40 Aniversario
Martín Caparrós

Sobre el autor

Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957) es escritor y periodista, premios Planeta, Herralde, Rey de España. Su libro más reciente es la novela Comí.

Proyecto Hambre (1)

Por: | 26 de marzo de 2012

Estoy lejos de casa –y en un lío. En Dacca, Bangladesh, acabo de empezar el trabajo de campo para un libro que llevo años preparando. Todavía no sé su título pero sé que seguramente incluirá la palabra hambre, porque de eso se trata: una crónica/ensayo sobre uno de los temas más manidos y olvidados de este mundo de olvidos. Y, también: una tentativa de pensar sobre los trucos que nos permiten vivir más o menos tranquilos mientras mil millones de personas pasan hambre, se mueren de hambre. Para intentarlo estoy aquí; para intentarlo voy a seguir en los próximos meses por Asia, África, América Latina. Y a veces este blog mostrará momentos de esa búsqueda: imágenes, fragmentos, confusiones, los apuntes de un trabajo en curso.

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Dacca es la capital de Bangladesh: una ciudad de 15 o 20 millones de habitantes -nadie sabe seguro- adonde cada día llegan miles y miles de inmigrantes campesinos que huyen de las deudas, las inundaciones, el hambre, los rencores. Llegan con la ilusión de la ciudad que va a cambiar sus vidas. Muchos de ellos terminan en los inmensos slums –villas miserias, poblaciones, chabolas, favelas, callampas, cantegriles– que la atraviesan. Kamrangirchar, la más grande de todas, es una isla en el río Buriganga. En 1980 tenía 2.800 habitantes; ahora quizá medio millón. Todos son, por lo tanto, migrantes: personas que lo intentan.

Shahalla (1)

Shahalla dice que está atrapada: que no puede salir a trabajar porque no tiene con quién dejar a sus hijos porque en Dacca no tiene familia porque se vinieron del pueblo después de aquella inundación para ver si en Dacca les iba mejor pero no pasó nada, porque el inútil de su marido –dice “el inútil de mi marido” con un odio que le chispa los ojos– no quiere trabajar como debiera, como los hombres deben: que dice que no puede tirar del rickshaw o cargar ladrillos más de diez horas por día, que le duele todo, que ella no sabe lo duro que es eso, y ella que eso es lo que los hombres hacen y él que ella qué sabe y ella que lo que sabe es que. Y que entonces a veces tienen para comer y a veces no, y los días en que sus hijos la miran con hambre calladitos a veces piensa si matarlo no sería mejor y le parece que no pero no está segura.

–Si me meten presa, quién se va a ocupar de los chicos…

Shahalla tiene 23 años, una nena de siete, un nene de uno, y el nene no camina, no crece, no hace dientes, no hace nada de lo que un nene de un año debería. Y últimamente ya no come.

–Siempre comió el arroz que le daba, pero ahora no quiere.

Para muchos, aquí, comida y arroz es la misma palabra. A veces, una vez por semana, un trozo de verdura, la sopita de lentejas; cada mes, cada dos meses, algún resto de carne o medio huevo. Shahalla tiene rasgos tirantes, los huesos muy marcados, y se siente atrapada, dice: que cayó en una trampa. Pero romper un matrimonio es muy difícil cuando una mujer no tiene ninguna otra opción:

–¿Qué voy a hacer, volver a la casa de mi papá en el pueblo? Él ya tiene muchos hijos que mantener, no consigue darles de comer.

Su marido le quitó casi todo pero le dio, al mismo tiempo, una forma de explicar el mundo:

–Todo el problema es él. Si no fuera por él podríamos comer todos los días.

–Si tu marido fuera muy trabajador, ¿podrías tener una casa grande con un baño y una cocina para vos?

–Sí, claro.

Dice Shahalla, y le pregunto qué le gusta hacer cuando no tiene nada que hacer.

–Bueno, siempre tengo algo que hacer. Hay que limpiar, lavar, cocinar, todo el tiempo ocuparse de los chicos.

–Pero si en algún momento no tenés nada…

–Entonces juego con los chicos.

–¿Y alguna otra cosa?

–¿Qué otra cosa?

A Shahalla sus hijos le importan más que nada, y ahora está preocupada: ella sabía que si no comían la pasaban mal pero creía que si al final comían no pasaba más nada, y una médica de MSF le acaba de decir que no es así, que si sus hijos siguen comiendo mal van a tener muchos problemas cuando crezcan porque van a crecer menos y a aprender menos, dice, y que eso le dolió porque ella tendría que haber hecho otra cosa, dice, ser capaz de darles lo que necesitan, dice, una lágrima sola.

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En Dacca me recibe Médicos sin Fronteras (sección Bélgica), que hace un gran trabajo en su centro de Kamrangirchar tratando la malnutrición crónica en chicos y madres jóvenes. Los MSF ven más de cien pacientes por día, y su principal problema es cómo tratar una enfermedad que sus víctimas no perciben como tal: en general, la malnutrición no mata; matan las enfermedades que un organismo desnutrido no consigue rechazar. O, si no, la malnutrición produce vidas disminuidas: los chicos desnutridos no desarrollan sus cuerpos y sus mentes, se condenan a vivir poquito.

Mohamed (1)

Mohamed Masum llegó de su pueblo hace tres meses, lleno de ilusiones. Mohamed tenía un trozo de tierra que plantaba –arroz, algún platano, algún mango– pero tuvo que dejarlo: desde que se casó, sus hermanos le hacían la vida imposible.

-No sé, no les gustaba Asma, me decían que era pobre, que no tenía dote.

Pero él la había visto en el pueblo, le gustaba, le dijeron que era trabajadora y buena y decidió casarse; al final sus hermanos la aceptaron y todo se tranquilizó. O eso parecía; ahora, con la enfermedad de su padre –cuando todos saben, dice, que su padre se va a morir muy pronto– las peleas por la herencia se pusieron tan brutas que él prefirió vender su parte e irse.

–¿Es una herencia grande?

–Y, sí. Son tres trozos de tierra de cuarenta o cincuenta metros cada uno.

A Mohamed no le importó: hacía tiempo que quería venir a Dacca. Siempre le habían dicho que en la ciudad la vida era otra cosa.

–Yo sabía que la gente que vive acá tiene vidas cómodas, tranquilas, felices, que puede ganar bastante plata.

–¿De dónde lo sacaste?

–Gente que me lo había contado. Y alguna vez lo ví en la televisión, en mi pueblo, en la plaza. Ahí se ve que la gente de Dacca vive bien.

–¿Y seguís pensando lo mismo?

–Claro. Estoy teniendo una vida feliz y próspera, así que me voy a quedar acá.

Acá es su pieza de dos por tres –chapas y palmas– sin ningún mueble: nada. Mohamed es flaco, fibroso, cara de guerrero bengalí: un tigrecillo de Sandokán en el lugar equivocado. Asma tiene una sonrisa amable, plácida. Y alrededor revolotean sus tres chicos, todos en la pieza. Mohamed trabaja pedaleando un rickshaw: un triciclo que lleva uno, dos, cuatro pasajeros.

–¿Qué es lo peor del trabajo del rickshaw?

 –Lo peor es que es muy muy cansador. Es lo más cansador que hice en mi vida.

–¿Cuánto ganás por día?

–Y, según los días. Puede ser 200, puede ser hasta 400 takas.

Que son casi cinco dólares. Le pregunto qué es lo bueno de trabajar un rickshaw.

–Nada. Pero no tengo plata ni conozco a nadie; por ahora es lo único que puedo hacer. Igual yo siempre quise estar en Dacca, así que ahora estar acá me hace sentir feliz. Pero es verdad que en mi pueblo siempre tenía algo para comer. En cambio acá si no puedo trabajar no como. Ahora hace dos días que no me siento bien y no puedo ir a trabajar, ya nos quedamos sin comida. Eso no es tan agradable.

Es la zozobra de buscarse la vida cada día. La ecuación es muy simple: no hay reservas. Si hoy consigue plata, su familia y él comen; si no, no. La famosa seguridad no existe: hay que salir y ver, y puede ser y puede no ser. Y su mujer asiente y después tiene que salir para llevar a un hijo a hacer pis afuera y entonces, en voz baja, como para que no lo oiga, Mohamed dice que a veces se le hace muy pesado, que la responsabilidad es muy pesada, que saber que si él no trae ninguno de los suyos come es muy pesado, que a veces sabés qué.

–No, no sé.

–A veces creo que sería mejor ser una mujer.

Dice y alza las cejas, como si se asustara de sus propias palabras. Nos miramos, yo no sé qué decirle. Asma vuelve con el nene y dice que si estamos hablando de no tener comida deberíamos callarnos, si no nos da vergüenza.

–De esas cosas no se habla. ¿Para qué vamos a hablar? Ya bastante tenemos con lo que nos pasa.

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Unas son chozas de paredes de lata, techo de palma, suelo de tablones desparejos, sostenidas apenas por unas cañas de bambú muy largas enterradas en el pantano tres metros más abajo. Sus habitantes viven, más allá de metáforas malas, en equilibrio tan precario: para salir de sus casillas, para cocinar, para lavarse, caminan por puentecitos hechos de tres o cuatro bambús -y abajo el agua negra, hedionda: el olor de sus vidas.

Otras son como conventillos, solares, inquilinatos degradados: veinte o treinta cuartos precarios amontonados alrededor de un par de patios, unas hornallas y una letrina y una bomba de agua. En cada cuarto hay una cama que lo ocupa todo, sin colchón –una tela sucia sobre tablas–, las paredes de chapa con agujeros grandes como gallinas, trapos colgando, alguna cacerola, un par de ropas rotas. Es difícil tener -haber, poseer, ser propietario de- menos que esto.

 Momtaz (1)

Momtaz está indignada porque ayer tuvo que llevar a un hospital a su hijo de dos años que se había cortado un dedo con un cuchillo y sangraba sin parar, y le pusieron ocho puntos pero cuando se quiso ir no la dejaron porque no tenía con qué pagar el tratamiento. Eran 1000 takas –poco más de 10 dólares– y la retuvieron varias horas, dice, con una mezcla de horror y vergüenza en la cara todavía. No la dejaban salir, estaba como presa, dice, y sus hijos en la casa solos, sin nadie que los cuidara y les cocinara algo, y el arroz a punto de acabarse y esos señores que la tenían como presa. O más bien presa, dice: presa. Fueron horas horribles; al fin una tía consiguió la plata y fue a buscarla. Ahora Momtaz no sabe cómo va a devolverla:

–Con esa plata nosotros comemos diez, quince días. Yo no puedo dejar de comer todo ese tiempo para pagarla.

Dice, y lo dice en un tono monocorde, como sin emoción -que es la emoción más bruta.

–No sé qué hacer, estoy desesperada.

Momtaz estaba sola: su esposo se fue al pueblo hace unos días porque se sentía enfermo y quería descansar: el rickshaw, dijo, lo estaba matando. Le dejó quince kilos de arroz y la promesa de que volvía en unos días, pero el arroz ya se está terminando. Momtaz no se acuerda cuándo fue que se casó ni cuándo vino –con su marido– de su pueblo: Momtaz se acuerda de muy poco, sigue hablando del desastre de ayer, de la deuda, del arroz que se acaba.

–¿Te parece que tu vida va a mejorar?

–No sé. Ya veremos más adelante.

Momtaz es flaca, chiquitita, los ojos como velados, arrugas de otra edad: formas de la tristeza.

–¿Qué podrías hacer para mejorarla?

–No sé, ahora yo no puedo hacer nada para mejorarla. Pero cuando mis hijos sean mayores voy a poder trabajar y ganar un poco más de plata.

Que sus chicos la mantengan cuando crezcan, que ojalá pudieran ir a la escuela, que si consiguieran la plata para los libros podrían mandarlos a la escuela. Los chicos parecen todos parejamente chicos, como si tuvieran una misma edad; en realidad tienen problemas serios de desarrollo por falta de alimentación. Son de esos chicos que no tienen chances: crecerán poco, con la inteligencia probablemente disminuida por esa carencia –y serán, con suerte, mano de obra bruta y muy barata.

–Pero lo que quiero para ellos es que tengan una vida tranquila, que tengan un futuro. No como mi vida, que está llena de miserias, siempre hay algo…

Le pregunto por qué tiene que vivir así, de quién es la culpa; Momtaz me mira como si la pregunta fuera demasiado difícil o brutal o superflua, vaya a saber, y se calla la boca. Un hijo le manotea la cara; Momtaz le aparta la mano, casi violenta. Después habla:

–La culpa es mía.

La culpa es suya, dice, porque tuvo demasiados hijos. Que tendría que haberse controlado, que se lo dijeron tarde, que si hubiera sabido antes, que si hubiera tenido solo dos hijos todo sería distinto; que todo sería distinto, dice, compungida. Que la culpa es suya, dice, insiste.

Hay discursos que son, por decirlo de una manera fina, un gran tarro de mierda.

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Fotos © Martín Caparrós

Continuará

El aborto es

Por: | 15 de marzo de 2012

Infierno3Fue la tapa de todos los diarios: la Corte Suprema de Justicia dictaminó que está mal que no se cumpla una ley de 1921. La ley dice, entre otras cosas, que las mujeres violadas tienen el derecho de abortar, y los médicos públicos el deber de hacérselo. Y que no se necesitan más mediaciones ni consultas ni autorizaciones judiciales. Parece poco, y sin embargo el nuevo jefe de los católicos apostólicos romanos argentinos, José María Arancedo, salió a decir que "debilita mucho la defensa de la vida; el aborto se justifica solamente en una declaración de que la mujer ha sido violada, sin la necesidad de que haya que ver quien ha sido el violador: el violador acá parecería que es inocente". Parece poco, y sin embargo tardará meses en poder aplicarse por cuestiones "burocráticas". Parece poco, y eran tan frecuentes los casos en que el aborto no se hacía por esas reticencias.

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Yo, gorila cipayo zurdito mercenario

Por: | 08 de marzo de 2012

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Hoy voy a escribir sobre algo que no tiene por qué importarle a nadie: yo. Y voy a ser, por una vez, muy franco: no sé qué hacer. Me siento, como pocas veces en mi vida, pegajoso, incómodo, entrampado. Enredado en una situación donde no sé qué hacer.

La síntesis es casi fácil: me veo en medio del fuego que se cruzan los sectores más poderosos del país. Por un lado, los ricos nacionales e importados que siempre disfrutaron la economía de la Argentina; por otro, la máquina peronista setentona –ya va a cumplir setenta años– que controla desde hace tanto su política.

Suelen estar aliados, y todavía mantienen muchas lazos. Pero ahora se ladran porque el peronismo quiere recuperar parte del poder del Estado y algunos de los más ricos están tan mal acostumbrados que no quieren soltar nada –y arguyen, con cierta razón, que ese poder del Estado no se usa como debería.

En cualquier caso los dos bandos –con sus matices y sus diferencias internas, por supuesto– coinciden en querer presentar la realidad como si ellos fueran todo, lo único que hay: a ambos les sirve pretender –tácita, enérgicamente– que sólo se puede discutir entre esas dos formas –no muy distintas– de administrar el capitalismo de mercado. A ambos les conviene postular que todas las posibilidades del presente y el futuro argentinos se reducen a ponerse del lado de Clarín y las cerealeras y ciertos bancos o del lado de Fernández y las mineras y contratistas y otros amigos de lo ajeno. A  ambos les sirve proclamar que si no estás con uno de ellos estás con el otro –de ellos. Mecanismo que llega a la cumbre en el argumento peronistacéntrico de que si uno critica ciertas medidas oficiales está haciendo lo mismo que Morales Solá, Grondona, Spichicucci. Que todos los que están contra mí son la misma mierda es una vieja táctica de cualquier poder: unificar para descalificar en masa. El kirchnerismo, obediente, la aplicó: esa idea de que existe tal cosa como “la oposición” es uno de los logros de su aparato relator. No hay ni tiene por qué haber una; son proyectos muy distintos, y oponerse no debería definirlos. Ya lo quisiera el ínclito gobierno, pero su sombra no es tan larga: no alcanza para hacerme pensar con Alfonsín o Macri o De Narváez o Binner. Yo no quiero estar con unos o con otros –porque no estoy con ninguno de ellos–, y no resulta fácil.

                                                           *                    *                    *

Es cierto que a veces parece que criticara más al gobierno peronista que a los grandes ricos tradicionales y sus pobres representantes políticos. Supongo que hay razones. Por un lado, es el gobierno el que produce la mayor parte de los hechos sobre los que se puede pensar y/o decir algo; pero además no necesito, como otros, sobreactuar la crítica a la corpo o la opo o la derecha en general porque no acabo de empezar a hacerla. Llevo –a diferencia de muchos kirchneristas– años y años en ese menester. De algún modo la doy por sobreentendida: la he dicho tantas veces, y la distancia me parece obvia. Con el gobierno no es lo mismo, porque a menudo dicen cosas que yo podría suscribir; el problema es lo que hacen.

Entonces, a veces, por mis críticas al gobierno, la derecha no presidencial me cree disponible y me ofrece espacios, alianzas que no quiero. No quiero firmar solicitadas con las plumas tradicionales de los grandes diarios, no quiero pedir libertad de prensa para los que nunca la respetaron ni legalidad para los que siempre se la pasaron por el forro, no quiero reclamar garantías jurídicas para los “inversores” ni libertades para los “mercados”. Envidio a quienes saben en qué “valores democráticos” basan sus amonestaciones. No son los míos. Por eso no quiero, siquiera, que mis críticas puedan asimilarse a esos sectores, y no siempre lo consigo. No sé si prefiero el insulto abusivo al aliento de quien creo lejano. Es cierto que en el bando de los que más me pelean tengo muchos amigos y, en principio, más coincidencias que en el de los que a veces me halagan. Hay tardes en que eso me hace preguntarme si estoy equivocado. Me lo pregunto, lo pienso; creo que no.

(Una de las grandes confusiones de estos tiempos confusos, sin metas ni proyectos, es aquello de que los enemigos de mis enemigos son mis amigos; con ese silogismo siniestro algunos nacionalistas argentinos y casi peronistas se sintieron muy cerca de Adolf Hitler; con el mismo, el partido comunista se alió con el embajador americano contra Perón en 1946.)

Me siento, en síntesis, atrapado entre los que hablan de justicia y se dedican a acumular podercito, y los que los atacan en nombre del respeto a las instituciones; los que dicen que quieren un capitalismo en serio en nombre de los que pelearon contra el capitalismo y los que dicen que quieren un capitalismo en serio en nombre de los que inventaron el capitalismo y lo reinventan con cada cierre del mercado.

                                                           *                    *                    *

Pero tampoco debo -ni puedo- hacerme cargo de lecturas, decisiones ajenas. Un tipo me dice en tuiter “sabelo, los que te leen ahora no son los mismos que te leían antes”. Sé que en casos es así y, de algún modo, lo siento: a veces lo siento. Pero no por eso dejo de creer que sucede porque muchos de esos “que me leían antes” se entregaron a –seamos piadosos– los cantos de sirena oficialistas. Claro que me gustaría que me siguieran leyendo; sin duda no me gustaría hacer lo que tendría que hacer para eso: no lo haría.

Como triste consuelo me aparece la idea de que muchos de los que ahora me putean van a decir, en unos años, ah tenías razón –como pasó otras veces, disculpen que lo diga: son esas cosas que uno no debe decir, pero lo creo. Mientras tanto algunos pelandrunes resultamos un grupito –patético– de iluminados de segunda: gente tratando de que más gente se dé cuenta de lo que creemos saber. Que cuando choca un tren o dictan leyes antiterroristas o reprimen a los pobladores de Famatina y Tinogasta decimos ves, yo te lo dije, eso es lo que es este gobierno; que cuando sale en los diarios que la Gendarmería nos espía o que el vicepresidente hace negocios turbios o que la presidenta descalifica a los maestros nos sonreímos pensando y ahora qué van a decir y nos da, dentro de la preocupación, un trocito de gusto culposo. Es una mierda, y es una sensación que ya conozco: ahora todos cuentan los noventas como una larga cruzada unánime, esos tiempos en que estábamos todos unidos contra Menem porque “estar contra Menem era fácil”; se olvidan –intentan olvidar, que es la primera condición de su Memoria– de que éramos muchos menos que todos: los apoyos, los números del peronismo en el poder eran más o menos los mismos que ahora, e incluían, sabemos, a buena parte del aparato gobernante. Supongo que dentro de diez años también la van a contar así. Y no lo digo –espero– por puro delirio: estoy convencido –modestamente convencido, si esto es posible– de que así será. Pero, mientras tanto, es duro.

                                                           *                    *                    *

“Lo bueno que yo le veo a este gobierno es que si lo corren por izquierda, responde”, dijo un comentarista de este blog, y preguntó: “¿Qué posición tomará Caparrós si en el inicio de las sesiones Cristina decide mandar un proyecto de regulación, estatización y nacionalización de la explotación minera? ¿Apoyará la medida, o se quejará porque no se hizo antes?”. “Cristina”, sabemos, no lo hizo, pero la pregunta era buena por pertinente, porque este gobierno suele tomar tarde medidas con las que yo habría estado de acuerdo. Y me gustaría poder contestarla por la positiva: ah, por fin, qué suerte. En cambio tiendo a contestar por la suspicacia: ¿por qué, si durante tantos años hicieron lo contrario, ahora hacen esto? ¿Qué se esconde? Es triste pero puedo, faltaba más, justificarme: enunciar distintos casos en los que medidas que me parecían deseables dieron resultados perfectamente indeseables.

Mi relación con este gobierno peronista puede sintetizarse en muy pocas palabras: tras nueve años de mirarlos de cerca no creo que sean de izquierda, no creo que quieran una sociedad como la que yo querría; creo que están tratando de emprolijar y hacer viable y perpetuar un orden social muy injusto. Y que, para eso, de vez en cuando toman alguna medida con la que estaría de acuerdo sino fuera porque, en general, la desnaturalizan con su práctica. No es mucho más que eso: nada grandioso, nada heroico. Pura viveza criolla. La épica posibilista de este gobierno opositor.

Creo que lo que no soporto es precisamente eso: que digan lo que podría decir pero hagan lo contrario: que desvirtúen malversen malbaraten un discurso con el que querría estar de acuerdo –y que, después de ellos, va a quedar descalificado por unos cuantos años: va a ser muy difícil volver a hablar de cuestiones tales como la redistribución de la riqueza y la igualdad, rebajadas por tanto manoseo.

Pero también sé que, como creo lo que creo, cuando analizo lo que hacen le busco las pulgas –y en general es muy fácil encontrarlas, pero mi actitud me molesta. Es cierto que estoy empeñado en ver la mitad vacía del vaso porque creo que estos señoras y señores no quieren llenarlo. Pero, más allá de mis razones, sé que mi mecanismo es reductor, mecánico, levemente injusto. Me incomoda.

Y encima debo confesar –a mi pesar, en mi contra– que cuando veo a la señora presidenta perorando con su tono cada vez más Su, riendo chistecitos internos, repartiendo ironías mal armadas, extremando la historia personal, hablando de lo linda que era la vista desde su cuarto de sanatorio del Opus Dei o llorando en los momentos indicados, no la soporto. Me irrita más allá de la razón y busco en lo que dice más pulgas, puntos flacos. Me pasa lo mismo que, últimamente, cada vez que andaba por “Palermo Hollywood”: no podía parar de compararlo con ese barrio tranquilo y amable de cuando iba a la escuela República de Cuba, años sesentas; me pasaba el paseo detestándolo y decidí dejar de ir. Pero no puedo dejar de pensar sobre lo que hace el gobierno, y lo sigo haciendo de ese modo molesto.

                                                           *                    *                    *

Me gustaría cambiarlo; no lo logro. Lo cual podría explicar la saña de los ataques kirchneristas. Eso, y que algunos supusieron, por mi historia, que sería de los suyos, y algunos incluso creen que fui kirchnerista y lo dejé; no es así: desde el principio preferí pensar en función del presente y el futuro, no de pasados míticos y relatos dudosos. En cualquier caso, me atacan con denuedo y, a menudo, me tiran con pavadas, a veces incluso por deporte, por costumbre. Ejemplo tonto de un tuit de hace unos días, de una tal selene:  “Me leí todos los diarios. Bardié a caparrós. Boludié en fbk. Me quedan aún 6 horas acá adentro del trabajo :( ”.

Alguna vez he tratado de pensarme como parece que me ven algunos  –más o menos– jóvenes –más o menos– militantes: un viejo garca que supo tener ciertas ideas o ideales, que hasta hizo alguna cosa con ellos pero ahora se entregó, capaz que por la guita, quizá porque todos claudican. Me interesa la imagen: estoy seguro de que yo mismo la debo haber aplicado a varios –aunque no recuerde uno preciso– cuando el joven militante era yo. Y, sin embargo, me veo tan lejos de esa descripción acusatoria.

Pero más lejos todavía me veo de la más frecuente: que escribo lo que escribo por mercenario y por vendido. ¿Vendido a quién? ¿Quién se supone que me paga? Nunca precisan: Magnetto, las corporaciones, la derecha, España –son casi universales. Ya que lo dicen tanto, voy a ser claro: no trabajo para ninguna empresa argentina. Mi único empleo, ahora, es este blog, donde gano mucho menos que lo que ganaba el año pasado por un trabajo semejante en Newsweek, y sólo un poco menos que un cobrador de peaje con cinco años de antigüedad. No tengo más; el resto son mis novelas, mis crónicas.

Nada me habría resultado más rentable que hacerme kirchnerista; me alcanza con ver lo mucho que ganan tantos colegas que lo hicieron. Si hay algo en mi vida que me hizo perder plata fue no apoyar a este gobierno. No sólo plata: mi vida habría sido tanto más agradable si hubiera tenido apoyos, un grupo de pertenencia, ciertas prebendas, menos insultos, la posibilidad de pensar que estaba participando de algo, la chance incluso de creer, algunas noches, que era algo que valía la pena. Si no lo hice –y no lo hago– fue porque realmente no pude –y no puedo–: porque no consigo pensar que estén construyendo una sociedad más parecida a la que yo querría, a la que creo necesaria. Es una lástima –y además me cuesta muy caro.

Por suerte, el epíteto mercenario suele venir acompañado con otro de esos que resucitaron estos últimos años: cipayo. Cipayo es una palabra fuerte, cargada de sentidos, oxidada: más allá del origen, que casi nadie conoce, es una apelación a lo más cerril del nacionalismo. Y si hay algo que me separa definitivamente del peronismo es esa careta patriotera que se ponen cada vez que quieren disimular algo –justo después de entregarle el petróleo a la California en 1952, a la Panamerican en estos años. Pero no porque sea falsa: sólo porque es nacionalista.

(Por no hablar de cuestiones como la que intenté sintetizar en un tuit que decía que lo que no soporto es que me insulten con errores de ortografía: sin la menor altura. O con esa pretensión arrasadora que ejemplifica, por ejemplo, el que me puteó porque escribí la palabra “atónito”. Era, dijo, una marca de mi altanería: usás palabras raras, papá, hablá más fácil. La burricie como política cultural es de una tristeza que recuerda demasiado al libros no –y que, por suerte, no todos los peronistas sostienen.)

                                                           *                    *                    *

Son minucias. Si los insultantes supieran cuan poco me afecta que me digan cipayo o pelotudo y cuánto, en cambio, cuando me contradicen con un argumento que merece una segunda reflexión, harían un esfuercito. Pero lo realmente malo, para mí, es que no sé qué hacer. Estoy en medio de una pelea en que no veo cómo sería ganar: una pelea entre dos grandotes que quieren cosas parecidas, y nada de lo que yo querría. Y la pelea recrudece, las puteadas vuelan, los amigos se enojan, la vida se complica, se nos va: se gastan infinitas energías en chimangos. Lo he dicho muchas veces: no estoy en contra de los enfrentamientos; creo que hay veces en que vale la pena pelearse, enfrentar: cuando algo importante está en juego. Esta vez, insisto, no lo encuentro. El gobierno peronista no va a cambiar nada decisivo en la vida de millones que lo necesitan; un eventual gobierno de su oposición boquipapa menos todavía –y no aparecen alternativas de algún peso. Por eso, tanta pelea por tan poco me parece pura pérdida.

Pero, al mismo tiempo, es lo que hay, la Argentina que toca; por eso no sé qué hacer. Me gustaría poder situarme en ese debate con una causa y pensar que lo que hago contribuye. Me gustaría compartir las convicciones de algunos amigos que te dicen que en sus doscientos años de historia la Argentina nunca cambió tanto y que estamos construyendo un país justo mientras sus jefes se llenan de oro y sus pobres votantes siguen sobreviviendo con un mendrugo universal por hijo; me gustaría aunque más no fuera compartir las de otros que defienden la libertad de expresión de los que se la guardan, las empresas que tienen el suficiente dinero como para imprimir diarios, irradiar radios, televisar programas. O, cuantimenos, pensar con los que dicen que lo que importa es la verdad y siempre buscan el mismo tipo de verdades porque es obvio que, como todos, tienen una ideología que les hace pensar que ciertas verdades valen la pena de ser impresas y otras menos. No por nada, sólo porque les interesan menos.

Una causa. Me gustaría tener una causa precisa, valiosa, valerosa: la causa popular, la causa democrática, la causa nacional, la causa justa. Pero mis causas no encuentran su lugar en el debate y no sé qué hacer y me da el desespero, y más cuando recuerdo que hay tantas personas a las que todo esto –que a algunos nos parece tan central– les importa tres pitos. Entonces me siento todavía más afuera, y no sé qué es peor.

Digo: no sé qué hacer, y es mi problema. Escribir sobre política consiste en dar la impresión de que uno escribe sobre cosas que importan a muchos. Esto, en definitiva, a quién le importa.

(Aunque si usted, mi querido lector, llegó hasta aquí, es porque vio en estas palabras algo familiar, algo que lo interpela, algo que lo preocupa. La seguimos).

La lucha de clases

Por: | 02 de marzo de 2012

FotoEl ritual, triste, se repite: este año, como cada año, llega el principio de las clases y no hay clases. En este caso las escuelas no abrieron o abrieron poco en ocho provincias donde se educan dos tercios de los chicos argentinos: como todos los años. Hace justo tres escribí una columna que decía, también, que “hoy empiezan las clases y no empiezan las clases: para la mayoría de los alumnos argentinos, esta mañana no hay escuela. Los maestros de medio país van a la huelga para pedir un sueldo que ninguno de nosotros, periodistas, por ejemplo, aceptaría ni para empezar. Son sueldos tan elocuentes, tan didácticos: dicen, antes que nada, que a la sociedad argentina la educación le importa tres carajos. O, más preciso: que a la sociedad argentina le importa tres carajos la educación de sus pobres."

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