Chicago, la semana pasada. En una sopa popular para
americanos hambrientos –hay muchas, hay muchos más que lo que uno imagina–, un
hombre negro flaco arruinado sesentón lleva una camiseta con la cara de Obama muy grande
en blanco y negro. Yo le pregunto si lo va a votar:
–¿Yo? ¿Por qué?
–Por la camiseta.
–Ah. Me la dieron y la uso.