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Paco Nadal >> El Viajero

22 feb 2016

Los cuatro peligros del caminante

Por: Paco Nadal

Peregrina en la Vía de la Plata
Una vez vi escrita en el libro de visitantes de un refugio del Camino de Santiago una frase que me hizo sonreír: “Los enemigos del caminante son tres: mundo, demonio y carretera”, en referencia a las peligrosas travesías por asfalto que los caminantes a Santiago se veían obligados a efectuar en aquellos tiempos ante la falta de andaderos en buena parte del recorrido. Me hizo gracia la comparación con el catecismo que nos obligaron a aprender en la escuela y, como amante de las caminatas que soy, me guardé la anécdota. Hasta que un día, mientras recorría también a pie la Vía de la Plata, la otra gran ruta histórica de la península ibérica, pude comprobar que más allá del pobre mundo, del vilipendiado demonio y de las inevitables carreteras existía un enemigo mucho más feroz para los que aún creemos que la pedestre es la forma más placentera de desplazarse.

 

Hacia ya tres horas que había salido de Grimaldo, en la provincia de Cáceres. Caminaba por un delicioso paisaje de dehesa, entre encinas y alcornoques a cuyos pies crecían miles de florecillas de todos los colores y fragancias. Aquella era, sin duda, una hermosa primavera. En esas cavilaciones andaba, cuando a lo lejos me pareció que el camino se encajonaba entre alambres de espino y sobre su superficie terrosa se intuían unos puntitos negros. Apreté el paso, comido por la impaciencia, pero conforme me acercaba mis ojos empezaban a corroborar lo que mi mente se negaba a procesar. ¡Aquello era una manada de toros negrísimos, enormes y cada uno dotado con dos astas blancas de las que solo se ven en la Feria de San Isidro!

Toros

Entonces caí en la cuenta de que había entrado en una finca de ganado, no sabía si bravo o manso, de las muchas que salpican la dehesa extremeña y allí, de frente, a unos 50 metros, tenía a los protagonistas de aquel negocio taurino ¡Daba miedo verlos! Eran unos 25 toros de todos los tamaños, pero más bien tirando a grandes y fieros. Unos tumbados en medio del camino, otros en pie mirándome de manera indolente. ¡Y lo peor era que la valla de espinos cercaba el resto de la finca y me obligaba a pasar por allí, sin posibilidad de rodeo!

Quedé paralizado, sin atreverme a continuar. La guía que consulté antes de partir decía que en Cáceres las mayoría de ganaderías son de toros mansos y que en sólo en Salamanca se crían bravos. Estaba en Extremadura, sí, pero... ¿eso lo sabrían también los toros? ¿qué notas habrían sacado aquellos astados en geografía? ¿y si alguno era ácrata y no aceptaba las fronteras impuestas por el hombre? ¿O había venido desde Salamanca a visitar a un primo de Badajoz? Vaya usted a saber. El miedo produce monstruos.

Analicé con frialdad la situación y cribé una lista de posibilidades. Ésta quedó reducida a:

A) Pasar a capón entre una manada de toros negrísimos sueltos y en mitad del campo (solo para toreros y suicidas).

B) Dar media vuelta y desandar el camino (perdía todo un día; aunque bien pensado qué significaba aquella minucia ante la opción de perder la vida)

C) Pactar con ellos un armisticio.

En esas estaba cuando de repente me pareció oír el ruido de un motor. “Alucinaciones producidas por el miedo”, pensé. “Estoy en mitad de la nada, en un camino de cabras, quién va a venir por aquí en coche”. Sin embargo, unos minutos después apareció un Seat 127 de color naranja entre los encinares. Le hice el alto con la misma ansiedad que si estuviera evacuando Saigón en el 77 y les conté mis cuitas a la cara que apareció con gesto de sorpresa detrás de la ventanilla. Los dos jornaleros, que atajaban por allí para ir a un cortijo cercano –el coche era del señorito y les importaba un rábano si reventaba–, me miraron con una mezcla de risa y resignación y me dijeron que no pasaba nada, que eran mansos, pero que si no me fiaba, subiera al coche y me dejarían al otro lado de la manada.

Fue el tramo de auto-stop más corto y vergonzante que he hecho en vida. Cuando me bajé al otro lado, 100 metros más allá de donde me recogieron, con la vida intacta pero mi orgullo por los suelos, levanté la mano al aire para despedirme de mis salvadores mientras pensaba para mis adentros: “¡Cuatro! ¡son cuatro! Los peligros del caminante son cuatro: mundo, demonio, carretera y .... toros.

Hay 19 Comentarios

Al comienzo de la vida sé inicia un trayecto que puede ser fascinante, doloroso, o sosegado

Jajaaja ... me has hecho recordar cuando hacia la caminata a uno de los volcanes inactivos en Easter Island , me cruce con una vaca digo ya que era blanca, pero igual entre en duda si llevaba algo rojo puesto y me di cuenta que era un tshirt naranja entonces me dije, ellos vaca o toro sabrán diferenciar naranja de rojo . . Jajaja ... al final tenemos gracias al destino bonitas historias para recordar y contar... suerte!

Muy buen apunte lo de los cuatro peligros del caminante, jaja tomo nota

Desde Sevilla llegue hasta Extremadura en el més de Julio se lo que es ,

ja,ja,ja,ja..... es una anécdota muy graciosa, habría que haberte visto sopesando si serían de Cáceres o alguno de Salamanca, pero bueno, yo creo que todos cuando están tranquilos en el campo no suelen hacer nada; pobrecillo, menudo susto.

Como siempre muy agradable leer tus anécdotas.
Por cierto no he encontrado en tu blog referencias a Berlin, si tienes alguna nos gustaría leerla.

Hiciste bien Paco, aunque fueran mansos, en toda pandilla hay siempre un macarra buscando gresca, es mejor "Nadal y guardar la ropa" ;)

Una bonita historia muy bien contada.

Una bonita historia muy bien contada.

Ya me pasó algo parecido en Brasil, hace años. Los toros eran bravos y, como iba con un amigo de 2 metros, me escondí detrás suyo. Fue cuando el grandote se puso más miedoso que yo y salimos corriendo juntos.

Pues he vivido las dos experiencias en la via de la plata, toros y mastines, ambas en la provincia de Cáceres y seguidas. La primera en el embalse de Alcántara, terminada ya mi etapa andariega ese día, me dispuse a dar un paseo por el embalse, y como comenzó a llover apreté el paso, me vio un mastín vagabundo y se vino a por mi, me llegó a lanzar una dentellada, que por suerte sólo me rozó, y como tenía presente las enseñanzas de Cesar Millán, no le perdí la cara al perrito y reculando logré zafárme de él. El simpático del hospitalero me dijo que ya tenía noticias de ese chucho, le lancé una mirada inyectada en sangre y no me habló ya en toda la jornada. Al día siguiente antes de llegar a Galisteo, un compañero de camino y yo, abriendo portadas de fincas como si no hubiera un mañana, cuando nos vinimos a dar cuenta estábamos en una dehesa rodeados de toros bravos, yo por aquello de aligerar el paso por si fuere menester me desabroche la mochila, por si hubiera que arrojarla al suelo y salir por patas, pero no hizo falta, disimulando y silbando como en los dibujos animados, pasamos entre los toros como si no fuera con nosotros la cosa, jejeje. Estos fueron las dos experiencias más peligrosas en mi caminar por la plata ( bueno a excepción de una tormenta eléctrica subiendo el Pardonelo, pero esa ya es otra historia).

Bonita historia.

Gran anécdota! Con unos toros también me encontré, pero en la sierra, y bastante alto, lo que nos extrañó a todos -pero doy fe que eran toros, y desde luego parecían de lidia-... aunque, la verdad es que, en ese momento, no pensé si pudieran o no ser mansos. Además, íbamos en grupo, con bastante jolgorio, por lo que el "acojono" fue mayor... y, ciertamente, ellos ni se inmutaron. Ahora, como dice alguien por ahí, me preocupan más los perros, pero tampoco es plan de obsesionarse, ¿no?

Ja ja. Son bestias que impresionan. Los toros bravos no embisten en campo abierto, salvo que se les provoque o pillemos uno abochornado (que se ha estado peleando con otro toro y perdió) y en ese caso basta con quedarse quieto para que pase de ti (vamos, hacer el Don Tancredo). Yo sé eso porque en mi pueblo hay una ganadería brava y desde chicos nos metíamos en la finca sin ninguna prevención. Las que son peligrosas son las vacas si te acercas al becerro, da igual que sean bravas que mansas y ahí da igual quedarse quieto, que una vez me pasó paseando con una niña forastera y le hice el don Tancredo para impresionarla. Vaya que la impresioné porque la vaca me lanzó por los aires y si no me rompió fue porque los niños son de goma.

Jajajaja, creo que esta historia me la contaste el día que nos conocimos personalmente.
¿Sabes que el bordón, se usaba y se usa además de para ayudarte el andar, para defenderte de posibles ataques de animales?

WomanToSantiago

Y perros. Mastines. Eso sí que es un peligro. Como arqueólogo especializado en prospecciones sobre el terreno, con dos caminos de Santiago a cuestas, una Vía Alpina y otra Transpirenaica; tengo q decir q el mayor enemigo q me he encontrado son los mastines. Si ellos dicen 'no, por aquí no pasas', yo no dudo, patrás, despacito y sin dar la espalda, pero patrás..

En todos los caminos se tropieza con imprevistos. Algunos como este desembocan en una graciosa anécdota. Al comienzo de la vida sé inicia un trayecto que puede ser fascinante, doloroso, o sosegado, dependiendo de la ruta ya marcada y la capacidad de adaptación en algunos casos, mientras en otros lo abrupto impide el disfrute del entorno.

Muy buena anécdota, compañero. Ahora sí, parece mentira que un tío como tú, bregado en todo tipo de lides (incluso ante una caribeña bragada, y de tomo y lomo), tenga miedo de unos toros con ganas de compadreo.
Bueno, si nos lo cuentas quiere decir que merecía la pena contarlo. A mí me ha 'encantao'!!.

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Sobre el autor

Paco Nadal

Paco Nadal es viajero-turista antes que periodista y culo inquieto desde que tiene uso de razón. Estudió Ciencias Químicas pero acabó recorriendo el mundo con una cámara y contándolo. Escribe en EL PAÍS sobre viajes y turismo desde el año 1992. Es también escritor y fotógrafo, colabora con la Cadena Ser, además de presentar series documentales en diversas televisiones.

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