Martín Caparrós

Breve tipología kirchnerista

Por: | 21 de febrero de 2012

Un viejo amigo, el ensayista y editor Alejandro Katz, me mandó un texto que intenta una pequeña sociología del kirchnerismo, y que me dio ganas de retomar otra posibilidad de este blog: la publicación –de tanto en tanto– de escritos ajenos para su discusión, su desarrollo. Que dos líneas más arriba diga "por Martín Caparrós" es sólo un problema técnico: forma parte de la plantilla de este blog y me dicen que cambiarlo es muy difícil. Pero esta columna, queda dicho, fue escrita por mi invitado Alejandro Katz. (M.C.)

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Un amigo me escribe, entristecido, lo siguiente:

“Sigo impresionado por el fervor patriótico (filo K) que predomina en el medio ambiente progre que suelo frecuentar.

Más me asombra aún esa renovada fe que impera entre  muchos ex combatientes de mis tiempos juveniles, veteranos de varios fracasos, gente grande que ya cuenta con nietos (y que exhiben, junto a las fotos de Néstor, Evita y el Che en esa curiosa vidriera llamada facebook).  Hoy leí dos perfiles que me dejaron boquiabierto:

Caso Uno. Señora de sesenta y pico largos,  ex comunista, ex  novia de consagrado cantautor popular, ex alumna del Colegio Nacional de Buenos Aires, hija de un matrimonio de médicos, viejos militantes bolcheviques que enfrentaron con ahínco al peronismo durante toda su vida:

(sic) Ideología: nacional, popular y kirchnerista”

Caso Dos. Hermano de señora de sesenta y pico, también sexagenario, abogado, larga experiencia en uso de cachiporras, manoplas y armas de bajo calibre durante enfrentamientos y escaramuzas, en la década del 70, con la JUP, JP y Montoneros:

(sic) Ideología: progre populista.

Algo me perdí en estos años, algo no estoy entendiendo y me lo sigo perdiendo. Y temo que, ya que todos se ven tan bien, lo que me estoy perdiendo debe ser importante.”

Me dio tristeza el comentario triste de mi amigo, porque yo también estoy entristecido: en medio de la miseria argentina –miseria de los miserables que se mueren de hambre, miseria de los miserables que se hacen ricos con los dineros públicos– una de las peores cosas que nos ocurre, creo, es la expropiación de los valores –y de los conceptos en que esos valores se expresan– para convertirlos en armas de acumulación de poder y de riqueza. Algo de lo peor que ha hecho el kirchnerismo es sustraer el sentido a palabras como “justicia”, “igualdad” y “derechos”. Y, envuelto en esos sentimientos, le respondí, a mi amigo triste:

Creo que hay tres tipos de kirchneristas:

–Los Melancólicos: son aquellos que vivieron, en los sesenta y setenta, con la sensación épica de un “sentido de la vida”. Que padecían una mezcla de romanticismo revolucionario y solidaridad adolescente. Que siempre pensaron que aquel fue el mejor momento de sus vidas, y creen que lo fue por los “ideales”, sin darse cuenta de que lo fue porque eran jóvenes, porque en todo fluía un erotismo más bien incumplido, porque luego no pudieron entender que la vida no es una sucesión de escenas revolucionarias sino la administración cuidadosa de la contradictoria complejidad de los afectos, las ideas, las emociones y la sobrevivencia. Estos, en general, no ocupan puestos públicos ni se benefician espuriamente de las decisiones del gobierno, lo cual los condena, por supuesto, a decepcionarse una vez más dentro de un tiempo y así confirmarse en su posición melancólica ante el mundo.

–Los Cínicos: aquellos que hacen suyo un discurso que no solo les fue siempre ajeno sino que les es verdaderamente indiferente. Son quienes, al hablar de las cosas, ignoran que entre los conceptos y el mundo hay una relación, y que cuanto más estrecha sea esa relación las cosas serán –éticamente– mejores. Son aquellos para quienes lo dicho por Feinmann es incomprensible: “Es difícil adherir a un gobierno popular de dos millonarios que hablan de los pobres”. (En realidad, pobre Feinmann: quiso acortar la distancia entre los conceptos y el mundo y así le fue.) Es justamente eso lo que no preocupa a los cínicos: ¿por qué va a ser difícil hablar de los pobres mientras uno se hace millonario? O, incluso, si hablar de los pobres es una forma de hacerse millonario, ¿no es lo mejor hablar –y mucho– de los pobres?

–Los Resentidos: esos son los personajes que en los sesenta y en los setenta no tenían ideales sino ambiciones. Los que querían ganar la guerra revolucionaria para convertirse en la nueva clase dominante. Y que la perdieron. Y quedaron, entonces, frustrados y llenos de rencor. Alguien les birló el negocio, digamos, y se quedó con el aparato del estado para hacerse rico, en lugar de permitir que lo hicieran ellos. Esos, como Kunkel o Conti o como tantos cientos, que solo querían ser “los dueños de la tierra”. Lo intentaron por la vía de la revolución, les fue mal, y ahora están en pleno afán compensatorio. Justicia distributiva, que le llaman a esa forma de hacerse rico con los recursos públicos, mientras se vengan de los que no les permitieron hacerlo antes. Estos, creo, son los peores: los melancólicos provocan una cierta piedad; los cínicos son los oportunistas de siempre; los resentidos están llenos de odio y no sólo quieren acumular poder y riqueza sino también dañar: a quienes los dañaron, a quienes piensan distinto, a quienes actúan guiados por motivaciones menos perversas que las suyas.

Habrá, perdido por allí, algún ingenuo: alguien que cree en un discurso que ya no sabe cómo ocultar las marcas de la mentira. Mi amigo –más prudente, más mesurado, más equilibrado, más viejo– me modera: “Los K tocaron, en la gente honesta, alguna clavija que estaba floja… Es difícil soportar tanta frustración.” Tiene razón: allí están los honestos que necesitan ser engañados. La historia da suficiente testimonio de su conducta.

Son pocos –muy pocos– quienes no pertenecen a ninguna de estas categorías y, sin recibir ningún beneficio directo –directo: contante y sonante- del gobierno creen que hay algo bueno en lo que ocurre.

Le escribí a mi amigo, también: si no estás buscando reparar (de un modo autocomplaciente) la antigua herida de un fracaso (y no es que tengamos pocos fracasos para intentar curar), ni estás intentando sin escrúpulos (pero con coartadas ideológicas) acumular poder y riqueza, sólo te queda la sensación de que te perdiste algo. Efectivamente, la vida no es el perpetuo campo de batallas del bien contra el mal, sino simplemente el escenario de un teatro de pueblo en el que desempeñamos papeles menores de comedias sencillas. Nos perdimos, sí, pelear en la Guerra Civil Española y ser miembros de la resistencia francesa y bajar de la Sierra Maestra  y hacer barricadas en mayo del 68 (en París) y resistir a los tanques en Praga y participar de las manifestaciones contra Vietnam (pero en California y en Washington, no acá) y defender a Allende en el Palacio de la Moneda. Todo eso nos perdimos. Pero no creo que nos hayamos perdido la posibilidad de ser progresistas nacionales y populares, cristinistas y nestoristas, becarios del mega estado populista…

Siempre es duro estar a la intemperie. Pero creo que prefiero eso que abrir una cuenta en Facebook y poner –¿cómo era?– “ideología: nacional, popular y kirchnerista”. Por eso se empieza: una cuenta en Facebook y, después, una cuenta en Suiza.

 

Estos comentarios son un espacio para debatir los temas planteados en Pamplinas –no para el insulto o la descalificación. Por lo tanto, de ahora en más sólo se publicarán los textos que no contengan ataques personales al autor o a cualquiera de los participantes.

El gobierno del cambio

Por: | 15 de febrero de 2012

CamaleonSalta a la vista: lo mejor que tiene el peronismo kirchnerista es su capacidad para cambiar. O, según matices: para variar, mudar, rectificar, torcer el rumbo, permutar, renovar, innovar, reformular, rehacer, corregir, darse vuelta –y más sinonimia aproximada. Muchos dicen que persistir es de necios: las condiciones cambian, los contextos cambian, las ideas cambian, el cambio cambia, y hay que saber adaptarse y cambiar. G. Marx lo tenía claro, y la mayoría de los políticos actuales, pero hay pocos en esta Argentina que lo hayan entendido mejor que el reducido núcleo kirchnerista.

O, por lo menos, eso creo y sostenía el otro día ante varios amigos. Me refutaban airados, así que decidí emprender una breve revisión de cómo, en estos años, este peronismo supo cambiar varios ejes principales de su política de gobierno.

–el primer caso que muchos argentinos recordamos cuando pensamos en la versatilidad de este gobierno, tan preocupado e interesado por los medios, es su relación con el Grupo Clarín (aka) la Corpo. Durante cinco años fue su mejor aliado, el receptor de sus prebendas y primicias; un día de 2008 los doctores Kirchner descubrieron que había publicado tapas a favor de la dictadura de 1976 y lo convirtieron en su enemigo principal: por los principios, claro. El cambio, que puede parece menor a quienes no lo hayan sufrido in situ, ocupó más espacio político y mediático que casi nada en la Argentina actual: un observador desprevenido pensaría que torció el rumbo de la historia criolla o algo así.

–lo mismo –lo contrario– pasó con el asistencialismo. En 2008 todavía, la licenciada Alicia Kirchner, ministra de Desarrollo Social, decía que la idea de una asignación universal, que grupos opositores proponían, era “simpática pero reduccionista”, y explicaba que “si te quedás en la asistencia, la gente también se queda en la asistencia. Tenés que ayudar a promover la dignidad que quiere la gente. Yo voy a cualquier lugar y nadie me pide un plan. Eso lo escucho nada más en los pseudoexpertos. La gente me dice que quiere armar una cooperativa o una textil. Si la asistencia es un taller familiar, les estás dando una oportunidad. Pero si es la asistencia simple de un ingreso y encima limitado, no les estás dejando nada. ¿O alguien puede pensar que el problema de la pobreza se soluciona con cien pesos?”. Después, la ministra pensó que lagente se equivocaba, o que ella, o que vaya a saber. En cualquier caso, el gobierno de los doctores Kirchner lanzó en 2009 la Asignación Universal por Hijo, la medida que sus seguidores más reivindican. La Asignación Universal por Hijo da a los padres de tres millones y medio de chicos pobres 270 pesos por mes por chico: aunque muchos quedan afuera todavía, la AUH provee cobertura asistencial a muchos que antes no la tenían; se la presenta como un gran ejemplo de redistribución de la riqueza.

–otra de las grandes adaptaciones del gobierno peronista fue el matrimonio gay: durante cinco años la mayoría oficial bloqueó su tratamiento parlamentario, hasta que en 2009 descubrieron que pocas cosas podían importarles más que ofrecer a todos la posibilidad de casarse con quien quisieran. Hubo, allí, un cambio decisivo en la etiqueta: “casamiento gay” era una reivindicación bastante sectorial; en cambio “casamiento igualitario” parecía involucrar a todos. La idea prendió. El año pasado, cuando el gobierno lanzó una serie de afiches con sus logros sintetizados en una palabra, igualdad estaba ilustrada por una manifestación de homosexuales y lesbianas. La igualdad, que la revolución francesa acuñó para impedir que la fortuna o nacimiento causaran diferencia ante la ley, se convirtió en un concepto de género. Fue todo un cambio.

–para los que puedan imaginar que todas las mudanzas fueron en la misma dirección, el tema del aborto les ofrece lo que mi tátara habría llamado “un rotundo mentís”. Durante el gobierno del doctor Kirchner su ministro de Salud, González García, hizo del derecho a decidir uno de los ejes de su política sanitaria. Entre otras cosas, publicó una Guía para aclarar qué abortos no punibles debían practicar los hospitales públicos: casos de violación, peligro para la vida o salud de la mujer, incapacidad mental de la embarazada. La doctora Kirchner, en cambio, discurseó contra el aborto ya en su primera campaña y, presidenta, siempre se declaró en contra. Por eso la cuestión no se discute en serio en el Congreso y, muy a menudo, los abortos que la Guía prescribe no son practicados: los médicos arguyen claúsulas de conciencia para negarse a hacerlos –y el gobierno no hace nada para que se cumplan sus propias decisiones.

–al famoso “movimiento obrero organizado” le pasa lo mismo que al aborto –o algo parecido. Durante ocho años el kirchnerismo se apoyó en la CGT y su jefe, el camionero Hugo Moyano, era el primer trabajador –o el segundo–, un gran líder, un gran compañero. Desde hace unos meses el kirchnerismo lo considera un cuasitraidor –por internas que nos escapan y, supongo, también porque sigue pidiendo aumentos salariales por encima de la ficción de inflación oficial. Por eso días atrás la doctora Fernández dijo en un discurso que “alguien me dijo que en la Constitución peronista de 1949 no estaba el derecho de huelga. ¿Podrá ser posible?, O sea, cuando estaba Perón no había derecho a huelga; digo, por esos que lo reivindican a Perón y nos critican a nosotros”. Esos –más allá de los deslices de la prosa– vendrían a ser los sindicalistas peronistas con los que estuvo estrechamente aliada. Ahora que ya no, la doctora decidió que el derecho a la huelga tiene sus matices: “hay derecho de huelga”, dijo hace unos días, “pero no de chantaje ni de extorsión” -que vendrían a ser algunas huelgas.

–lo mismo se ve en ciertos temas económicos básicos. Los subsidios a las empresas más concentradas de servicios, energía, transporte y agro son un gran invento de las administraciones kirchneristas, que pasaron de distribuir 2.000 millones de pesos en 2004 a 75.000 millones en 2011 para que estas corpos ganaran fortunas y para que la clase media y alta despilfarrara electricidad y gas baratísimos a cuenta del Estado. Los subsidios fueron denunciados por distintos sectores; nunca con la energía con que ahora lo hace el gobierno. De pronto el discurso oficial convirtió esos mismos subsidios que inventó en una aberración que hay que corregir con decisión y urgencia, porque su existencia amenaza la esencia misma de la patria –o algo así.

–algo así está pasando en el tema petróleo. Los esposos Kirchner fueron grandes defensores de la privatización del petróleo criollo. En 1992, cuando su marido gobernaba una provincia petrolera, la diputada provincial Cristina Fernández dio un discurso inflamado a favor de la ley de privatización de YPF diciendo que “del dictado de esa ley depende hoy el envío de los 480 millones de dólares y el pago de nuestra parte en la licitación de las áreas ya concretada”. Esos 480 millones se hicieron famosos porque los Kirchner, so pretexto de invertirlos mejor, los mandaron a algún banco extranjero y nunca más se supo. Pero, más acá de esas historias antiguas, durante sus presidencias los doctores Kirchner mantuvieron y mejoraron los contratos de petroleras inglesas, americanas, chinas, españolas que les permitían explotar casi sin explorar: no renovar las reservas. Muchos advertían sobre el peligro; ellos no veían ninguno y seguían entregando yacimientos. Hasta que, hace unas semanas, el gobierno se convirtió en el crítico más acérrimo –su acerrimidad, más allá de los cambios, se mantiene– de su política energética y de las petroleras, y empezó a murmurar en off sobre la posibilidad de nacionalizarlas –porque así no funcionan. Hay quienes dicen que lo hacen porque la baja en la producción hizo que el fisco esté gastando demasido en importar los combustibles que antes producía. O por quién sabe qué.

(La mudanza ha llegado, en esa misma área, al señor Eskenazi. El señor Eskenazi era cercano al doctor Kirchner, uno de sus mejores amigos en el “capitalismo de amigos”: Kirchner le ayudó a comprarse un cuarto de –no un cuarto en– YPF-Repsol. Tanto lo ayudó que esos maledicentes que habría que encerrar insistían en que el señor debía ser su testaferro o algo así. Pero en cambio ahora es uno de esos empresarios que el gobierno kirchnerista acusa de connivencia con sus enemigos –y amenaza con estatizarle la empresa que le ayudó a comprar hace cuatro años.)

–y, para cerrar este recorrido breve, el tema de la represión. “Este gobierno ha sido muy criticado por no reprimir las manifestaciones sociales y políticas. Hemos pagado costos porque se ha  utilizado políticamente el hecho de que no reprimimos ningún corte, ninguna manifestación, ni aún en los momentos más difíciles de conflictos sociales”, dijo la doctora Kirchner año y medio atrás. “Prefiero pagar mil costos políticos por no reprimir antes de tener que lamentar la muerte de un argentino. Los que creen que reprimiendo se muestra autoridad, yo digo que no, eso no es autoridad”, decía que pensaba. Se ve que aquí también fue plástica, flexible –y ahora debe pensar otra cosa. Todavía falta que lo diga, pero no -es público y notorio- que lo haga.

Son ejemplos, nada más, pero cubren un espectro –¿un espectro? – amplio. Y creo que sí demuestran que el cambio principal que este gobierno ha introducido en el país ha sido acostumbrarnos al cambio. Porque su aptitud para el cambio es innegable y es, como forma de conducción, utilísima. Para empezar, les permite criticar lo que hacían hasta la semana anterior y empezar todo de nuevo todo el tiempo: ser siempre una fuerza crítica, renovadora, dispuesta a grandes cambios. Ser siempre oposición -en el poder.

Para seguir, explica y justifica la falta de programa, el hecho curioso de que el peronismo kirchnerista nunca expuso qué haría: gracias a esa precaución puede adaptarse y mutar todo lo necesario sin que nadie los aburra con mezquinos "pero ustedes prometieron que". Aunque lo más meritorio –lo verdaderamente original– es que hayan construido, sobre esas variaciones, una épica. La épica es la celebración de lo que persiste en su ser, de lo que nunca renuncia a sus metas: aquí, una épica con nombres propios y cargos propios celebra la mutación constante, la voltereta empecinada, la reforma permanente en la reforma.

Y un corolario, antes de cambiar de tema: tanto cambio, tal calesiterío debería convencernos de que no vale la pena preocuparse o alborozarse demasiado por las acciones del gobierno: lo único seguro es que, más tarde o más temprano, cambiarán.

 

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¿Necesitamos un ejército?

Por: | 09 de febrero de 2012

Soldado
Ayer el ministro argentino de Defensa, señor Puricelli, dijo en una entrevista radiada que “los ingleses lo que tienen que tener absolutamente seguro es que en territorio argentino los toleramos en Malvinas pero si llegan a venir al territorio argentino cualquier fuerza armada inglesa no tenga la menor duda que nosotros vamos a ejercer nuestro legítimo derecho de defensa y tenemos capacidades y con qué hacerlo”. Lo cito textual -está el audio, ver desde 11'45"- porque parece difícil de creer que un ministro nacional pueda decir algo así. Que hable de la posibilidad imposible de una invasión inglesa a la Argentina -y que diga, además, que en las Malvinas "los toleramos" mientras todo su gobierno está planteando lo intolerable de ese expolio, y así de seguido. Por no hablar de la prosa.

Pero la escalada discursiva malvinista no para y quizás alguien pensó que tal arenga era otra forma de aunar y aupar espíritus patrióticos. Cuando lo comenté, esta mañana, por tuiter, hubo discusiones sobre el patinazo y sobre el papel del ejército nacional. Entonces varias personas me preguntaron si estaba en la red un texto en el que yo planteaba un debate sobre la utilidad del ejército -y la posibilidad de disolverlo. Les dije que no -forma parte de mi libro Argentinismos- pero me dieron ganas de que estuviera. Es éste:

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Malvinas, Famatina y otras yerbas nacionales

Por: | 06 de febrero de 2012

  Índice

Las declaraciones son confusas, como si cada cual quisiera poder decir alguna vez que no dijo esto sino aquello, no perro sino porro, no marrón sino motocicleta, pero, por ahora, parece que los que resistieron la instalación de la mina a cielo abierto en Famatina consiguieron pararla. Y es una sorpresa: hacía tiempo que en la Argentina no pasaba nada en contra de la voluntad del gobierno. Quizá –con el peligro que tienen las comparaciones– desde que la torpeza kirchnerista creó una alianza inverosímil entre pequeños chacareros y grandes latifundistas para oponerse a las retenciones agrarias. (Aunque las diferencias son notorias: para empezar, en Famatina no había grandes intereses del lado de los que se oponían: solo personas que querían seguir adelante con sus vidas. Y, por lo tanto, su tinte político fue radicalmente distinto.)

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Tomás Eloy

Por: | 01 de febrero de 2012

Ayer se cumplieron dos años de la muerte de mi amigo Tomás Eloy Martínez. La fundación argentina que lleva su nombre lo recordó con una serie de textos en la web. Uno de ellos era éste, que escribí para él entonces. Cuando lo leí me dieron ganas de colgarlo aquí, totalmente fuera de programa:

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Nos, los traidores

Por: | 31 de enero de 2012

Foto caparrosLo dijo y a nadie le importó: ni a sus críticos ni a sus camaradas ni a él mismo ni a ninguno. Yo también, al principio, me lo tomé a chiste, porque parecía uno –y porque los argentinos usamos tanto esa estrategia defensiva, el chiste -o, si acaso, el menosprecio: no, es una boludez, no vale la pena darle bola. Hemos aprendido a reírnos o a negar bola –son formas muy distintas de lo mismo– a muchas cosas. Se puede discutir si el mecanismo no es un modo de permitir que los límites se corran más y más: que un poder amplíe sus posibilidades. Que vaya avanzando de a poco sobre lo que parecía intocable y que, a fuerza de pasitos, de palabras necias, de oídos sordos, lo vaya ocupando. Hoy digo que seis y después digo que no, cómo que seis yo más de tres seguro no, pero queda zumbando lo de seis y entonces, cuando salgo a decir cuatro habrá muchos que dirán bueno, por lo menos no es seis y al fin y al cabo cuatro no es pa’ tanto.

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Por el estilo

Por: | 26 de enero de 2012

Hace ahora cuatro años me embarcaba en un fracaso más: el principio de un diario. Aquel se llamaba Crítica de la Argentina, lo iba a dirigir Jorge Lanata y yo a subdirigir. Saldría en marzo de 2008; en esos días de verano lo estábamos armando. Para contribuir a ese armado organicé un pequeño ayudamemoria que titulé Por el estilo y subtitulé, swiftly, “Modestas proposiciones para mantener la buena relación y convivencia entre los escribas del diario Crítica y sus queridos puestos de trabajo”.

El que no las mantuvo fui yo. Duré muy poco en mi puesto de –relativo– mando; no estaba muy de acuerdo con la derrota general, y a poco de salir ya me había ido. El textículo siguió dando vueltas por ahí, para uso sobre todo de colegas, pero nunca quise publicarlo; hasta ahora –si es que esto puede llamarse publicar. Se habla tanto de periodismo, últimamente; ésta, creo, es otra forma de hacerlo.

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Minas, el cielo abierto

Por: | 20 de enero de 2012

Oro
Es curioso que en un conflicto como este se inmiscuyan esas cosas: minas, el cielo abierto. Pero es cierto que, más allá o más acá de ecos confusos, la pelea por la mina a cielo abierto de Famatina es un caldito, un concentrado de Argentina: está casi todo. Está, para empezar, el reacomodamiento de un país que vive cada vez más de la extracción de su materia prima. Está la globalización neoliberal que favorece que grandes empresas extranjeras se lleven esas materias primas. Y está la forma en que nuevas técnicas cambiaron esas formas de extracción, cambiando relaciones sociales y económicas, maneras de vivir. También está la defensa del medio ambiente, gran caballito actual, y sus variados usos e interpretaciones. Está, por supuesto, el infaltable político que prometió una cosa e hizo lo contrario y está, por lo tanto, el funcionamiento de esto que llamamos democracia. Está la actuación de un gobierno que perora contra ciertas "corporaciones" y favorece a la mayoría. Y están sus partidarios que abrazan las causas más nobles siempre y cuando sus jefes los dejen.

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El fracaso de todos

Por: | 13 de enero de 2012

Calaveras_800x600El video era muy impresionante –y un efecto más de estos tiempos botones, donde casi nada sucede sin que alguien lo registre. Con su celular, un señor –que después resultó ser teniente de la policía provincial– filmó desde su coche durante más de media hora los zigzagueos de una camioneta que lo precedía por la ruta nacional 11, una de las dos que van a los balnearios más poblados del verano, una de las más transitadas estos días.

El teniente se aterraba por el final previsible del paseo y llamaba a la policía: les gritaba, les pedía que intervinieran, que el conductor estaba en pedo, que mandaran un móvil, que hicieran algo para impedir ese final. La escena fue muy larga y terminó como debía: por esquivar a la camioneta alicorada, un coche se estrelló contra otro y murió un hombre.

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Nunca nada es eso o nunca nada es o nunca nada o nunca

Por: | 09 de enero de 2012

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–Acá nunca nada es lo que parece

Me dijo la doctora Inés y yo le pregunté si alguna vez en algún lugar las cosas son lo que parecen. La doctora Inés es médica y psicoanalista y en general nunca nada le parece lo que parece: trabaja de que las cosas no le parezcan lo que parecen, pero aún así:

–No, quiero decir que nunca.

–Claro, ya lo dijimos: nunca.

–Bueno, lo que quiero decir es que incluso las cosas que siempre son lo que parecen acá no.

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Sobre el autor

Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957) es escritor y periodista, premios Planeta y Rey de España. Su libro más reciente es Los Living, premio Herralde de Novela 2011.

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