Hay cientos, miles, por toda Galicia. A lo largo del Camino de Santiago y en las más humildes y recónditas “encrucilladas” de caminos. Presiden los atrios de pequeñas iglesias rurales de sillares de granito comidos por los líquenes y el musgo o anteceden a cementerios de labrados panteones barrocos. Solitarias cruces de piedra tallada que invocan a lo sobrenatural y que conectan una tierra mágica con las almas del más allá.
Son los cruceiros, la silueta más peculiar y característica de una Galicia que aún cree en meigas y en santas compañas. Los cruceiros gallegos son herencia de los menhires prehistóricos, de los milladorios romanos y de las cruces de la evangelizada Irlanda de los siglos VI y VII. Una consecuencia de esa máxima de la sacralidad que dice que lo que es santo, es santo; por muchas religiones que se sucedan sobre ese lugar. Ya en tiempos clásicos se honraba a Mercurio, dios de los negocios y protector de los viajeros, colocando una piedra en lugares estratégicos de los caminos hasta formar milladoiros. El cristianismo no pudo con esa tradición, pero logró que se cambiara milladoiros por cruces.






