Como cada vez que vuelvo a Nueva York,
estoy shockeado. No es la envidia por la atracción extraña de esta ciudad tan desgarbada
y seductora; no es el despecho por el desdén con que te mira –no te mira–; no
es el cabreo por el despliegue de poder –de distintas formas del poder– que
brilla en sus esquinas; no es la mufa por los precios en dólares
azules; no es siquiera la amenaza de ese debate de ayer en el que dos dueños del mundo discutían cómo debían usar sus tropas para seguir siéndolo; es, como siempre, el terror por la proliferación incontenible de los descomunales.