Hace más de 700 años, un rey etíope decidió hacer de su ciudad la “Jerusalén” del mundo cristiano ortodoxo. Pero en vez de levantar grandes templos a la manera clásica, se le ocurrió excavarlos en la roca para que los enemigos que hostigaban su reino no los localizaran fácilmente.
El resultado fue una de las maravillas de la Antigüedad, un conjunto de once iglesias distribuidas en dos grupos, más una duodécima separada de éstas, que se fueron deconstruyendo a golpe de cincel, vaciando la roca hasta lograr un volumen interior igual al que se hubiera conseguido en un templo clásico, con planta de cruz griega, columnas, capiteles, bóvedas de medio punto y altares, solo que todo es de una sola pieza.






