40 Aniversario
Martín Caparrós

Sobre el autor

Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957) es escritor y periodista, premios Planeta, Herralde, Rey de España. Su libro más reciente es la novela Comí.

Una revuelta

Por: | 23 de junio de 2012

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Una mala combinación de aviones, tres días en El Cairo. De la ventana de mi hotel –no es un azar– veo la plaza Tahrir, la historia seis pisos más abajo.

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El periodista es uno que dice que sabe. Yo, hoy, soy un pasante o un paseante o un pasado que está en el medio del medio de las cosas y no se entera de un bonete. Cuando quiero saber, me meto en internet y leo las noticias. Saber es que te cuente otro: uno que dice que sí sabe –y que, para saber, habla con generales y visires, colegas y empresarios, gente de posibles.

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En Egipto en verano en la tarde el calor es exceso: las manifestaciones se animan cuando el sol se pone. Durante el día, en los alrededores de la plaza, manifestantes duermen, esperando que todo recomience. La manifestación es, más bien, el eterno retorno de lo que está dormido.

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Pero esto no es una manifestación; es un espacio –donde mucho pasa al mismo tiempo. Hay actos aquí y allá, con oradores y consignas muy variadas; hay personas que duermen, personas que rezan o leen el Corán, personas que discuten, personas que compran un pantalón o un patito de plástico, personas que los venden, personas que se preguntan e incluso se contestan, personas que bailan, personas que comen o que beben. No hay alcohol porque la mayoría es musulmana, hay cierto orden, hay el calor estrepitoso, hay mucha mugre, hay miles que caminan sin parar. En realidad, muy pocos están quietos: evolucionan, mueven.

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En la plaza hay cafés –tés– improvisados con  mesas y sus sillas, hay charcos como esteros, hay motos, hay banderas, hay cámaras de tevé pero no tantas, hay chicos pero pocos mujeres pero pocas, hay cabreo, hay amabilidad, no parece haber miedo. Hay –creo que hay– alguna forma del arrojo. Hay la resolución. Hay hombres grandes.

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Aquí en Egipto, dicen, hace poco menos de cuatro mil años, una revolución popular pidió la vida eterna para todos –y no sólo para reyes y un par de sacerdotes. Es probable que, entonces, ni siquiera le dijeran revolución sino alguna otra cosa: revelación, invento. Después vinieron las revoluciones. Pero algunas palabras se degradan: aquí solo fue el final del régimen de un militar, Mubarak, sin cambiar mucho más. De hecho, un año y medio después, en esta plaza, el poder se juega entre los comilitones de Mubarak y sus Hermanos Musulmanes. O eso dicen, por lo menos, los que saben.

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Las canciones no son largas ni tienen buena música. Son, más bien, frases sucintas concentradas, viejo canto tribal donde uno dice y los otros, sin perder el ritmo, le contestan. Pero hay algo en el idioma de los árabes que les da una fuerza que hacía mucho tiempo no escuchaba. No hay juego; ofensa pura. No hay mejor ataque que un buen ataque –decía el general, que siempre hablaba en general, porque sabía.

Los Cantos de Tahrir

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 Y yo peleo contra mi natural tendencia –¿mi natural tendencia?– a pensar que mucha gente en la calle ardiendo decidida siempre es bueno, cuando los veo arrodillarse y golpear las cabezas contra el suelo: hombres orando, miles de hombres orando, humillándose al dios y al fondo, afuera, sus mujeres –de negro hasta las bolas.

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Pero limpitos. Para quebrarse a un dios es necesario estar limpito: la pureza –la aspiración inútil– es homenaje que un hombre le hace a aquello que no entiende. La revuelta, a lo que entiende demasiado.

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Y unas cuadras más allá –no muchas cuadras más allá– el camarero que me trae la pipa me habla de Maradona por supuesto y las tiendas de zapatos rebosan de zapatos y de pies y de medias y los taxis te quieren y los gatos te huyen y la peluquera se desmelena quejándose de esa clienta que ayer mismo. En todo el resto todo sigue, y en la plaza todo se detiene –o viceversa. El choque debe estar ahí, si en algún sitio.

DSC00267fotos: ©MartínCaparrós

La importancia de llamarse blue

Por: | 15 de junio de 2012

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La idea de llamar a un dolar blue fue algo parecido a una genialidad. O, por lo menos, una buena avivada –que es lo que últimamente se llama genio en la Argentina. Pero algo tuvo. Si se trataba de disimular el negro del mercado negro podrían haberle puesto azul –o violeta o mostaza o bermellón con pintas– pero no: fue blue, su sonido suave, soñador, su prestigio berreta meidinusa. Blue nos llena de añoranzas; para agregarle matices tenemos la blue hour, cuando todo empieza a terminarse, y el valor de blue como tristeza o más bien melancolía, y los blues y su rythm, y tantas otras cosas que el dinero no puede comprar.

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¿El día de lo qué?

Por: | 07 de junio de 2012

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Celebramos. Hoy es 7 de junio y dicen, entonces, que en la Argentina es el día del Periodista –y ponen periodista con mayúscula. Me encanta que sigamos teniendo días para cada cosa: una supervivencia de tiempos medievales y cristianos en que el calendario venía ritmado por distintos santos que representaban cada cual su asunto. Medievales y cristianos, entonces, hoy nos celebramos. ¿A santo de qué?

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