Sonaban
los abrazos. En el lobby del Hilton de Guadalajara los abrazos eran tambores y
rituales: los abrazos mexicanos son un baile difícil. Me llevó años pero lo
aprendí: primero hay que decir fulanito qué gusto y estrecharle la mano como
para romperla; enseguida –sin solución de continuidad, como en un solo
movimiento–, hay que acercar el propio flanco derecho –costalar y sobaco, más
que nada– al flanco derecho del coautor, en un gesto que podría ser algo así
como un encuentro donde los frentes de los cuerpos evitaran recelosos el
contacto; y, por fin, diligente, el paso atrás y de nuevo el estrechón de
manos. Todo con grandes gritos de hombre qué gusto qué bueno verte cómo estás
qué gusto, y las palmadas: lo que más suena son sin duda las palmadas.