Martín Caparrós

Muerte de un asesino

Por: | 17 de mayo de 2013

Papa-y-videla
El hijo de mil putas asesino Jorge Rafael Videla, digno militar argentino, acaba de morirse. Murió, por suerte, en una cárcel. Su desaparición –su desaparición– es un alivio para todos. Es raro que una muerte sea una alegría, pero sí. Algunos, en estos momentos, lamentan que no haya sufrido como sus víctimas. Sin ánimo ni posibilidad de comparar, yo creo que sufrió mucho al ver que los ricos argentinos que lo habían impulsado y apoyado cuando su gobierno torturaba y mataba, después lo abandonaron con su clásica cara de yo no fuí.

Pero esa es otra discusión, que habrá que seguir con más tiempo. Mientras, quiero recordar aquí la única vez que lo ví. En 1991 el indulto del ahora senador Carlos Menem –apoyado por el resto del gobierno y los gobernadores, muchos de ellos en distintos espacios de poder ahora– lo había soltado.

El general Videla estaba libre y unos amigos me dijeron que se paseaba muchas mañanas por la Costanera Sur, que entonces –previo a Puerto Madero– era un lugar muy marginal.

Allí fuimos, Rafael Calviño y yo, a buscarlo. Como podrán ver en estas líneas, al final lo encontramos, tuvimos una breve charla. Después, durante años, tantas veces me pregunté qué razón, qué miedo, qué idea del periodismo o de la vida me impidieron partirle mi grabador en la cabeza. O, por lo menos, intentarlo.

 

Videla Gym

Eran justo las ocho y media cuando el 504 dobló desde Cangallo despacito, tranquilo, y tomó por la costanera hacia el fondo, hacia la fragata Sarmiento. El coche era gris, reciente, absolutamente discreto; sólo tenía una antena de más.

Liliana Heker y Ernesto Imas me lo habían dicho un par de días antes.

– Cuando lo ví por primera vez no lo pude creer. En realidad no lo ví, lo escuché. Estaba haciendo flexiones y de pronto escuché una voz muy seca, muy cortante, que me dice: "Buenos días – Señor". Ahí levanté la cabeza y lo ví, y creo que todavía me dura la impresión.

Dijo Imas. Y Heker dijo que no sabían qué hacer.

– Queríamos que se supiera, nos parecía terrible que este señor anduviera trotando por acá como si nada hubiera pasado.

Una antena de más no es gran cosa en estos tiempos. Adentro del coche –C1386767– había una señora obesa, un gorila reventón y un hombre flaco y de bigotes que manejaba con la ventanilla abierta, empapándose del fresco de la mañana. El ex–general, ex–presidente, ex–salvador de la patria, ex–convicto y ex–asesino Jorge Rafael Videla se dirigía, como todos los lunes, miércoles y viernes, a cumplir con sus ejercicios matinales.

– Empezó a aparecer a fines de octubre –había dicho Imas. Y desde entonces no faltó nunca.

A Calviño y a mí el coche nos tomó de sorpresa. Aunque lo esperábamos, se nos debe haber notado el escalofrío de verlo, porque, en vez de parar, el coche siguió de largo, dió la vuelta y enfiló hacia la Ciudad deportiva de Armando. Creímos que lo habíamos perdido: yo pensaba que, al menos, le habíamos arruinado su mañana sportiva, y ya imaginaba piquetes de voluntarios que pasearían distraídamente por todos los lugares que el hombre suele frecuentar, tanto como para joderle un poco la vida.

Lo esperamos un rato más, y no volvía. Al final, empezamos a caminar hacia la glorieta de Luis Viale. Casi llegando encontramos el coche; al lado, recostado contra la baranda de la costanera, el goruta leía en la Crónica el empate de Boca; un poco más allá, sobre el césped del boulevard, el ex resoplaba por el esfuerzo de unos abdominales.

– No voy a hacer declaraciones. Estoy realizando mi actividad diaria.

Hacía un rato que yo caminaba a su lado. El forzaba el paso y fingía no escucharme. Yo gritaba:

– ¿Pero no le preocupa estar así en un lugar público?

– ¿Usted tendría miedo?

– Yo no he hecho lo que usted ha hecho.

– Son cuestiones de criterio.

Dijo, tajante, sin haberme mirado ni una vez, y se largó a correr, revoleando las piernas flacas. Va solo; el guardaespaldas se quedó con la Crónica y él trota, tranquilo, como quien silbara. Usa un short azul, una camiseta celeste y en la mano tiene una toalla que se pasa de tanto en tanto por la frente. Para un señor de sus años y sus muertes, su estado físico es notable. Aunque el sudor y la agitación le marcan las venas de las sienes, que palpitan como si prometieran un estallido.

El lugar es idílico, muy verde y casi desierto. Hay jacarandás en flor, un sol benigno, voces de muchos pájaros. En medio del boulevard, entre los árboles, un grupo de chicos de colegio se está rateando con gritos y empujones. El ex pasa a su lado, alguien lo reconoce y todo el grupo se inmoviliza, enmudece, se congela.

– Yo lo mato con la indiferencia.

Dirá, más tarde, un petiso de rodillera roja y pelo corto, uno de los habitués.

– A mí me mata que el tipo corra como si fuera uno más, con todo lo que hizo, pero lo mejor es matarlo con la indiferencia.

– Sí, porque se ve que te mira como tratando de que lo reconozcas, de que le digas algo.

– Sí, te desafía.

– No, quiere que lo saludes. Al principio se quedaba allá en el fondo, cerca de la fragata, pero ahora se animó y se viene hasta acá, ya ganó confianza.

Dirá otro corredor, un cuarentón de canas bien peinadas y jogging impecable, sin sudores.

– Yo acá vengo a correr y el resto no me importa, viste.

Aclarará uno de rulos rubios atados en una colita y musculosa verde con vivos amarillos.

Pero ahora el ex sigue con el trote, suave, sostenido, y un diariero que pasaba en bicicleta se le ha puesto a la par y lo cubre de elogios. No se oyen las palabras pero se entienden los gestos, las sonrisas. Desde un camión también lo saludan y el ex responde, con el brazo en alto.

– El otro día él venía corriendo adelante mío y yo pisé medio fuerte, para ver qué pasaba, y él se dió vuelta enseguida, se sobresaltó. El tipo debe tener miedo, con el pasado que tiene.

Dirá el del jogging impecable.

– A mí no me da un asco especial, no más que cualquier milico –dirá, ya casi al final, un pelado de sesenta, muy bronceado, que se bajará de un renault 18 con sus pantalones cortos y su acento reo–. Porque a mí no me hizo nada, ni a ningún familiar mío, así que yo contra él no tengo nada. La verdad que es un pobre tipo que no lo dejan tranquilo, que tiene que andar con custodia, mirar para todos lados.

La costanera sur es un vestigio de otros tiempos, de otro país. Una ruina de lo que la patria iba a ser cuando tenía un futuro, una parte de la ciudad que la naturaleza está recuperando poco a poco. Aquí ha instalado su cabeza de puente la vanguardia de los yuyos que algún día serán Buenos Aires. En la glorieta coquetona, muy fin de siglo, el doctor Luis Viale, que hace ciento veinte años le ofreció su salvavidas a una dama en un naufragio para poder ahogarse como un caballero, sigue tirando el mismo salvavidas a un yuyal florecido por los calores. Aquí, el mundo se ha detenido en aquel gesto de bronce, inútil, perfectamente innecesario. Más allá, más tarde, otra corredora, treinta años largos y mallita stretch, rubiona de tintorería, interpelará al pelado:

– No es un pobre tipo, es un asesino condenado por la Justicia.

– ¿Qué justicia? ¿La misma que lo largó? La justicia sólo sirve para condenar a los pobres tipos. La justicia largó a estos y a los otros, en cambio mirá a Monzón, que tuvo un desliz y sigue adentro. Lo que no me explico es lo de la iglesia. A este todos lo condenan y después va el obispo y lo bendice. Uno se pregunta si ese obispo representa al mismo Dios en el que yo creo. ¡Qué arrogancia, por favor, qué arrogancia!

Dirá el pelado, y el de la indiferencia, de vuelta de otra vuelta, se acercará trotando.

– El otro día el tipo éste pasaba por al lado del campo de deportes del colegio Buenos Aires y a los pibes se les fue la pelota a la calle. Entonces lo vieron y le gritaron tío, tío, tirá la pelota. Y el tipo fue y se la tiró. Los pibes ni lo reconocieron, pero yo me quedé pensando que al final el tipo se tuvo que arrodillar para agarrar la pelota igual que yo, igual que cualquiera se tuvo que arrodilar, te das cuenta?

El ex vuelve caminando desde el sur. Al rato se le suma su mujer, que se escapa en cuanto ve a Calviño con el tele en ristre. Me pregunto por qué habrá elegido este lugar. Su casa está en Figueroa Alcorta, al lado de los bosques de Palermo, pero es probable que aquello resulte demasiado público. Acá, en cambio, no hay más que un grupito de habitués que incluye a varios oficiales del Ejército que vienen desde el Comando en jefe; entre ellos, el general Martín Balza. Pero, de todas formas, hay algo de desafiante en el hecho de correr en un paseo público, no ocultarse en un club, en una quinta. Como quien reivindicara el derecho de usar una ciudad que fue suya. Como quien no temiese a los piquetes de paseantes que le fueran ocupando los espacios, expulsándolo de los espacios que fueron suyos cuando era la muerte.

El ex ya está llegando a la glorieta, con la vena muy hinchada.

– Si yo hubiera hecho lo que hizo usted, tendría mucho miedo.

– Si usted hubiera hecho algo, no estaría acá.

Dice, en un gruñido, sin mirarme, y no termino de entender la amenaza. Lo sigo, diciéndole estúpidamente que la repita, que la repita si se atreve, pero él camina hacia el coche donde lo espera el ropero. No me queda mucho más, él se está yendo y sólo por respeto me parece que debería gritarle algo. Entonces le grito asesino y él se da vuelta, me mira, entra en el coche. Como todos los lunes, miércoles y viernes, a las nueve, en Cangallo y Costanera.

(Este texto se publicó en un diario que entonces se llamaba Página/12. Al otro día se formaron grupos para ir a la Costanera Sur a interceptarlo y el dictador -pobre consuelo- no pudo usarla más.)

Actualización: comentaristas me reprochan que no diga que Videla murió preso por la política de derechos humanos de este gobierno. Es cierto. También es cierto que el doctor Kirchner era gobernador menemista en 1991, cuando el entonces presidente Menem amnistió a Videla y sus adláteres, y no esbozó la menor crítica -que muchos manifestamos en las calles. También parece cierto que la acumulación de esas y otras manifestaciones hizo que el doctor y su esposa entendieran que cambiar su política con respecto a los dictadores sería bienvenido por una parte importante de la sociedad. Y que les serviría para poner en segundo plano otros aspectos mucho menos populares de sus gobiernos.

Lali Bertá

Por: | 15 de mayo de 2013

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Hay que ser bruto para entregarle ese lugar a Macri.

Mauricio Macri supo ser una beca para los progresistas de la ciudad de Buenos Aires: que fuera el jefe de los contrarios era una gran ayuda. Era fácil unirse contra el boquipapa hijo de papá representante del centro-derecha empresarial. En 2003, por ejemplo, consiguió el milagro de que un candidato –Aníbal Ibarra– curvado bajo el peso de la Alianza devastada ganara en el distrito, solo porque él estaba enfrente: porque todos los no-neoliberales hicieron la unión sagrada contra él.

De eso –como de casi todo– ya pasaron diez años; Macri empezó a gobernar en 2007 y fue perdiendo, en el gobierno, las calidades que tenía en la oposición. Nadie lo había elegido por su verba, su carisma, su historia democrática; era, sobre todo, una promesa de gestión eficiente –y sus seis años al frente del distrito más fácil del país la desmintieron: inundaciones repetidas, tránsito caótico, basura rampante, escuelas cerradas, un deterioro general de la ciudad. Ya nadie cree que Macri sea capaz de gestionar bien; si conserva alguna chance es por este desierto en que vivimos.

Y, por supuesto, por la ayuda del gobierno kirchnerista. Que hace seis años fue evidente: cuando Néstor Kirchner prefirió romper el frente que lo enfrentaba y dejarle ganar la ciudad para constituirlo como enemigo supuestamente conveniente –como enemigo que le resultaba cómodo, que le permitiía definirse por oposición. Y que, durante estos años, tuvo sus vaivenes y terminó por hartar a casi todos: cuando entre ambos –gobierno nacional, gobierno municipal– consiguen dar la impresión de que sus reyertas y querellas resultan en proyectos que no se concretan, servicios que no funcionan, más problemas para los ciudadanos.

La colaboración, de todos modos, es mutua: la torpeza es común, la ineptitud de uno suele ser la ventajita del otro. El episodio más reciente fue hace unos días cuando, en una de las peores semanas del gobierno nacional –asalto a la justicia, economía descalabrada, corruptelas– el municipal mandó sus botones a reprimir al manicomio, y le dio cierto aire. El gobierno, ahora, se lo devolvió con creces.

Es casi impensable que Cristina Fernández piense de verdad hacer las trampas leguleyas que precisa para intervenir Clarín. Clarín –ya lo he dicho demasiadas veces– me parece uno de los grandes problemas de la patria, un síntoma clarísimo de la degradación de la cultura argentina contemporánea. Nunca me gustó el periodismo que hacen ni el papel que ocupan y lo escribí a menudo. Es triste que tenga que aclarar este punto para decir que lo que quiere hacer ahora el gobierno me parece nefasto, indefendible.

Y creo que –por una vez– lo mismo le parece a millones. La intervención a Clarín, si se concreta, podría tener, a lo sumo, un formato legal pero ninguna justificación legítima: pueden decir que lo hacen al amparo de una ley confusa, pero no con ninguna razón que no sea su voluntad política, sus ganas siempre abortadas de hundir a un enemigo. Que hagan campañas y más campañas diciendo que Clarín miente es aburrido pero tolerable –al fin y al cabo, Clarín hace lo mismo con ellos, se podría considerar fair play–; que utilicen, en cambio, su poder delegado para destruirlo sería un error muy bruto. Creo que, por suerte, hay pocas medidas más impopulares entre los pocos millones que leemos los diarios que usar el poder para cargarse un diario, cualquier diario.

Pero hay sospechas fundadas de que quieren hacerlo y, así, en otro alarde inigualable de su inepsia, le regalan a Macri el papel de adalid de la libertad de expresión: el que sale a poner el pecho por la democracia amenazada.

Hay gente a la que decir libertad le sale mal –y otros van y los ayudan a que no se note. Es sorprendente: frente a la tozudez de un gobierno enceguecido, Macri, cuya relación con los medios siempre se limitó a leerlos –poco– y comprarlos –con dinero público–, ahora se convierte en su campeón. Se da el lujo de promulgar su segundo decreto de necesidad y urgencia diciendo que la libertad de prensa es esencial para la democracia y que su gobierno y la ciudad piensan defenderla –contra los ataques del gobierno nacional. Y se dará el lujo, en unos días, de obligar a los diputados más progres o incluso izquierdistas de la ciudad a votar una ley que él propuso, que no podrán objetar: que resulta, en sí, bastante inobjetable.

Es otro prodigio kirchnerista: nieblas del Riachuelo, milagros mugres de esta patria manejada por pavotes.

Una de espías

Por: | 08 de mayo de 2013

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A la izquierda, el botón Américo Balbuena infiltrado como periodista de la Agencia Rodolfo Walsh.

Un oficial de inteligencia de la Policía Federal Argentina se pasó estos diez últimos años infiltrado en la Agencia de Prensa Rodolfo Walsh, un grupo de periodistas dedicados a difundir las actividades de los grupos más críticos. La agencia tenía la confianza de todos esos militantes: al trabajar allí, el botón conseguía la mejor información sobre las actividades de la izquierda argentina.

Lo descubrieron, por fin, sus propios compañeros, que al principio no podían creer que Américo Alejandro Balbuena, el tipo con el que habían compartido tantas cosas, no era ése que decía que era sino uno que se había pasado todos estos años trabajando para sus enemigos, traicionándolos, cagándolos.

Hay que ser una persona muy particular para poder pasarse diez años engañando a las personas con las que uno se pasa la vida, diez años diciendo todo el tiempo lo contrario de lo que se piensa, diez años actuando, truchándose quince horas por día. Y es horrible, del otro lado, descubrir que alguien no es lo que uno creía, que no es lo que había dicho. Hay pocas formas de sentirse más engañado: por un amor, un amigo, un proyecto. Es horrible descubrir que un gobierno, un proyecto político no son lo que habían dicho.

En cuanto se hizo pública la denuncia del espionaje de Balbuena, la ministra de Seguridad Nilda Garré lanzó un comunicado que dice que “requirió un informe urgente al jefe de la Policía Federal sobre las tareas que desempeñaba Américo Alejandro Balbuena y sobre otros efectivos del área de reunión de información; resolvió iniciar una investigación sumaria y pasar a disponibilidad preventiva a personal de inteligencia de la Policía Federal Argentina para contribuir a esclarecer si las tareas que realizaba están comprendidas o no dentro de las funciones asignadas a la fuerza por la ley de Inteligencia”.

La hipótesis de que la ministra no supiera que sus hombres estaban espiando a esas organizaciones de izquierda es risible o patética. Risible: parece más bien una mentira de ocasión, berreta, ofensiva. Patética: si se lo creemos es peor. ¿Está diciendo que en la Policía Federal hay grupos que espían por su cuenta, mano de obra autónoma que trabaja para vaya a saber quién? ¿Está diciendo que el gobierno no controla –no sabe– lo que hacen sus fuerzas armadas? En cualquiera de los dos casos –si no sabía, si sabía y mintió– por inútil o por mentirosa, debería irse a su casa.

Pero eso importa poco. Con Garré o sin Garré, lo preocupante es que este gobierno sigue demostrando su voluntad creciente de reprimir: palos, tiros, amenazas, espionaje. Por supuesto que no es el único: sus oponentes, como Mauricio Macri, también lo hacen. Pero ese intento de exculparse diciendo que el otro hace lo mismo ya era pobre en la primaria. Mal de muchos, solíamos decir.

Y el caso Balbuena no acepta un consuelo de tontos. Es gravísimo: espionaje del mejor estilo dictadura. Aunque los grandes medios no le hacen mucho caso: a quién le importa si botonean a unos zurditos. El gobierno tampoco: fuera de ese comunicado inverosímil de Garré, nadie salió a hacerse cargo del asunto.

Los voceros kirchneristas, tan vocinlgeros otras veces, ahora silban bajito. Debe ser difícil. Frente a estas evidencias, los que alguna vez eligieron –por las razones que sean, más o menos defendibles– seguir al kirchnerismo se atrincheran, redoblan sus medidas de seguridad o de ceguera. Sus gobiernos, nacionales y provinciales, han matado manifestantes, promulgado leyes represivas como la "Antiterrorista", sostenido módulos de espionaje como el Proyecto X, torturado en cárceles y comisarías, asesinado a cientos de pibes con sus policías de gatillo tan fácil. Y siguen, mientras tanto, diciendo que son populares, progresistas, democráticos, todas esas cosas. Y sigue habiendo gente que quiere creerles. Debe ser cada vez más laborioso.

Dejenlo, muchachos. No hay guita ni ilusión que valgan tanto engaño.

¿Política?

Por: | 05 de mayo de 2013

The-futureVeía pasar banderas rojas –banderas republicanas, banderas catalanas, pancartas enojadas– por la via Layetana y me preguntaba de qué hablaría todo el tiempo si no hubiera nacido en la Argentina y en el año de gracia de 1957. Digo: si no hubiera tenido quince años en ese tiempo ese lugar, si mis padres hubieran sido otros, si me hubiese apasionado el origami, si no hubiera creído desde tan chico que la política era algo que no podía ni quería dejar de lado.

Si la política no hubiera definido varias veces mi vida: en 1976, cuando me tuve que ir de la Argentina; en 1983, cuando pensé volver; durante los noventas, cuando puteábamos en el desierto de los shoppings; ahora, cuando soporto cada vez menos la extrema tontería de tirios y troyanos. Si pudiera pensar más en otras cosas, pienso, y en ésas menos, cómo sería mi vida.

Digo, con perdón de la brutalidad: yo podría no interesarme por lo político. Tengo una vida agradable, no tengo graves problemas económicos, hago cosas que me interesan y me gustan, las disfruto: se podría decir –yo podría decir– que “me va más o menos bien”. Podría dedicarme, como otros escritores, como tantos, a hablar sobre las autobiografías maoríes –sobre las cuales se pueden decir cosas apasionantes– o la nueva nueva narrativa de Palermo –sobre la cual bastantes menos– y a contestar más en serio cuando me preguntan por mi infancia y menos cuando por la última elección. Y sin embargo no: insisto, vuelvo, sigo. Escribo estas columnas, hablo, me meto en líos, hago libros que tienen, casi sin solución, una dosis fuerte de política.

Lo cual es particularmente desdichado porque la política es mi fuente más caudalosa, más insistente de tristeza. El espacio de la desazón y la derrota.

Digo: unas banderas rojas y unas decenas de miles de personas en la calle, un primero de mayo, en un país con siete millones de desocupados. Digo: la comprobación de que los mecanismos de control social son tan eficaces que los pueden manejar incluso estos semiinfradotados –de aquí y allá y también acullá– y funcionan igual. Digo: la prueba repetida de que tantos millones viven mal y no saben qué hacer para solucionarlo o, peor: piensan que no hay forma de solucionarlo. Digo: la demostración insistente de que no hay nada más fácil de engañar que mucha gente. Digo: la angustia de haber visto cómo las ideas de cambio que imaginamos durante siglos se desmoronaron y todavía no aparecen las que deben reemplazarlas. Digo: la evidencia de que hoy los más activos son los defensores de ciertas religiones medievales o, en su defecto, los jóvenes bienintencionados acojonados que quieren defenderse: de los estados, de los desastres, de las corporaciones -y no saben qué hacer con la parte de los proyectos de futuro. Digo: la tristeza de ver cómo distintos estafadores, en distintos países, ocupan con cierta facilidad esos vacíos. Digo: la falsificación de hacernos creer que la política es eso que hacen los políticos. Digo: la comprobación de que nada va a ser muy distinto mientras viva: que –a diferencia de lo que creí mientras crecía– ya no me alcanza para ver un mundo menos feo.

Digo: yo podría no pensar –pensar un poco, mucho menos– en todas esas cosas, y mi vida sería mucho más agradable. A veces lo extraño. Me imagino una vida en que esos problemas me incomodaran algunas noches, por supuesto, pero no dedicara tanto tiempo a intentar entenderlos, a escribirlos, a cabrearme por ellos, desolarme por ellos.

(Y a veces me apena haber nacido en esta época desesperanzada, envidio otras. Nacer por ejemplo en Italia y en 1880, pasar por vicisitudes y derrotas y morir en 1950 pensando que el mundo que supo vencer al Duce y al Führer y al imperio británico estaba listo para grandes cosas. O nacer si no en Francia y en 1700 y suscribirme a la Enciclopedia de Diderot y D’Alembert y vivir asustado y lleno de esperanzas en el triunfo final de la Razón y morirme antes de que sus sueños se volvieran monstruos. O nacer en Buenos Aires y en 1790 o 1850 o 1910 e imaginar que, pese a todo, estábamos haciendo un país que alguna vez valdría la pena. Extraño, parece, creer. Y la política fue siempre mi único espacio de creencia. Detesto la creencia, extraño la creencia –creo que necesito la creencia. Quizá también por eso. Llegué a la política cuando era una promesa solvente, indudable. Me quedé ahora que es puro choque contra la vergüenza de la realidad, contra las impotencias.)

Digo: me imagino una vida sin política como una vida más amable y supongo que me sentiría una mierda, un traidor a mí mismo porque éste ya soy yo, irremediablemente. Pero sé que no hay espacio en que la pase tan mal: tan lleno de frustración y de derrotas.

Lo curioso es que creo que les sucede a muchos más. Puede que no, pero me parece que hay muchas personas que vivirían más tranquilas –más felices– si apartaran la política de sus vidas. La política de la modernidad apareció como un recurso de los jodidos, los aplastados de todo tipo, para dejar de serlo o por lo menos serlo menos: apareció como un sacrificio que valía la pena hacer para dejar atrás ciertos infiernos. Y, sin embargo, en nuestras sociedades solemos ser los menos aplastados –los que, de últimas, no la necesitamos tanto– los que le dedicamos más tiempo y más esfuerzo. Y chocamos contra paredes cada vez más bobas y seguimos, y otro choque y seguimos y otro y otro. Y seguimos.

¿Por qué lo hacemos? ¿Por culpa, por costumbre, por esa necesidad de creer en algo? ¿Por puro masoquismo? ¿Por una forma cada vez más menguada, más inverosímil de la esperanza? ¿Por la fatalidad biográfica? ¿Por una rara versión de la decencia? ¿Por cabreo? ¿Porque no sabemos ya cómo callarnos? ¿Porque tanta fealdad no se soporta? ¿Por optimistas incurables? ¿Por boludos?

Las respuestas pueden ser variadas. Igual, no cambian demasiado: aquí me tienen. Buscando, empecinado, alguna idea, alguna historia, algún vislumbre que me hagan pensar que, al fin y al cabo, la política no es solo una condena.

Un ministro se quiere ir

Por: | 25 de abril de 2013

En esos tres minutos de video está casi todo. El funcionario –ministro de Economía, dice su carnet, aunque a nadie le consta– debe contestar las preguntas de una periodista televisiva y griega. El ministro da cifras que no cree y las da mal, dubitativo. La periodista, falsa ingenua, le pregunta por la inflación en la Argentina. El ministro balbucea, dice que por supuesto las cifras son las oficiales y que ésas son las únicas posibles y que solo esa repartición tiene los medios técnicos para hacerlo -pero no dice ninguna cifra, supongo que le da vergüenza. Entonces la falsa ingenua periodista le dice que claro pero que cuánto es, y el ministro cada vez más balbuciente dice que cree que el acumulado del último año debe ser diez punto dos, dice, diez coma dos, más o menos, puede que me equivoque en el decimal, dice, "o algo por el estilo". Pero entonces la periodista le pregunta si esa es la inflación verdadera, porque el FMI la ha cuestionado; el ministro quiere decir que sí pero no le sale. Quizá algún prurito contra la posibilidad de una mentira tan visible, quizá mera bruticie. Lo cierto es que intenta contestar, se corta, dice no, me quiero ir. En medio de la entrevista, con la cámara encendida, como un nene chiquito en una fiesta fea, el ministro dice que se quiere ir -y lo repite: me quiero ir, me quiero ir. Entonces su ayudante de prensa le explica a la periodista que esas preguntas no se hacen: "La verdad que... hablar de la inflación cuando nosotros no hablamos, ni con los medios argentinos, de la inflación...", le dice, pero tampoco consigue terminar su frase. 

 

En tres minutos, casi todo: para empezar, la inepcia extraordinaria de un señor que trampea los datos económicos desde hace años y todavía no sabe cómo explicarlo. Para seguir, la sorpresa de un funcionario porque una periodista se atreve a hacerle una pregunta –la más obvia, la obligada. Por fin, la omnipotencia necia de un gobernante que cree que si corta la entrevista en plena entrevista, ante la cámara, la periodista va a ser tan servil como tantos colegas locales y no lo va a mostrar. Porque, parece, lo han malacostumbrado.

Digo: la inepcia más la imprevisión más la omnipotencia más el acostumbramiento a su propio poder, el coctel justo para un autoritarismo de tercera. Y, para los que lo vemos, la sensación de que estamos gobernados por tarados.

El ministro, por fin, dijo que se quería ir -y sintetizó, magistral, lo que muchos argentinos sentimos al verlo.

Solo que a él nadie –terriblemente nadie– se lo impide.

Honestismo

Por: | 23 de abril de 2013

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Jorge Lanata lo hizo otra vez. Con 30 puntos de rating, con millones de personas mirándolo, con más millones comentándolo, su programa dejó de ser un programa para transformarse en un fenómeno cultural y político. Hace diez días que toda la Argentina –eso que llamamos toda la Argentina– habla de sus revelaciones; hace diez días que instaló metáforas nuevas: la idea de la plata pesada, por ejemplo –de tanta plata que no se puede contar sino pesar–, va a terminar siendo uno de los símbolos de estos años tristes. Y la Ferrari de Fariña se reunió con la Ferrari de Menem en el panteón de los gobiernos muertos.

Lo que ningún partido opositor había conseguido lo consiguieron periodistas. Este gobierno no para de tirarse tiros en las patas –y gracias a esa práctica su apoyo baja y baja, pero sus opositores no contribuyen casi nada a esa caída. Las revelaciones de Lanata y Wiñazki sí.

Es curioso el efecto que produce la prueba del afano. Para un gobierno que mintió tanto, que acabó con tantas esperanzas, que produjo desastres tan mortíferos, pocas cosas parecen haber sido más dañinas que estas evidencias. No hay nada más tranquilizador para un argentino que comprobar que sus enemigos políticos roban. Es, una vez más, el poder de lo que no admite debate.

Lo mismo sucedió con el menemismo: un gobierno estaba dando vuelta la estructura social y económica del país y nos preocupaban sus robos, su corrupción, sus errores y excesos. Fue lo que entonces llamé el honestismo.

La palabra cundió, y en estos días más de uno me preguntó, solícito: ¿Ahora vas a seguir hablando de honestismo, pelotudo? ¿A ver qué vas a decir ahora, bigotón? –me interpelan, con la elegancia que suele caracterizarlos, y no cejan: ¡Ahora sí que te podés meter el honestismo bien en el culo!

Estudié la posibilidad, no me pareció suficientemente placentera; decidí que era mejor discutir el asunto. Para lo cual, primero, quisiera definirlo, tal como aparece en mi libro Argentinismos: “Honestismo, sust. mas. sing., argentinismo: la convicción de que –casi– todos los males de la Argentina actual son producto de la corrupción en general y de la corrupción de los políticos en particular”. Y después, más en extenso:

“El honestismo es un producto de los noventas: otra de sus lacras. Entonces, ante la prepotencia de aquel peronismo, cierto periodismo –el más valiente– se dedicó a buscar sus puntos débiles en la corrupción que había acompañado la destrucción y venta del Estado, en lugar de observar y narrar los cambios estructurales, decisivos, que ese proceso estaba produciendo en la Argentina.

“La corrupción fueron los errores y excesos de la construcción del país convertible: lo más fácil de ver, lo que cualquiera podía condenar sin pensar demasiado. Es como los juicios a los militares: aquellos militares empezaron a cambiar las estructuras sociales del país, destruyeron las organizaciones sociales, produjeron la deuda externa que todavía nos siguen cobrando pero los juzgamos por haber robado una cantidad de chicos. Es terrible robar chicos. Pero frente a lo que construyeron como país es un hecho menor. Sus torturas, sus asesinatos incluso son, frente a eso, un hecho menor: un hecho espantoso acotado frente a un efecto global que se extiende en el tiempo, que dura todavía. Pero es mucho más fácil acordar en lo horrible de sus torturas y robos que en lo definitorio de su reestructuración del país –entre otras cosas, porque los que se beneficiaron con esa reestructuración son, ahora, los dueños de casi todo. Lo mismo pasó, con menos brutalidad, con la misma eficacia, con las reformas del peronismo de los años noventas.

Y después: “La furia honestista tuvo su cumbre en las elecciones de 1999, cuando elevó al gobierno a aquel monstruo contranatura, pero nunca dejó de ser un elemento central de nuestra política. Muchas campañas políticas se basan en el honestismo, muchos políticos aprovechan su arraigo popular para centrar sus discursos en la denuncia de la corrupción y dejar de lado definiciones políticas, sociales, económicas. El honestismo es la tristeza más insistente de la democracia argentina: la idea de que cualquier análisis debe basarse en la pregunta criminal: quiénes roban, quiénes no roban. Como si no pudiéramos pensar más allá.”

O sea: es terrible que los políticos elegidos para manejar el estado le roben, nos roben. Estamos todos de acuerdo en eso. Ése es, precisamente, el poder del discurso contra la corrupción: es muy difícil no estar de acuerdo. Es, sin ningún ánimo de desmerecer, un lugar común: un lugar donde todos podemos encontrarnos. Nadie defiende la corrupción, a los corruptos. Nadie dice está bien que se afanen la guita; a lo sumo dicen no, no afanan tanto, no se crean. O dicen más bien este hijo de puta que los está denunciando es un perverso que unta a su perra con crema chantilly. O –a lo sumo, los más atrevidos– defienden el famoso robo para la corona. Ahora en su versión kirchnerista: necesitamos plata para construir poder, dicen, para hacer política, sin pararse a pensar –a pensar– que al decirlo dicen demasiado sobre su idea de lo que es “hacer política”.

“La corrupción existe y hace daño. Pero también existe y hace daño esta tendencia general a atribuirle todos los males. La corrupción se ha transformado en algo utilísimo: el fin de cualquier debate. Si las empresas estatales se malvendieron a otras empresas estatales extranjeras no fue porque una deuda de miles de millones obligó a la Argentina a hacer lo que querían sus acreedores externos, sino porque a un par de ministros y cuatro secretarios les gustaban ciertos polvos más que otros. Si hay tantos pobres –y se los cuida tan poco y tan mal– la causa se ve menos en el reparto de las riquezas y el abandono de las obligaciones del Estado que en el desvío de ciertos fondos menores. Y así sucesivamente. La discusión política es el tema que el show de la corrupción supo evitar”, decía Argentinismos.

“La honestidad es el grado cero de la actuación política; es obvio que hay que exigirle a cualquier político –como a cualquier empresario, ingeniero, maestra, periodista, domador de pulgas– que sea honesto. Es obvio que la mayoría de los políticos argentinos no lo parecen; es obvio que es necesario conseguir que lo sean. Pero eso, en política, no alcanza para nada: que un político sea honesto no define en absoluto su línea política. La honestidad es –o debería ser– un dato menor: el mínimo común denominador a partir del cual hay que empezar a preguntarse qué política propone y aplica cada cual.”

Nadie arguye que la corrupción no sea un problema grave. Pero también es grave cuando se la usa para clausurar el debate político, el debate sobre el poder, sobre la riqueza, sobre las clases sociales, sobre sus representaciones: acá lo que necesitamos son gobernantes honestos, dicen, y la honestidad no es de izquierda ni de derecha.

“La honestidad puede no ser de izquierda o de derecha, pero los honestos seguro que sí. Se puede ser muy honestamente de izquierda y muy honestamente de derecha, y ahí va a estar la diferencia. Quien administre muy honestamente en favor de los que tienen menos –dedicando honestamente el dinero público a mejorar hospitales y escuelas– será más de izquierda; quien administre muy honestamente en favor de los que tienen más –dedicando honestamente el dinero público a mejorar autopistas y teatros de ópera– será más de derecha. Quien disponga muy honestamente cobrar más impuestos a las ganancias y menos iva sobre el pan y la leche será más de izquierda; quien disponga muy honestamente seguir eximiendo de impuestos a las actividades financieras o las explotaciones mineras será más de derecha. Quien decida muy honestamente facilitar los anticonceptivos será más de izquierda; quien decida muy honestamente acatar las prohibiciones eclesiásticas será más de derecha. Quien decida muy honestamente educar a los chicos pobres para sacarlos de la calle será más de izquierda; quien decida muy honestamente llenar esas calles de policías y de armas será más de derecha. Y sus gobiernos, tan honesto el uno como el otro, serán radicalmente diferentes. Digo, en síntesis: la honestidad –y la voluntad y la capacidad y la eficacia–, cuando existen, actúan, forzosamente, con un programa de izquierda o de derecha.”

Y eso es lo que el honestismo evita discutir. “La ideología de cierta derecha siempre consistió en postular que no hay ideologías, y que lo que importa es la eficiencia, la honestidad. Es la misma línea de pensamiento que resumió, en sus días de pelea agropecuaria, la doctora Fernández, entonces presidenta: ‘En política se puede ser peronista, antiperonista, comunista, en política se puede ser cualquier cosa, pero en economía hay que tratar de ser lo más sensato y racional que sea posible’. La política no define la economía –que debe ser ‘sensata y racional’– ni las decisiones de gobierno –que deben ser ‘honestas’–: la política da igual, es un capricho”.

Ahora, desde los crímenes de Once y las inundaciones, se agregó una frase más: la corrupción mata. Sin duda mata y es terrible. Más mata, sin embargo –si es que vamos a embarrarnos en estas comparaciones vergonzosas–, la falta de hospitales, la malnutrición, la violencia, la vida de mierda –y eso no es producto de la corrupción sino de las elecciones políticas.

Hay quienes oponen a esto un argumento: que si “los políticos” no robaran, muchas cosas serían mejores: la salud, la educación, por ejemplo.

“Quizá mejoraran marginalmente. Pero lo que define la salud o la educación argentinas no es que quienes tienen que organizar sus prestaciones públicas se roben un 10, un dudoso 20, incluso un improbable 30 por ciento del dinero destinado a ellas; lo que las define es que –gracias a la dictadura militar y sus continuadores democráticos– los argentinos que pueden hacerlo compran salud y educación privadas, y dejan a los pobres esa educación y esa salud públicas que los políticos corroen –lo cual resulta, ya que estamos, absolutamente de derecha.

“O sea: si este mismo sistema estuviera administrado sin la menor fisura, habría –supongamos– un tercio más de recursos para hospitales y escuelas y los pobres tendrían un poco más de gasa y un poco más de vacunas y un poco más de tiza –y los ricos seguirían teniendo tomógrafos y by-passes al toque y computadoras de verdad en el aula. Quiero decir: si todos los políticos fueran honestos, todavía tendríamos que tomar las decisiones básicas: en este caso, por ejemplo, si queremos que haya educación y salud de primera y de segunda, o no. Si queremos que un rico tenga muchísimas más posibilidades de sobrevivir a un infarto que un pobre, o no. Si pensamos que saber matemáticas es un derecho de los hijos de los que ganan menos de cinco lucas, o no.

“Pero muchos políticos –y muchos ciudadanos– evitan discutirlo y hablan de la corrupción, que es más fácil y es decir casi nada: ¿quién va a proclamar que está a favor del cáncer? El honestismo es la forma de no pensar en ciertas cosas, un modo parlanchín de callarse la boca. Cuando no hay ideología, la idea de la decencia y de la ética parecen un refugio posible. Es curioso: no hubo, en la Argentina contemporánea, un gobernante más decente, más reacio a acumular riqueza personal, que un señor que vivió hasta hace poco en un apartamento de cuatro ambientes en un barrio modesto que tuvo que dejar para ir, grasiadió, preso, y se sigue llamando, pese a todo, Jorge Rafael Videla, ex general de esta Nación.”

Esto, entre otras cosas, decía cuando hablaba de honestismo. Y otra vez, para que quede –casi– claro: no digo que no haya que ocuparse de descubrir todos los robos y corruptelas que se pueda. Al contrario –y aplaudo y agradezco a quienes lo hacen. Pero digo, también, que si no pensamos la política más allá de eso, si la pensamos en puros términos de honestos y deshonestos, si la pensamos como un asunto de juzgado de guardia, corremos el riesgo de volver a elegir a la Alianza de De la Rúa y Chacho Álvarez.

Los argentinos, ya se sabe, somos tan buenos para volver a tropezar con mismas piedras.

Somos truchos

Por: | 16 de abril de 2013

Osprey-catching-trout-scott-linsteadMe equivoqué otra vez –y ya es costumbre. Pero en ésta me equivoqué durante años, entusiasta. Siempre pensé que uno de los grandes frenos que trababan al estado argentino era la insistente ilegalidad con que la mayoría de los ciudadanos nos relacionamos con él. Todos sabemos que casi todos lo hacemos. Aunque hay, por supuesto, grados y maneras.

Una cosa es ese tercio largo de los trabajadores que debe resignarse a vivir en negro: que no puede gozar de las garantías y seguridades de trabajar legalmente porque su necesidad y el poder de sus patrones –privados, públicos– consiguen que así sea.

Otra, la costumbre perfectamente generalizada –que muy pocos argentinos desdeñan– de esquivar ciertas cargas: no declarar ingresos, no hacer una factura, coimear a un policía en lugar de pagar una multa. Lo que alguna vez, hace muchos años, llamamos “la corrupción de todos”.

Y otra más, muy distinta, es el complejo sistema de disfraces, desvíos, argucias leguleyas y corruptelas de funcionarios que practican las empresas más o menos grandes para no cumplir con las reglas fiscales.

Son formas muy diversas pero todas responden a esa palabra tan argenta: trucho, trucha. Bien exacta, bien nuestra: no hay, en otros castellanos, términos que definan tan precisos lo que trucho sí. Trucho es como quien dice falso con cariño, te engaño pero con buena onda, no es lo que debería ser pero igual sirve. Trucho incluye, claro, ese resto de aprecio, casi admiración, por los que consiguen truchar bien esto o aquello.

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Cumpleaños

Por: | 07 de abril de 2013

P-P (1)Hoy mi padre cumpliría ochenta y cinco años; ya lleva muerto más de veintisiete. Me falta poco para tener su última edad: ahora sé lo joven que era. O como quiera que eso se llame: lo poco viejo, la tanta vida que podía esperar –pero no.

Hoy lo recuerdo porque es su cumpleaños, tantos otros días porque sí. Y más ahora, de vuelta en el país que él dejó hace sesenta y cinco años, y al que volvió, sin querer, casi treinta después.

Lo pienso, me pregunto. Lo imagino en Madrid, 1936. Me pregunto cómo habrá sido ser un chico de ocho años en medio de los bombardeos, un chico de diez en la derrota más sangrienta, uno de doce con el padre preso; cómo habrá sido vivir del lado de los vencidos, tener que sufrir los ritos de los triunfadores: las misas, el colegio de curas, la prohibición de decir ciertas cosas, la amenaza constante del poder o el pecado. Me pregunto qué habrá imaginado que iba a encontrar en la Argentina cuando sus padres, mis abuelos, entendieron que la guerra de Franco contra ellos y los suyos no se iba a terminar porque se hubiera terminado y buscaron la forma de escaparse. Me pregunto cómo habrá sido para ese muchacho guapo, despierto, un poco frágil, tan víctima de su tiempo, pasar del silencio franquista a la ebullición de Buenos Aires 1948. Me pregunto qué vio en aquel país de controversias, e imagino que un paraíso en construcción: contra la sombra de su España debía serlo. Podía leer lo que quisiera, decir lo que quisiera, pensar lo que quisiera; podía incluso pelear contra el gobierno peronista que a veces intentaba impedírselo. Podía, también, hacer amigos nuevos, cortejar chicas con sus ojos verdes y su historia romántica; podía tener la sensación de una vida por delante. En esos años se hizo comunista, se recibió de médico, se casó con mi madre, se volvió psicoanalista y profesor, nos tuvo.

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Ya no

Por: | 01 de abril de 2013

Bici
Primero me pasó por casualidad; después empecé a provocarlo. La escena se repitió muchas veces:

–¿Vos sabés cuándo fue la última reunión de gabinete?

–¿La última qué?

–Reunión de gabinete.

–Perdoname: ¿qué es una reunión de gabinete?

Es cierto que me aprovecho de los chicos: se lo pregunto a señoras y señores de no más de veinticinco años. Su ignorancia es sorprendente y es muy lógica: la Argentina está por cumplir diez años desde su última vez.

–Bueno, y entonces,  ¿qué era eso de la reunión de gabinete?

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Historias de la Voluntad

Por: | 24 de marzo de 2013

Saludo_fascista_isabelita_peronHoy es, otra vez, 24 de marzo. Es curioso lo frecuentes que se han vuelto, últimamente, los 24 de marzo: hay casi uno por año. Este, carente de toda redondez –37 es un número sin gracia–, nos encuentra sumidos en el papismo contumaz, que también en este aspecto fue elocuente: mostró cómo los más fervientes denostadores oficiales de la Dictadura setentina están muy dispuestos a mirar para otro lado cuando su apetito de poder lo requiere. Para algunos, el oportunismo es la única religión verdadera.

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Sobre el autor

Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957) es escritor y periodista, premios Planeta y Rey de España. Su libro más reciente es Los Living, premio Herralde de Novela 2011.

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Martín Caparrós

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