40 Aniversario
Martín Caparrós

Sobre el autor

Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957) es escritor y periodista, premios Planeta, Herralde, Rey de España. Su libro más reciente es la novela Comí.

Proyecto Hambre (3)

Por: | 23 de abril de 2012

 Un pueblo indio

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Mahmuda, estado de Bihar, uno de los dos o tres más pobres de la India, es un pueblito como otro medio millón de pueblitos del país. Mahmuda está cerca de Biraul, que no es tan lejos de Dharbanga, que está a tres horas de ruta de Patna que, a su vez, queda a unos mil kilómetros de Delhi, Nueva Delhi. Mahmuda tiene un par –si se entiende par en su acepción argenta: una cantidad indefinida que va de más de uno a cuatro o cinco– de miles de habitantes desperdigados en siete u ocho calles que serprentean a su gusto. Las calles son, faltaba más, de tierra. Otros días son de barro; esta mañana son de polvo. No hay cloacas ni agua corriente ni electricidad. Hay moscas y personas, vacas.

En Mahmuda las casas de los ricos –los dueños de las tierras, los que tienen una o dos hectáreas– son de ladrillo y tejas, a medio terminar, como si los atacara la pereza; los menos ricos las hacen de adobe; los pobres, pura caña. A la entrada de cada casa está la vaca –o las vacas o búfalos o bueyes- y el fuentón redondo con su pienso. Detrás hay un patio de tierra con un fogón de cocinar a leña o bosta; al fondo el cuarto para todos. Pero todo es fluído: muchas veces las cosas se mezclan y las vacas duermen en el cuarto, las personas sacan sus camas sin colchón al patio; los chicos están por todas partes.

En Mahmuda hay una docena de negocios pequeños que venden granos y cositas, ocho millones de moscas incesantes, un árbol que vio llegar a todos, muchedumbre de árboles más flacos, polvo en el aire, olores en el aire, pájaros varios en el aire, las vacas, personas que pasan, más personas que pasan llevando leña o bosta o paja sobre la cabeza, más personas que pasan. Los ricos van en moto, los menos ricos van en bicicleta, casi todos a pie; las mujeres usan saris gastados, los hombres las usan. Alrededor hay campos de trigo y de maíz: mujeres los trabajan, y algún hombre perdido; los hombres aran con los bueyes, las mujeres suelen hacer el resto.

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En los porches de las casas con porches hay hombres aburridos que me miran ceñudos pero me piden que les haga fotos. Debo ser el cuarto o quinto blanquito que vieron en sus vidas; soy, en cualquier caso, un acontecimiento. Me siento a escribir en el zócalo de un kiosco y el chico que lo atiende sale corriendo; dos minutos después vuelve con una silla de plástico: no tengo más remedio que sentarme en ella. Después un señor con un gran diente solo me cuenta en hindi una historia larguísima repleta de ademanes, uno muy flaco intenta correr un buey para dejarme paso, una mujer sale corriendo, dos madres jovencitas se tapan con sus velos y bebés; los chicos corren y me gritan. La bosta está por todas partes.

Por todas partes hay montones de bosta, bolas de bosta, discos de bosta, ladrillos de bosta, cilindros de bosta, bosta de todas las formas imaginables –o posibles. Es todo un ciclo productivo y está, por supuesto, en manos de mujeres: recoger hojas en el bosque, armar con ellas unas bolas de dos metros de diámetro, llevárselas en la cabeza para venderlas al dueño de una vaca –o, con suerte, dárselas a la propia. Y después recuperar el resultado de esas hojas: ir recogiendo y amasando la bosta que sirve para aislar las paredes de la choza y, sobre todo, servirá, cuando llegue el monzón y cien por ciento de humedad y las inundaciones, para seguir haciendo fuego: cocinar.

Yo camino, sonrío, esquivo búfalos. Un viejo muy chueco lleva uno. El viejo camina con esfuerzo, un bastón en la mano puro hueso. El chico comerciante, que ahora me acompaña, habla un poco de inglés: le pido que le pregunte al viejo si va a bañar su búfalo. No es mi búfalo, dice el viejo, con cara de extrañeza, y que quiere saber de dónde vengo. Le digo al chico que le diga Argentina; el viejo mira al búfalo. Me pregunta mi edad, se la digo, me dice algo con babu babu –que es un trato de respeto a los ancianos. Le pregunto la suya y dice no sé, menos que eso. Hace un calor de perros pero no se ven perros; solo vacas, personas, unas cabras, moscas.

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En el gran estanque a un costado del pueblo, chicos y chicas y señores y señoras bañan búfalos. Las bestias entran al agua con el mismo gesto desconfiado con que sus amos miran y me miran, pero después se dejan refregar los hocicos con la mano y el lomo con unas hojas secas. Cuando una se va muy lejos, su cuidador la llama en su idioma –que me suena como el graznido de un cuervo acatarrado– y la bestia obedece: nada, vuelve. Es como la parte buena del trabajo: unos minutos de retozo en el agua, zambullidas, charlas.

El pueblo se acaba en unos lotes cultivados, un bosquecito donde pastan vacan; más allá, ya afuera, hay una calle rodeada de chozas realmente cochambrosas. Aquí dalit, me dice mi nuevo cicerone, el comerciante chico: en los pueblos indios los dalit, la casta de los intocables, sigue teniendo que vivir apartada del resto. En estos pueblos del Bihar uno de cada dos chicos tiene alguna forma de desnutrición, crónica o aguda –y la mayoría no consiguió crecer lo que debía por su falta de alimentación. Son bajitos, flacos; no son inteligentes. Son el peor efecto de la capacidad de adaptación del hombre: millones que fueron desarrollando, a lo largo de generaciones, la habilidad de sobrevivir comiendo casi nada.

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Mahmuda es un lugar perdido y es, al mismo tiempo, un ejemplo de miles de otros. Hasta aquí llega, todos los jueves, una clínica móvil de Médicos Sin Fronteras (sección España), basada en Biraul, la cabeza del distrito.

En Biraul, MSF trabaja básicamente contra la malnutrición infantil. Es un equipo de más de setenta personas –seis extranjeros, sesenta y tantos indios– dedicado a intentar nuevas técnicas para combatir la enfermedad más silenciosa, la que la mayoría no reconoce. Más de la mitad de los chicos de la zona no se desarrollan plenos por su causa, y muchos sufren –por su falta de defensas– enfermedades que no tendrían si estuvieran bien alimentados, y algunos mueren por sus complicaciones, pero el trabajo más importante de los MSF consiste en convencer a las madres de que traigan a sus chicos, que no abandonen los tratamientos, que la malnutrición es un problema y que se soluciona.

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Están llenos de buenas intenciones. Los expatriados de Médicos sin Fronteras (sección España) viven en un piso sin terminar –como tantos pisos en la India– con duchas de agua fría, inodoros de agujero y cinco horas de electricidad por día: de seis a once de la noche la reciben de un generador, porque la electricidad de la red es casi inexistente. Con lo cual la heladera no puede funcionar; tampoco hay televisión o cosas de esas. Cada uno tiene un cuarto austero: cama con mosquitero, una o dos sillas, una mesa si acaso, un armario. Casi todos comen y cenan juntos cada día; al mediodía una señora les prepara la comida para mañana y noche. Es una vida decididamente sobria, subrayada por risas y complicaciones, pequeñas peleas, logros, frustraciones. La subraya, en general, una idea –una frase– que siempre tienen cerca de los labios:

–Nuestra primera misión es salvar vidas.

Salvar vidas: en un mundo donde casi nada parece tener sentido cierto, hay actos que no precisan más justificación o explicaciones: salvar vidas.

Sadadi
Cuando Amida empezó a lloriquear como sin ganas, su madre Sadadi no tardó un momento en volver a pensar en su primera hija, Jaya. En realidad, Sadadi siempre piensa en su primera hija. Cuando se murió, un año y medio atrás, poco antes de cumplir dos, Sadadi creyó que iba a poder olvidarla pronto, pero no:

–¿Qué sentías?

–Nada, no sé. Era mi hija, iba a ser mi hija mucho tiempo y de pronto no estaba más.

Sadadi tiene 19 años –cree que tiene 19 años, dice, no sabe seguro– y sus padres la casaron hace cuatro o cinco con un primo hermano.

–¿Y te gustaba?

Sadadi se sonroja, mira hacia abajo, se tapa la cara con su chal, mantiene los brazos muy pegados al cuerpo y hace, estoy seguro, una docena de gestos más que no consigo percibir para mostrar su pudor y su vergüenza. Y no contesta. Entonces le pregunto si estaba contenta de casarse con él.

–¿Contenta? Claro, todo el mundo es feliz en el momento de casarse.

Sadadi aprieta a Amida, le arregla la blusita verde. Amida tiene los ojos pintados con una especie de tizne renegrido. Amida está flaca, y Sadadi dice que a Jaya le pasó lo mismo: que un día empezó a adelgazar, pero que ella no se preocupó. Que habían pasado unos días difíciles, en que casi no conseguían comida, y todos en la familia estaban igual, pensó Sadadi. Sólo que Jaya lloriqueaba bajito, se movía cada vez menos, se apagaba; aquella noche, Sadadi se pasó horas acunándola, dándole agua, calmándola. La nena se murió cuando empezaba a amanecer; Jaya, en hindi, significa victoria.

–¿Alguien tuvo la culpa de que se muriera?

–No, fue todo muy rápido, qué íbamos a hacer.

–¿Y qué dijo tu marido?

–Trató de hacerme entender que son cosas que pasan y que si pasó fue porque Dios quería que pasara… Yo lo entendí pero me quedé tan triste. De verdad no pensé que pudiera estar así de triste.

Sadadi y su marido cremaron a Jaya con muy poca leña y trataron de olvidarla -y un año más tarde nació Amida. Pero en cuanto Amida empezó a bajar de peso, Sadadi corrió a la clínica de Médicos Sin Fronteras. Una vecina le dijo que ayudaban a subir el peso de los chicos, a cuidarlos. Su pueblo no está muy lejos, dice: salieron temprano a la mañana y, caminando, llegaron antes del mediodía. 

–Yo quiero criar a esta nena hasta que sea grande. Yo puedo criar a esta nena bien, que crezca bien, linda, sana.

Dice Sadadi, y que no entiende qué le pasó, que ella siempre le da su arroz o su pan con verduras, por lo menos una vez por día. Que querría darle arroz todos los días pero a veces no puede porque está muy caro; que a veces su marido no consigue ningún trabajo, pero que busca de todo, todo el tiempo: plantar, cosechar, fabricar ladrillos.

–Él busca sus trabajos, trae el dinero a casa, hace todo lo que puede, pobre.

–¿Tienen suficiente comida todos los días?

–No todos los días. A veces tenemos, a veces no.

–¿Por qué?

–Porque a veces no conseguimos plata para comprarla. Muchas veces.

Dice, y me mira con tristeza: hay gente que no entiende lo más simple.

DSC07573Fotos © Martín Caparrós

Continuará... 

Contra la política petrolera

Por: | 16 de abril de 2012

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Qué bueno que Cristina Fernández de Kirchner se haya dado cuenta de lo obvio. La Argentina necesita cierto control sobre la explotación de sus hidrocarburos. Yo lo escribía –entre tantos otros– hace un año en mi libro Argentinismos:

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Un gran relato

Por: | 11 de abril de 2012

CentaurEs un gran relato. La historia de un hombre que ve cómo, ya a punto de llegar a la cima –a cualquier cima, quizá sea mejor para el cuento que no se diga cuál–, empieza a resbalar, y resbalar, y resbalar. Un hombre que sabe que se está cayendo, que perdió –pero que todavía cree, contra toda apariencia, que podrá detener la caída.

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Proyecto Hambre (2)

Por: | 06 de abril de 2012

Calcuta y su madre

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Acabo de pasar dos días por Calcuta, rumbo al estado indio de Bihar: caminos del Proyecto Hambre. Pero Calcuta ya no se llama Calcuta sino Kolkata, porque los indios decidieron independizarse de la cacofonía británica que tanto mal le ha hecho a los nombres del mundo. Sólo porque los ingleses no saben escribir la jota abundan los Khomeiny, Khartum y Khadafi que eran Jadafi, Jartum y Jomeini; porque los ingleses pronuncian la al como una casi ol y la uta como un tipo de ata, Kolkata se pasó tres siglos llamándose Calcutta. Ya no.

Paso, entonces, de paso. Tengo dos días para nada y se me ocurre ir, una mañana, a ver el viejo moritorio de la señorita Madre Teresa de Kolkata, por si acaso también cuidan moribundos desnutridos –y puedo incluirlo en mi trabajo. El moritorio estaba cerrado, abandonado; en la entrada dormían tres vagabundos.

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Me quedé un rato, recordando. Hace 18 años estuve en este lugar. Escribía un libro de viajes por la India, Dios mío, y me impresionó la consistencia de una ideología. El moritorio de la madre Teresa estaba al lado del templo de Khali y servía para morirse –un poco– más tranquilo. La madre Teresa lo había fundado en 1951, cuando un comerciante musulmán le vendió la mansión por muy poco dinero porque la admiraba y dijo que tenía que devolverle a Dios un poco de lo que Dios le había dado –o algo así.

Cuando fui, las paredes estaban pintadas de blanco y había carteles con rezos, vírgenes en estantes, crucifijos y una foto de la madre Teresa con el papa Wojtyla. “Hagamos que la iglesia esté presente en el mundo de hoy”, decía un cartel justo debajo. La sala de los hombres tenía 15 metros de largo por 10 de ancho. En la sala había dos tarimas de material con mosaicos baratos, que ocupaban los dos lados largos: sobre cada tarima, 15 catres, en el suelo, entre ambas, otros 20. Los catres tenían colchonetas celestes, de plástico celeste, y una almohada de tela azul oscuro; sábanas no. Sobre cada catre, un cuerpo flaco esperaba el momento de morirse.

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En esos días, los voluntarios del moritorio recogían en la calle moribundos y los llevaban a sus catres celestes, los limpiaban y disponían para una muerte arregladita.

–Esos de las tarimas están un poco mejor y puede que alguno se salve.

Me dijo entonces Mike, un inglés de 30 con colita, tipo bastante freakie, que se empeñaba en hablarme en mal francés.

–Los de abajo son los que no van a durar; cuanto más cerca de la puerta, peor están.

En la sala del moritorio se oían lamentos pero tampoco tantos. Un chico –quizás fuera un chico, quizás tuviera 13 o 35– casi sin carne sobre los huesos y una bruta herida en la cabeza gritaba Babu, Babu. Richard, grande como dos roperos, rubio, media americana, maneras de cura párroco en Milwaukee, comprensivo pero severo, le daba unos golpecitos en la espalda. Después le llevó un vaso de lata con agua a un viejo que está al lado de la puerta. El viejo estaba inmóvil y la cabeza le colgaba por detrás del catre. Richard se la acomodó y el viejo reptó con esfuerzo para que le colgara otra vez.

–Este está muy mal. Entró ayer y lo llevamos al hospital pero no lo aceptaron.

–¿Por qué?

–Dinero.

–¿Los hospitales no son públicos?

–En los hospitales públicos te dan cama para dentro de cuatro meses. No sirve para nada. Nosotros tenemos una cuota de camas en un hospital privado cristiano, pero ahora las tenemos todas ocupadas, así que cuando fuímos nos dijeron que no. Acá no estamos en América; acá hay gente que se muere porque no hay cómo atenderla.

Richard me contó, aquella vez, sobre uno que había entrado un mes antes con una fractura en la pierna: no lo pudieron atender y se murió de la infección. Y quería seguir con más casos: no era raro, me explicó, que alguien se muriera sin dar mucha pelea.

–No podemos curarlos. No somos médicos. Tenemos un médico que viene dos veces por semana, pero tampoco tenemos equipos ni ciertos remedios. Lo que hacemos es confortarlos, cuidarlos, darles afecto, ofrecerles que se mueran dignamente.

En esos años, la madre Teresa ya era la madre Teresa, famosa en todo el mundo, llena de donaciones y recursos -que no usaba para pagar un buen servicio médico en su sede central.

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Aquella vez terminé mi visita diciendo que “(mientras camino, pienso que) me gustaría poder describir el moritorio de la madre Teresa como el ente más noble y elevado, pero al cabo de un rato empieza a molestarme toda la cuestión: esta idea beata de recoger algunos moribundos por la calle para lograr que se mueran limpitos. Sigue la caminata, y se me agrava la molestia: al rato, me pongo más rojo que en mis tiempos más rojos, y se me ocurre como una obviedad tardía que si quieren hacer algo por esa gente me gustaría que fuera ayudarlos a vivir mejor, no a morirse mejor. Es cierto, por un lado, que para ocuparse tanto de su muerte hay que creer muy fuerte que la muerte es un camino hacia otra parte y entonces, quizás, importe cómo llega, aunque no creo que un catre más y unas costras menos hagan gran diferencia. Pero, además, sigo pensando que tanta bola a la muerte esconde algo y que el moritorio es como una exageración del modelo de la beneficencia clásica católica: esa forma de paliar los efectos más visibles de las guarangadas sociales sin atacar ni un poco las causas de esas guarangadas. De pronto, mientras una cabra y un chico desnudo se muerden las orejas con fruición de hambrientos, me parece que la madre Teresa es una señora de la parroquia del Pilar un poquitito más sufrida, y me da gran cabreo.”

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Y todavía no sabía muchas cosas. Después me enteré de que la señorita Agnes Gonxha Bojaxhiu, también llamada Madre Teresa de Calcuta, era un cuadro belicoso de su santa madre, con un par de ideas fuertes. Entre ellas, la idea de que el sufrimiento de los pobres es un don de Dios: “Hay algo muy bello en ver a los pobres aceptar su suerte, sufrirla como la pasión de Jesucristo–dijo la madre Teresa–. El mundo gana con su sufrimiento”.

Por eso, quizás, la religiosa les pedía a los afectados por el famoso desastre ecológico de la fábrica Union Carbide, en el Bhopal indio, que “olvidaran y perdonaran” en vez de reclamar indemnizaciones. Por eso, quizás, la religiosa fue a Haití en 1981 para recibir la Legión de Honor de manos de Jean–Claude Duvalier –que le donó bastante plata– y explicar que Baby Doc “amaba a los pobres y era adorado por ellos”. Por eso, quizás, la religiosa fue a Tirana a poner una corona de flores en el monumento de Enver Hoxha, el líder stalinista del país más represivo y pobre de Europa. Por eso, quizá, defendió a un banquero americano que le había dado mucha plata antes de ir preso por estafar a cientos de miles de pequeños. Y tantos otros logros semejantes.

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Aquella vez en Calcuta, 1994, tampoco sabía cómo la señorita Agnes usaba el halo de santidad que había sabido conseguir: los santos pueden decir lo que quieran, donde y cuando quieran. Todo está justificada por el halo. Y ella usaba esa bula para llevar adelante su campaña mayor: la lucha contra el aborto y la contracepción. Ya lo había dicho en Estocolmo, 1979, mientras recibía el premio Nobel de la Paz: “El aborto es la principal amenaza para la paz mundial” y después, para no dejar dudas: “La contracepción y el aborto son moralmente equivalentes”.

Y más tarde, ante el Congreso norteamericano que le dio el título muy extraordinario de “ciudadana honoraria”:  “Los pobres pueden no tener nada para comer, pueden no tener una casa donde vivir, pero igual pueden ser grandes personas cuando son espiritualmente ricos. Y el aborto, que sigue muchas veces a la contracepción, lleva a la gente a ser espiritualmente pobre, y esa es la peor pobreza, la más difícil de vencer”, decía la religiosa, y cientos de congresistas, muchos de los cuales no estaban en contra de la contracepción y el aborto, la aplaudían embelesados.

“Yo creo que el mayor destructor de la paz hoy en día es el aborto, porque es una guerra contra el niño, un asesinato del niño inocente. Y si aceptamos que una madre puede asesinar a su propio hijo, ¿cómo podemos decirle a otras gentes que no se maten entre ellos? Nosotros no podemos resolver todos los problemas del mundo, pero no le traigamos el peor problema de todos, que es destruir el amor. Y eso es lo que pasa cuando le decimos a la gente que practique la contracepción y el aborto.”

No era nada nuevo. Las jerarquías católicas lo dicen siempre, pero dicho por ella era mucho más eficaz. Aquella tarde, en Washington, su cardenal James Hickley lo explicó clarito: “Su grito de amor y su defensa de la vida nonata no son frases vacías, porque ella sirve a los que sufren, a los hambrientos y los sedientos...”. Para eso, entre otras cosas, servía la religiosa.

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Aunque cumplía, también, otra función. Hace unos años escribí sobre ella que “todos –los países, los grupos de amigos, los equipos de vóleibol, los grupos de tareas– necesitan tener un bueno: un modelo, un ser impoluto, alguien que les muestre que no todo está perdido todavía. Hay buenos de muchas clases: puede ser un cura compasivo, un salvador de ballenas, un anciano ex-cualquier cosa, un perro, un médico abnegado: en algo hay que creer. En la Argentina, ahora, no tenemos, y por eso se inventaron a Sábato, que no es bueno pero no para de llorar por los males del universo y sus alrededores. El bueno es indispensable, una condición de la existencia. Y el mundo se las arregla para ir buscando buenos, entronizarlos, exprimirlos todo lo posible”, decía y que por eso –pero no sólo por eso– la señorita Agnes ocupaba un lugar extraordinario: la buena universal.

Y lo sigue ocupando. Pese a que algunos intentamos contar un poco de su historia de corrupciones y acomodos, nadie lo escucha: es mejor y más cómodo seguir pensando que era más buena que Lassie. Así les sirve a muchos. Sobre todo porque es útil para reafirmar un par de ideas básicas. Una, que esta vida es el camino hacia la otra, mejor, más cerca del Señor. Por eso no es muy importante lo que nos pase en ésta, sino cómo nos preparamos para la otra: siendo buenos, sumisos, resignados. Por eso el primer emprendimiento de la señorita fue un moritorio, un lugar para morirse más limpito. La señorita Agnes recibió cataratas de premios, donaciones, subvenciones para sus empresas religiosas. Y nunca hizo públicas las cuentas de su empresa pero se sabe, porque lo dijo muchas veces, que fundó unos quinientos conventos en cien países –y nunca puso una clínica en Calcuta.

Pero, decíamos: la idea central que la señorita anduvo vendiendo por el orbe es que el sufrimiento de los pobres es un don del Todopoderoso. Va de nuevo: “Hay algo muy bello en ver a los pobres aceptar su suerte, sufrirla como la pasión de Jesucristo –dijo–. El mundo gana con su sufrimiento”. Ahí está el centro, lo fundamental. Dos mil años de colaboracionismo sintetizados en una sola frase: no está mal: "Hay algo muy bello en ver a los pobres aceptar su suerte". Y al César lo que es suyo, y el hambre que dignifica a los hambrientos. O eso decía la señorita, tan buena como era.

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El moritorio ya no está, y la señorita Agnes ahora va para santa. Todo ha cambiado –muy poco– desde entonces. Nosotros, argentinos. O lo que sea que esto sea.

DSC06952 (1)Fotos © Martín Caparrós

Continuará...

¿Gracias, Lady Thatcher?

Por: | 02 de abril de 2012

Ayer, este diario publicó una nota del señor Carlin titulada Thatcher, la libertadora argentina. Aquí, un homenaje.

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Qué aproximado es el señor Carlin, John Carlin. No sé cómo será su proceso mental; si me interesara, supondría que supone –luego escribe. En este caso, por ejemplo, para llenar de inexactitudes menores su nota boba –"Thatcher, la libertadora argentina"– sobre por qué “la Dama de Hierro merece ser considerada en Argentina como la gran libertadora del siglo XX”. O sea: sobre la “deuda de gratitud” que los argentinos tendríamos con la señora ahora barona por haber contestado el ataque de nuestros dictadores en las Malvinas y haber, por lo tanto, propiciado su caída. Si es chiste, es muy viejo; si es argumento, se deshace solo: sería la misma deuda que los americanos, por ejemplo, deberían a Adolf Hitler por haber destruido Europa, permitiéndoles enviar su plan Marshall, crear la Otan y afirmar su dominio de Occidente. O sus compatriotas británicos a aquellos rebeldes indios que, en 1857, se sublevaron, mataron a miles de colonos y provocaron que, tras vencerlos, la reina Victoria se quedara definitivamente con la India.

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El País

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