Pamplinas es un intento –insistentemente fracasado– de mirar el mundo desde la Argentina, o la Argentina desde algún otro mundo. Con esa premisa, el autor pensó llamarlo Cháchara, pero le pareció demasiado pretencioso. Desde las pampas argentinas, pues: Pamplinas.
Reglas del juego.
Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957) es escritor y periodista, premios Planeta y Rey de España. Su libro más reciente es Los Living, premio Herralde de Novela 2011.
No fue un accidente. La muerte de cincuenta personas, las heridas de quinientas –cuando un tren de cercanías no pudo frenar y embistió el parachoques de la estación de Once, en el centro de Buenos Aires– fue el efecto esperado de una larga sucesión de causas perdidas. Hubo tiempos en que la red ferroviaria estatal argentina tenía 40.000 kilómetros y 190.000 empleados; era la más extensa de América Latina y era, de algún modo, un esqueleto: el país se había ido estructurando en pueblos que nacieron a lo largo de esas vías.
Un viejo amigo, el ensayista y editor Alejandro Katz, me mandó un texto que intenta una pequeña sociología del kirchnerismo, y que me dio ganas de retomar otra posibilidad de este blog: la publicación –de tanto en tanto– de escritos ajenos para su discusión, su desarrollo. Que dos líneas más arriba diga "por Martín Caparrós" es sólo un problema técnico: forma parte de la plantilla de este blog y me dicen que cambiarlo es muy difícil. Pero esta columna, queda dicho, fue escrita por mi invitado Alejandro Katz. (M.C.)
Salta a la vista: lo mejor que tiene el peronismo kirchnerista es su capacidad para cambiar. O, según matices: para variar, mudar, rectificar, torcer el rumbo, permutar, renovar, innovar, reformular, rehacer, corregir, darse vuelta –y más sinonimia aproximada. Muchos dicen que persistir es de necios: las condiciones cambian, los contextos cambian, las ideas cambian, el cambio cambia, y hay que saber adaptarse y cambiar. G. Marx lo tenía claro, y la mayoría de los políticos actuales, pero hay pocos en esta Argentina que lo hayan entendido mejor que el reducido núcleo kirchnerista.
Ayer el ministro argentino de Defensa, señor Puricelli, dijo en una entrevista radiada que “los ingleses lo que tienen que tener absolutamente seguro es que en territorio argentino los toleramos en Malvinas pero si llegan a venir al territorio argentino cualquier fuerza armada inglesa no tenga la menor duda que nosotros vamos a ejercer nuestro legítimo derecho de defensa y tenemos capacidades y con qué hacerlo”. Lo cito textual -está el audio, ver desde 11'45"- porque parece difícil de creer que un ministro nacional pueda decir algo así. Que hable de la posibilidad imposible de una invasión inglesa a la Argentina -y que diga, además, que en las Malvinas "los toleramos" mientras todo su gobierno está planteando lo intolerable de ese expolio, y así de seguido. Por no hablar de la prosa.
Pero la escalada discursiva malvinista no para y quizás alguien pensó que tal arenga era otra forma de aunar y aupar espíritus patrióticos. Cuando lo comenté, esta mañana, por tuiter, hubo discusiones sobre el patinazo y sobre el papel del ejército nacional. Entonces varias personas me preguntaron si estaba en la red un texto en el que yo planteaba un debate sobre la utilidad del ejército -y la posibilidad de disolverlo. Les dije que no -forma parte de mi libro Argentinismos- pero me dieron ganas de que estuviera. Es éste:
Las declaraciones son confusas, como si cada cual quisiera poder decir alguna vez que no dijo esto sino aquello, no perro sino porro, no marrón sino motocicleta, pero, por ahora, parece que los que resistieron la instalación de la mina a cielo abierto en Famatina consiguieron pararla. Y es una sorpresa: hacía tiempo que en la Argentina no pasaba nada en contra de la voluntad del gobierno. Quizá –con el peligro que tienen las comparaciones– desde que la torpeza kirchnerista creó una alianza inverosímil entre pequeños chacareros y grandes latifundistas para oponerse a las retenciones agrarias. (Aunque las diferencias son notorias: para empezar, en Famatina no había grandes intereses del lado de los que se oponían: solo personas que querían seguir adelante con sus vidas. Y, por lo tanto, su tinte político fue radicalmente distinto.)
Ayer se cumplieron dos años de la muerte de mi amigo Tomás Eloy Martínez. La fundación argentina que lleva su nombre lo recordó con una serie de textos en la web. Uno de ellos era éste, que escribí para él entonces. Cuando lo leí me dieron ganas de colgarlo aquí, totalmente fuera de programa:
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