Lo escuchaba, con ese acento de una Argentina que pasó y no ha sido, con esos titubeos farabutes, con ese genio tan orgulloso y tan disimulado, y me apenaba. Ya sé que no tiene sentido, que es pura melancolía personal: extrañaba aquellas ilusiones de grandeza que algo justificaba, extrañaba lo que nunca existió pero creía, extrañaba ese país que -quizás- habría podido; ése que, entre otras cosas, supo dar grandes escritores, no los mediocres que ahora lo contamos.
Extrañaba, escuchando al maestro –que, de pronto, es el extraño más cercano. Extrañaba: podríamos haberlo hecho, pero no lo hicimos.
La nostalgia no mejora nada.