro ciudadano, que ni aprueban ni colaboran con esa violencia. Los símbolos más exportables de Brasil, desde la samba al carnaval, son productos culturales surgidos de las favelas.
Unos amigos brasileños me habían comentado que dentro de las favelas había importantes movimientos culturales y sociales que luchaban contra la marginación de sus habitantes mediante la creación cultural. personas anónimas que hacían música, moda, teatro, fotografía o pintura con fuerte sabor local como alternativa a la violencia en esas ciudades de chapa y ladrillo .
Y me fui allí dispuesto a contar la historia de esa gente capaz de convertir la exclusión, el hambre y la marginalidad en un acto creador. Es cierto que vi bandas armadas, jovenzuelos con acné y fusiles kalashnikov más grande que ellos apostados en las entradas de las favelas y escuché algún tiroteo. Pero nadie me molestó ni me importunó en mi trabajo. Tuve la prudencia de pedir permiso a quien tenía que pedirlo y fue bienvenido en los tres barrios marginales.
Recuerdo un día en la favela Santa Marta, mientras grababa a unos chicos fotógrafos en una estrecha plazuela. De repente llegó un pandillero y me pidió con voz suave, casi disculpándose, que dejara de grabar. Pensé que ahí se había acabado el reportaje (y a lo mejor hasta mi vida). Pero no: una vez comprobado que la cámara estaba en off, hizo una señal y de una esquina salieron otros cuatro o cinco adolescentes con un arsenal de rifles y pistolas más grande que el de la armería del cuartel donde hice la mili y cruzaron la plaza a la carrera. Lo trasladaban de un escondrijo a otro. Luego el chico se volvió a disculpar por interrumpirme y me dijo que ya podía seguir grabando. ¡Fair play, a la brasileira!
Os dejo el vídeo. Creo que merece la pena, aunque solo sea para romper tópicos.






