Martín Caparrós

El día Puerto Madero

Por: | 01 de abril de 2014

LA-JUNTA-MILITAR-DE-MASSERA-VIDELA-Y-AGOSTI25 de marzo, año 2014. Hoy los diarios argentinos informan –con más o menos alborozo, según las adscripciones y el origen de sus avisos– sobre el éxito del fin de semana largo: miles y miles de coches en las carreteras principales, miles y miles de argentinos en los balnearios y otros lugares de breve regodeo. “Con picos de 2.500 vehículos por hora desde Mar del Plata hacia Capital Federal por la Ruta 2 concluía anoche el fin de semana largo por el feriado del Día de la Memoria, que tuvo niveles de ocupación cercanos o superiores al 70 por ciento en provincias como Córdoba, Mendoza, Santiago del Estero y Entre Ríos”, dice uno de ellos.

Hasta 2003, la conmemoración del 24 de Marzo era cosa de los ciudadanos: los que querían organizaban los actos que podían. Ese año, el gobierno de Eduardo Duhalde lo declaró “Día Nacional de La Memoria por La Verdad y La Justicia” e involucró al Estado en su celebración. Tenía cierta lógica, una que nunca me gustó.

Siempre pensé que recordar el 24 de marzo era seguir subordinándonos a la decisión de unos militares asesinos: fijar el recuerdo en el momento en que ellos decidieron atacar.

Y recordar que los ricos argentinos estuvieron y están dispuestos a hacer de todo para seguir siéndolo –a hablar, incluso, de derechos humanos y castigar a los que los salvaron.

Y simular la inocencia perfecta de la democracia. “En estos años en que no somos capaces de discutir la democracia, en que tenemos tanto miedo de discutir esta democracia –aunque sea el sistema en el que tantos chicos se mueren sin necesidad, tantos grandes sufren hambre o enfermedades muy curables–, postular que todo empezó el 24 de marzo es una forma de exculpar al gobierno democrático de Perón, Perón y compañía: un modo de pretender que todo el mal empezó con el golpe, que la democracia no torturó, secuestró y mató, democráticamente, a cientos de personas. No; hay que presentar una ruptura brutal donde no la hubo y seguir vendiendo que la democracia es impoluta inmaculada, el mejor de los mundos, que los malos fueron esos militares sanguinolentos feos”, escribí ya hace mucho.

Y creo, todavía, que no habría que celebrar el 24 de marzo. Para recordar que hubo una dictadura militar y criminal habría que hacerlo, si acaso, el día en que se terminó, 10 de diciembre.

Pero a quién le importa: el 24 de Marzo se convirtió en efemérides patria en marzo de 2006, cuando el doctor Néstor Kirchner y su jefe de gabinete el doctor Alberto Fernández mandaron un proyecto de ley al Congreso para declararla feriado nacional. Y ahí la discusión cambia de signo. Ya no se trata de ver si es mejor ese día u otro porque, para la mayoría, la conmemoración se desvirtúa, se desvanece. Desde entonces, millones de alegres argentinos aprovechan el "Día de la memoria" para salir de picnic, turismo, vacaciones.

¿Tiene sentido que un día en que se recuerda tanta muerte, tanta barbarie, tanta entrega sirva para irse a pasear o bien para rascarse el higo? ¿No habría que convertirlo en un día hábil que se use pensar, si todavía es necesario, en esa barbarie? ¿O, mejor -tan necesario-, sobre sus consecuencias y las maneras de solucionarlas?

La máscara de los derechos humanos ya tiene una realización en el espacio: el barrio de Puerto Madero con sus edificios multimillonarios y sus calles con nombres de Madres de la Plaza y otras luchadoras. Su realización en el tiempo sucede, sin duda, cada fin de marzo, cuando los argentinos más afortunados se van a la playa so pretexto de memoria y homenaje. Los hoteleros llenan sus hoteles, los restauradores sus restauraciones, las petroleras venden nafta, los transportistas asientos en sus micros, los servicios prosperan gracias a aquellos muertos.

La Patria, ya sabemos, suele ser fuente de truchadas; estos últimos años la producción se ha vuelto arrolladora.

 

NdelA: con el retraso que en general me caracteriza, empiezan hoy, 1 de abril, mis inmerecidas vacaciones anuales de Pamplinas. Nos vemos en unos días. 

(Y mientras pido disculpas porque acabo de ver que, al agregar esta coda, se borraron todos los comentarios y se cambió la fecha del post. Algo habré hecho.)

¿A quién le importa que haya escuelas?

Por: | 17 de marzo de 2014

White_dove-wideNos acostumbramos a casi cualquier cosa. Hace diez días que cuatro millones –4.000.000– de chicos no tienen clases. O sea: hace diez días que cuatro millones –4.000.000– de argentinos no reciben la educación que el Estado se comprometió a ofrecerles, con la que justifica su existencia, para las cual se queda con los impuestos de sus padres –y de todos los demás. El Estado es un pacto: yo, ciudadano –¿yo, ciudadano?–, te entrego poder y plata para que me entregues, a cambio, ciertos servicios. Si el Estado no cumple ese pacto, no tiene derecho a reclamar un pomo.

En cualquier sociedad un poco orgullosa, un poco digna, que cuatro millones –4.000.000– de chicos no puedan ir a la escuela sería un escándalo incesante. No una molestia para sus padres, no una incomodidad o un contratiempo: la prueba de un fracaso extremo. A nosotros nos importa más o menos: lo comentamos, algunos lo sufren, siga siga.

No nos importa -o parece que no nos importa. Quizá sea porque los gobiernos peronistas desde 1989 han sido tan eficaces en separar argentinos. Y que entonces los que tienen más acceso a la palabra, a los medios, a las varias presiones, ya no mandan a sus hijos a esas escuelas que no abren –y los que sí lo hacen son lo que se joden de todos modos, de tantos otros modos. En 2003, por ejemplo, el 26 por ciento de los chicos argentinos iba a escuelas privadas; en 2011 era el 37,5 por ciento. La privatización de la educación argentina es una de las tendencias más sostenidas del peronismo kirchnerista.

No nos importa -o parece que no nos importa. Para muchos de nosotros, los maestros son otros. Un amigo preguntaba hace unos días: ¿cuántos de nosotros alentaríamos a nuestros hijos a que fueran maestros? Es una prueba -empírica, brutal- de cómo los tomamos. Y cuando una sociedad se toma así a quienes tienen que enseñarle, está en problemas.

No nos importa -o parece que no nos importa. Quizá sea porque nadie sabe bien qué hacer. Esos padres, por ejemplo, que dicen masivamente que apoyan el reclamo de los maestros pero no sus paros: que, por supuesto, están de acuerdo con que un maestro no debería ganar tanto menos que un policía o un camionero pero no quieren que sus hijos se queden sin escuela. Es lo mismo que decimos tantas veces cuando un piquete nos embotella en cualquier calle. El problema es que, en un país donde las instituciones y las representaciones donde deberían discutirse esas cuestiones son feudos de unos pocos, no hay forma de hacerse oír que no sean estas maneras de la acción directa. Si no paran, los maestros están seguros de no conseguir los aumentos que merecen. Si paran, saben que están jodiendo a los que no se lo merecen.

Y muy poco cambia. Llevo años escribiendo variaciones de esta columna. Hace cinco, por ejemplo, publiqué una que decía que “hoy empiezan las clases y no empiezan las clases: para la mayoría de los alumnos argentinos, esta mañana no hay escuela. Los maestros de medio país van a la huelga para pedir un sueldo que ninguno de nosotros, periodistas, por ejemplo, aceptaría ni para empezar. Son sueldos tan elocuentes, tan didácticos: dicen, antes que nada, que a la sociedad argentina la educación le importa tres carajos. O, más preciso: que a la sociedad argentina le importa tres carajos la educación de sus pobres.” Hace dos años presentábamos con el legislador de la ciudad de Buenos Aires, MST en Proyecto Sur, Alejandro Bodart, un proyecto de ley para que los funcionarios políticos estuvieran obligados a mandar a sus hijos a escuelas públicas y atenderse en hospitales públicos, así vivían en carne propia los efectos de sus políticas. Los legisladores porteños, por supuesto, macristas, kirchneristas, nunca lo discutieron.

Lo cierto es que los cuatro millones –4.000.000– de chicos siguen sin clases y a nadie parece importarle demasiado. Los diarios no lo ponen en sus tapas, los gobernantes no salen a ofrecer disculpas, los ciudadanos a pedírselas. Que esas escuelas de segunda funcionen o no funcionen nos da más o menos lo mismo.

Como muchas otras cosas. Nada me impresiona más que la cantidad de sombras a las que nos hemos ido acostumbrando: cuestiones que nos parecían intolerables hace unos años, unas décadas, ahora son el pan de cada día, los lugares comunes. Será cuestión de ver a qué no podemos habituarnos. Ahí, supongo, habría una clave, una llave, el modo de volver a respetarnos.

El precio de un ojo

Por: | 11 de marzo de 2014

ImagesDiscutimos penas, debatimos códigos. La Argentina de esta última semana –los políticos y periodistas argentinos de esta última semana– se trenzó por las cifras del castigo: por unos días, penal dejó de ser un pelotazo a doce pasos.

Es poco probable que el proyecto de nuevo Código Penal consiga imponerse: lo promueve un gobierno en retirada, no tiene el consenso suficiente, no tiene tiempo ni espacio para una buena discusión. Habrá servido, entonces, si acaso, para aclarar posturas.

Ya nadie niega que uno de los grandes cambios de la Argentina de las últimas décadas fue el crecimiento de robos y homicidios, la aparición de la inseguridad. No hay números recientes sobre el aumento de delitos: sabemos que este gobierno cree en retener –entre otras cosas– números. Así que las evaluaciones sopesadas son reemplazadas por la famosa sensación de inseguridad –que, al fin y al cabo, la inseguridad es, por definición, una sensación.

La sensación existe y tiene, por desgracia, demasiada base. Llevo un año en Barcelona; aquí recuperé aquel placer tan porteño de caminar sin mirar a los costados. Vivíamos así; ya no vivimos. Lo he dicho demasiado: hace casi cuarenta años los ricos argentinos, siempre tan astutos, se creyeron que podían hacer un país tercermundista sin los problemas del Tercer Mundo –y así estamos.

El crecimiento del delito –el peso del delito en nuestras vidas– está claro. Lo que no está claro es cómo aminorarlo. Por lo visto en estos días, la discusión sigue siendo otra: cómo castigarlo.

Un sector trata de bajar las penas; más que nada, porque no cree en los beneficios de la cárcel. Tienen razón: una cárcel argentina es un instrumento de tortura y una escuela del rencor y un seminario de técnicas al uso. Pero no proponen alternativas alentadoras.

Otro sector intenta subir las penas porque tampoco se le ocurre otra cosa. El sentido común –la mayoría– los acompaña. El sentido común es la formación más conservadora: pide lo que conoce, teme lo nuevo, desconfía de lo nuevo, no imagina lo nuevo; por eso es común.

Discuten. Sus argumentos tan acalorados parecen olvidar que las penas no impiden los delitos: que, para disuadir o no disuadir a un aspirante, diez años de prisión son lo mismo que cinco. Que nadie dice uy no voy a matar a mi suegra porque en lugar de 12 años me van a dar 18 y no quiero comerme seis años más al cuete; nadie, voy a salir a robar porque son solo cuatro años; nadie, voy a pedirles el 12 por ciento de cometa porque menos de tres años son excarcelables.

La disuasión, por desgracia, no está en la amenaza de una mayor condena. Si los ladrones potenciales fueran tan razonables como para calcular la relación calidad/precio harían otra cosa. No matarían sin razón, por ejemplo, y sus delitos no serían tan notorios, tan temibles.

(Escribo matarían sin razón, y la fórmula me suena curiosa. Es cierto: la razón del ladrón no gana con esa muerte. Un ladrón que intercepta a un tipo que está guardando su coche en el garaje y le apunta para que se lo dé podría conseguir, casi siempre, su meta sin matarlo. Matarlo es un despilfarro: le cuesta al ladrón mucho más que lo que le aporta. Le puede aportar, si acaso, cierta rapidez y la sensación de poder que debe dar matar a alguien; le cuesta una repercusión mucho mayor, persecución mucho mayor, mucha más cárcel. No tendría sentido. Pero en cambio, la razón colectiva del colectivo de ladrones gana: si no hubiera cada tanto alguno que matara a un asaltado, los asaltados dejarían de temer los asaltos, no entregarían lo que se les pide, se resistirían más. Esas muertes son necesarias para la profesión. Y, al mismo tiempo, es obvio que ningún ladrón mata para contribuir al bien común del gremio. Son mecanismos mucho más misteriosos.)

La disuasión, por desgracia, en el corto plazo, empieza por el control de los espacios donde pueden cometerse los delitos. Este control, en nuestras sociedades, suele ser policial o parapolicial -y suele ser pretexto para reprimir a quienes reclaman otras cosas. 

La disuasión, en el mediano plazo, es más simple: consiste solo en armar una sociedad vivible para todos. Pavadas. Mientras tanto, con una policía que no puede –ni, a veces, quiere– contener robos y hurtos, ni políticas de base que ofrezcan opciones preferibles a salir de caño, en una sociedad que no sabe qué hacer para defenderse de los delitos, la cárcel es la forma de cobrárselos: que paguen, que se pudran ahí adentro.

Las cárceles argentinas no sirven para recuperar a un condenado. Sirven, sí, para mantenerlo inoperante y vengarse de él. Ésas son las dos cosas que se discuten cuando se discute el tiempo de la pena. La querella por la pena es, más que nada, un debate sobre precios: cuánto cuesta matar a mi vecino, cuánto robar mi casa, cuánto venderle diez gramos a mi nene. O, dicho en buen cristiano: cuánto vale mi ojo.

(Y cuánto vale el tuyo, y cuánto aquél. Es un intento de orden, de clasificación: dos robos de coche a mano armada equivalen a una esposa asesinada, la venta de medio kilo de merca a un tercio de secuestro, y así de seguido.)

Es, de últimas, una discusión menor, un regateo. El Código Penal es puro discurso –¿puro relato?– mientras la justicia no esté preparada para aplicarlo y la policía siga permitiendo, alentando –participando de– muchos delitos. Y eso no parece tener solución en el sistema político presente. ¿Entonces qué? Es la discusión decisiva pero, justamente por eso, nadie quiere sostenerla.

Porque, sobre todo, el Código Penal es puro discurso –¿puro relato?– mientras no haya políticas realmente serias para ofrecer a la cantidad de argentinos que toman el delito como opción otras opciones. Educación, certezas, empleos, ambiciones, una identidad que no consista en tener las mejores zapatillas, un futuro.

Decir que tal o cual problema es estructural suele ser el modo de no hacer nada, porque la solución de esos problemas tardaría demasiado tiempo -y el desastre es ahora. Llevamos un par de décadas diciendo que habría que encarar esos problemas estructurales; si hubiéramos empezado entonces, ya habríamos hecho mucho.

Lo que lo impide no es el tiempo que se podría tardar en resolverlo; es que nuestra sociedad está basada en esas exclusiones, en esas diferencias. El delito es uno de los precios que pagamos por vivir en ella.

Entonces, para no hablar de lo que importa, para no atacar la gangrena general, discutimos cuánto vale un ojo, cuánto un diente. Son, después de todo, cuestiones del mercado.

La verdad que

Por: | 03 de marzo de 2014

Elfa Hada-87444_800La verdad que lo miré entero, pensando que iba a escribir sobre eso. Era, al fin y al cabo, el discurso de la apertura. Y cada tanto recordaba la famosa frase de Karl Kraus: sobre Tal no se me ocurre nada. El problema de la frase es quién era Tal –así que la dejé. Seguía mirando, era tedioso. Un director de cámaras infiltrado, operativo de la Opo, mostraba cada tanto a los más feroces kirchneristas en poses de modorra plena, sosteniéndose la cara con las manos, mirando al infinito como si el infinito fuera un buen partido. Nos aburríamos ante la catarata de cifras más o menos falseadas, más o menos irrelevantes, más o menos confusas; que haya argentinos convencidos de que Cristina Fernández es una buena oradora solo habla del presente balbuciente de un país que nunca hizo gran cosa pero solía tener muy buena parla.

La verdad que Cristina Fernández habla con la monotonía de quien no tiene nada que decir: de quien transmite. No construye las frases, no las remata, no las liga, no se recrea en las palabras como sí quienes dicen con gusto. No tiene vuelo retórico, no tiene humor, no tiene una visión o un proyecto o una esperanza para comunicar –y no comunica. Habla, para colmo, con la altanería de quien no está seguro y teme que se note. Solo, de tanto en tanto, sus lapsi tienen alguna gracia. Como, por ejemplo, cuando leyó que una hectárea de tierra en Balcarce, Tandil o Lobería había pasado de costar 3.800 millones de dólares en 2003 a 8.000 millones de dólares hoy día. Más quisiera.

Pero el gran momento fue cuando dijo, generosa, decidida, inesperadamente: “Y sí, digamos la verdad”. Ya llevaba, para entonces, casi una hora de discurso, y la verdad que ofrecía fue banal: que si hace años un George Bush –no aclaró cuál– “en la Florida” dijo que Estados Unidos no podía darse el lujo de depender energéticamente etcétera etcétera. Yo me había ilusionado. Hasta que recordé que, finalmente, eso es lo que hacemos los argentinos.

–Claro, ilusionarnos.

–No, mi estimado: amenazar con la verdad.

Me preocupa, desde hace años me preocupa: ¿qué se le puede creer a un país donde la muletilla más usada, la que inicia la mitad de las frases, la introducción nacional por excelencia es “la verdad que”?

–La verdad que no sé.

No quiero caer en ese otro vicio nacional, la psicología de copetín, pero parece raro. ¿Qué fantasma nos ronda para que tengamos que decir cada doce palabras que decimos la verdad? ¿Qué sospecha acecha, despechada? Empezar las frases con “la verdad que” sería superfluo si nadie recelase; insistir en la verdad de un párrafo supone suponer que todo el resto no lo era o vaya usted a saber.

–No sé. ¿Para qué te voy a mentir?

La pregunta, por suerte, suele ser retórica: ninguna convocaría lista tan larga de respuestas. Te voy a mentir para conseguir que me des algo, te voy a mentir para no tener que darte algo, te voy a mentir para que no creas que soy un idiota, te voy a mentir para que me mires con esa sonrisa de admiración que me calienta tanto, te voy a mentir para que sepas que te estoy mintiendo –y siguen toneladas. Te voy a mentir para que te vayas lo más lejos posible: la verdad que vivimos en un país cuyo nombre es mentira.

La verdad: somos la Argentina porque los pocos indios que habitaban estos páramos no sabían qué más hacer para sacarse de encima a aquellos conquistadores sifilíticos y entonces, para que se fueran, les decían lo que querían escuchar: que más allá, que más arriba, que más lejos había plata, mucha plata. Por eso aquellos crédulos llamaron a este río, que solo lleva al barro, río de la Plata; por eso a sus costas Argentina –que, como sabemos, significa eso mismo. Significa: éste es un lugar lleno de plata. Significa: te engañé –y quisiste creerlo.

–La verdad, si te digo te miento.

Y sin embargo hablamos, y así una de las palabras nuevas más exitosas de las últimas décadas es la palabra trucho: la forma de decir falso sin ser brutal, de decir engaño sin sonar agresivo, de tratar a la mentira con cariño -de darle su lugar en el hogar. Y la palabra nacional que más ha circulado por el mundo en las últimas décadas también es mentirosa: decir desaparecido fue la forma de no decir secuestrado torturado asesinado. Por suerte ahora, para que te quedes tranquilo, te dicen olvidate.

–Olvidate, che. Fumá. La verdad que no hay problema.

Y las palabras, de brutos nomás, se nos escapan. Sincericidio es un buen ejemplo. Se la supone construida como suicidio: el suicidio de ser demasiado sincero. Pero, en verdad etimológica, significa matar a la sinceridad, como homicidio es matar a un hombre, regicidio a un rey –y es lo que decimos cada vez que queremos decir que alguien dice algo que parece demasiado cierto.

–Y no, la verdad que.

La verdad que estamos en problemas. Por eso hay que lanzar una Campaña Nacional Urgente: consigámonos otra muletilla. Hagamos un concurso, busquémosla, inventémosla. Esta nos queda fea, no conviene. La verdad que nos muestra demasiado.

Operación Néstor

Por: | 24 de febrero de 2014

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Lo raro es que haya tantos que la compran: lo que pasa es que está barata, y no hay muchas otras ofertas. Y que los mueve el más argentino de los sentimientos: la ilusión de zafar.

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Cuarenta años después

Por: | 16 de febrero de 2014

CarnetNoticias 001Está tan lejos que ya no sé quién era: lo sospecho, le recuerdo cositas. Sé que era un chico y me da vértigo: hoy cumplo 40 años de periodista. O, para decirlo más despacio: hoy hace 40 años que escribí mi primera nota.

Hace hoy 40 años yo tenía 16 y servía el café en un diario que hacían escritores que admiraba: Rodolfo Walsh, Juan Gelman, Paco Urondo. Hace hoy 40 años un periodista uruguayo que seguro se llamaba Luis, probablemente Rico, y me parecía viejísimo –debía tener, unsuponer, 40 años– me pidió que lo ayudara: sábado de febrero, la redacción era un desierto y él tenía dos o tres páginas vacías por delante. Entonces me preguntó si me atrevía a redactar una noticia que había llegado en un cable. Decir un cable es decir, también, el tiempo que pasó.

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Un viceambicioso

Por: | 07 de febrero de 2014

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Se ve que nunca leyó esa mìnima máxima que dice que “los hombres de grandes ambiciones no deben cometer delitos pequeños”. Se ve que nunca pensó que pudiera aprender demasiado de las lecturas, que lecturas pudieran ayudarle a manejar su vida. Ahora lo lamenta: confusamente lo lamenta.

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París bien vale una risa

Por: | 01 de febrero de 2014

Images (2)En estos días varias notas discutieron la lista de los cuarenta y ocho –48– escritores que el gobierno argentino llevará al Salón del Libro de París el mes próximo. Se le reprochaban ciertas omisiones -entre las cuales, supuestamente, yo- y algunas inclusiones. Aunque hacía tiempo que sabía del asunto, yo no había querido contarlo, pero me preguntaron y tampoco quise negarme a contestar. Quiero aclarar un par de cosas.

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Donde digo digo

Por: | 26 de enero de 2014

 

Fue un triunfo estrepitoso del sofisma. El viernes 24, cuando el jefe de Gabinete señor Capitanich, flanqueado calladito por el ministro de Economía señor Kicilof, anunció las nuevas medidas económicas –que, según la verba inflamada de la prensa, “aflojaban el cepo”– todos entendimos que los gastos de las tarjetas argentinas fuera de la Argentina dejarían de tributar el 35 por ciento y volverían al 20 por ciento que entregaban hasta el 3 de diciembre pasado.

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Un proyecto de vida

Por: | 23 de enero de 2014

B_chicosHay quienes creen que la Argentina vive del pelotazo. Si la metáfora siguiese futbolera, dirían que la Argentina es un país que no necesita armar juego: donde lo que define son esos puntinazos al tuntún que, de tanto en tanto, cambian algo en el desarrollo del partido.

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Sobre el autor

Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957) es escritor y periodista, premios Planeta, Herralde, Rey de España. Su libro más reciente es la novela Comí.

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