Martín Caparrós

Chau

Por: | 18 de julio de 2014

Images (2)Pamplinas se termina. La dirección de El País ha decidido dejar de publicarlo. A todos los que, con las más diversas intenciones, solían visitar esta pantalla, quiero decirles que fue un gusto haber acampado aquí estos tres años, esforzándome por leer las confusiones argentinas, publicando esas lecturas sin la menor interferencia, recibiendo sus insultos pertinaces -e incluso sus halagos.

Imagino que no pasará mucho tiempo hasta que empiece a hacerlo en otro sitio.

O sí, quién sabe.

Salud.

Fútbol, la patria, los muertos, el spray

Por: | 15 de julio de 2014

¿Dónde quedó, qué fue de él, qué queda? ¿Dónde está ahora ese viaje que prometía ser tan largo, tan repleto? ¿Dónde sus emociones, sus miserias? ¿Por qué, de pronto, parece como si nunca hubiera sido?

Se acabó. Durante 32 días, cada vez que 22 de esos 736 jóvenes ricos se cruzaban de brazos –modestos unos, desafiantes los más, coquetos otros, otros desdeñosos–, algo importante estaba a punto de pasar. Algo importante: algo que, de algún modo, producía. Ahora vuelve esa vida donde 90 minutos no deciden nada, donde las cosas no se resuelven con la claridad del triunfo, el empate, la derrota, donde buena parte del tiempo el tiempo pasa, donde muy poco tiene colores claros, donde lo que sucede en las pantallas se queda en las pantallas, donde decir hazaña es claramente un chiste, donde solo vivimos.

 

Este vacío: el costumbrismo de vuelta en su lugar, la épica esfumada. Queda el misterio de mil millones mirando a esos muchachos.

 

Los futbolistas son, más que nada, personas que hablan con los muertos. Aunque, en verdad, no cualquier muerto: los que están en el cielo. Ni cualquier futbolista; solo los que hacen goles. Pero entre esa raza especial de futbolista, el goleador, y esa raza especial de muerto, el celestial, hay una alianza que se fortalece: ya casi no hay goleador que no termine su faena goleadora levantando los ojos hacia el cielo, con o sin manos, con o sin los brazos, con o sin besito, y agradezca a alguno de los muertos que allí viven que le haya deparado esta felicidad terrena, tan terrena.

Me sorprende –cada vez me sorprende– que a los muertos les interesen estas cosas. Pero allí, sin duda, debe haber una clave.

 

Sobre el aburrimiento de los muertos, el tedio insoportable de los muertos.

 

En un mundo global, en un fútbol global, cada vez más personas ven partidos. Cada vez más los ven por ver algo bonito; cada vez menos se resignan a ver partidos feos solo porque los juegan sus equipos del barrio. Para empezar, porque ya no quedan muchos equipos del barrio; para seguir, porque la misma televisión te pone el equipo de tu ciudad y el Barcelona, y entonces por qué no “ser” más bien del Barcelona, si se compra a los mejores jugadores y juega tan precioso.

El fútbol, que era fatalidad por peso familiar, por peso de cultura, por pura geografía, se está volviendo una elección, salvo cuando interviene la bandera. Así como los jugadores se venden al mejor postor pero hay un equipo –el nacional– al que se deben, que no pueden elegir ni abandonar, que no depende de su voluntad sino de la fatalidad geográfica, así los hinchas: cualquiera es de cualquier equipo, todos somos del país del que somos. Y eso sucede sobre todo en los mundiales. Un Mundial, un año cada cuatro, es un negocio gigantesco que reemplaza el orden del negocio con el orden patriótico –solo para mejorar el rendimiento del negocio.

 

Un Mundial renueva las banderas, vende y vende.

 

La solidez del famoso EfectoPatria. Me gusta el fútbol, me divierte el fútbol, a veces incluso me enloquece el fútbol. Y detesto su efecto más eficaz: la Patria. Detesto ese momento en que un supuesto gol de nuestra selección me une –me reúne, me aúna, me unifica– en el júbilo con personas con las que no podría unirme nada. Detesto que queramos lo mismo, celebremos lo mismo, deploremos lo mismo: un terreno para crearnos coincidencias, para creer que podemos ser lo mismo. Compatriotas. Me pensaba compartiendo un grito de gol con Videla, me arruinaba los goles, lo olvidaba, los volvía a gritar, lo recordaba. El fútbol me enloquece.

 

Por suerte, no sé nada de fútbol. Nadie sabe nada de fútbol. Todos sabemos tanto de fútbol. El chiste del fútbol es que cualquiera habla de fútbol. Incluso yo, que no sé nada.

 

Siempre es plural;  lo que no queda claro es si será la primera persona o la tercera. En mi país tenemos ese modo de referirnos a nuestra selección: jugamos bárbaro; jugaron para el orto. La Patria te lo da, te lo quita, te lo quita.

 

Porque el fútbol permite las palabras. Cualquier palabra: tan generoso, él, con las palabras.

 

Las palabras que se usan: gesta, gloria, historia, victoria, prócer, héroe, felicidad, pasión, dedicacion, entrega, lucha, honor, pundonor, redaños, esfuerzo, fortaleza, ejemplo, coronación, símbolo, jefe, capitán, albiceleste, nación, patria –mucha patria.

No se usan casi nunca: en mi país esas palabras no se usan casi nunca, salvo –melancos– para marcar su ausencia. El fútbol permite usarlas en presente.

Qué fácil es entregarse a esa marea.

Que fácil tragar agua.

 

La Argentina tomó una decisión –su técnico tomó una decisión–: no éramos lo que creíamos, así que seríamos otra cosa, más opaca, huraña. Y armamos un relato que la justificaba: guerreros, leones, overoles. Messi era la ilusión; Mascherano, la resignación a eso que llaman realidad. Jugamos feo pero les ganamos –que era lo que importaba. ¿Por qué era lo que importaba? ¿Por qué importa ganar? ¿Para qué sirve? De esas cosas que se dan por sentadas: si uno compite lo que quiere es ganar. ¿Ah, sí? ¿De veras? ¿Para qué sería?

 

Nadie se acuerda de los campeones feos.

 

Pero la belleza, en el fútbol, es como el tiempo para Agustín de Hipona: sé lo que es, a menos que me lo pregunten. Y, en el medio, de nuevo mil millones: dice The Economist –que a veces dice cosas ciertas– que es el promedio de los dólares que se apostaban en cada partido del Mundial. De repente, todo empieza a explicarse.

 

¿Ganar para qué sirve?

 

Dicen que fue un Mundial especialmente bueno; dicen, también, que no hubo ningún equipo especialmente bueno, y decidieron que el mejor jugador fue uno que fracasó: toda una idea del mundo, exquisita del mundo, generosa del mundo, sorprendente.

 

¿Perder, entonces, para qué?

 

Y así al final perdimos, que es lo único que justifica las victorias. Lo mejor de Argentina en este campeonato fue el spray. Después –tanto después– del dulce de leche y la birome y las huellas digitales, otro invento argentino ha triunfado en el mundo: el aerosol para atajar barreras. Las barreras, emblema de lo fijo, se movían; había que detenerlas, un yugo imaginario. Malas lenguas dijeron que el invento no podía ser sino argentino: parece que hiciera algo y ese algo –la raya blanca– desaparece en un momento. Lo que estaba no estaba o estaba para no estar o estar tan breve.

 

En todo el campeonato con spray se hicieron tres, cuatro goles de tiro libre. El spray fue más que nada un símbolo.

 

¿Dónde quedó, qué fue de él, qué queda? ¿Dónde está ahora ese viaje que prometía ser tan largo, tan repleto? ¿Dónde sus emociones, sus miserias? ¿Por qué, de pronto, parece como si nunca hubiera sido?

 

PamplinasMundial 34. Final del juego

Por: | 14 de julio de 2014

Es tan difícil escribir ahora. Difícil y triste y necesariamente injusto escribir después de la derrota. Digamos: si Higuaín o Palacio o Messi hubieran ajustado el tiro cuando quedaron solos, quizás habría que hablar de la heroica resistencia y el aprovechamiento de las tan pocas ocasiones, de los errores del contrario. O si el árbitro hubiera cobrado aquel penal. Entonces, todo habría sido tan distinto: tan parecido a los deseos.

Pero no era probable. La Argentina, en los últimos partidos, jugó a deshacer: consiguió que todos sus contrarios parecieran mucho peores, esperándolos, mordiéndolos, y le fue bien. Supongamos que, para completar el esquema, los corredores solitarios de adelante tenían que sacar conejos de galeras que no estaban usando: hacer magia, no fútbol, y magia no pudieron. El Mago, estos últimos partidos, fue solo un gran jugador: con eso no alcanzaba. La Argentina de Sabella quiso ser un equipo en su propio campo y un milagro en el campo contrario: era posible, pero no sucedió.

Mientras tanto, Alemania intentaba jugar. No fue extraordinario, no fue arrollador –porque si algo supo la Argentina, queda dicho, fue degradar a sus contrarios. Pero jugó, jugó, buscó, buscó.

El partido fue parejo en ocasiones, desparejísimo en el juego. La Argentina no tuvo la pelota casi nunca, porque no estaba armada para tenerla y dependía del pelotazo afortunado. Pero cuando uno acepta que el contrario venga y venga, la posibilidad de que por fin la meta es alta –y sucedió.

Nunca sabremos si la Argentina podría haber intentado otro tipo de juego. Quizás ésta era la única opción y, si es así, este equipo consiguió todo lo que podía, llegó a su límite –y su límite era éste.

Sería bueno estar convencido de eso: que esto era lo que podían. No lo creíamos un mes atrás; ahora quizás hay que creerlo. Quién lo sabe. Lo cierto es que, contado desde ahora, hoy pasó lo que tenía que pasar –aunque podría no haber pasado. Ese segundo fatal en que la confusión te llena, la desazón te copa; ese segundo fatal en que una pelota llega adonde no tenía que llegar –y te deshace. Y entonces todo cambia y entonces las palabras se hacen vanas, injustas, posteriores. Tristes.

Y un final tan final que te deja colgado de una sola esperanza: que haya sido un error, que el partido –el verdadero partido– esté por empezar.

PamplinasMundial 33. Mil millones

Por: | 13 de julio de 2014

Dicen que vamos a ser unos mil millones –y me impresiona. La simultaneidad de masas es un invento de estos años: hasta hace poco era imposible que tantos hiciéramos lo mismo al mismo tiempo. Esta tarde o noche o mañana de mañana lo haremos: mil millones, uno de cada siete habitantes del planeta, miraremos a 22 muchachos correr detrás de un cuero inflado. Es sorprendente, maravilloso, deprimente, extraordinario –y, de esos 22, 11 van a ser argentinos.

Es obvio que será, para nosotros, el partido más importante de los últimos 25 años. De fútbol, digo: el partido de fútbol más importante de los últimos 25 años. Recuerdo ahora uno de hace ya 36: en 1978 vivía en Francia, exiliado de una dictadura, cuando la selección argentina tuvo esa chance por primera vez. Y recuerdo, aquel domingo, mi incomodidad, las ganas de que ganara, las ganas de que no ganara, mis nervios, mis gritos en sus goles, la alegría, el dolor de cabeza –literal– que la culpa me dejó durante días.

Ahora es más fácil, y no parece fácil. Alemania nos eliminó de las dos últimas copas. ¿No hay dos sin tres? ¿La tercera será la vencida? La mayoría de las predicciones la supone ganadora. Las apuestas la toman como favorita: su victoria paga 2,30, la argentina 3,60. Alemania hizo siete goles en su último partido; Argentina ninguno; Alemania hizo 2,8 de promedio, Argentina, menos de la mitad: 1,3. Y entonces recuerdo la otra vez, 1986, un domingo en Madrid, este mismo partido, y un artículo de un tal Javier Clemente, que decía que sabía y dirigió la selección española, explicando por qué la Argentina de Maradona jamás podría ganarlo.

Son paparruchadas: auténticas pamplinas. Por suerte hablar de fútbol no se parece al fútbol. Y estas habladurías son, sospecho, buenas para este equipo de Argentina: convencido como está ahora de su condición de perro de pelea, le conviene imaginar que no le sobra nada, que tendrá que dejar el alma en la cancha si quiere sobreponerse a la razón futbolera.

El fútbol, como el corazón, tiene razones que la razón ignora. Y eso lo hace maravillosamente imprevisible. Tanto como a sus hinchas: hace dos meses solo el 17 por ciento de los argentinos creía que su equipo podía llevarse el campeonato; ahora todos juran que siempre creyeron, por supuesto, y peroran y declaman. Son palabras. Hoy Alemania y Argentina juegan su tercera final –y estar ahí es un logro extraordinario y no importa quién gane y nada importa más.

Serán un par de horas en que mil millones hagamos lo mismo, pero unos pocos –alemanes, argentinos– lo haremos con otra intensidad: como si de verdad nos estuviéramos jugando algo crucial. Porque el fútbol, si fuera un juego, sería el mejor juego del mundo.

PamplinasMundial 32. Cabeza de Lío

Por: | 12 de julio de 2014

Sí, otra vez pagaría –no sé qué pagaría– por saber qué tiene este pibe en la cabeza. Está tan cerca: a un solo partido de distancia de conseguir lo que siempre soñó y culminar una de las mejores carreras de la historia. Tan cerca, pero el camino no parece el que había imaginado.

Pagaría –insisto, pagaría– por saber qué piensa. Si piensa que no se banca más que su equipo juegue un fútbol que lo mata, que lo deja solo contra tres o cuatro, que lo lleva a bajar tan lejos del lugar que le gusta –y recuerde, quizá, que en todo el partido contra Holanda no consiguió pisar el área ni una sola vez con la pelota dominada–, que lo obliga a apretar de tanto en tanto a algún contrario, que le importa menos hacer goles que evitarlos y que él, en ese esquema, es una guinda y le jodieron el Mundial y que de todas formas, así, se hizo la mitad de los goles del equipo y qué más quieren. O si piensa que qué le importa, que esta es la forma en que capaz ganamos y da igual lo que le pase si el equipo gana, si la Argentina gana, aunque sea jugando así, aunque el héroe sea el otro. O si piensa que está harto de sacrificarse por algo que nunca va a terminar de ser como él quería, que puede ser que incluso ganen pero él no va a poder hacer el Mundial que siempre había soñado solo porque al técnico se le ocurrió que hay que jugar así, carajo. O si piensa que, tal como anda ahora, cansado, agarrotado, mejor que parezca que el problema no es él sino el planteo, que ahí con eso zafa. O si piensa que para qué coño pensar en todas estas cosas, qué se va a poner a pensar si está a 90 minutos, 120 minutos de lo que siempre quiso, aunque no sea exactamente de la forma que lo quiso y qué garrón pero que bueno, al fin y al cabo.

Pagaría –sí, seguro pagaría– por saber si a veces piensa que sus compañeros habituales son tanto mejores que estos con los que tiene que jugarse el gran partido de su vida, que qué injusticia, que varios de estos en el Barsa no llegarían ni al banco, o si piensa que qué suerte poder compartir todo esto con estos pibes increíbles. O si piensa qué raro ponerse la cinta de capitán y sonreírle al juez cuando está claro que el que habla, el que manda no es él, o que qué bueno que a él, así, callado, igual lo respeten tanto que lo tienen que poner de capitán, o si no piensa en eso porque a quién le importa una cinta en el brazo.

Pagaría –cada vez más, en la reventa, pagaría– por saber si piensa en todo esto. O si lo único que piensa es que mañana es el día, que mañana tiene que hacer todo lo que viene haciendo desde los ocho años y que lo va hacer porque él es Messi y lo demás no importa nada y vamos todavía y ya van a ver todos estos que se creen que piensan, que no hacen más que hablar pavadas.

PamplinasMundial 31. La perversión carioca

Por: | 11 de julio de 2014

La psicología vulgarizada lo llama Síndrome de Estocolmo: cuando la víctima se identifica con el victimario o, más específico, el secuestrado con su secuestrador. Y, más en general, se podría hablar de Síndrome del Salvador (Político) cuando personas creen que ése que los hundió puede, de algún modo, reflotarlos.

Millones de brasileños parecen estar cayendo en el S.S.(P.): aparecen tapas en los diarios, comentarios en las esquinas y en las radios, un clamor casi general que desea que Alemania gane la final. O, mejor dicho: que le gane a Argentina. “Alemanes desde chiquitos”, dice la tapa de su diario deportivo Lance sobre una foto de Podolski y una nena amazónica y, más abajo: “Alemania ya acabó con el sueño del hexa brasileño. Ahora, ¡que impida el tri de los argentinos!”

Debe ser duro tener que esperar la victoria de quien acaba de deshacerte y humillarte: sombrío, perversito. No sé cómo lo sostendrán. Prefiero no imaginar a miles de cariocas intentando el Deutschland über Alles en el Maracaná. Supongo que les saldría mal, les quedaría feúcho, y que van a preferir revender sus entradas –aunque cada venta sea otra constancia del fracaso. Pero al hacerlo unen lo útil a lo desagradable: las más recónditas ya se cotizan a unos 3.000 euros y las coquetas a más de 12.000; cuando la tele muestre, el domingo, la fiesta popular en las tribunas, la simpática pasión de los pintados blanquiazules, será difícil olvidar la obscenidad de esos dineros.

Aunque algunos locales irán, oportunistas, para chiflar a su presidenta cuando entregue la copa. (Y la agencia de prensa oficial cuenta que Dilma le dijo a un visitante de palacio que habría querido jugar el partido por el tercer puesto con Argentina para meterles cuatro, porque así se enfriaría un poco el dolor de la derrota.)

Siguen creyendo –muchos de ellos– que lo peor que les podría pasar es que Argentina se lleve “su” trofeo. Lo dicen intensos, sentidos: como si eso cambiara algo en las relaciones entre los dos países; como si eso definiera algo. Que les hayamos ganado –sin ganarles– en este campeonato no quita que Brasil sea el séptimo país más rico del mundo y Argentina el treintitantos –al revés que hace cien años–, que Brasil fabrique los aviones y los coches que la Argentina dejó de fabricar, que sus exportaciones estén por todas partes y sea una de las potencias del nuevo orden mundial y la Argentina lo mire desde la tribuna, con la vergüenza de haber –casi– sido y el dolor de ya no ser.

Son las confusiones que crea el fútbol: como si allí se jugara algo en serio.

Como si el símbolo fuera lo simbolizado.

PamplinasMundial 30. Lo que somos

Por: | 10 de julio de 2014

En el minuto 120, cuando quedaba uno, el arquero argentino tenía la pelota. Podía patearla al terreno contrario para un último intento; la guardó para dejar pasar el tiempo –y yo creí que había entendido algo.

Quizá somos esto; quizás el error –tan argentino– de muchos argentinos fue haber creído que podíamos ser otra cosa: una que, en principio, parecía mejor.

El partido fue pobre, escorando a pobrísimo. Un “duelo táctico”, como se llama a estos encuentros de dos equipos que se preocupan sobre todo por el otro: porque el otro no pueda hacerle daño. Después del festival de ayer la rutina había vuelto, y era más fea todavía.

Holanda y Argentina eran dos equipos temerosos, decididos a esperar que el otro se equivocara para sacar provecho. Especulaban: suponían, supongo, los dos, que con el paso del tiempo y el cansancio los patinazos se multiplicarían.

Pero no. Argentina controlaba la ofensiva holandesa –a Sneijder, a Robben, a Van Persie– esperándola atrás; Holanda controlaba la argentina –Messi en su peor partido, Lavezzi, Higuaín– apretándola un poco más arriba. Pero el resultado era el mismo: tan preocupados por cuidarse, ninguno de los dos equipos se acercaba siquiera al arco contrario.

Parecía que en algún momento el partido se rompería: casi no sucedió. Si acaso, una entrada de Robben en el último de los noventas que salvó Mascherano: Robben, una vez más, como en Johannesburgo, perdió el segundo decisivo; Mascherano, entrega pura, pura fuerza, fue una vez más, como tantas, el mejor jugador argentino –y eso es un dato fuerte para el fútbol de Argentina.

Después, ya en el suplementario, las chances de Palacio y de Maxi, que tampoco supieron concretar. Y enseguida el arquero guardándose la pelota, dejando pasar ese último minuto por si acaso.

Fue entonces cuando pensé que había entendido por fin esa obviedad: lo que queremos no es jugar al fútbol, es ganar el Mundial. Que creemos que podemos ganarlo haciendo esto porque no creemos que podemos ganarlo haciendo lo otro: defendiendo porque no atacando, temiendo porque no asustando. Quizá sea cierto: quizás, una vez más, nos creímos que éramos más que lo que éramos –y, de nuevo, la realidad nos cayó encima. No creo que me guste, pero ese tipo de verdades nunca gustan: para bien y para mal, esto es lo que somos. Aunque suene amargo –y no dé cuenta de mis saltos, de mis gritos, de mi gozo.

Ganamos, llegamos: Romero fue la síntesis. Criticado, dudado, fue el héroe defensivo que llevó a la Argentina a la final. Justo después de los abrazos, los cantos y los llantos, un periodista le pidió que mantuviera la cábala: que no se afeitara: No, no me afeito ni en pedo –dijo él, todo sonrisa–; aunque sea horrible yo sigo, loco, sigo.

Y que el domingo, cueste lo que cueste…

PamplinasMundial 29. El partido infinito

Por: | 09 de julio de 2014

Cero a dos.

Cero a tres.

Cero a cuatro.

Cero a cinco.

A veces, muy de tanto en tanto, pasan cosas que nunca habían pasado. Hubo, en el Mineirao de Belo Horizonte, siete minutos que transcurrieron más allá de cualquier lógica, más acá de la historia. Entre el 23 y el 29, cuatro goles acabaron con cualquier esperanza brasileña y nos dieron, a cientos de millones, esa sensación extraordinaria de estar viendo lo que no puede suceder: de mirar lo imposible.

A partir de ese momento ya no importaba nada: todo era irreal, como falsificado. Ya no importaba que esos goles alemanes hubieran tenido la complicidad extrañísima, innegable, de la blandura y el despiste de la defensa brasileña. Ya no importaba que el mariscal de la derrota Luis Felipe Scolari incendiara a un par de jugadores reemplazándolos en el entretiempo. Ya no importaba que su proyecto antifutebol, su renuncia a la tradición de su país, hubiera hundido a su país en la vergüenza. Ya no importaba que se hubieran convencido de que podían ganar el campeonato sin jugar a nada: a pura fuerza, a pura camiseta, a pura sanata. Ya no importaba que creyeran que el fútbol no era el fútbol.

Y no importaba que Alemania hubiese jugado un partido temible, con una circulación impecable de la pelota y de los jugadores, que rotaban y aparecían y desaparecían y se relevaban como si fueran una máquina alemana. Y menos que aplicaran viejos códigos de barrio para no golear más que lo necesario: para ser condescendientes con sus víctimas. Y menos aún que miles de hinchas brasileños se burlaran de sus propios jugadores coreando con oles pases de sus verdugos. Y menos, menos todavía que gente tan sabia como Jose Mourinho o Edson Pelé haya anunciado sin más dudas la victoria brasilera.

Empezaba a importar la historia: cómo se contará, de ahora en más, esta noche impensable. Por el momento parece primar la obligación de la catástrofe: se ha hablado tanto, en los últimos meses, de lo tremendo que sería para los brasileños no ganar su copa que ahora millones deberán encontrar sus formas de vivir el naufragio.

Serán, sin duda, días duros para muchos. Pero después este partido se seguirá jugando. Interminablemente se seguirá jugando. A veces, muy de tanto en tanto, pasan cosas que justifican todo. De pronto, en algún momento, quizá cuando el sexto gol culminó la mejor jugada colectiva del torneo, supimos para qué se había hecho este Mundial: para que, mientras exista el fútbol, el fútbol recuerde este partido.

PamplinasMundial 28. El mito Di Stéfano

Por: | 08 de julio de 2014

El pasado es así: esa foto donde Maradona, 1982, se enfrenta a seis jugadores belgas que parecen dispuestos a salir a comérselo en jauría, voraces, poderosos. Y que –nos cuentan ahora– en realidad estaban ahí por puro azar: una barrera que se desarmaba. Aunque, quizás, esa foto falaz muestre mejor que muchas más reales lo que era Maradona en esos días. Pero es así como se arman los mitos: la realidad convirtiéndose en un cuento.

El pasado es así: homenajes a un grande. Alfredo Di Stéfano se murió en estas horas, en Madrid, donde pasó los últimos 60 años de su vida. La palabra mito aparece en muchas necrológicas –aunque quién sabe si lo dicen en sentido estricto.

Di Stéfano es un mito: una historia que todos acordamos en adoptar como cierta aunque no tengamos cómo confirmarla. Llevamos décadas oyendo decir que fue un gran jugador, uno de los mejores de la historia, y lo creemos –porque no tenemos razones para no creerlo, porque sí tenemos para sí: que nos gusta creerlo. No digo que no lo haya sido: solo que lo decimos porque otros lo dicen, que lo sabemos por experiencia ajena.

Pero, también en eso, Di Stéfano es un ejemplo del fútbol de su tiempo. Hasta medio siglo atrás –cuando él jugaba– el fútbol, para la mayoría, era puro relato. Relato oral de un locutor de radio, relato escrito de un cronista de diario: el 90, 95 por ciento de los futboleros de entonces no llegaba a ver partidos en vivo y en directo. Se emocionaban, se amargaban, ganaban y perdían por interpósita persona: a través de relatos que les decían que fulano era grande, que mengano un mosquito –y lo creían. Tanto lo creían que esas palabras eran el único sostén de su fanatismo. Tanto lo creían que el periodismo tenía un poder solo contrarrestado por el de otros periodistas.

La etapa mítica empezó a terminarse en los sesentas, con los primeros partidos televisados. Se puede discutir si ver un partido por televisión es ver un partido; sin duda lo es más que escucharlo o leerlo. Y entonces, con aquellas imágenes, apareció otra forma de seguir el fútbol y sus héroes. Primero fue Pelé, la transición: lo vimos un poco, hay filmaciones razonables. Después fue Maradona, la explosión de la tevé globalizada –y de ahí en más todos los que vinieron: figuras que sí vemos, sobre los cuales podemos tener una opinión aproximadamente propia.

Del maestro Di Stéfano, en cambio, quedarán los relatos, las palabras: dicen que fue muy grande –y es probable. Y eso que ni siquiera pudo jugar en un Mundial.

PamplinasMundial 27. En el nombre del padre

Por: | 07 de julio de 2014

La canción ha resonado tanto que llegó a todas las pantallas, las páginas del New York Times, Le Monde, este diariono son los auditorios habituales para un cantito de la cancha. “Brásil, decime qué se siente/ tener en casa a tu papá”: quizás en otros ámbitos se hayan preguntado –quizá no– por qué tener a papá en casa resulta tan tremendo que los brasileños, humillados, azorados, deberían confesarnos qué se siente.

Se podría discutir un rato si es verdad que el fútbol argentino domina al brasileño. Es cierto –sigue siendo cierto– que Argentina es la única selección con la que Brasil todavía tiene balance negativo. Jugaron 95 partidos oficiales: el primero, en 1914, lo ganó Argentina 3 a 0; el último, en 2012, 2 a 1. Y, en el medio, Argentina ganó 36, Brasil 35, y empataron 24. Lo cual, es obvio, palidece ante cinco mundiales. Pero es raro que, para seguir sosteniendo esa supuesta superioridad, nos declaremos padres.

Siempre me sorprendió el lugar que el folclore futbolístico argentino reserva a la paternidad. Cuando un equipo vence a otro con frecuencia tiene derecho a cantarle “Hijos nuestros”. O, más coloquial, la hinchada del que suele ganar dirá del otro que “los tenemos de hijos”. O, más elaborado: “Boca no tiene marido,/ Boca no tiene mujer,/ pero tiene un hijo bobo/ que se llama River Plate” –y tantas más. En síntesis: en Argentina, en el fútbol argentino, la paternidad es la mejor metáfora del sometimiento.

En nuestros cantos ser padre es ejercer poder sobre el hijo: derrotarlo, rebajarlo, dominarlo. Es curioso que el fútbol, gran lugar de encuentro entre padres e hijos, describa las relaciones entre hijos y padres según ese modelo tan pasado del padre mandón sacando el cinturón. En general, en nuestros países, dos modelos prevalecen, con mayor o menor frecuencia según los sectores sociales: esos padres que intentan ser amables con sus hijos, entenderlos, acercárseles –y, a veces incluso, casi patéticos, parecerse a ellos. Y esos padres que se escapan y dejan a las madres, nuevas jefas de hogar, la responsabilidad –económica, emocional– de la crianza.

Digo: o padres bonachones o padres fugitivos, pero el padre dominador, despótico no aparece ya por ningún lado: sólo en los cantitos de la cancha. Y los cantamos los padres bonachones y nuestros hijos y los hijos de los padres ausentes y los padres ausentes: somos un gran ejemplo de cómo, tantas veces, tan fácil, nos dejamos hablar por una ideología –más acá de cualquier realidad.

Sobre el autor

Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957) es escritor y periodista, premios Planeta, Herralde, Rey de España. Su libro más reciente es la novela Comí.

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