Este es un post
copioso. En estos días el kirchnerismo termina su década y todos estamos de memoria. Entonces se me ocurrió
buscar artículos o trozos de artículos que publiqué –desde aquel 25 de mayo
inaugural– cada fin de mayo, estos diez años. Alguna idea, errores varios, una forma –tan mala
como cualquier otra– de revivir cierto aire de época: de tratar de recuperar la
mirada de entonces -cada entonces-, cuando todavía no sabíamos todo lo que ahora ignoramos.
Un recorrido largo pero por suerte desalentador.
Mayo 2003
(Revista 23)
Mi mito. Ya estoy en la edad –provecta, y más esta semana– en que uno puede
empezar a conocer el mito y sus orígenes. Digo, quiero decir: no sólo el mito,
también la realidad que lo produjo. Digo, quiero decir: que me impresionó este
domingo escuchar en la plaza de Mayo a seguidores jovencitos del señor K:
–Nosotros no estuvimos el 25 de mayo del 73, pero este va a ser
nuestro 25 de mayo.
La comparación es
difícil: son obvias las diferencias entre una manifestación de pocos grupos
consolidados y algún público suelto para recibir a un gobierno con escasa base
política todavía y la irrupción de cientos de miles de personas organizadas que
salían a sostener a un gobierno que ofrecía cambiar todo –para no hablar de las
diferencias de programa. Pero lo que más me impactó fue ver cómo algo que para
mí es también un recuerdo personal se convierte en un mito de origen, en algo
lejano y generalmente mal interpretado que sirve para fundar ideas, actitudes.
O sea: estar tan viejo.
El Estado de la Patria. Me
atrajo el discurso del señor K. en su acto de asunción, o sea: estuve de acuerdo
con varios de sus puntos. Es el acuerdo modesto de estos días: no es lo que yo
querría, pero no estoy en contra. El discurso propone intentar un país –un
poco– más justo y, para eso, recuperar el Estado como “sujeto económico activo”
y “gran reparador de las desigualdades sociales en un trabajo permanente de
inclusión” que debe poner “igualdad allí donde el mercado excluye y abandona”,
sabiendo que “los problemas de pobreza no se solucionan desde las políticas
sociales sino desde las políticas económicas” y que “no se puede recurrir al
ajuste ni incrementar el endeudamiento”. Con la posibilidad de ampliar la
participación democrática, usando “los instrumentos que la Constitución y las
leyes contemplan para construir y expresar la voluntad popular”.
El acuerdo
modesto: la utopía no es más que la reconstrucción de un capitalismo menos
salvaje. La recuperación, por ejemplo, del viejo mito argentino de m’hijo el dotor –“una Argentina…
donde los hijos puedan aspirar a vivir mejor que sus padres sobre la base de su
esfuerzo, capacidad y trabajo”, o sea: el progreso individual en una sociedad
mejor regulada. No mucho más que lo que teníamos hace
cincuenta años y, sin embargo, ahora suena a tanto. Es más que lo que
esperábamos de este gobierno y, por eso, hay cierta expectativa. Que, por
momentos, me confunde: se entusiasma gente demasiado distinta, de posiciones
enfrentadas: algunos tienen que estar equivocándose –y, en estos casos, solemos
ser nosotros. Ojalá que no.
El atractivo del
discurso vino, también, de la torpeza de su orador: un texto bien escrito y mal
leído, ciertos gestos desmañados, la insistencia del señor K. en presentarse
como un hombre común –no en el sentido menemista, no un vivo de barrio sino un
tipo como tantos.
Y, en el medio,
un lapsus que puede resultar una bobada o un síntoma: cuando el presidente leyó
mal el final de su juramento. Su papel decía “que Dios y la Nación me lo demanden”. Él dijo “que
Dios y la Patria me lo demanden”. Hay
siglos de debates sobre estos términos pero, en síntesis: patria es un concepto conservador, que hace referencia a la tierra
como aquello que hicieron nosotros mayores –los padres patrios– y que viene
cargado con una ideología y una tradición. Nación,
en cambio, es un concepto más civil, que nació cuando los franceses de 1789
decidieron que la legitimidad no descansaba en la corona hereditaria por
derecho divino sino en el conjunto de los ciudadanos.
–¿No estará
practicando, Caparrós, el noble arte italiano de cortar un pelo en cuatro? ¿O
lo que llaman los galos el enculage de mouches o, en buen criollo, la quinta
pata ‘el gato?
–Quizás, si le
parece.
–Me parece.
Porque usted sabe que acá siempre se juró por Dios y por la Patria.
–A eso mismo me
refiero, mi estimado.
Una frase “de
toda la vida”, un gesto conservador que conserva su fuerza y reaparece en un
discurso que pretende cierto cambio –incluido el cambio de esa frase. Nada, la
quinta pata. O un signo, vaya usted a saber.
De pronto y de repente.
Trataba de pensar sobre lo súbito en nuestra historia más reciente. Pilas de
páginas tratan de construir una memoria que suponga otra cosa, pero todavía me
acuerdo de que un mes antes del 19 y 20 de diciembre no teníamos la menor
sospecha de lo que estaba por pasar. Y ahora de nuevo, lo que veníamos
diciendo: un fulano que nos sorprende con promesas que nadie esperaba. En dos o
tres semanas de aquel verano la Argentina pasó de ser la gran víctima del
modelo neoliberal a la vanguardia de la lucha contra la globalización; ahora,
en quince días de mayo, pasamos sin transición del miedo a que todos votaran
por el regreso del monstruito al 90 por ciento de satisfacción con la nueva
primavera. Es más que interesante –pero no consigo saber qué significa. Lo
imprevisto, lo súbito: quizás sea la manera en que –nos– pasan las cosas. o lo
que hace que las cosas nos pasen, en vez de hacerlas. La construcción, para los
albañiles. Para mí ciertas quejas, supongo, incluso ahora.
Mayo 2004
(Revista 23)
Riña de pollos. Pocas cosas, supongo, más lejanas del interés de la famosa Gente que la
pelea entre, digamos, Kirchner y Solá, o entre Kirchner y Duhalde. La verdad,
no encontré a nadie a quien eso le interese ni un poco. Suenan a las viejas
patoteadas entre políticos por un poquito más de poder para vos, una puntita
para mí, yo la tengo más grande. Suenan a las riñas que los pusieron tan lejos
del resto de nosotros. Por todo lo cual debería evitarles estas líneas, salvo
que me interesó una frase del ex ex:
–No estoy de acuerdo con la política
de derechos humanos. Está el derecho humano de los pibes, índices de mortalidad
que no descienden. A eso hay que darle prioridad.
Le dijo a Felipe Pigna el ex abogado
Eduardo Duhalde, que debe creer que “los derechos humanos” son la suma del
derecho humano tal y el derecho humano cual. Y siguió hablando:
–Sé lo que piensa el pobre tipo que
está hecho mierda, que no tiene laburo, cuando se están ocupando de los
derechos humanos de los que ya han muerto. Todo lo que se hizo en la época de
Alfonsín estuvo bien. Yo hubiese estado de acuerdo que siguiera la Justicia.
Pero ponerlo tan en el centro de la escena… Hubiera preferido que el Gobierno
estuviera dedicado al tema central, el productivo.
Es obvio que el exex lo dice por
oportunista –porque alguien debe haberle susurrado que hay bastantes votantes
que piensan eso– y sin grandes reflexiones. Pero me pareció que pone en
evidencia el uso que hizo el gobierno de los “derechos humanos” –o el recuerdo
de los crímenes de la última dictadura: un uso museístico, folklórico,
nostálgico, completamente esdrújulo. Quiero decir: si el exex puede plantear
esa oposición entre “derechos humanos de los muertos” y “el pobre tipo que no tiene laburo” es porque el
gobierno no hizo nada para llenar sus conmemoraciones de lo único que podía
haberlas hecho interesantes: explicar que si ahora hay “pobres tipos que no
tienen laburo” es porque los ricos vulneraron “los derechos humanos de los
muertos”, matándolos por miles para construir este país. Pero eso hubiera
significado repensar la estructura socioeconómica de la Argentina, el rol de
sus aliados ricos y su propio papel en este baile, y no es lo que les interesa.
Es más fácil provocar un par de lagrimitas. Y así van y la dejan picando.
A llorar a la iglesia, decíamos
antaño.
Mayo 2005
(Revista 23)
Votos. Cada vez que llega
el rito anual del voto sobre Cuba en la OEA me congratulo de que el gobierno
argentino actual no haga lo mismo que hizo, en su momento, el cubano. El
argentino cambia, no es aquél; el cubano, sabemos, sigue siendo el mismo. El
mismo que entorpeció todos los intentos de condenar a la Junta Militar
argentina en los foros internacionales, 1980, 1981. Eran los tiempos en que
Castro comía de la mano de la Unión Soviética y Moscú hacía grandes negocios
con nuestros militares. En esos días el partido Comunista argentino,
recordamos, defendía a Videla dicendo que lideraba a “las palomas” y que había
que apoyarlo para no abrir el camino a “los halcones”. En esos días la
diplomacia castrista –junto al resto del bloque soviético– nos desesperaba
impidiendo que la ONU condenara a la Junta por violaciones de derechos humanos.
Nada grave, por
supuesto –o mucho menos que gobernar un país durante cuarenta y cinco años. Lo
curioso es que los que ahora tratan de olvidarlo son los mismos que claman sin
cesar por la “Memoria”.
Mayo 2006
(Revista 23)

Ya hay
antikirchnerismo. Y es, de algún modo, novedad: hace un año, digamos –un año es
una medida tan idiota como cualquier otra cuando se intenta contener el tiempo–,
daba la sensación de que el presidente presidía sin oposición. Ahora en cambio
no. (...)
Ahora la
oposición tiene dos arietes o adalides: dos diarios –un diario diario y un
diario semanal– la encabezan. Detrás vienen los partidos opuestos –desde la
declamación apocasicalíptica de la doctora Carrió hasta el balbuceo newman del
ingeniero Macri pasando por la dureza castrense y el arrepentimiento tardío de
los contadores Murphy y Lavagna– pero no impresionan a nadie. Y, delante, los
sectores económicos que esos diarios y esos partidos suelen representar, los
que están acostumbrados a participar en serio: el famoso campo, las famosas
petroleras, las famosas privatizadas y, en algún lado, siempre en algún lado,
la famosa embajada. Digo: un bloque duro de los muy conocidos de siempre.
Que suelen
criticar a este gobierno porque ha restablecido un mínimo de estado en un país
que no tenía casi ninguno –porque venían de tal desenfreno que cualquier freno
les parece intolerable. Y que cayeron en la trampa discursiva: para darle un
matiz de izquierda a su gobierno centrista, K. insiste en su discurso sobre los
derechos humanos en pasado; que lo compren los progres es lógico, está hecho
para ellos. Lo curioso es que también lo compran mucho los gorilas, y se
indignan. Ellos, los mismos que hace muchos años decidieron sacrificar a los
militares que les hicieron el trabajo sucio en los setentas para que pudieran
vivir tan bien en los dosmil.
Compran, se
enojan. Cuando los oigo o leo, muchas de las cosas que dicen me hacen pensar en
las críticas gorilas al primer gobierno peronista. Los que las hacen son, en
general, los mismos. El runrún sobre el autoritarismo presidencial se parece
tanto a lo que –con cierta lógica–
solían reprenderle al teniente general que entonces presidía. Las boludeces
sobre los vestidos y las cirugías de la primera dama suenan muy semejantes a
las que se escribían sobre las joyas de la primera de entonces; los brulotes
sobre su influencia y su carácter también. Alguien un poco serio tendría que
tomarse un par de semanas para compararlos y pensar qué significa semejante
coincidencia. No significa, seguro, que este gobierno se acerque al peronismo
de los cincuentas: la situación económica y social, para empezar, no se parece
nada, el mundo tampoco, su proyecto menos. Pero la oposición de traje y corbata
usa los mismos argumentos –y eso casi me produce simpatía por el gobierno K.
Los que lo
critican por intolerante y autoritario son, en general, los que siempre
ejercieron y siguen ejerciendo la autoridad y la intolerancia del dinero
–cuando no de las armas verde oliva. Los que ahora usan los aspectos formales
de la democracia para mantener su poder y, sobre todo, para ganar plata, porque
supieron organizar una sociedad donde ya no necesitan reprimir para lucrar
tranquilos. Los que ejercen la peor autoridad: la de decidir quiénes comen y
quiénes no, quiénes se educan y no, quiénes se curan si lo necesitan. Por eso
sus críticas al autoritarismo suenan irremediablemente truchas.
Las banderas de
la oposición gorila son básicamente liberales: que no les grite, que no maneje
la publicidad oficial, que no se arrogue la potestad de los decretos, que dé
claridad jurídica a las empresas extranjeras, que no intervenga en los mercados,
que no se junte mucho con los extraños adversarios del imperio, esas cosas. Y
las sintetizan diciendo que el gobierno K. no es realmente democrático. A mí me
parece que es más o menos democrático y, sobre todo, me pregunto cuánto me
importa que lo sea. Menem era tan democrático: nunca se metía con la prensa,
dejaba que todos dijeran sobre él lo que quisieran, y mientras tanto daba
vuelta el país y consolidaba esta suma de injusticias. Quizás no era
democrático de otro modo: no cumplía los pactos de representación, las promesas
por las cuales se supone que lo habían elegido. Pero en esta democracia nadie
supone que haya que cumplir con esos pactos. Éste también hace lo que se le da
la gana, firma todavía más decretos de necesidad y urgencia, no consensúa nada,
pero por lo menos se preocupa por lo que dice la prensa: es levemente menos
cínico y le molesta que digan ciertas cosas. Menem era democrático, Alfonsín
era muy democrático, Videla era honesto. La democraticidad, la honestidad no
garantizan nada. Las formalidades de la democracia –las famosas libertades
formales– me importan más o menos. Quiero que existan, sí, porque cuando
desaparecen es signo de que el poder aprieta. Es intolerable que el gobierno no
le ponga avisos a Perfil –y que trate de manejar la prensa con esos curros
bajos. Pero a veces me pregunto qué pensaría si un gobierno acabase con la
pobreza y la desigualdad en la Argentina sin darle avisos a Perfil.
–¿Pero eso no
sería lo que hacen los dictadores tipo Castro?
–Sería, si no
fuera que en Cuba hay un pequeño porcentaje de la población que vive en dólares
y mucho mejor que los demás, como en cualquier país latinoamericano que se
precie. Aunque los demás, es cierto, no se mueren de hambre. Pero es cierto que
ahí hay una discusión interesante.
Insisto: a veces
me gustaría estar a favor de K. sólo porque lo atacan los buenos viejos
gorilas. Sus críticas me tientan, un par de veces a la semana, y lo intento. Un
par de veces a la semana trato de encontrar alguna razón para pararme frente a
esos críticos, del lado de sus criticados.
Pero aquella
vieja idea de que los enemigos de tus enemigos deben ser tus amigos es otra
gran truchada de la política: otra transposición mecánica de ciertas leyes
militares. Entre ejércitos nacionales la idea funciona: los países siempre
pelean por el poder, entonces si el rey de Prusia está enojado con el rey de
Francia, el rey de Inglaterra puede aliarse con él aunque mantengan conflictos
comerciales o culturales: son, en última instancia, reyes o gobiernos que quieren
conseguir más poder. Pero en política se supone –¿se supone, todavía?– que se
defienden ideas, y las ideas de los enemigos de tus enemigos pueden ser
perfectamente opuestas a las tuyas.
Viendo quienes lo
atacan me gustaría, digo, estar a favor de K. El problema –mi problema– sigue
siendo que este gobierno no hace nada serio para acabar con la pobreza y la
desigualdad en la Argentina. A veces lo declama: todavía no hizo nada
significativo –ni muchísimo menos. Las diferencias entre los más ricos y los
más pobres se acentúan y, peor, se normalizan: este período sirve para que
tomemos como normal lo que era un estado de crisis. Éstos, los que se dicen
setentistas y rinden homenaje a sus compañeros que murieron para que no hubiera
ningún tipo de diferencias económicas entre las personas, son los que van a
conseguir un país donde las haya sin crispación, tan naturales. Para eso la
falta de movilización, el autoritarismo personalista. No es casual, es causal:
si hubiera cierto grado de participación y movilización, los propios
participantes y movilizados reclamarían que se pensara un país distinto. Por
eso este gobierno trató desde el principio de desarticular esa posibilidad:
para normalizar la desigualdad en la Argentina. Con ciertas mejoras, por
supuesto, con un poquito más de estado, pero con esas diferencias abismales.
Están haciendo
–decía su lema de campaña– un “país en serio”: un país sin cinco presidentes ni
asambleas ni devaluaciones ni piquetes. Es lo que nos dicen que tenemos: un
país donde normalmente, no como excepción o crisis, hay pobres muy pobres y
ricos muy ricos, donde algunos pueden y muchos no, donde la inseguridad es un
tema mayor, donde no se ven proyectos de futuro. Un auténtico país
latinoamericano gobernado por el centroizquierda.
Mayo 2007
(Revista 23)
Una constatación, antes que nada: siete años de gobiernos ¿progres?
convirtieron a la mitad de los ciudadanos de Buenos Aires en votantes del hijo
del gran capital. La política ofrece esos éxitos aterradores.
Digo: la política ¿progre? tuvo la posibilidad de explayarse en la
ciudad más ¿progre? del país durante siete años y lo único que consiguió fue
que miles y miles de votantes corrieran a buscar la opción opuesta.
Contribuyeron, últimamente, estos meses de campaña: los dos candidatos
¿progres? se dedicaron a hablar de baches, plazas y faroles o, dicho de otro
modo, de la famosa gestión. Si se pone el acento en la gestión, si se muestra
la administración pública como una empresa que hay que administrar, si se la
presenta como si no tuviera ideología –como si un gestor ¿progre? fuera a hacer
lo mismo que un gestor de derecha–, es lógico que los ciudadanos prefieran a un
gestor que ha gestionado, a un empresario con experiencia de empresario.
Los candidatos ¿progres? tenían tanto terror de la política, les costaba
tanto pedir que los votaran para hacer una determinada política, que terminaron
haciendo campaña por su adversario: abriéndole el camino. Los candidatos
¿progres? –lo dije aquí hace un mes– permitieron que Macri ganara con el discurso
de la antipolítica, porque lo que ellos hicieron también fue antipolítica:
dejar la política de lado para hablar de gestión, como si la gestión que un
partido propone no partiera de decisiones políticas. Lo mismo habían hecho
durante siete años, no sólo en el discurso sino también en su gobierno. Es muy
difícil hacer política cuando uno tiene vergüenza de hacer política.
Y entonces les ganó un vecinalista –un truco más viejo que el chimbote. Los movimientos vecinalistas suelen pretender que los trajo la
cigüeña y que no tienen más interés que el bienestar de los vecinos. Pero,
decíamos, no hay un solo bienestar de los vecinos: los recursos no son
infinitos, y una tarea básica del gobernante consiste en decidir adónde
dirigirlos. Entonces el bienestar de los vecinos puede consistir en poner
calefacción en las escuelas públicas –que muchos vecinos vecinalistas ricos no
usan– o poner más policía en la calle –que sí–, por ejemplo. Dicen que la gente
–la bendita gente– quiere gestión. Si es así, la derecha va a ganar –a menos
que los ¿progres? consigan establecer que no es lo mismo gestionar para todos
que gestionar para unos pocos.
Por mojigatos pusilánimes, por apolíticos o antipolíticos, los
candidatos ¿progres? le regalaron al candidato de la derecha el discurso del cambio. Y le entregaron, de yapa, un par
más: la insistencia en que él sí se dedica a escuchar las necesidades de los vecinos e, incluso, la palabra militancia.
Son las dificultades de ser ¿progre?.
Pero no hay que ser injustos y sacarle al candidato de derecha su parte
de mérito. Los tres candidatos principales lograron juntos una de las campañas
más tristes de una época de campañas tristes. Un día, dicen, en una calle de
Floresta, un asesor vio volar algo que parecía una idea y se desesperó, la
corrió con el flit en la mano, la ultimó con un grito salvaje –y todo volvió a
su curso con suspiros de alivio.
A propósito del discurso de la antipolítica: ¿Cuánto tiempo dura el
changüí de no ser un político? ¿Cuántas campañas, cuántas temporadas en un
escaño, cuántos votos recibidos o perdidos son el mínimo necesario para
considerar que alguien sí es un político? ¿O será que decimos que tal no es un
político porque vive de otra cosa, y entonces sólo pueden considerarse no
políticos los ricos?
Mayo 2008
(Revista 23)
En su primera
conferencia de prensa del último lustro, hace tres días, el señor ex presidente
se quejó de que en 2002, cuando la bonaerense mató a Kosteki y Santillán, el
diario Clarín tituló “La crisis se
cobró dos nuevas muertes”, pero habló de “represión” cuando la Gendarmería
detuvo a De Angeli la semana pasada. No podría tener más razón. Guiado por su
razón, casi encandilado, impaciente por acordar con él, busqué en todos los
archivos de 2002 sus enérgicas declaraciones de repudio y condena al gobierno
de Eduardo Duhalde por el asesinato de Kosteki y Santillán –y no encontré nada
de nada. El entonces gobernador que, ahora ex presidente, condena a Clarín, hizo entonces lo mismo que ahora
condena, en un poco peor: no dijo ni una palabra sobre el crimen que le costó
la presidencia a su entonces amigo y mentor. Pero ahora dice lo que entonces no
dijo, como mañana no dirá lo que sí dijo ayer. Y ése es, en general, su
problema: dice, dice, siempre fuera de tiempo, cosas que no soportan la menor
comparación con su historia o con su práctica presente. Se aprovecha –trata de
aprovecharse– de la escasa memoria de nosotros argentinos: de la flaqueza de
esa Memoria de la que tanto habla, y dice, y dice.
Es lo mismo que
hace su mujer y presidenta, siempre con la Memoria en una esquina de la boca.
Anteayer, en la plaza, tras nombrar madres y abuelas, dijo que quería que
advirtiéramos que “si la historia primero fue tragedia hoy se repite como
comedia”. No es poco, tener una presidenta que cita a Carlos Marx. Aunque la
señora presidenta haya citado su cita más citada –su epìgrafe del 18 Brumario de Luis Bonaparte–, pero
mal: “los grandes hechos y personajes de la historia suceden dos veces, primero
como tragedia y después como farsa”,
escribió el alemán, y no, como dijo la señora, “como comedia” que, como ella sabe, no es lo mismo. Farsa, dice la Real Academia, es “un enredo, trama o tramoya para
aparentar o engañar”. Quién sabe por qué no quiso hablar de farsas en un acto
con todos los rasgos farsescos del peronismo actual –los asistentes mercenarios
y despolitizados, la desconexión entre oradores y público, la ausencia de
consignas compartidas–: el simulacro de un acto político, una escenografía para
darle más fuerza a una cadena nacional.
Pero su mecanismo
es el mismo que el de su señor marido: allí donde el señor reprocha a Clarín que haya hecho lo mismo que él,
la señora cita a Marx para defender su gobierno capitalista –del famoso
capitalismo de amigos, que ni siquiera Marx supo definir en su momento. La
verdad, hay días en que los escucho y me sube la mostaza. ¿Será posible que nos
sigan tomando por tarados? ¿Por nabos a los que se les puede decir cualquier
verdura? ¿Por desmemoriados descerebrados desechitos?
Digo: en honor a
la famosa Memoria, ¿sería posible que se callaran la boca? En honor a la
memoria que nos ayuda a recordar que ustedes, señores K., durante la dictadura
vivían en Río Gallegos, pueblo chico, donde todos saben quién es quien, y se
dedicaban a ganar mucha plata ejerciendo lo más indigno del capitalismo –el
préstamo hipotecario– mientras los militantes que ustedes ahora ensalzan morían
peleando contra el capitalismo.
En honor a la
Memoria que nos ayuda a recordar que ustedes participaron en la entrega del
petróleo –y recibieron muy buen pago por ella–, mientras algunos otros, pocos,
hacían lo que podían por impedirla: eran las épocas en que usted, señor, decía
que Menem era “el mejor presidente de la Argentina desde Juan Perón”, cuando
manejaba su provincia cual campito y todavía no había empezado a despotricar
contra los noventas como esa época negra que, en efecto, con su ayuda, fue.
En honor a la
Memoria –a la nuestra, a la que los recuerda–, por su honor –si les importa–,
¿no podrían dejar de hablar de todo eso, de los años setentas, de los años
noventas? Ustedes hicieron lo que hicieron, y ni siquiera es tan grave. Al fin
y al cabo, la Argentina está llena de personas que hicieron lo mismo: supongo
que por eso los votaron a ustedes. Lo que hicieron –hacerse los osos cuando los
militares, apoyar al gobierno de Menem–, ni siquiera da para condenarlos, pero
sí para pedirles que por favor, por honor, por pudor, no hablen más de esas
cosas, no nos ofendan con memorias falsas. Seguro que si buscan otros temas los
encuentran: la Argentina es un país tan generoso, tan sediento. Por favor,
tómense el trabajo. O sigan creyendo que somos todos pelotudos, y paguen el
precio que suele cobrar esa creencia.
(Es curioso: al
repasar este repaso, veo que cada vez que, en la historia argentina reciente,
los Kirchner tomaron posición sobre algo serio, yo estuve del otro lado. Por
eso, al fin y al cabo, no me extraña seguir estándolo. Sí me extraña que
algunos que también estuvieron enfrente –que sufrieron la represión militar,
que se opusieron a las privatizaciones, que lucharon por la pluralidad, que
militaron contra Menem– ahora estén a su lado. Supongo que, entre las ganas de
ilusionarse y la tentación de acercarse al fogón, pasan esas cosas. A veces los
entiendo: es cierto, sería tan bonito que alguna vez, en algún futuro posible,
sus acciones se parecieran a sus palabras.)
Mayo 2009
(diario Crítica)
Las elecciones nos
rompen las pelotas. La campaña electoral ya está en el aire; charlo con amigos,
pregunto, escucho, y me parece que a casi todos les pesa pensar en votar. A mí
sin duda me pesa pensar en votar a estos muchachos. Las elecciones nos rompen
las pelotas y al fondo se oye todo el tiempo lo mismo. Que tal se peleó con
cual y se arregló con Pepe, por lo cual Sorasha no se va a aliar con Carlos
Pedro. Que el gobierno truchó el mecanismo adelantando la fecha para no perder
tantos votos, presentando candidatos que no se candidatean pero la justicia
convalida, amenazando con el abismo si no lo votamos de a uno en fondo,
ocultando que aunque lo votemos la crisis económica postelectoral –cuando ya no
puedan seguir tapando el sol con la mano– va a ser tremebunda pero entonces a
llorar a la iglesia. Que el pobre Scioli tuvo que presentarse aunque no quería,
porque es un hombre débil y no puede decir que no. Que el PRO y sus aliados más
o menos peronistas se pelean y que no consiguen decir qué los une, salvo la
papa en la boca. Que el señor de Narváez no para de venderse en cuanto spot
partido espectáculo programa hay en el mundo y sus alrededores. Que la señorita
Michetti prometió que iba a trabajar cuatro años de vicejefa y ya renunció y
que de todas formas tampoco trabajaba tanto cuando trabajaba. Que los
gobernadores peronistas –y su rey ubú lomense– ya están sacándose los ojos y
todo lo demás para ver quién se queda con el paquete en 2011. Que el gran mudo
argentino sigue pensando que si se calla un par de años más y no ve nada
mientras, si se hace bien el tonto, capaz que sube al podio. Que las encuestas
dicen que Kirchner “mide” un poco menos que fulano y algo más que mengana pero
casi como perengano y que zutana no tiene chances a menos que garcía: nombres,
nombres, anécdotas, pelotudeces que hemos escuchado cientos de veces y que sólo
pueden, en el mejor de los casos, repetirse. Ni una idea, ni un debate, ni un
programa y, para disimular su ausencia, el espectáculo repetido de la
politiquería patria actual y sus dos grandes grupos: los que dicen que hacen lo
que no hacen, los que no dicen que hacen lo que hacen; los oradores progres que
aumentan la pobreza, los gerentes conservas que hablan de solidaridad. Los que
tienen algún poder –posición, plata– lo usan para seguir teniéndolo: el uso más
primario y más inútil, el que hace que la política se haya convertido en mala
palabra. No sé si alguien quiere convencernos de que votar y no votar da lo
mismo, de que votar a equis o menos equis da lo mismo, de que todo es un show
gratuito y aburrido –no lo creo, porque no son tan maquiavélicos, tan
inteligentes– pero, si quisieran, no lo podrían hacer mejor.
Las elecciones nos
molestan porque son una puesta en escena cruel, descarnada, de nuestra
mediocridad, nuestras incapacidades: si tenemos estas opciones –si las opciones
que tenemos son éstas– la culpa es toda nuestra, somos nosotros los que no supimos
conseguir otra cosa, preparar otra cosa, organizar otra cosa, merecernos otra.
Aunque quizás –además– este sistema electoral sirva para que las opciones que
lo hegemonizan nunca sean opciones.
“Por algo las llaman
urnas”, dijo, hace mucho tiempo, el anarquista español Buenaventura Durruti. Y
también me acuerdo de otro chiste: es un poco pavo pero por suerte ya lo conté
hace quince años. Eso es lo que más me impresiona: que quince años después
pueda contarlo de nuevo, en circunstancias parecidas, tan pocas diferencias; en
algún punto usted y yo, mi querido, hemos perdido el tiempo. “El chiste
consiste en pedirle al otro –a usted– que piense un número del 1 al 10, lo
multiplique por 9, sume los dos términos del producto y le reste 5 al
resultado. Que calcule a qué letra del alfabeto corresponde ese número –sin
contar la che ni la elle– y que piense, con esa letra, el nombre de un país.
Que no lo diga y que busque, con la segunda letra del país, un animal. Hágalo,
si se encuentra cenicero de moto.
–Espere, espere un
momentito, no me atosigueis.
–No, tómese todo el
tiempo que se le dé la gana. Total, a quién le importa.
Si lo hizo, si se
prestó a manipulación tan baladí, le apuesto a que acaba de decir, como todos,
Dinamarca Iguana. El truco empieza fácil: la cuenta siempre le va a dar cuatro
–fijese, intente variantes– o sea: D. Después el mecanismo se pone más turrito:
funciona porque nadie supone que debería ser especialmente original –cree que
los nombres pedidos son funcionales, que sirven para un paso siguiente. Y las
otras opciones de países con D –Djibuti, Dominica, Disneylandia– son
rebuscadas. Habría que pensar un momento y, sobre todo: habría que creer que
pensar vale la pena. Es más fácil aceptar que las opciones son limitadas y
simular que uno elige. Entonces dice Dinamarca y después, con la I, le sale
Iguana. Y termina mostrando lo fácil que es dejarse manejar.”
Aquí estamos de
vuelta: a fines de junio nos van a pedir que elijamos un número, lo
multipliquemos por 9, sumemos los dos términos del producto, le restemos 5. Y
nosotros, como somos alumnos aplicados, vamos a decir, a coro, Dinamarca
Iguana. O quizás nos pongamos rebeldes, guachos tiernos, y gritemos Iguana
Dinamarca. Algunos se van a reír mucho: sería bueno tener claro quiénes son.
Mayo 2010
(diario Crítica)
Llevaban días
hablando del asunto, y se desesperaban; por eso, cuando el primer hombre dijo
que había encontrado la solución, los otros dos lo miraron escépticos:
–Ya lo dijiste
cuatro veces, che.
–No, muchachos, esta
vez la tengo, de verdad que la tengo.
El primer hombre
hizo una pausa, miró a su alrededor, chequeó que nadie lo mirara. La parrilla
pretenciosa estaba medio vacía –la crisis llegaba a todas partes– y la pareja
de la mesa de atrás tenía su propia trampa que atender.
–Es cierto, estamos
al horno. Si esto sigue así perdemos por goleada; ni la guita para los
intendentes, ni las listas testimoniales, ni los aprietes, nada: pareciera que
ya hicimos todo lo posible y nos hundimos igual. Pero hay algo que todavía nos
puede salvar.
–Dale, che, ya
amenazaste suficiente. Ahora decilo.
–No lo voy a decir,
les voy a preguntar. ¿Qué es lo único que todos los argentinos respetan?
Dijo el primer
hombre, y los otros dos se lanzaron a una ristra de lugares comunes –la vieja,
la bandera, el éxito, Gardel, la guita– que el primero rechazaba con cara de
buda satisfecho y burlón. El hombre tenía una papada extraordinaria, los ojitos
perdidos entre grasa:
–No, muchachos, nada
de eso: la muerte. En este país lo único que todos respetan es la muerte, lo
único que te hace realmente bueno es morirte. Acá si estás muerto aunque seas
un reverendo hijo de puta te volvés un grande. Fíjense lo que le pasó a
Alfonso, por ejemplo.
–Che, el pobre
Alfonso no era un hijo de puta…
–Nunca me vas a
entender de una, ¿no? Yo no quise decir que fuera nada: quiero decir que cuando
estaba vivo no lo votaba nadie y ahora que murió se convirtió en un prócer. Si
hasta está resucitando al hijo…
–¿Y entonces?
–No se hagan los
boludos, muchachos, que me entendieron perfecto.
Los tres hombres se
miraron como se miran los que no quieren ver lo que están viendo: la esposa
manoteando una entrepierna ajena, el telegrama de despido, aquella foto de sus
veintiuno.
–¿Vos querés decir
que para que hagamos una buena votación en junio se tendría que morir alguien?
Le preguntó
despacito el segundo, muy flaco, barba rala, sus ojeras.
–Vos sabés que estoy
diciendo eso.
–¿Pero quién,
animal, de quién estás hablando?
–¿De quién voy a
estar hablando?
El mozo llegó con la
segunda botella de montchenot y un par de provoletas bien doradas. El tercer
hombre, pelo largo entrecano, prestancia de caudillo antiguo, amagó una
sonrisa: ¿pingüino o pingüina?
–Veo que ya nos
estamos entendiendo.
Dijo el primer
hombre, y el segundo les preguntó si estaban locos.
–Locos no, al
contrario, demasiado cuerdos. Bueno, basta de mariconadas: ¿pingüino o
pingüina?
La discusión fue
larga: el tercer hombre dijo que si la que moría era ella la ventaja era que
iba a dar muy Evita, que se compraba todos los boletos para el mito, que a
largo plazo era un golazo pero que en lo inmediato tenía un par de problemas:
–Uno es que queda él
solo y hay mucha gente que no lo soporta más.
Dijo el segundo, que
se empezaba a entusiasmar, y dijo que con la simpatía por la muerte de su mujer
le iba a cambiar la imagen y hasta quizá le bajaba las ínfulas y lo hacía más
tolerante y otros cuentos de lechera hasta que el tercero pegó un puñetazo
sobre la mesa:
–No, boludo, no se
puede. Está Cobos.
–Uy, dios, qué manga
de boludos. Si la que se muere es ella, la sucede Cobos y se nos pudre todo.
–Va a tener que ser
él.
–Pero si es él, ella
va a dar muy Isabelita; el macho se murió y quedó la viuda pobrecita.
–No, hermano, no
digas tonterías. Ella nunca va a dar Isabelita. Y, de todas formas, no tenemos
otra.
–Tienen razón: va a
tener que ser él.
–Va a tener que ser
él.
–Va a tener que ser
él.
Los tres hombres se
miraron para sellar un pacto grave, decisivo; la segunda botella estaba muerta
y la provoleta se enfriaba en el medio de la mesa.
–Y además, con
perdón, así se va a acabar toda esa sanata sobre el doble comando.
Dijo el tercer
hombre y el segundo lo miró pesado: una cosa era jugarse a un sacrificio por la
patria, le dijo, y otra hacerle el juego a La Nación.
–Ok, tenés razón.
Pero, hablando de sacrificio, se olvidaron de lo más importante. ¿Quién carajo
puede pensar que el hombre va a hacer semejante sacrificio?
Dijo el tercero y
tuvo un momento de alivio: estaban hablando boludeces, no iban a hacer nada de
eso.
–¿Cómo, no estuvo
dispuesto a dar su vida por la patria? La patria, de puro generosa, le dio una
prórroga de treinta años, y ahora la reclama.
Dijo el segundo, las
ojeras cada vez más hondas, y que el poder le gusta tanto que en una de ésas
podían convencerlo: de últimas le decimos que es una farsa, que no se va a
morir de veras, y cuando se quiera dar cuenta ya no va a poder reclamar nada.
–No sean boludos,
che. Por supuesto que el hombre no va a querer morirse para mantener el modelo.
Así que nunca va a saber que se está muriendo para eso, ni para ninguna otra
cosa.
El mozo llegó con
las mollejas y los tres hombres ni siquiera las miraron. Acababan de entender
que se estaban confabulando en algo extraordinario, algo que los uniría por el
resto de sus vidas. El segundo se preguntó si valdría la pena; el primero trató
de pensar cómo había llegado hasta ahí y se dijo que, de todos modos, no tenía
vuelta atrás: que volver atrás significaba perder todo lo que había conseguido
hasta entonces, la subsecretaría, las prebendas, su trozo de poder, y que
además era una maniobra genial, alta política. El tercero dijo que lo único que
les faltaba era decidir cómo iba a ser.
–Puta, estamos al
horno.
Dijo el primero.
Durante la hora siguiente las mollejas se volvieron amarillas, las montche siguieron
insistiendo y los tres hombres discutieron la forma de esa muerte por la patria
o, al menos, el poder. Dijeron que lo más fácil sería simular un infarto con
alguna de esas drogas de diseño que matan sin dejar ningún rastro, pero se
preguntaron si un infarto no era una marca de debilidad que les complicaría las
cosas. No, es una muestra de que estaba tan preocupado por el destino del país,
que trabajaba tan duro, es una forma de decir que se sacrificó por la patria.
¿Vos creés? Bueno, es una forma, sí, pero es un poco blanda, como
desperdiciada. Entonces pensaron en generarle una enfermedad violentísima que
lo matara en un mes de agonía, porque así tendrían al país agarrado de sus
partes: ¿vos te imaginás lo que sería, los partes médicos tres veces por día,
la vigilia en la puerta de la clínica, virgencitas, bombos, todo el mundo
pendiente? Eso nos da un cheque en blanco por quién sabe cuánto. ¿Cuánto
dinero? No, boludo, cuánto tiempo. Sí, claro. Hasta que el segundo pronunció lo
que los demás habían estado pensando sin atreverse a nombrarlo: el atentado, el
magnicidio.
–Ésa sí que da
juego. Imagínense, muchachos, nos conseguimos un par de gurkas que la hagan,
les prometemos un fangote de guita, nos aseguramos de que la cana los haga
percha, no queda nadie que pueda decir nada. Y tiene la ventaja de que le
podemos echar la culpa a algún sector y ahí sí que los hundimos para siempre.
–Tremendo. Piensen
por ejemplo si hacemos correr la voz de que fue un comando de sojeros medio
quebrados que quisieron vengarse…
–Sí, o que fueron
piqueteros calientes porque los había abandonado, ahí nos compramos a toda la
clase media, la derecha.
–O mandamos que
fueron los milicos y recuperamos a la izquierda y los progres y todos los
políticamente correctos.
–O la mejor: que fue
la CIA y nos ponemos a la cabeza de la revolución sudaca, otra que Chávez y las
venas abiertas de Bolívar.
–Sí, capaz que
habría que mandar a medirlo antes de decidir.
Se miraban,
excitados, trémulos: habían dado con el huevo de Colón, iban a ganar las
elecciones por afano, a dar vuelta el proceso en un grado que pocos soñarían.
–La única cagada es
que nunca se lo vamos a poder decir a nadie.
–Obvio, no. Nos lo
vamos a tener que llevar a la tumba.
–Bueno, a menos que
en algún momento ella se ponga muy boluda y haya que explicarle cómo fue que
ganó. Y ahí sí que la tenemos agarrada de los pelos.
–Muchachos, el
mecanismo es perfecto. Nos cargamos a uno, nos aseguramos a la otra. Y, con esa
muerte, no hay quien pierda las elecciones.
–Pará, pará, a mí se
me ocurre una mejor.
–Qué, boludo, no hay
ninguna mejor.
–Esperá que te la
cuente y vas a ver.
Mayo 2011
(revista Newsweek)
Parece mentira
—¿parece mentira?— pero hace semanas que la discusión política argentina
consiste en escrutar y suputar las decisiones más íntimas de una señora. Todos
tienen, últimamente, opiniones sobre el asunto y yo, tan pobre como todos,
también tengo:
Yo creo que la
doctora Cristina Elisabet Fernández viuda de Kirchner se va a presentar a las
próximas elecciones presidenciales porque, como dice un viejo amigo, “¿alguna
vez viste a un peronista que abandone el poder?”. Y más si esa peronista
cofundó un partido tan franco como para bautizarse Frente para la Victoria,
donde la idea de victoria es autosuficiente, no precisa más datos. Y más si esa
peronista lleva veintitantos años viviendo en una nube de poder y sabe que no
sabría cómo hacer —que ya no recuerda cómo se hace— para vivir abajo.
Y creo que la
doctora Fernández no se va a presentar a las próximas elecciones presidenciales
porque es una mujer inteligente y sabe que tiene una cantidad de cosas atadas
con alambre y el alambre no dura tanto tiempo.
Sabe que el modelo
de crecimiento que empezó en 2002 ya no funciona y que la inflación no para y
que entonces el proceso de empobrecimiento y los reclamos —de ocupados y
desocupados— no van a parar, y que es cuestión de tiempo hasta que todo
estalle, como bien le dijo el otro día el comandante guerrillero Omar Viviani.
Sabe que sus relaciones con distintos sectores —sindicales, sociales— con los
que ahora la une la prosperidad se irían lentamente al carajo. Sabe que la puja
redistributiva de la que tanto habla es puja y es redistributiva, pelea de los
más pobres por quedarse con un poquito más de la riqueza nacional, no sólo por salvar
sus sueldos de la inflación. Y también sabe que su gran truco para aminorar los
efectos de esa inflación sobre las clases medias y altas y mantenerlas
refunfuñonas pero consumidoras —ergo contentas— consiste en esos subsidios
tremebundos que entrega a los monopolios del transporte y la energía; son
48.000 millones al año, de los cuales por lo menos 16.000 —dos veces la
Asignación Universal— están dedicados a mejorar las condiciones de vida de los
menos necesitados, de los que podrían pagar esos servicios a su precio. Y sabe
que esos subsidios no se pueden mantener así pero que el día en que los corten
el que los corte se va a querer cortar algo más: lo que tenga según sexo y
color, lo que le quede.
Y creo que la
doctora Fernández se va a presentar a las próximas elecciones presidenciales
porque nunca en la historia reciente de esta gran nación argentina hubo unas
elecciones tan fáciles, tan carentes de ninguna oposición coherente o
articulada o siquiera realmente existente, y que es muy difícil para un político
desaprovechar semejante oportunidad porque la política, como la naturaleza,
tiene horror del vacío y siempre intenta llenarlo con sus cositas, sus
cagaditas de paloma.
Y creo que la
doctora Fernández no se va a presentar a las próximas elecciones presidenciales
porque tiene una aguda conciencia de la historia y los manuales de historia y
sabe que, si pudiera retirarse ahora, sus gobiernos —propio y ganancial—
quedarían relatados como un período de recuperación y cierto bienestar y moño y
pompón rojo y que, en cambio, si sigue, tendría que enfrentar el derrumbe de su
famoso modelo —por causa de su famoso modelo y sus problemas ya citados— y su
capítulo terminaría muy feo.
Y creo que la
doctora Fernández se va a presentar a las próximas elecciones presidenciales
porque tiene una aguda conciencia de la historia y los manuales de historia y
sabe que, si se bajara, su supuesto proyecto quedaría colgado de la brocha y su
grupo de seguidores se disolvería en unos días y su nombre de casada
desaparecería de la discusión política argentina en unos meses, porque un grupo
puede sobrevivir a una derrota pero no a una fuga —y es probable que esa idea
le moleste. Esto sin contar la parva de inútiles cercanos que saben que su
única posibilidad de supervivencia en el coche oficial es que la doctora vuelva
a presentarse y que, estando por definición cerca de ella, le taladran las
neuronas con explicaciones de por qué debe hacerlo —sin decirle nunca por qué
necesitan que lo haga aunque ella, que no es tonta, lo sabe, lo considera y,
por eso, minimiza sus argumentos sin piedad y entonces piensa que quizá no
debiera presentarse pero.
Y creo que la
doctora Fernández no se va a presentar a las próximas elecciones presidenciales
porque es una mujer inteligente y sabe que el discurso épico que la
sostiene no se puede sostener mucho tiempo tan falto de hechos épicos y,
como se ve que no le interesa producir ninguno, más temprano que tarde va a
tener que renunciar a ese discurso —y no tiene otro. O, dicho en japonés: que
el curro de la década de los setentas no puede servir durante décadas y
décadas.
Y creo que la
doctora Fernández se va a presentar a las próximas elecciones presidenciales
porque, ¿qué podría hacer una mujer de sesenta años que tuvo todo el poder si
deja de tener ese poder: dedicarse a criar los nietos que no tiene?
¿Desesperarse viendo desde afuera lo que podría estar haciendo desde muy
adentro? ¿Aprender a bordar punto cruz? ¿Escribir unas memorias maquilladas con
la esperanza de que la devuelvan al centro de atención? ¿Coleccionar teteras?
¿Maldecir cada mañana el momento en que lo tenía todo y decidió dejarlo?
Y creo que la
doctora Fernández no se va a presentar a las próximas elecciones presidenciales
porque de verdad debe estar cansada y harta de pelearse con una manga de
oportunistas mediocres que se dicen sus amigos y desalentada de ver lo
complicado que es hacer nada serio en medio de tanta pequeñez y deprimida de
pensar que está haciendo lo mejor que podría hacer en su vida y sin embargo no
lo disfruta nada y encima sus hijos le piden que se quede en casa y aprenda
punto cruz.
Pero creo que la
doctora Fernández se va a presentar a las próximas elecciones presidenciales
porque no veo cómo haría para no presentarse. Es decir: qué historia podría
contarse para volverse a casa. No el discurso público barato de renuncio a los
honores pero no a mi puesto de lucha o la escalada de pequeños anuncios médicos
que lleven al anuncio final de que su cuerpo enfermo no resiste más o la
explicación psicologista de culebrón porteño. No, lo que no consigo ver es cómo
se explicaría a sí misma y, más que nada, al fantasma de su marido muerto en la
dizque trinchera de la lucha —el glorioso Nestornauta, el desaparecido 30.001,
la escuelita de Misiones la terminal de buses de Jujuy la comisaría de
Resistencia, Él— que ella es una cobarde pusilánime traidora que prefiere
abandonar la pelea por la que Él sí dejó todo, abandonarlo a Él, al recuerdo de
Él, a todo lo que armaron durante toda su vida sólo porque está un poco cansada
o desalentada o deprimida o despistada. Yo creo que va a seguir porque no
sabría cómo justificar su retirada.
Y creo, más que
nada, que es triste que estemos discutiendo estas pavadas: tristísimo que
tantas cosas en este país dependan de lo que decida una noche esta doctora, de
cómo haga jugar éstos y otros elementos que sin duda ignoramos. Creo que la
importancia de ese gesto individual, menor, es la medida de nuestra realidad
actual. O, dicho de otra manera: que si la política argentina pende de la
decisión de una señora, cualesquiera sean esa señora y esa decisión, estamos al
horno y acaban de prenderlo.
Mayo 2012
(Pamplinas, aquí mismo)
Seré breve: Lanata
fundó y dirigió Página/12. Otra vez: Lanata fundó y dirigióPágina/12,
y parece un chiste que yo esté escribiendo esta frase. Es público y notorio y
comprobable que Jorge Lanata imaginó y fundó Página/12 en los
primeros meses de 1987, que le inventó el estilo, que lo dirigió durante varios
años y que convocó a los mejores periodistas que pudo convencer, que también
contribuyeron a formarlo.
Digo: Lanata fundó y
dirigió Página/12, y parece chiste que yo esté escribiendo esta
frase –o que esta frase deba ser escrita– pero ese diario acaba de cumplir 25
años y lo celebró con un número
especial que incluía a la mayoría de sus plumas actuales y
ninguna –ninguna– de ellas hizo la menor referencia a Jorge Lanata: lo
desaparecieron de su historia. Como si el diario hubiera salido solo, por
generación espontánea, sin director, sin creador. O como si lo hubiera hecho un
ente anónimo, secreto, clandestino. Va de nuevo: un suplemento de 40 páginas
donde los periodistas y editores de un diario cuentan los principios de ese
diario pero no nombran a su fundador y primer director. Lo callan, lo niegan. Y
dicen que son periodistas. Todo terminó ayer miércoles cuando la señora
presidenta de los argentinos, la doctora Jorgelina Griñones de Velotti, fue a
una fiesta organizada para seguir celebrando tan magno evento y peroró y
tampoco lo nombró –“la verdad
que no quiero olvidarme de nadie”, dijo, y nada–, y otros peroraron
y tampoco.
Nadie recordaría
aquella foto de Lenin con Trotsky si Stalin la hubiera hecho publicar con un
epígrafe tipo "el exiliado León Trotsky antes de traicionar a la
revolución". Pero nos acordamos porque lo que Stalin hizo fue borrar la
imagen de Trotsky de la foto: borrarlo de la historia. Por eso aquella foto fue
un símbolo de un régimen siniestro. Más allá de los personajes: los
procedimientos.
Se pueden discutir
lecturas de la historia, interpretaciones de la historia, explicaciones de la
historia. Pero no ciertos hechos precisos de la historia. Cambiarlos no se
llama discutir: se llama mentir. Y si se tiene poder –el poder de reescribir
esa historia desde un diario o un púlpito o un trono–, se llama abuso de poder,
autoritarismo, estalinismo, canallada.
No estoy hablando de
Jorge Lanata. A veces acuerdo con él, a veces no, es mi amigo, lo quiero, pero
no es importante en este asunto. Y el asunto tampoco: en última instancia, que
Lanata haya fundado o no Página/12 no es relevante. Es
relevante –impresionante– que esas personas se ensucien así por algo tan menor.
Es relevante que unas personas se crean que pueden falsificar gratis, y que
ofrezcan con esto un ejemplo demasiado obvio de lo que hacen tan a menudo,
tantas veces.
Digo: estoy hablando
de unos idiotas que se creen que los demás somos tan idiotas como ellos y que
pueden engañarnos con mentiras berretas. Estoy hablando de una banda de
mentirosos y mentirosas que se jactan de respetar la Verdad y la Memoria y se
cagan en cualquier verdad y cualquier memoria que no les guste o no les sirva,
y se creen que pueden inventar cualquiera que sí, incluso cuando casi no
importa –y más, por supuesto, cuando sí.
Estoy hablando de
personas penosas, peligrosas. Personas que me están dando miedo. Por eso estoy
hablando.