Martín Caparrós

El libro ya no es lo que era

Por: | 08 de diciembre de 2011

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Hace unos días apareció en la web de la revista Letras Libres de México un artículo mío sobre el kindle, sus usos, sus costumbres, las nuevas formas de poseer que suscita, las de escribir que no. El texto se llamaba El regreso de Robin Hood y provocó inesperadas discusiones en la red. Por si quieren seguirla, entonces, lo reproduzco aquí:

 

 

 

 

 


Hacía tanto que no leía un libro de la colección Robin Hood. Todo Salgari, todo Verne, Mark Twain, Walter Scott, Louise May Alcott: no sé cómo era el mundo antes de aquellos libros amarillos, pero pasaron tantos años que había olvidado la sensación de acostarme de costado y buscar la forma de sostener el libro y apoyarlo de canto en la frazada y torcer la cabeza en el ángulo correcto –y el resto de los pequeños movimientos que fui ajustando para poder hacer horas y horas lo que más quería. Me había olvidado –o no lo recordaba, que no es lo mismo pero a veces se parece– hasta que, hace unas semanas, encendí un kindle en el cuarto de ese hotel –y fui aquel lector.

Tardé tres años en llegar al kindle. Seguí su aparición, su auge, las críticas desfavorables de los techies y lapidarias de los conservacionistas, esperando el momento preciso –que estaría hecho de una suma de factores: que encontrara una excusa utilitaria para contrarrestar mi culpa, que el precio bajara lo suficiente para reducir mi culpa, que venciera mi culpa –o la olvidara, que no es lo mismo pero a veces se parece. Mi relación con los gadgets es pura culpa: una pelea incesante entre la gula y el deber ser cuyo resultado no está en duda; sólo el plazo.

La excusa era evidente: viajo mucho, estoy harto de quedarme sin nada que leer o caer, en su defecto, en más y más libritos de aeropuerto –que después tiro, enteros o por partes. Cuando el kindle llegó a 140 dólares me había quedado sin defensas. Y fue entonces, ante esa tipografía tan clásica, esas páginas levemente grisadas, antigüitas, que sucedió el milagro: de cómo el soporte de lectura más contemporáneo se volvió, de pronto, un Robin Hood.

                                                       *            *          *

Un kindle es, antes que nada, un objeto humilde, hecho para un solo propósito. En épocas en que la heladera se quiere transformar en tele, el teléfono en cámara de fotos, la laptop en el mundo, un kindle es monómano, obcecado. Un kindle no tiene luz propia como las chicas irresistibles, no canta ni baila como las resistibles, no te ofrece juegos orientaciones sabiduría inagotable como todas: sólo sirve para leer textos. Un kindle es un libro. Un kindle es un libro que no sirve para equilibrar mesas ni vestir bibliotecas ni oler pasados venturosos ni sobaquear para que todos sepan qué buen poeta estoy leyendo. Un kindle es, en realidad, el estado actual de la gran máquina libro.

Hay instrumentos tan perfectos que creemos que no fueron inventados. La escalera fue, durante milenios, la mejor forma de pasar de un plano equis a un plano higriega; antes era trepar, la cuerda o liana, la rampa, pero la escalera las borró al primer tranco. El libro es la escalera de los textos: desde hace más de cinco siglos es la forma perfecta para difundir y almacenar palabras, pero antes fueron las tabletas, los papiros, los rollos. Ahora hay ascensores; la escalera, espléndida, orgullosa, no es lo primero que uno piensa cuando debe subir al piso 38.

Los conservacionistas insisten con la superstición de que la forma de un texto es una pila de hojas de papel unidas por un margen; uno de sus portavoces, Eco, dice que “el libro es como la cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras: una vez que se han inventado, no se puede hacer nada mejor”. Un kindle es una mejora del concepto libro pero sigue siendo un libro, borgianamente –con perdón– un libro: un libro de arena, lleno de páginas entre cada página, aparentemente infinito, lleno de tigres y espejos y lugares cada vez más comunes –y de pronto no, como los buenos libros. Un kindle es un libro que, en lugar de cargar veinte cuentos, carga veinte mil.

Algunos se ponen nerviosos, le reprochan que esos cuentos no están “en ninguna parte”. Están, sí, en esa ninguna parte que es mi computadora, junto con el resto de mi vida. Muchos de los conservacionistas aceptan esa idea en general, y no la soportan para el libro. No les molesta que su música esté en su iPod o su iTunes, sus escritos en su archivo de Word, en Gmail sus misivas, pero quieren que el libro siga siendo un objeto material porque siempre lo ha sido. Aunque decir que un kindle no lo es es un error; es otro tipo de materia, y otro tipo de relación con la materia.

                                                       *            *          *

Lo que define nuestra idea de la materia como soporte de ciertas marcas –de ciertos discursos– es su carácter biunívoco: a una materia corresponde una y sólo una serie de marcas. Ese trozo de papel, la página 91 de ese libro, termina diciendo “Siento un poco de alivio, pero no quiero ni pasar por la calle México”, y lo dirá siempre, una y otra vez, pertinaz, casi mármorea, hasta que la entropía se quede con su polvo. La pantalla del kindle en cambio, es pura materia –plástico gris, el símil papel perla– pero otra: una que sabe deshacerse de sus marcas, aceptar nuevas, reinventarse: una que se reescribe todo el tiempo. Igual que aquellas tablillas de cera que fueron, durante muchos siglos, los escritos de Asiria o Babilonia. Alguien –alguien que creyera que la antigüedad da derechos– podría incluso sostener que la forma tornadiza, múltiple del kindle es anterior a la monógama del libro de papel.

Pero, como estamos acostumbrados a esa forma biunívoca del trazo en la materia, un texto en un kindle nos parece inmaterial: que está en ninguna parte. Está en esas formas actuales de la ninguna parte: memorias –y discos y nubes– que no sabemos ver, que nos producen todavía cierta zozobra, como debía producirle un miedo espantoso al monje acostumbrado a memorizar los libros la idea de que otros guardaran esos textos en pilas de papel robables, perdibles, hundibles, inflamables. Nos parece que no está: en un kindle, un texto no tiene la materialidad acostumbrada. No es un objeto con una tapa y sus dibujos y colores, con tal papel, con cierta letra; en un kindle todos los textos tienen el mismo tamaño, misma letra, mismo soporte, misma forma de agarrarlo y marcarlo y transportarlo. En un kindle los textos pierden esa relación irrenunciable con una forma material que les dio un editor y se transforman en entes un poco más platónicos: más abstractos, más parecidos a su idea. En un kindle el texto deja de ser el objeto que lo rodea y soporta; en un kindle, un texto sólo difiere de los otros en el texto.

                                                        *            *          *

Leer en un kindle no sólo es un momento Robin Hood, cómodo, suave, antiguo. No es sólo un libro que no se dobla, no se pasa de hoja, no te pesa en la mano, no se lo lleva el viento cuando hay viento. Es, sobre todo, la posibilidad de tener cien o mil libros –por ahora, seguiremos diciendo libro para hablar de un texto, ¿por cuánto tiempo más si cada libro tiene tantos?– en la mano todo el tiempo: de llevar al máximo la neurosis contemporánea, la posibilidad de la variación, el cumplimiento de la recomendación borgiana de no obligarse a terminar los libros. Es muy fácil, en un kindle, pasar al siguiente. Quizá sea demasiado fácil: un kindle te produce –me produce– esa ansiedad de tener, al mismo tiempo, demasiados futuros en la mano. El sueño y la pesadilla del adicto.

Y me gusta, sobre todo, la forma de circulación de los textos que produce. Para empezar, lo súbito. Por supuesto que podría escribir líneas y líneas de caváfica apología de la busca, las largas travesías del desierto, la cuidadosa construcción del hambre, pero me encanta querer un libro y conseguirlo ya. Y, sobre todo: gratis.

Últimamente, mal que le pese a quien le pese, el cyberespacio rebosa de lugares desde donde se pueden “bajar” –bajar es la palabra, Platón por todas partes– miles de libros electrónicos. Hay, por supuesto, que buscarlos: me gusta que conseguir un libro sea una cuestión de astucia y no de dinero. Hay quienes lo condenan, gritan, claman; lo que suelen llamar piratería es el efecto de la posibilidad de poseer de otra manera. Durante milenios, si yo quería invitarte a comer tenía que resignar mi comida, si yo quería prestarte un libro debía separarme de mi libro; la propiedad digital supone que yo puedo compartir una canción con uno o con millares y sigo teniendo esa canción; es –con más radicalidad que la que se ha pensado por ahora– una forma muy distinta, nueva de la propiedad.

Los “creadores” se aterran: si nos bajan nuestras obras, canciones, libros, películas sin pagarnos nada, ¿qué vamos a hacer, de qué vivir? Todo su terror probo, bienpensante, está hecho de respeto sumo por la lógica del mercado: que si alguien quiere ver o leer o escuchar debe pagar por eso. Cuando se quejan de robos están haciendo del dinero lo decisivo, desmintiendo que escriben –o filman o componen– porque quieren escribir filmar o componer, porque tienen algo que debía ser escrito filmado o compuesto –y sin novia. Yo escribo, supongo, entre otras cosas, aunque me cueste soportarlo, para que alguien lea –y si me pagan por eso será muy bienvenido, pero no dejará de ser un agradable efecto secundario.

Entonces, si suponemos que la circulación es lo que termina la obra, qué mejor circulación que la posibilidad de que muchos la bajen a sus computadoras, a sus iPads, a sus kindles. A mí me gusta que mis libros puedan ser “robados” así, y me gusta robarlos así: tenerlos entre muchos, leerlos en esta página perlada que me devolvió aquella forma de leer, cuando no había nada en la vida que me gustara más.

                                                       *            *          *

El kindle no es siquiera el futuro: es el presente rabioso del libro –y eso significa algo. Si me quedaba alguna duda, el chico terminó con ella.

El chico vendía chocolatines en el tren, y yo leía mi kindle junto a la ventanilla. El chico –la cara sucia, un par de dientes menos, el pelo un remolino– lo miró con olas de deseo:

–Qué bueno, jefe, una computadora.

–No, es un libro.

–Ah, un libro.

Dijo, y toda la decepción del mundo le opacó la mirada. Ser libro, en estos días, es un reto –que un kindle acepta con cierta donosura. Mientras tanto, los libros de papel van a seguir existiendo, van a seguir gustándome, van a ser menos, no me van a dar pena. Quizás alguna por las librerías, las de usados y raros sobre todo; muy poca por esos supermercados de brishos guaranguitos. Pero la tradición tiene la piel dura y los conservacionistas del libro, los ecololós editoriales se inflaman, se encrespan, defienden la tradición del buen viejo tocho de papeles, atacan al eléctrico con una sarta de frases peregrinas –que sólo muestran que no consiguen entender que un kindle y un libro de papel son tan complementarios, tan distintas formas de lo mismo.  Dicen, recuerdan, plañen, hacen del tocho un canto de libertad inverosímil. Si de libertad, extrañamente, se tratara: ¿cuánto van a tardar en descubrir que es mucho más fácil publicar independiente en kindle que en papel? Y, sobre todo, ¿cuánto en descubrir las posibilidades de escritura de un texto para kindle? ¿Un texto, digo, para nuestra época?

Hay 30 Comentarios

Excelente texto - me anotaré al feed en mi Kindle ;) - también soy uno de esos a los que el papel le gusta, me gusta olerlo, sentirlo, pero me di cuenta de las posibilidades que un dispositivo como este me brinda y creo que es fantástico lo que está ocurriendo.
Una pena que desde los medios piensen que nada ha cambiado, que hacerlos ricos a ellos sigue siendo el paradigma. Por suerte proyectos como Orsai van abriendo un nuevo camino, uno de relacionamiento directo entre autores y lectores. Ojalá más personas empiecen a verlo.

IIdentificaciòn total por parte de quien tambièn ha sido una feliz devoradora de la colecciòn Robin Hood.
Gracias Martìn, voy a agregar el Kindle en mi lista de compras.

Yo disfruto mucho leyendo en mi kindle, sobre todo después de tener que mudarme fuera del país dejando 10 cajas enormes llenas de libros. Les dejo una extensión de chrome para enviar artículos al kindle que me resultó muy práctica.

https://chrome.google.com/webstore/detail/hkpekaddkiibmnedmbgbpfmegmpfmbai

Saludos

Leí el artículo de Casciari, Sebastián, y estoy bastante de acuerdo con casi todo. Y no entendí la reacción de Etxebarría: ¿qué tiene que ver la venta y/o la propiedad de lo que uno escribe con la decisión de escribir o no? Se ve que, en su caso, demasiado.

Lucia Etxebarría no escribe más porque le "piratean" los libros. Excelente respuesta en este blog

http://orsai.bitacoras.com/2011/12/para-ti-lucia.php

Lo leiste Martín?

He sido un apasionado a la lectura desde que me recuerdo. Sin embargo, llegó el momento en el que me empezó a pesar que los libros fueran altos o muy chicos o gruesos... inmanejables. Había cierto recelo con ellos, porque no me permitían entrar en la lectura, que era lo que yo quería, de manera cómoda. Recuerdo que no me gustaba tener que cargar una trilogía en la mochila cuando iba de viaje, renunciar a la lectura de la historia hasta el final. Tampoco me gustaba tener que apoyar el libro en la cama cuando era demasiado pesado como para sostenerlo con las manos y leer boca arriba, que era lo que prefería. No me resultaba justo que "La Montaña Mágica" estuviera en un sólo tomo y que tuviera un letra diminuta, me parecía que era un engaño, todo en contra del placer de encontrar una historia de semejante calidad literaria. No puede ser posible que el diseñador de esos libros sea lector. De a poco me di cuenta de que los libros me cansaban, comencé a verlos como pequeños enemigos de la lectura. Incluso el olor a papel viejo era parte de una congestión a la que no deseaba enfrentarme mientras intentaba hacer lo que más me gusta: leer. No hay magia en el libro. Hay una magia infinita en la lectura.

Cuando apareció el e-reader, el de verdad, el que intenta que al leer no se te casen los ojos, que te pone la letra más grande si eso es lo que necesitas, el que te permite anotar y subrayar las frases que más impacto te genera, el que al encenderlo te muestra la "página" en la que quedaste... Y un montoncito más de deseos de lector cumplidos... Cuando esto ocurrió fue cuando dije: sólo un amante de la lectura se le puede ocurrir una cosa así en medio de tanta tecnología. ¿Cómo es posible que un aparato sólo sirva para leer cuando hay un montón que sirven para "transformar" elementos multimediales? ¿Cómo compite? - Y cuando vi que las ventas fueron las que fueron, me di cuenta de que en este mundo hay todavía muchos que aman la lectura. Muchos enemigos de libros que se imprimen para no ser leídos.

Hoy leo por fin con la renovada pasión de mi adolescencia gracias a mi Nook. No había tenido en mis manos un objeto que quisiera llevar a todas partes. Disfruto de nuevo los clásicos, las grandes historias, esas inmejorables reflexiones. Llevo mi biblioteca entera en un bolsillo, la uso cuando quiero y elijo sin reserva el cuerpo de la historia que quiero leer según el contexto. Busco en la red a las personas que aman la lectura y la comparten. Y si hay problema con compartir libros, entonces que demanden a las bibliotecas.

Gracias por compartir su pasión, Caparrós!

Como siempre, Caparrós arremete lleno de miradas sencillas y complejas, brillantes e imaginarias. En mi caso prefiero leer libros de la forma tradicional. Por textura, por tradicionalismo, por gusto y por que no por conformismo siento una emoción extrema al recorrer las librerías y traerme un poco de peso más en mi mochila...Lo que significa un libro más...las bibioletecas que vemos y tocamos con los ojos son incomparables.

Me gustó la propaganda. Lo voy a comprar. Por cierto, una duda... ¿cuánto te pagó Amazon?

Lo mejor que he leído sobre este tema. Salvo, como dice José, por hablar de "kindle" como genérico, en vez de e-reader, e-book, o libro electrónico (las "tabletas" son más pretenciosas, casi que ni saben que son también libros). Dado que Kindle es la marca del e-reader de Amazon, hay varios más, tan respetables como éste. Para los que extrañan el olor y la textura, les digo que es una cuestión de costumbre, ni más ni menos. Me imagino a los intelectuales de la época en que apareció el libro impreso, extrañando el viejo olor y textura del cuero húmedo y el ir desenrrollando los textos, "qué me vienen ahora con esas pilas de hojas de papel atadas". La única contra del libro electrónico: todavía tienen un precio demasiado alto para lo fácil que se pueden deteriorar o perder. Saludos.

Gracias, Martín, sos el perfecto traductor de mis sentimientos por mi kindle. Llegué a él ante la desesperación de una adicta cuando supe que mis adorados libros estaban presos en la aduana, y comencé a sentir un marcado sindrome de abstinencia (aunque mi casa está tapizada de libros que podia releer)
Lo primero fue pesquisar de donde bajar libros en castellano, y, cuando lo conseguí, el cómo hacer para llevarlos conmigo y poder leerlos aún al aire libre y sin depender de baterías muy breves.
Y después, la felicidad completa!!!!! Basta de sufrir en los aeropuertos por los excesos de equipaje, basta de quedarme sin lectura en las esperas interminables de las escalas, las salas de espera, los viajes larguísimos dentro de esta Argentina kilométrica!!
Y la misma experiencia que tuviste: cómo explicar que lo que llevo en la mano es un libro (O MUCHOS!), y nada más y nada menos que un libro.
Eso sí, más de una vez, inmersa en el texto, mi mano se movió hacia arriba para pasar automáticamente la página de papel.
Realmente, desde hace un mes, mi calidad de vida mejoró muchísimo grancias a mi mágico kindle.
Y mi ansiedad por el tacto y el olor del papel lo dejo para tantos libros visuales de gráficos y fotos que, por suerte, siguen existiendo.
Nuevamente gracias, desde que leí tu comentario me siento menos sola en esto!

Prefiero el libro original, el olor de las paginas, la textura, la sensacion en las manos, la vista del libro tirado al lado de la cama o del inodoro. Me encanta verlos en mi biblioteca, ordenarlos, abrirlos y hojearlos, encontrar cosas perdidas en ellos y releer viejas notas. El kindle esta bueno ya que favorece acceso y cantidad, pero sigo prefiriendo los libros. Que recuerdos esa tapa de Salgari? Alguien leyo alguna vez unas historias que se llamaban "Bomba"? Saludos. Lindo blog...
(http://ocasaz.wordpress.com/2011/10/28/libros/)

Hubiera escrito 'tableta' en vez de Kindle. Cualquiera puede ser, leo sin parar hasta en la computadora. Claro que las tabletas pueden ir a la cama, etc. A lo que describe Martín, agregaría la posibilidad de operar sobre el texto, de interrelacionar, el diccionario a doble click, las notas, el copiar y pegar en otro lado... Ya sea por Salgari o Wittgenstein, esta nueva manera de leer es enriquecedora y apabullante. Me da tantas ganas de ser joven de nuevo! (tengo casi 60) Mi dios, estudiar con estos bichitos es una gloria. Compartir, la inmediatez de todo... Poder volver a leer cosas que creí perdidas... La generosidad del que se pone a escanear textos que no se re-editan y sube el resultado para compartirlo, en fin... Cada vez que me encuentro con un defensor del libro viejo... ya ni digo nada... el olor sí, claro, doblar el borde de la página, claro y ya mi interés está en el décimo subsuelo... Lo que se viene, mi dios, y yo ya viejo, me cache en dié!!!

El placer de la lectura no cambia. No encuentro ninguna diferencia entre leer utilizando un libro de papel o un Kindle. Les dejo dos recomendaciones con el tema de E-books: a) Compren dispositivos que sean de tinta electrónica. b) Hay un excelente gestor de ebooks para PC que es gratis. Se llama: Calibre. Lo pueden bajar desde: http://calibre-ebook.com/ . Con este soft podran comprar ebooks desde donde quieran y no quedaran atados a un modelo comercial en particular.

Muy bueno, Martín. Yo lo único que haría es "desmarcar" el tema. Kindle te ata al modelo de negocios de Amazon, por el cual absolutamente todo lo que querés leer en el Kindle pasa por ellos. Hasta tus propios textos. Hay otras marcas que no tienen esa limitación. Claro que entiendo 100% el tema literario ya que decir "un lector de ebooks" no es tan facil ni pegadizo como decir "un kindle".

Para Jorge Barreiro: la versión más barata del kindle cuesta 79 dólares, así que por ese lado no hay más excusas :)
Para Ramón: el kindle sólo precisa conexión a Internet para descargar el libro, pero una vez descargado no hace falta estar conectado a Internet para leerlo, tiene una memoria interna.

Muy buena nota!

Excelente. Comparto plenamente. Aunque el libro de papel me guste como objeto, lo más importante es el contenido, que es lo que define al libro, más allá de los formatos en que se presente.

"...En un kindle los textos pierden esa relación irrenunciable con una forma material que les dio un editor y se transforman en entes un poco más platónicos: más abstractos, más parecidos a su idea. En un kindle el texto deja de ser el objeto que lo rodea y soporta; en un kindle, un texto sólo difiere de los otros en el texto.."

Martin: esto esto es genial!

Saludos!

h.

Bueno, el primer artículo de Caparroz que me parece bueno. Estaré empezando a pensar como el??? ufff, espero que no, por dios.... Siempre te critico, ahora que me gusto lo tengo que decir para ser justo, jeje

Como amo el objeto libro, el libro tradicional de papel y tinta quiero decir, me enfrenté al texto de Caparrós con un buen número de, no sé si llamarlos prejuicios, pero sin duda precauciones, alertas y disposición a encontrar argumentos para refutar sus ideas. Pero después de leer pausadamente su artículo, confieso que me persuadió. No me voy a comprar un kindle por ahora, pero quién sabe si no lo haré cuando cueste menos de 100 dólares.

PD: un posible reparo: con este dispositivo, los libros no pueden prestarse como se prestaban los antiguos, salvo a quienes disponen del kindle. ¿O sí? Y lo primero que se le ocurre a un amante de la lectura es precisamente prestar aquellas obras que lo han marcado.

¿Los dictadores podrán secuestrar y quemar libros bajo el reinado del kindle? ¿O esa tarea también será un asunto del pasado?

¿Ya no será necesario escribir artículos como éste?

http://jorgebarreiro.wordpress.com/2007/10/23/libros/

Adhiero a lo dicho por Caparrós en esta nota. Kindle no sólo permite emular la experiencia de lectura con el libro tradicional sino enriquecerla, y en ese sentido, se omitió aquí mencionar la posibilidad de twittear o mandar a Facebook citas del libro que estás leyendo, habilitando algo así como una lectura colaborativa de los textos. Además, al resaltar fragmentos de texto permite fácilmente guardarlos en un archivo para luego fichar el libro, algo que para los investigadores facilita mucho la tarea. A diferencia de lo que sostiene alguno de los lectores que comentan aquí, sostengo que el libro es el contenido + el soporte, son nociones inseparables, y el soporte de lectura hace a un tipo de lectura determinado, con sus ritos y hábitos singulares. La del Kindle es una experiencia de lectura distinta a la del libro, y también disitinta a la de la pantalla de una netbook, un I-Pad o una Tablet., y todos son medios complementarios, no excluyentes. El Kindle sirve básicamente para leer, y precisamente allí reside su mayor riqueza.

Martín, estoy esperando tus palabras sobre el discurso y asunción de Cristina!

Pamplinas caparros, pamplinas, el modelo de negocios que Amazon eligió para el Kindle apesta... si presto un libro digital comprado en Amazon a algún amigo (que debe tener un kindle) yo no puedo leerlo... Así es Amazon se encargó de quitarle lo bueno del libro digital y convertirlo en un libro "material". O Amazon puede borrar de un "clickazo" todos (o algunos) de los libros que están en mi kindle (como hizo con 1984)... por suerte como bien dice caparros es posible usar el kindle sin tener que seguir la estúpidas reglas de Amazon y uno puede descargarse todos los libros que encuentre por ahí... Por cierto habría que propiciar los libros "abiertos" con licencias tipo Creatve Commons, por ej. Quizá el estado podría "obligar" o "premiar" a un tipo que es docente o científico (y que ya tiene un sueldo pagado por el estado) para que escriba libros que legalmente puedan ser descargados, copiados, prestados, fotocopiados, distribuidos, etc... la misma idea (con matices) se podría aplicar a literatura no científica-técnica...

Prefiero, por su comodidad física, leer un texto en libro que un texto en Internet. Otra cosa es que use Internet para localizar los libros y sus contenidos. Creo que ambas formas se complementan y no se excluyen. De hecho, los libros por Internet representan una biblioteca ambulante y esta es su parte positiva. Otro tema es el derecho de autor en su aspecto económico. A un creador de arte le interesa ante todo la valía artística y después viene lo económico. Creo que en este último asunto sería muy importante una adecuada legislación sobre el derecho de autor y para ello debería someterse a una especie de forum donde miles de lectores pudieran dar una opinión equilibrada que sirva de base al legislador..

un kindle y un libro de papel son tan complementarios, tan distintas formas de lo mismo.
Así lo viví yo luego de la culpa de abandonar ese tocho de papel que tan bien huele, porque la inmersión en kindle es inodora, pero qué buena que es cuando no te permite borrarte e ir a un jueguito o a internet a ver si hay un mail. Es el libro en lo que el libro te puede dar. Lo demás, como decía Hille el sabio, es comentario. Y cerraba "vé y estudia"

No puedo esperar para ver los comentarios de los que critican todo lo que sube Caparrós.
¿Cuanto tardarán en decir que es un vendido a Kindle?
Apuesto que antes del comentario 14.

Saludos para todos los que me están leyendo.

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Sobre el autor

Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957) es escritor y periodista, premios Planeta y Rey de España. Su libro más reciente es Los Living, premio Herralde de Novela 2011.

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