Ay patria mía, dijo –dicen– el pobre Belgrano cuando se moría, envenenado de tristeza porque en esa patria solo había peleas. Y unos años antes Moreno, envenenado de veneno por los
jefes de esa misma patria, musitó algo parecido. Corría marzo de 1811, en alta mar, y el pobre Moreno fue el primero: el primer argentino o casi argentino de cierto
peso que murió y, claro, el primero que murió envenenado por la patria que
recién aparecía, que empezaba a ser capaz de envenenar. Desde entonces, es lo
que nos sucede.