Martín Caparrós

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Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957) es escritor y periodista, premios Planeta y Rey de España. Su libro más reciente es Los Living, premio Herralde de Novela 2011.

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junio 2013

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La democracia encuestadora

Por: | 16 de junio de 2013

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No lo entiendo ni lo quiero entender: revindico mi derecho a no entenderlo. Estos días, las tapas de los diarios están llenas de recursos, apelaciones y per saltum –o quien sabe per salti– que deberían definir si hay o no hay elección de consejeros magistrales, o algo así. Movidas que se suceden en oficinas siempre de otros, en mentes de otros, en letras de otros, en un terreno sustraído: en una autonomía casi perfecta. Dimes, diretes, direles en que no logro interesarme ni este poco. Es como si se fueran: como si fueran yéndose y uno los viera cada vez más lejos, más chiquitos.

El efecto no es nuevo, por supuesto, pero con la pelea por el poder judicial alcanzó nuevas cumbres. La reforma –y sus trámites– muestra a la política en el lugar en que nunca debería estar y está tan a menudo: lejísimos de cualquier comprensión general, un barro de triquiñuelas leguleyas.

Y enfrente la barbarie de los hechos. El policía que asesina al hincha de Lanús, la muerte confusa de la chiquita Ángeles, el repetido “accidente” del Sarmiento. La distancia entre la clase política y las demás se ahonda con esa diferencia: por un lado triquiñuelas y engañitos, por otro la violencia que irrumpe por los agujeros que el Estado deja por todas partes.

Pocas veces como en estas semanas ha sido tan evidente la función principal del kirchnerato: retrasar –por ahora por diez años– la renovación de las formas de hacer política en la Argentina. O, dicho de otra manera: mantener las viejas formas de hacer política argentina. En síntesis: la democracia encuestadora.

La democracia encuestadora es este régimen en el que vivimos desde hace un par de décadas, donde los que conducen el Estado y los que aspiran –a conducirlo– tienen como guía y único principio lo que les dicen las encuestas, porque no tienen más ideología que mantener el poder para ellos y el mercado para sus mandantes.

La política solía consistir en grupos de personas –los llamados partidos– que se unían porque tenían una idea común sobre cómo debería ser la sociedad en que vivían y vivirían. Entonces se organizaban para tratar de convencer a muchos más de que esa forma era mejor y, por los medios que imaginaban convenientes –elecciones, insurrecciones, guerras–, buscaban concretar esas ideas.

La democracia encuestadora consiste en personas –seguidas servilmente por un grupo– que no tienen más proyecto, más propuestas que la de acceder o mantenerse en el poder y, para eso, suponen que lo mejor es averiguar, por medio de encuestas, qué piensan los electores y adaptarse a eso. Su actividad principal –marketineros viejos– consiste en leer encuestas y decir lo que esas encuestas les dicen que sus clientes esperan escuchar. Un círculo vicioso: los encuestadores preguntan a los encuestados lo que creen que sus clientes quieren escuchar, los encuestados responden según las categorías que les ofrecen los encuestadores y confirman sus pre-juicios, los clientes reciben un relato que ya imaginaban con cifras que los confirman o preocupan.

El sistema es curioso: los mismos que lamentan el peso de los medios son los que le dan entidad a ese peso. Los medios crean, por supuesto, ciertos estados generales. El miedo a la inseguridad –más allá de las realidades de la inseguridad– es un ejemplo claro. Pero la forma en que esos estados, esos miedos, se convierten en políticas es a través de las encuestas: cuando los políticos de la democracia encuestadora no proponen proyectos a largo plazo sino parches a aquellas cosas que la famosa opinión pública, efecto de los medios, les dice a sus sociólogos.

Ese modelo –que incluye incapacidad, codicia, corrupción, cinismo a toda prueba– ya estaba agotado en 2001 y estalló. Millones de argentinos se desengañaron entonces de políticos que no tenían ideas confiables, que prometían una cosa y hacían otra, que solo se representaban a sí mismos y a sus amigos ricos. Los Kirchner lo entendieron: habían sido neoliberales durante diez años, pero las encuestas ya decían otra cosa. En medio del caos, hablaban de la necesidad de un Estado que se hiciera cargo de ciertas cosas, y ellos lo vieron y asumieron y proclamaron el fin de esa forma de hacer política.

Los Kirchner se dedicaron a responder al reclamo de las encuestas de la época: decir que la democracia encuestadora había dejado paso a una política llena de principios. Proclamaron que nunca dejarían sus –nuevas– convicciones, que tenían una línea irrenunciable –y renunciaron todo el tiempo. A lo largo de estos diez años cambiaron sin cesar de aliados, de políticas económicas y sociales, de actitud frente a los medios, la justicia, las relaciones internacionales y todo lo demás. Pero siempre vocinglando que era por convicciones y principios.

Con lo cual produjeron un país trabado, enfurruñado, plagado de reyertas y querellas, sin dirección visible, y abrieron las puertas al regreso de la democracia encuestadora clásica –que ahora pasa por razón, por sensatez, por “escuchar a la ciudadanía”. Ya están aquí. Son la versión actual de la gran Menem, de la gran Kirchner, del nudo peronista: el poder por el poder, el político como veleta sin gallito.

La gran esperanza blanca de esta semana y media, mi edil Sergio Massa –un intendente atento y entusiasta–, es el mejor ejemplo. Nunca enunció cuál es su proyecto, cuáles sus propuestas, cuáles los objetivos que lo harían participar en la política nacional: solo habla y deja hablar todo el tiempo sobre si le conviene presentarse ahora a diputado o mejor guardarse en su escritorio o peor esperar un año o dos si total tiene tiempo o contra el kirchnerismo pero un poco a favor o a favor pero un poquito en contra: qué le conviene para quedar más cerca del poder. Todavía hoy dicen los diarios que está esperando una encuesta más para saber si “juega” o “no juega”: son, lejísimos de la política, puras especulaciones sobre qué debe hacer para “medir” mejor. Hace mucho que nadie mostraba tan claro que su razón para pelear por el poder es conseguir el poder. Y, enfrente, el as de bastos bis de la democracia encuestadora: Scioli es otro que nunca dijo si iba o si venía, menemista antimenemista, kirchnerista antikirchnerista, atentísimo a encuestas y otras definiciones de la indefinición, sonrisa odol pregunta sin respuestas.

Compiten con su igual: Scioli y Massa son la misma cara de la misma moneda que no parece tener ceca. No imaginan, no proponen, no convencen: se dejan llevar por la corriente –y la corriente es tan generosa, y este país tan seco, que puede que lleguen a mandarnos.

Entonces, supongo, habrá que decidirse a preguntarles para qué. O seguir viviendo en la dictaboba de la encuesta. ¿Y usted, señor, qué piensa? ¿Muy bueno, bueno, regular, malo? 

O, quizás, habrá que decidirse a hablar de lo que nadie nos pregunta.

Jugar

Por: | 09 de junio de 2013

1319291-casinoTodos lo conocimos de chiquitos:

–Má, ¿cuándo me puedo ir a jugar?

No hay verbo más asociado a la idea de niñez: jugar es, se supone, lo propio de los chicos. Los niños juegan y juegan y juegan, van de paseo, van a la escuela… –canturrean los filósofos contemporáneos.

O, si no, el juego es aquello que antaño era anatema y hogaño pulula por doquier, oh tempora. ¿Quién recuerda que nuestros mayores, cuando eran timberos, debían viajar a Mar del Plata si querían reventarse unas fichas o llamar a un delincuente si preferían perder a la quiniela? Ahora el juego está por todas partes: no hay pueblo sin bingo ni tarde sin sorteo, y los “grandes capitalistas del juego” –que era un lugar común para decir mafioso– son amigos de las presidentas.

Y además están los juegos de mesa y los juegos de living y los juegos de jardín y los juegos de la plaza y los juegos de palabras y los juegos de sociedad y los juegos de manos y los juegos peligrosos y los juegos de niños y los juegos eróticos –y sus jugadores que nadie llama jugadores, aunque quien sabe juguetones.

Jugadores son otros: jugamos a la pelota antes de jugar al fútbol, pero por algún pudor o razón sin duda estrambótica nunca caímos en la trampa mexicana de hablar, un suponer, de “un juego de futbol” –acentuando la o.

Las palabras cambian, sus sentidos se vuelven resentidos. El jugador fue un relato de Dostoievsky sobre un ludópata, pero es mucho más probable que, aquí y ahora, quien escuche la palabra piense en el 6 de Chacarita, el 9 del tambaleante Independiente –a punto de salir a la cancha para ese partido que todos querríamos jugar.

Y siempre habrá quien te diga que esto no es un juego: el juego es, por definición, lo contrario de las cosas serias –y como tal, dicen las psicólogas, es algo muy serio. Por eso si alguien dice me la juego puede terminar jugado y sin fichas, fuera de juego, ya sin dar más juego.

El juego está por todas partes. Hay de todo y es bueno que lo haya y yo no quiero ponerme prejuicioso antipolítico ni prejuicioso antiargentino ni prejuicioso a secas, pero ¿a nadie más le parece un poco obsceno que lo que hace un político cuando se presenta a elecciones ahora se llame “jugar”? Digo: ¿ya ni siquiera van a disimular un poco?

No sé quién lo habrá dicho por primera vez. Sé que en estos días, de pronto y de repente, todos los que quieren posar de que están en el ajo –plumíferos diversos, vendedores de humo y falsas influencias, diputados con el voto alquilado– lo repiten como si eso les diera alguna chapa: como si los hiciera socios de algún club. Es del mismo orden de patetismo que cuando llaman a los poderosos por su nombre de pila o dicen Malvinas sin artículo. Pero en este caso es casi peor: una mala jugada.

–Yo te digo que juega.

–Che, no juegues conmigo.

–Juega, juega.

Lo usan sobre todo para hablar de Massa, y es casi lógico: de mi intendente se sabe que quiere presentarse, no para qué quiere presentarse. Si va a estar a favor de esto, en contra de esto mismo, aliado con mengano, peleado con mengano. Pero va a jugar. O no va a jugar. Es el jueguito del momento.

–¿Qué te jugás que juega, Cacho?

–¿A qué jugás, hermano? Si a vos te falta un jugador...

Los políticos juegan: hacen como si, agarran soldaditos y muñecas y simulan que son mamá o el superhéroe.

Los políticos juegan: se ponen una camiseta, salen a la cancha. El año próximo se pondrán otra, saldrán con otro equipo.

Los políticos juegan: amarrocaron un pequeño capital de reconocimiento y se lo ponen a una ficha a ver si de casualidad les cae la bola del 22 por ciento.

Los políticos juegan: habría que explicarles la diferencia entre un juego y un juguete. O jugarles una mala pasada, un juego sucio. O jugarles a las escondidas. O juguetear con ellos, sacarlos del juego.

Los políticos juegan: abajo el gato maula, vamos los míseros ratones. 

Dios en el puticlub

Por: | 03 de junio de 2013

Porno_cristianoHace unos días cerraron una rara institución rosarina. La Rosa era un cabarute muy canalla, un centro de la blasfemia mezclada con carne de mujer en venta, un espacio donde la obscenidad y el ateísmo se daban la mano –y no solo la mano– para hacerte pensar con todas las cabezas. 
Debía llevar años siendo ilegal, siendo ofensivo: no creo que su dueño, Juan Cabrera, haya pensado nunca en no ser ilegal u ofensivo. Pero ahora alguien decidió que había que cerrarlo, como el capitán francés en Casablanca de pronto descubre que en el café de Ricky se juega -después de ganar un par de fichas por noche durante meses, años.
Habrá sido, quizás, otra hazaña de ese cruce de dos palabras que no fueron hechas para juntarse -corrección y política- o de esas dos que que siempre vinieron de la mano -política y dinero- o de esas que siempre fueron una mano -política y religión, y más ahora que tenemos papa. 
Cuando recorrí parte de la Argentina para hacer El Interior estuve allí y lo celebré por escrito: hoy, en la caída, quiero recordarlo.

 

La viudita tiene las carnes blancas, sus tetas muy pecosas, gordetas, rechonchonas, y un par de tules en el cuerpo: llora sobre un cajón. La viudita solloza, va perdiendo los tules en el baile; ahora le queda uno, alrededor de la cintura, y el resto es pura piel adolescente. La viudita se cabalga el cajón, caballo de madera, y se frota contra el cristo de bronce. Ya perdió todo tul; se arquea, llora, lame con mucha lengua la madera, el cristo. La viudita desnuda abre el cajón; adentro hay un cadáver improbable, bien desnudo. La viudita besa la carne muerta, la relame, la revive: viudita y muerta se chupan sobre el ataúd, se contonean. Desde aquí abajo doscientos hombres las miramos, y algunos se miran entre ellos, nerviosos, se sonríen. Es raro calentarse con la muerte.
–Muchachos, qué hacen con la boca tan cerrada. Estamos en Rosario, la sede del Congreso Internacional de la Lengua. Vamos, muchachos, esas lenguas. 
Grita el locutor y suena un blues, las luces de colores. La viuda y el cadáver se sorben a morir, se frotan, se maman, se menean. Después todo se acaba: la muerta vuelve al cajón, la viuda al llanto. Abajo, acá, hombres se tocan o se miran. Hay humo, mucho humo.

La esperanza es una mierda 
dice
que solamente te alarga el sufrimiento:
que la esperanza es una mierda porque solamente sirve para alargarte el sufrimiento
que la esperanza es una debilidad
decadente
dice y me dice que lo dijo
Nietzsche y que Nietzsche ese alemán hijo de puta
le abrió la cabeza se la dio vuelta como un guante y que quizá
por eso le gusta esta cuestión
de saber que hay muchos que le tienen
un poquito de miedo
que muchos lo respetan que algunos
hasta lo envidian:
el poder.
Eso se llama poder
me dice Juan Cabrera
con la sonrisa casi tímida.

Juan Cabrera tiene cincuenta años una remera negra 
la cara india y se hace llamar el Indio Blanco porque su madre
era una toba que una familia rica de Rosario se trajo para que le limpiara las ollas y la mugre y su papá
el hijo de una puta y un cliente y él
me dice
está signado por las putas y la muerte.
Signado
dice
perseguido por las putas y la muerte y que
choreó
que alguna vez choreó que se cogió
señores que cirujeó que revoleó ladrillos que vendió helados churros mercaderías
variadas y que siempre le gustó la mano izquierda: lo que sabe
conseguir la mano izquierda pero siempre fue pobre
dice: pobre por antonomasia aunque instruido
dice y cita a walter benjamin fromm marcuse pappo napolitano el apóstol san pablo el comisario de la vuelta al fin y al cabo
lo suyo son las casas y
las citas y sobre todo Nietzsche pero siempre
dice: siempre
insiste: siempre
fui muy pobre
dice
hasta que mi hijo se mató
y entonces sí no me importó más nada.
Pero nada. ¿Vos sabés cómo es
cuando te da lo mismo todo cuando todo
es igual cuando sabés
que si estás vivo es de cagón
que es porque no tenés
los huevos para volarte el cráneo?
¿Vos sabés cómo es? Yo no sabía
pero ahora sé
y sé
que es una mierda pero también me gusta:
me gusta esta sensación de que me cago en todo
que todo
me resbala que puede que no sea
el superhombre pero tampoco soy un hombre
dice
Juan Cabrera
tintineando en sus muñecas sus pulseras.  

Juan Cabrera tiene los pelos largos negros canos sus pulseras
sus anillos de plata la camiseta
negra la sonrisa:
cuando ya no me importó más nada entonces sí
ahí sí que me empecé a llenar de plata
con las chicas.
Juan Cabrera tiene extraños negocios con las chicas
negocios tan comunes con las chicas
tiene chicas
negocios
chicas
comunes
negocios
tan comunes
Juan Cabrera
                   no fuma no bebe no consume
merca toma mate cocido está
en la noche
dice pero no es de la noche
está en la noche
que no es lo mismo ser y estar yo no te voy a contar a vos de ontología
dice:
porque en la noche está la guita
fácil y también
te diría
me dice
ese poder ese
gustito: ahí
en la noche.

–Si yo tengo un boliche como éste es para lastimar. Yo acá tengo que lastimar. Si no, pongo un kiosco. Si yo estoy acá es para abrirles las cabezas a martillazos a todos estos: como Nietzsche, viste.
Me dice ahora Cabrera, en la barra de su cabaret La Rosa, mientras suena muy fuerte un rocanrol de los Redondos.
–¿Y sabés qué? Es verdad que yo estoy lleno de odio, de resentimiento. Yo siempre quise vengarme por la mala vida que tuve. Y ahora me siento un hombre fuerte, un hombre que todos quieren ser amigos míos. También por eso no quiero salirme de este mundo. Yo afuera puedo ser vulnerable, y no quiero ser vulnerable nunca más.

La barra tiene un mostrador de vidrio; bajo el vidrio hay calaveras, arañas pollito, víboras de cascabel, más calaveras, viudas negras.

Sobre la barra hay un cartel: Podés entrar a mi casa, cogerte a mis mujeres, beber los mejores tragos, escuchar el mejor rock&roll y podés ser un poco más feliz. Epístola de Juan. Alrededor somos doscientos hombres exaltados –o más o menos exaltados: tremendo olor a bolas y chicas en los caños. El caño de bailar chicas, en La Rosa, está pero no se usa demasiado. El caño viene de las películas hollywood clase J: el modelo es, sin duda, americano; la deformidad, por suerte, toda nuestra. Así se hizo la patria: patinando sobre modelos que llegaban en barcos, libros, variados contrabandos.
–Mirá, loco, ésta tiene tetas de verdad. Mirá, tocá, tocá.
–Pará, che, preguntale a la señorita si se puede.
–¿Y por qué no, boludo?
También hay chicas y casi chicas que circulan entre el público, buscando algún conchabo. Las chicas toman cerveza con pajita para no despeinarse, los chicos hechos chicas se miran mucho en el espejo, Yoli me habla de papá –y se refiere a Juan, y me dice que el numerito de la leche también fue una idea suya. Yoli me cuenta orgullosa la historia de su lluvia de leche:
–Como yo estaba amamantando, a Juan se le ocurrió hacerme tirar leche de las tetas. No sabés cómo me saltaba, regaba a todo el mundo, había clientes que se volvían locos por un poco de leche, no sabés, me abrían la boquita así y yo les daba de tomar, hubieras visto.
Dice Yoli y que le dijeron que nunca nadie lo había hecho, que ella es la única, que ahora no puede porque su nena ya cumplió dos años pero que ella lo hizo y fue la única.

–¿Sabés que me gusta a mí de este tipo de lugares, de los quilombos? Es el lugar donde los tipos van a ser como son, se sacan todas las caretas, hacen realmente lo que quieren, lo que siempre están disimulando. Y al mismo tiempo cuando pagan por sexo están comprando mentiras. Pero los tipos vivimos de consumir mentiras. A mí me gusta que me mientan, la vida se te hace más fácil. Y la puta te hace sentir especial, es muy loco, hay algo ahí, por eso yo las quiero y me gusta vivir cerca de ellas.
Me dice Juan Cabrera.

En los reservados del salón un par de señores ya calvitos toquetean a chicas o chicos hechas chicas; en el escenario sigue sigue sigue el baile: Creedence Clearwater y una negra que mueve cada centímetro de carne.
–Hagan algo para excitar a la mina.
Grita el locutor.
–¿Qué les pasa? ¿Son impotentes?
El negro objeto de deseo debe tener dieciocho, diecinueve y un cuerpo bastante extraordinario; ningún pelo velándolo.
–Andá, boludo, cogetelá.
–No, debe costar una fortuna.
Una vez más, el principio de realidad derrota a Nietzsche.

–Ay, nena, si fueras mi mamá nunca necesitaría el chupete.
–Si yo fuera tu mamá vos serías un flor de hijo de puta.

Sobre el escenario, una rubia muy falsa con tetas muy muy falsas se echa champán módicamente falso sobre la espalda para que algún cliente se lo beba en su culo verdadero. Desde abajo –siempre desde abajo– dos o tres hombres alargan los cuellos y las lenguas para lamer las nalgas transpiradas.
–Y el hecho de que todas estas chicas trabajen para vos, ¿te hace sentir más o menos hombre?
Yo trato de darle un tono peculiar a la palabra hombre, pero probablemente no me sale. Juan Cabrera sacude la cabeza, se sonríe, está por decir algo, piensa otra vez. Después de todo habla:
–No, para qué te voy a mentir. La verdad que me hace sentir bien poderoso.
A La Rosa no entra ninguna mujer que no trabaje ahí: el resto somos hombres solos –consumidores solos, paganinis.
–Sos una perra. Yo a vos te chupo la verga y vos no sos capaz de darme un beso, hija de puta.
Le dice en la barra a su compañero de tareas un travesti que acaba de terminar un número muy fuerte:
–Sos una frígida, hija de puta. Yo esto antes lo hacía con uno que me cagaba a besos.
El travesti es bella como ciertas noches de verano, el pelo largo negro, los rasgos delicados, las nalgas dos espasmos, y lleva una especie de bikini complicadísima que no le tapa casi nada:
–Es mi lema, sabés, siempre lo digo: yo, antes muerta que sencilla.

Una chica policía, con gorra de policía y nada más de policía ni de ninguna otra cosa lame su cachiporra negra. La policía es morochona, labios amoratados: se ve que adora su cachiporra negra. Hasta que aparece en el escenario una rea de vaya a saber qué crímenes oscuros y la agente la ensarta para que aprenda qué les pasa a los que quiebran leyes.
–Necesitamos un voluntario para ayudar al ladrón que está en peligro.
Dice el locutor y los hombres se miran y al fin el voluntario sube a la tarima: un chico de veintitantos, rubio, levemente asustado; disimula el susto con sonrisas. La policía lo desnuda y lo enforra y lo chupa; la ladrona se prende.
–Flaco, hablá, hablá o te revientan.
Dice el locutor. El voluntario está acostado en un diván en la tarima con una chica a cada lado; la policía y la ladrona lo lamen como si la ley no estableciera diferencias entre ellas: colaboran, las dos sus lenguas al unísono, pero la verga del voluntario no responde. Las dos chicas se afanan, el voluntario se ensombrece.
–Eso no es una pistola, es la réplica de una 22 corta.
Ulula el locutor, desaforado, y la policía desforra al voluntario con gestos de desprecio.
–Se lo llevan detenido por falso testimonio.
Dice el locutor y los doscientos chiflan.
–Lo van a meter en el calabozo y le van a romper el orto por boludo.
Remata el locutor –y la frase queda flotando cuando sube la música.

En la puerta de un cuartito, al fondo, hay una cruz de funeraria y tubos de neón violeta; adentro un ataúd de dos plazas con colchón está rodeado de coronas y de cruces. En la cabecera, como se debe, un cristo; en la pared, acolchado de raso violeta y un espejo enorme.
–Si te cuento por qué lo armé no me vas a creer.
Me dice Juan Cabrera y me cuenta –como quien quiere que le crean– que es su homenaje a una señora, una prostituta famosa de Rosario que lleva más de treinta años ejerciendo en el cementerio del Salvador, sobre la tumba del doctor Ovidio Lagos, prohombre local, fundador del diario La Capital y calle doble mano, una especie de Mitre rosarino.
–La vieja sigue laburando, no sabés. Por cinco mangos tira una frazada encima del cajón y se abre de gambas.
Dice Juan, y que la señora ya pasó largamente los setenta y que él, a la muerte, la desafía todo el tiempo:
–La muerte no me importa una mierda, no le tengo miedo, y me gusta que la gente tampoco le tenga miedo.
Más allá está el confesionario, imitación perfecta con sus cortinas y sus putti; los feligreses compran una hostia, se sientan en su cubículo y esperan que suceda lo que sea.
–Lo mío es sacudirles la cabeza. Aunque sea un golpe nomás, aunque después se crean que se olvidan, algo les va a quedar: una duda, algún quilombo.

En La Rosa dios –algún dios– está siempre en la mira; en La Rosa se mezclan las desnudas y los muertos. La Rosa es, además de bareca, una proclama antidivina, una blasfemia.

–Puto dios. Por lo menos que se den cuenta de que adoran a un cabrón, a un turro de mierda. Es como dice Proudhon: Dios tuvo miedo de que el hombre llegue a su altura, por eso descargó sobre nosotros todos sus males.
–Para ser ateo te ocupás mucho de dios.
–Sí, siempre lo pienso. Yo no sé si puedo decir que soy ateo. Si yo no creyera en dios no lo odiaría así, ¿no? Más bien no le daría bola, no pensaría en eso. Y en cambio me la paso pensando cómo puedo cagarlo. Pero bueno, uno siempre está en contradicción con uno mismo.

DécadaK

Por: | 24 de mayo de 2013

Este es un post copioso. En estos días el kirchnerismo termina su década y todos estamos de memoria. Entonces se me ocurrió buscar artículos o trozos de artículos que publiqué –desde aquel 25 de mayo inaugural– cada fin de mayo, estos diez años. Alguna idea, errores varios, una forma –tan mala como cualquier otra– de revivir cierto aire de época: de tratar de recuperar la mirada de entonces -cada entonces-, cuando todavía no sabíamos todo lo que ahora ignoramos.

Un recorrido largo pero por suerte desalentador.

 

Mayo 2003

(Revista 23)

Nestor Kirchner-asunción_0

Mi mito. Ya estoy en la edad –provecta, y más esta semana– en que uno puede empezar a conocer el mito y sus orígenes. Digo, quiero decir: no sólo el mito, también la realidad que lo produjo. Digo, quiero decir: que me impresionó este domingo escuchar en la plaza de Mayo a seguidores jovencitos del señor K:

Nosotros no estuvimos el 25 de mayo del 73, pero este va a ser nuestro 25 de mayo.

La comparación es difícil: son obvias las diferencias entre una manifestación de pocos grupos consolidados y algún público suelto para recibir a un gobierno con escasa base política todavía y la irrupción de cientos de miles de personas organizadas que salían a sostener a un gobierno que ofrecía cambiar todo –para no hablar de las diferencias de programa. Pero lo que más me impactó fue ver cómo algo que para mí es también un recuerdo personal se convierte en un mito de origen, en algo lejano y generalmente mal interpretado que sirve para fundar ideas, actitudes. O sea: estar tan viejo.

El Estado de la Patria. Me atrajo el discurso del señor K. en su acto de asunción, o sea: estuve de acuerdo con varios de sus puntos. Es el acuerdo modesto de estos días: no es lo que yo querría, pero no estoy en contra. El discurso propone intentar un país –un poco– más justo y, para eso, recuperar el Estado como “sujeto económico activo” y “gran reparador de las desigualdades sociales en un trabajo permanente de inclusión” que debe poner “igualdad allí donde el mercado excluye y abandona”, sabiendo que “los problemas de pobreza no se solucionan desde las políticas sociales sino desde las políticas económicas” y que “no se puede recurrir al ajuste ni incrementar el endeudamiento”. Con la posibilidad de ampliar la participación democrática, usando “los instrumentos que la Constitución y las leyes contemplan para construir y expresar la voluntad popular”.

El acuerdo modesto: la utopía no es más que la reconstrucción de un capitalismo menos salvaje. La recuperación, por ejemplo, del viejo mito argentino de m’hijo el dotor –“una Argentina… donde los hijos puedan aspirar a vivir mejor que sus padres sobre la base de su esfuerzo, capacidad y trabajo”, o sea: el progreso individual en una sociedad mejor regulada. No mucho más que lo que teníamos hace cincuenta años y, sin embargo, ahora suena a tanto. Es más que lo que esperábamos de este gobierno y, por eso, hay cierta expectativa. Que, por momentos, me confunde: se entusiasma gente demasiado distinta, de posiciones enfrentadas: algunos tienen que estar equivocándose –y, en estos casos, solemos ser nosotros. Ojalá que no.

El atractivo del discurso vino, también, de la torpeza de su orador: un texto bien escrito y mal leído, ciertos gestos desmañados, la insistencia del señor K. en presentarse como un hombre común –no en el sentido menemista, no un vivo de barrio sino un tipo como tantos.

Y, en el medio, un lapsus que puede resultar una bobada o un síntoma: cuando el presidente leyó mal el final de su juramento. Su papel decía “que Dios y la Nación me lo demanden”. Él dijo “que Dios y la Patria me lo demanden”. Hay siglos de debates sobre estos términos pero, en síntesis: patria es un concepto conservador, que hace referencia a la tierra como aquello que hicieron nosotros mayores –los padres patrios– y que viene cargado con una ideología y una tradición. Nación, en cambio, es un concepto más civil, que nació cuando los franceses de 1789 decidieron que la legitimidad no descansaba en la corona hereditaria por derecho divino sino en el conjunto de los ciudadanos.

–¿No estará practicando, Caparrós, el noble arte italiano de cortar un pelo en cuatro? ¿O lo que llaman los galos el enculage de mouches o, en buen criollo, la quinta pata ‘el gato?

–Quizás, si le parece.

–Me parece. Porque usted sabe que acá siempre se juró por Dios y por la Patria.

–A eso mismo me refiero, mi estimado.

Una frase “de toda la vida”, un gesto conservador que conserva su fuerza y reaparece en un discurso que pretende cierto cambio –incluido el cambio de esa frase. Nada, la quinta pata. O un signo, vaya usted a saber.

De pronto y de repente. Trataba de pensar sobre lo súbito en nuestra historia más reciente. Pilas de páginas tratan de construir una memoria que suponga otra cosa, pero todavía me acuerdo de que un mes antes del 19 y 20 de diciembre no teníamos la menor sospecha de lo que estaba por pasar. Y ahora de nuevo, lo que veníamos diciendo: un fulano que nos sorprende con promesas que nadie esperaba. En dos o tres semanas de aquel verano la Argentina pasó de ser la gran víctima del modelo neoliberal a la vanguardia de la lucha contra la globalización; ahora, en quince días de mayo, pasamos sin transición del miedo a que todos votaran por el regreso del monstruito al 90 por ciento de satisfacción con la nueva primavera. Es más que interesante –pero no consigo saber qué significa. Lo imprevisto, lo súbito: quizás sea la manera en que –nos– pasan las cosas. o lo que hace que las cosas nos pasen, en vez de hacerlas. La construcción, para los albañiles. Para mí ciertas quejas, supongo, incluso ahora.

 

Mayo 2004

(Revista 23)

Villas_miseria_-

Riña de pollos. Pocas cosas, supongo, más lejanas del interés de la famosa Gente que la pelea entre, digamos, Kirchner y Solá, o entre Kirchner y Duhalde. La verdad, no encontré a nadie a quien eso le interese ni un poco. Suenan a las viejas patoteadas entre políticos por un poquito más de poder para vos, una puntita para mí, yo la tengo más grande. Suenan a las riñas que los pusieron tan lejos del resto de nosotros. Por todo lo cual debería evitarles estas líneas, salvo que me interesó una frase del ex ex:

–No estoy de acuerdo con la política de derechos humanos. Está el derecho humano de los pibes, índices de mortalidad que no descienden. A eso hay que darle prioridad.

Le dijo a Felipe Pigna el ex abogado Eduardo Duhalde, que debe creer que “los derechos humanos” son la suma del derecho humano tal y el derecho humano cual. Y siguió hablando:

–Sé lo que piensa el pobre tipo que está hecho mierda, que no tiene laburo, cuando se están ocupando de los derechos humanos de los que ya han muerto. Todo lo que se hizo en la época de Alfonsín estuvo bien. Yo hubiese estado de acuerdo que siguiera la Justicia. Pero ponerlo tan en el centro de la escena… Hubiera preferido que el Gobierno estuviera dedicado al tema central, el productivo.

Es obvio que el exex lo dice por oportunista –porque alguien debe haberle susurrado que hay bastantes votantes que piensan eso– y sin grandes reflexiones. Pero me pareció que pone en evidencia el uso que hizo el gobierno de los “derechos humanos” –o el recuerdo de los crímenes de la última dictadura: un uso museístico, folklórico, nostálgico, completamente esdrújulo. Quiero decir: si el exex puede plantear esa oposición entre “derechos humanos de los muertos” y “el  pobre tipo que no tiene laburo” es porque el gobierno no hizo nada para llenar sus conmemoraciones de lo único que podía haberlas hecho interesantes: explicar que si ahora hay “pobres tipos que no tienen laburo” es porque los ricos vulneraron “los derechos humanos de los muertos”, matándolos por miles para construir este país. Pero eso hubiera significado repensar la estructura socioeconómica de la Argentina, el rol de sus aliados ricos y su propio papel en este baile, y no es lo que les interesa. Es más fácil provocar un par de lagrimitas. Y así van y la dejan picando.

A llorar a la iglesia, decíamos antaño.

 

Mayo 2005

(Revista 23) 

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Votos. Cada vez que llega el rito anual del voto sobre Cuba en la OEA me congratulo de que el gobierno argentino actual no haga lo mismo que hizo, en su momento, el cubano. El argentino cambia, no es aquél; el cubano, sabemos, sigue siendo el mismo. El mismo que entorpeció todos los intentos de condenar a la Junta Militar argentina en los foros internacionales, 1980, 1981. Eran los tiempos en que Castro comía de la mano de la Unión Soviética y Moscú hacía grandes negocios con nuestros militares. En esos días el partido Comunista argentino, recordamos, defendía a Videla dicendo que lideraba a “las palomas” y que había que apoyarlo para no abrir el camino a “los halcones”. En esos días la diplomacia castrista –junto al resto del bloque soviético– nos desesperaba impidiendo que la ONU condenara a la Junta por violaciones de derechos humanos. Nada grave, por supuesto –o mucho menos que gobernar un país durante cuarenta y cinco años. Lo curioso es que los que ahora tratan de olvidarlo son los mismos que claman sin cesar por la “Memoria”.

 

Mayo 2006

(Revista 23)

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Ya hay antikirchnerismo. Y es, de algún modo, novedad: hace un año, digamos –un año es una medida tan idiota como cualquier otra cuando se intenta contener el tiempo–, daba la sensación de que el presidente presidía sin oposición. Ahora en cambio no. (...)

Ahora la oposición tiene dos arietes o adalides: dos diarios –un diario diario y un diario semanal– la encabezan. Detrás vienen los partidos opuestos –desde la declamación apocasicalíptica de la doctora Carrió hasta el balbuceo newman del ingeniero Macri pasando por la dureza castrense y el arrepentimiento tardío de los contadores Murphy y Lavagna– pero no impresionan a nadie. Y, delante, los sectores económicos que esos diarios y esos partidos suelen representar, los que están acostumbrados a participar en serio: el famoso campo, las famosas petroleras, las famosas privatizadas y, en algún lado, siempre en algún lado, la famosa embajada. Digo: un bloque duro de los muy conocidos de siempre.

Que suelen criticar a este gobierno porque ha restablecido un mínimo de estado en un país que no tenía casi ninguno –porque venían de tal desenfreno que cualquier freno les parece intolerable. Y que cayeron en la trampa discursiva: para darle un matiz de izquierda a su gobierno centrista, K. insiste en su discurso sobre los derechos humanos en pasado; que lo compren los progres es lógico, está hecho para ellos. Lo curioso es que también lo compran mucho los gorilas, y se indignan. Ellos, los mismos que hace muchos años decidieron sacrificar a los militares que les hicieron el trabajo sucio en los setentas para que pudieran vivir tan bien en los dosmil.

Compran, se enojan. Cuando los oigo o leo, muchas de las cosas que dicen me hacen pensar en las críticas gorilas al primer gobierno peronista. Los que las hacen son, en general, los mismos. El runrún sobre el autoritarismo presidencial se parece tanto a lo que –con  cierta lógica– solían reprenderle al teniente general que entonces presidía. Las boludeces sobre los vestidos y las cirugías de la primera dama suenan muy semejantes a las que se escribían sobre las joyas de la primera de entonces; los brulotes sobre su influencia y su carácter también. Alguien un poco serio tendría que tomarse un par de semanas para compararlos y pensar qué significa semejante coincidencia. No significa, seguro, que este gobierno se acerque al peronismo de los cincuentas: la situación económica y social, para empezar, no se parece nada, el mundo tampoco, su proyecto menos. Pero la oposición de traje y corbata usa los mismos argumentos –y eso casi me produce simpatía por el gobierno K.

Los que lo critican por intolerante y autoritario son, en general, los que siempre ejercieron y siguen ejerciendo la autoridad y la intolerancia del dinero –cuando no de las armas verde oliva. Los que ahora usan los aspectos formales de la democracia para mantener su poder y, sobre todo, para ganar plata, porque supieron organizar una sociedad donde ya no necesitan reprimir para lucrar tranquilos. Los que ejercen la peor autoridad: la de decidir quiénes comen y quiénes no, quiénes se educan y no, quiénes se curan si lo necesitan. Por eso sus críticas al autoritarismo suenan irremediablemente truchas.

Las banderas de la oposición gorila son básicamente liberales: que no les grite, que no maneje la publicidad oficial, que no se arrogue la potestad de los decretos, que dé claridad jurídica a las empresas extranjeras, que no intervenga en los mercados, que no se junte mucho con los extraños adversarios del imperio, esas cosas. Y las sintetizan diciendo que el gobierno K. no es realmente democrático. A mí me parece que es más o menos democrático y, sobre todo, me pregunto cuánto me importa que lo sea. Menem era tan democrático: nunca se metía con la prensa, dejaba que todos dijeran sobre él lo que quisieran, y mientras tanto daba vuelta el país y consolidaba esta suma de injusticias. Quizás no era democrático de otro modo: no cumplía los pactos de representación, las promesas por las cuales se supone que lo habían elegido. Pero en esta democracia nadie supone que haya que cumplir con esos pactos. Éste también hace lo que se le da la gana, firma todavía más decretos de necesidad y urgencia, no consensúa nada, pero por lo menos se preocupa por lo que dice la prensa: es levemente menos cínico y le molesta que digan ciertas cosas. Menem era democrático, Alfonsín era muy democrático, Videla era honesto. La democraticidad, la honestidad no garantizan nada. Las formalidades de la democracia –las famosas libertades formales– me importan más o menos. Quiero que existan, sí, porque cuando desaparecen es signo de que el poder aprieta. Es intolerable que el gobierno no le ponga avisos a Perfil –y que trate de manejar la prensa con esos curros bajos. Pero a veces me pregunto qué pensaría si un gobierno acabase con la pobreza y la desigualdad en la Argentina sin darle avisos a Perfil.

–¿Pero eso no sería lo que hacen los dictadores tipo Castro?

–Sería, si no fuera que en Cuba hay un pequeño porcentaje de la población que vive en dólares y mucho mejor que los demás, como en cualquier país latinoamericano que se precie. Aunque los demás, es cierto, no se mueren de hambre. Pero es cierto que ahí hay una discusión interesante.

Insisto: a veces me gustaría estar a favor de K. sólo porque lo atacan los buenos viejos gorilas. Sus críticas me tientan, un par de veces a la semana, y lo intento. Un par de veces a la semana trato de encontrar alguna razón para pararme frente a esos críticos, del lado de sus criticados.

Pero aquella vieja idea de que los enemigos de tus enemigos deben ser tus amigos es otra gran truchada de la política: otra transposición mecánica de ciertas leyes militares. Entre ejércitos nacionales la idea funciona: los países siempre pelean por el poder, entonces si el rey de Prusia está enojado con el rey de Francia, el rey de Inglaterra puede aliarse con él aunque mantengan conflictos comerciales o culturales: son, en última instancia, reyes o gobiernos que quieren conseguir más poder. Pero en política se supone –¿se supone, todavía?– que se defienden ideas, y las ideas de los enemigos de tus enemigos pueden ser perfectamente opuestas a las tuyas.

Viendo quienes lo atacan me gustaría, digo, estar a favor de K. El problema –mi problema– sigue siendo que este gobierno no hace nada serio para acabar con la pobreza y la desigualdad en la Argentina. A veces lo declama: todavía no hizo nada significativo –ni muchísimo menos. Las diferencias entre los más ricos y los más pobres se acentúan y, peor, se normalizan: este período sirve para que tomemos como normal lo que era un estado de crisis. Éstos, los que se dicen setentistas y rinden homenaje a sus compañeros que murieron para que no hubiera ningún tipo de diferencias económicas entre las personas, son los que van a conseguir un país donde las haya sin crispación, tan naturales. Para eso la falta de movilización, el autoritarismo personalista. No es casual, es causal: si hubiera cierto grado de participación y movilización, los propios participantes y movilizados reclamarían que se pensara un país distinto. Por eso este gobierno trató desde el principio de desarticular esa posibilidad: para normalizar la desigualdad en la Argentina. Con ciertas mejoras, por supuesto, con un poquito más de estado, pero con esas diferencias abismales.

Están haciendo –decía su lema de campaña– un “país en serio”: un país sin cinco presidentes ni asambleas ni devaluaciones ni piquetes. Es lo que nos dicen que tenemos: un país donde normalmente, no como excepción o crisis, hay pobres muy pobres y ricos muy ricos, donde algunos pueden y muchos no, donde la inseguridad es un tema mayor, donde no se ven proyectos de futuro. Un auténtico país latinoamericano gobernado por el centroizquierda.

 

Mayo 2007

(Revista 23)

Macri riéndose

Una constatación, antes que nada: siete años de gobiernos ¿progres? convirtieron a la mitad de los ciudadanos de Buenos Aires en votantes del hijo del gran capital. La política ofrece esos éxitos aterradores.

Digo: la política ¿progre? tuvo la posibilidad de explayarse en la ciudad más ¿progre? del país durante siete años y lo único que consiguió fue que miles y miles de votantes corrieran a buscar la opción opuesta. Contribuyeron, últimamente, estos meses de campaña: los dos candidatos ¿progres? se dedicaron a hablar de baches, plazas y faroles o, dicho de otro modo, de la famosa gestión. Si se pone el acento en la gestión, si se muestra la administración pública como una empresa que hay que administrar, si se la presenta como si no tuviera ideología –como si un gestor ¿progre? fuera a hacer lo mismo que un gestor de derecha–, es lógico que los ciudadanos prefieran a un gestor que ha gestionado, a un empresario con experiencia de empresario.

Los candidatos ¿progres? tenían tanto terror de la política, les costaba tanto pedir que los votaran para hacer una determinada política, que terminaron haciendo campaña por su adversario: abriéndole el camino. Los candidatos ¿progres? –lo dije aquí hace un mes– permitieron que Macri ganara con el discurso de la antipolítica, porque lo que ellos hicieron también fue antipolítica: dejar la política de lado para hablar de gestión, como si la gestión que un partido propone no partiera de decisiones políticas. Lo mismo habían hecho durante siete años, no sólo en el discurso sino también en su gobierno. Es muy difícil hacer política cuando uno tiene vergüenza de hacer política.

Y entonces les ganó un vecinalista –un truco más viejo que el chimbote. Los movimientos vecinalistas suelen pretender que los trajo la cigüeña y que no tienen más interés que el bienestar de los vecinos. Pero, decíamos, no hay un solo bienestar de los vecinos: los recursos no son infinitos, y una tarea básica del gobernante consiste en decidir adónde dirigirlos. Entonces el bienestar de los vecinos puede consistir en poner calefacción en las escuelas públicas –que muchos vecinos vecinalistas ricos no usan– o poner más policía en la calle –que sí–, por ejemplo. Dicen que la gente –la bendita gente– quiere gestión. Si es así, la derecha va a ganar –a menos que los ¿progres? consigan establecer que no es lo mismo gestionar para todos que gestionar para unos pocos.

Por mojigatos pusilánimes, por apolíticos o antipolíticos, los candidatos ¿progres? le regalaron al candidato de la derecha el discurso del cambio. Y le entregaron, de yapa, un par más: la insistencia en que él sí se dedica a escuchar las necesidades de los vecinos e, incluso, la palabra militancia.

Son las dificultades de ser ¿progre?.

Pero no hay que ser injustos y sacarle al candidato de derecha su parte de mérito. Los tres candidatos principales lograron juntos una de las campañas más tristes de una época de campañas tristes. Un día, dicen, en una calle de Floresta, un asesor vio volar algo que parecía una idea y se desesperó, la corrió con el flit en la mano, la ultimó con un grito salvaje –y todo volvió a su curso con suspiros de alivio.

A propósito del discurso de la antipolítica: ¿Cuánto tiempo dura el changüí de no ser un político? ¿Cuántas campañas, cuántas temporadas en un escaño, cuántos votos recibidos o perdidos son el mínimo necesario para considerar que alguien sí es un político? ¿O será que decimos que tal no es un político porque vive de otra cosa, y entonces sólo pueden considerarse no políticos los ricos?

 

Mayo 2008

(Revista 23)

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En su primera conferencia de prensa del último lustro, hace tres días, el señor ex presidente se quejó de que en 2002, cuando la bonaerense mató a Kosteki y Santillán, el diario Clarín tituló “La crisis se cobró dos nuevas muertes”, pero habló de “represión” cuando la Gendarmería detuvo a De Angeli la semana pasada. No podría tener más razón. Guiado por su razón, casi encandilado, impaciente por acordar con él, busqué en todos los archivos de 2002 sus enérgicas declaraciones de repudio y condena al gobierno de Eduardo Duhalde por el asesinato de Kosteki y Santillán –y no encontré nada de nada. El entonces gobernador que, ahora ex presidente, condena a Clarín, hizo entonces lo mismo que ahora condena, en un poco peor: no dijo ni una palabra sobre el crimen que le costó la presidencia a su entonces amigo y mentor. Pero ahora dice lo que entonces no dijo, como mañana no dirá lo que sí dijo ayer. Y ése es, en general, su problema: dice, dice, siempre fuera de tiempo, cosas que no soportan la menor comparación con su historia o con su práctica presente. Se aprovecha –trata de aprovecharse– de la escasa memoria de nosotros argentinos: de la flaqueza de esa Memoria de la que tanto habla, y dice, y dice.

Es lo mismo que hace su mujer y presidenta, siempre con la Memoria en una esquina de la boca. Anteayer, en la plaza, tras nombrar madres y abuelas, dijo que quería que advirtiéramos que “si la historia primero fue tragedia hoy se repite como comedia”. No es poco, tener una presidenta que cita a Carlos Marx. Aunque la señora presidenta haya citado su cita más citada –su epìgrafe del 18 Brumario de Luis Bonaparte–, pero mal: “los grandes hechos y personajes de la historia suceden dos veces, primero como tragedia y después como farsa”, escribió el alemán, y no, como dijo la señora, “como comedia” que, como ella sabe, no es lo mismo. Farsa, dice la Real Academia, es “un enredo, trama o tramoya para aparentar o engañar”. Quién sabe por qué no quiso hablar de farsas en un acto con todos los rasgos farsescos del peronismo actual –los asistentes mercenarios y despolitizados, la desconexión entre oradores y público, la ausencia de consignas compartidas–: el simulacro de un acto político, una escenografía para darle más fuerza a una cadena nacional.

Pero su mecanismo es el mismo que el de su señor marido: allí donde el señor reprocha a Clarín que haya hecho lo mismo que él, la señora cita a Marx para defender su gobierno capitalista –del famoso capitalismo de amigos, que ni siquiera Marx supo definir en su momento. La verdad, hay días en que los escucho y me sube la mostaza. ¿Será posible que nos sigan tomando por tarados? ¿Por nabos a los que se les puede decir cualquier verdura? ¿Por desmemoriados descerebrados desechitos?

Digo: en honor a la famosa Memoria, ¿sería posible que se callaran la boca? En honor a la memoria que nos ayuda a recordar que ustedes, señores K., durante la dictadura vivían en Río Gallegos, pueblo chico, donde todos saben quién es quien, y se dedicaban a ganar mucha plata ejerciendo lo más indigno del capitalismo –el préstamo hipotecario– mientras los militantes que ustedes ahora ensalzan morían peleando contra el capitalismo.

En honor a la Memoria que nos ayuda a recordar que ustedes participaron en la entrega del petróleo –y recibieron muy buen pago por ella–, mientras algunos otros, pocos, hacían lo que podían por impedirla: eran las épocas en que usted, señor, decía que Menem era “el mejor presidente de la Argentina desde Juan Perón”, cuando manejaba su provincia cual campito y todavía no había empezado a despotricar contra los noventas como esa época negra que, en efecto, con su ayuda, fue.

En honor a la Memoria –a la nuestra, a la que los recuerda–, por su honor –si les importa–, ¿no podrían dejar de hablar de todo eso, de los años setentas, de los años noventas? Ustedes hicieron lo que hicieron, y ni siquiera es tan grave. Al fin y al cabo, la Argentina está llena de personas que hicieron lo mismo: supongo que por eso los votaron a ustedes. Lo que hicieron –hacerse los osos cuando los militares, apoyar al gobierno de Menem–, ni siquiera da para condenarlos, pero sí para pedirles que por favor, por honor, por pudor, no hablen más de esas cosas, no nos ofendan con memorias falsas. Seguro que si buscan otros temas los encuentran: la Argentina es un país tan generoso, tan sediento. Por favor, tómense el trabajo. O sigan creyendo que somos todos pelotudos, y paguen el precio que suele cobrar esa creencia.

(Es curioso: al repasar este repaso, veo que cada vez que, en la historia argentina reciente, los Kirchner tomaron posición sobre algo serio, yo estuve del otro lado. Por eso, al fin y al cabo, no me extraña seguir estándolo. Sí me extraña que algunos que también estuvieron enfrente –que sufrieron la represión militar, que se opusieron a las privatizaciones, que lucharon por la pluralidad, que militaron contra Menem– ahora estén a su lado. Supongo que, entre las ganas de ilusionarse y la tentación de acercarse al fogón, pasan esas cosas. A veces los entiendo: es cierto, sería tan bonito que alguna vez, en algún futuro posible, sus acciones se parecieran a sus palabras.)

 

Mayo 2009

(diario Crítica) 

Iguana

Las elecciones nos rompen las pelotas. La campaña electoral ya está en el aire; charlo con amigos, pregunto, escucho, y me parece que a casi todos les pesa pensar en votar. A mí sin duda me pesa pensar en votar a estos muchachos. Las elecciones nos rompen las pelotas y al fondo se oye todo el tiempo lo mismo. Que tal se peleó con cual y se arregló con Pepe, por lo cual Sorasha no se va a aliar con Carlos Pedro. Que el gobierno truchó el mecanismo adelantando la fecha para no perder tantos votos, presentando candidatos que no se candidatean pero la justicia convalida, amenazando con el abismo si no lo votamos de a uno en fondo, ocultando que aunque lo votemos la crisis económica postelectoral –cuando ya no puedan seguir tapando el sol con la mano– va a ser tremebunda pero entonces a llorar a la iglesia. Que el pobre Scioli tuvo que presentarse aunque no quería, porque es un hombre débil y no puede decir que no. Que el PRO y sus aliados más o menos peronistas se pelean y que no consiguen decir qué los une, salvo la papa en la boca. Que el señor de Narváez no para de venderse en cuanto spot partido espectáculo programa hay en el mundo y sus alrededores. Que la señorita Michetti prometió que iba a trabajar cuatro años de vicejefa y ya renunció y que de todas formas tampoco trabajaba tanto cuando trabajaba. Que los gobernadores peronistas –y su rey ubú lomense– ya están sacándose los ojos y todo lo demás para ver quién se queda con el paquete en 2011. Que el gran mudo argentino sigue pensando que si se calla un par de años más y no ve nada mientras, si se hace bien el tonto, capaz que sube al podio. Que las encuestas dicen que Kirchner “mide” un poco menos que fulano y algo más que mengana pero casi como perengano y que zutana no tiene chances a menos que garcía: nombres, nombres, anécdotas, pelotudeces que hemos escuchado cientos de veces y que sólo pueden, en el mejor de los casos, repetirse. Ni una idea, ni un debate, ni un programa y, para disimular su ausencia, el espectáculo repetido de la politiquería patria actual y sus dos grandes grupos: los que dicen que hacen lo que no hacen, los que no dicen que hacen lo que hacen; los oradores progres que aumentan la pobreza, los gerentes conservas que hablan de solidaridad. Los que tienen algún poder –posición, plata– lo usan para seguir teniéndolo: el uso más primario y más inútil, el que hace que la política se haya convertido en mala palabra. No sé si alguien quiere convencernos de que votar y no votar da lo mismo, de que votar a equis o menos equis da lo mismo, de que todo es un show gratuito y aburrido –no lo creo, porque no son tan maquiavélicos, tan inteligentes– pero, si quisieran, no lo podrían hacer mejor.

Las elecciones nos molestan porque son una puesta en escena cruel, descarnada, de nuestra mediocridad, nuestras incapacidades: si tenemos estas opciones –si las opciones que tenemos son éstas– la culpa es toda nuestra, somos nosotros los que no supimos conseguir otra cosa, preparar otra cosa, organizar otra cosa, merecernos otra. Aunque quizás –además– este sistema electoral sirva para que las opciones que lo hegemonizan nunca sean opciones.

“Por algo las llaman urnas”, dijo, hace mucho tiempo, el anarquista español Buenaventura Durruti. Y también me acuerdo de otro chiste: es un poco pavo pero por suerte ya lo conté hace quince años. Eso es lo que más me impresiona: que quince años después pueda contarlo de nuevo, en circunstancias parecidas, tan pocas diferencias; en algún punto usted y yo, mi querido, hemos perdido el tiempo. “El chiste consiste en pedirle al otro –a usted– que piense un número del 1 al 10, lo multiplique por 9, sume los dos términos del producto y le reste 5 al resultado. Que calcule a qué letra del alfabeto corresponde ese número –sin contar la che ni la elle– y que piense, con esa letra, el nombre de un país. Que no lo diga y que busque, con la segunda letra del país, un animal. Hágalo, si se encuentra cenicero de moto.

–Espere, espere un momentito, no me atosigueis.

–No, tómese todo el tiempo que se le dé la gana. Total, a quién le importa.

Si lo hizo, si se prestó a manipulación tan baladí, le apuesto a que acaba de decir, como todos, Dinamarca Iguana. El truco empieza fácil: la cuenta siempre le va a dar cuatro –fijese, intente variantes– o sea: D. Después el mecanismo se pone más turrito: funciona porque nadie supone que debería ser especialmente original –cree que los nombres pedidos son funcionales, que sirven para un paso siguiente. Y las otras opciones de países con D –Djibuti, Dominica, Disneylandia– son rebuscadas. Habría que pensar un momento y, sobre todo: habría que creer que pensar vale la pena. Es más fácil aceptar que las opciones son limitadas y simular que uno elige. Entonces dice Dinamarca y después, con la I, le sale Iguana. Y termina mostrando lo fácil que es dejarse manejar.”

Aquí estamos de vuelta: a fines de junio nos van a pedir que elijamos un número, lo multipliquemos por 9, sumemos los dos términos del producto, le restemos 5. Y nosotros, como somos alumnos aplicados, vamos a decir, a coro, Dinamarca Iguana. O quizás nos pongamos rebeldes, guachos tiernos, y gritemos Iguana Dinamarca. Algunos se van a reír mucho: sería bueno tener claro quiénes son.

 

Mayo 2010

(diario Crítica)

Tazas

Llevaban días hablando del asunto, y se desesperaban; por eso, cuando el primer hombre dijo que había encontrado la solución, los otros dos lo miraron escépticos:

–Ya lo dijiste cuatro veces, che.

–No, muchachos, esta vez la tengo, de verdad que la tengo.

El primer hombre hizo una pausa, miró a su alrededor, chequeó que nadie lo mirara. La parrilla pretenciosa estaba medio vacía –la crisis llegaba a todas partes– y la pareja de la mesa de atrás tenía su propia trampa que atender.

–Es cierto, estamos al horno. Si esto sigue así perdemos por goleada; ni la guita para los intendentes, ni las listas testimoniales, ni los aprietes, nada: pareciera que ya hicimos todo lo posible y nos hundimos igual. Pero hay algo que todavía nos puede salvar.

–Dale, che, ya amenazaste suficiente. Ahora decilo.

–No lo voy a decir, les voy a preguntar. ¿Qué es lo único que todos los argentinos respetan?

Dijo el primer hombre, y los otros dos se lanzaron a una ristra de lugares comunes –la vieja, la bandera, el éxito, Gardel, la guita– que el primero rechazaba con cara de buda satisfecho y burlón. El hombre tenía una papada extraordinaria, los ojitos perdidos entre grasa:

–No, muchachos, nada de eso: la muerte. En este país lo único que todos respetan es la muerte, lo único que te hace realmente bueno es morirte. Acá si estás muerto aunque seas un reverendo hijo de puta te volvés un grande. Fíjense lo que le pasó a Alfonso, por ejemplo.

–Che, el pobre Alfonso no era un hijo de puta…

–Nunca me vas a entender de una, ¿no? Yo no quise decir que fuera nada: quiero decir que cuando estaba vivo no lo votaba nadie y ahora que murió se convirtió en un prócer. Si hasta está resucitando al hijo…

–¿Y entonces?

–No se hagan los boludos, muchachos, que me entendieron perfecto.

Los tres hombres se miraron como se miran los que no quieren ver lo que están viendo: la esposa manoteando una entrepierna ajena, el telegrama de despido, aquella foto de sus veintiuno.

–¿Vos querés decir que para que hagamos una buena votación en junio se tendría que morir alguien?

Le preguntó despacito el segundo, muy flaco, barba rala, sus ojeras.

–Vos sabés que estoy diciendo eso.

–¿Pero quién, animal, de quién estás hablando?

–¿De quién voy a estar hablando?

El mozo llegó con la segunda botella de montchenot y un par de provoletas bien doradas. El tercer hombre, pelo largo entrecano, prestancia de caudillo antiguo, amagó una sonrisa: ¿pingüino o pingüina?

–Veo que ya nos estamos entendiendo.

Dijo el primer hombre, y el segundo les preguntó si estaban locos.

–Locos no, al contrario, demasiado cuerdos. Bueno, basta de mariconadas: ¿pingüino o pingüina?

La discusión fue larga: el tercer hombre dijo que si la que moría era ella la ventaja era que iba a dar muy Evita, que se compraba todos los boletos para el mito, que a largo plazo era un golazo pero que en lo inmediato tenía un par de problemas:

–Uno es que queda él solo y hay mucha gente que no lo soporta más.

Dijo el segundo, que se empezaba a entusiasmar, y dijo que con la simpatía por la muerte de su mujer le iba a cambiar la imagen y hasta quizá le bajaba las ínfulas y lo hacía más tolerante y otros cuentos de lechera hasta que el tercero pegó un puñetazo sobre la mesa:

–No, boludo, no se puede. Está Cobos.

–Uy, dios, qué manga de boludos. Si la que se muere es ella, la sucede Cobos y se nos pudre todo.

–Va a tener que ser él.

–Pero si es él, ella va a dar muy Isabelita; el macho se murió y quedó la viuda pobrecita.

–No, hermano, no digas tonterías. Ella nunca va a dar Isabelita. Y, de todas formas, no tenemos otra.

–Tienen razón: va a tener que ser él.

–Va a tener que ser él.

–Va a tener que ser él.

Los tres hombres se miraron para sellar un pacto grave, decisivo; la segunda botella estaba muerta y la provoleta se enfriaba en el medio de la mesa.

–Y además, con perdón, así se va a acabar toda esa sanata sobre el doble comando.

Dijo el tercer hombre y el segundo lo miró pesado: una cosa era jugarse a un sacrificio por la patria, le dijo, y otra hacerle el juego a La Nación.

–Ok, tenés razón. Pero, hablando de sacrificio, se olvidaron de lo más importante. ¿Quién carajo puede pensar que el hombre va a hacer semejante sacrificio?

Dijo el tercero y tuvo un momento de alivio: estaban hablando boludeces, no iban a hacer nada de eso.

–¿Cómo, no estuvo dispuesto a dar su vida por la patria? La patria, de puro generosa, le dio una prórroga de treinta años, y ahora la reclama.

Dijo el segundo, las ojeras cada vez más hondas, y que el poder le gusta tanto que en una de ésas podían convencerlo: de últimas le decimos que es una farsa, que no se va a morir de veras, y cuando se quiera dar cuenta ya no va a poder reclamar nada.

–No sean boludos, che. Por supuesto que el hombre no va a querer morirse para mantener el modelo. Así que nunca va a saber que se está muriendo para eso, ni para ninguna otra cosa.

El mozo llegó con las mollejas y los tres hombres ni siquiera las miraron. Acababan de entender que se estaban confabulando en algo extraordinario, algo que los uniría por el resto de sus vidas. El segundo se preguntó si valdría la pena; el primero trató de pensar cómo había llegado hasta ahí y se dijo que, de todos modos, no tenía vuelta atrás: que volver atrás significaba perder todo lo que había conseguido hasta entonces, la subsecretaría, las prebendas, su trozo de poder, y que además era una maniobra genial, alta política. El tercero dijo que lo único que les faltaba era decidir cómo iba a ser.

–Puta, estamos al horno.

Dijo el primero. Durante la hora siguiente las mollejas se volvieron amarillas, las montche siguieron insistiendo y los tres hombres discutieron la forma de esa muerte por la patria o, al menos, el poder. Dijeron que lo más fácil sería simular un infarto con alguna de esas drogas de diseño que matan sin dejar ningún rastro, pero se preguntaron si un infarto no era una marca de debilidad que les complicaría las cosas. No, es una muestra de que estaba tan preocupado por el destino del país, que trabajaba tan duro, es una forma de decir que se sacrificó por la patria. ¿Vos creés? Bueno, es una forma, sí, pero es un poco blanda, como desperdiciada. Entonces pensaron en generarle una enfermedad violentísima que lo matara en un mes de agonía, porque así tendrían al país agarrado de sus partes: ¿vos te imaginás lo que sería, los partes médicos tres veces por día, la vigilia en la puerta de la clínica, virgencitas, bombos, todo el mundo pendiente? Eso nos da un cheque en blanco por quién sabe cuánto. ¿Cuánto dinero? No, boludo, cuánto tiempo. Sí, claro. Hasta que el segundo pronunció lo que los demás habían estado pensando sin atreverse a nombrarlo: el atentado, el magnicidio.

–Ésa sí que da juego. Imagínense, muchachos, nos conseguimos un par de gurkas que la hagan, les prometemos un fangote de guita, nos aseguramos de que la cana los haga percha, no queda nadie que pueda decir nada. Y tiene la ventaja de que le podemos echar la culpa a algún sector y ahí sí que los hundimos para siempre.

–Tremendo. Piensen por ejemplo si hacemos correr la voz de que fue un comando de sojeros medio quebrados que quisieron vengarse…

–Sí, o que fueron piqueteros calientes porque los había abandonado, ahí nos compramos a toda la clase media, la derecha.

–O mandamos que fueron los milicos y recuperamos a la izquierda y los progres y todos los políticamente correctos.

–O la mejor: que fue la CIA y nos ponemos a la cabeza de la revolución sudaca, otra que Chávez y las venas abiertas de Bolívar.

–Sí, capaz que habría que mandar a medirlo antes de decidir.

Se miraban, excitados, trémulos: habían dado con el huevo de Colón, iban a ganar las elecciones por afano, a dar vuelta el proceso en un grado que pocos soñarían.

–La única cagada es que nunca se lo vamos a poder decir a nadie.

–Obvio, no. Nos lo vamos a tener que llevar a la tumba.

–Bueno, a menos que en algún momento ella se ponga muy boluda y haya que explicarle cómo fue que ganó. Y ahí sí que la tenemos agarrada de los pelos.

–Muchachos, el mecanismo es perfecto. Nos cargamos a uno, nos aseguramos a la otra. Y, con esa muerte, no hay quien pierda las elecciones.

–Pará, pará, a mí se me ocurre una mejor.

–Qué, boludo, no hay ninguna mejor.

–Esperá que te la cuente y vas a ver.

 

Mayo 2011

(revista Newsweek

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Parece mentira —¿parece mentira?— pero hace semanas que la discusión política argentina consiste en escrutar y suputar las decisiones más íntimas de una señora. Todos tienen, últimamente, opiniones sobre el asunto y yo, tan pobre como todos, también tengo:

Yo creo que la doctora Cristina Elisabet Fernández viuda de Kirchner se va a presentar a las próximas elecciones presidenciales porque, como dice un viejo amigo, “¿alguna vez viste a un peronista que abandone el poder?”. Y más si esa peronista cofundó un partido tan franco como para bautizarse Frente para la Victoria, donde la idea de victoria es autosuficiente, no precisa más datos. Y más si esa peronista lleva veintitantos años viviendo en una nube de poder y sabe que no sabría cómo hacer —que ya no recuerda cómo se hace— para vivir abajo.

Y creo que la doctora Fernández no se va a presentar a las próximas elecciones presidenciales porque es una mujer inteligente y sabe que tiene una cantidad de cosas atadas con alambre y el alambre no dura tanto tiempo.

Sabe que el modelo de crecimiento que empezó en 2002 ya no funciona y que la inflación no para y que entonces el proceso de empobrecimiento y los reclamos —de ocupados y desocupados— no van a parar, y que es cuestión de tiempo hasta que todo estalle, como bien le dijo el otro día el comandante guerrillero Omar Viviani. Sabe que sus relaciones con distintos sectores —sindicales, sociales— con los que ahora la une la prosperidad se irían lentamente al carajo. Sabe que la puja redistributiva de la que tanto habla es puja y es redistributiva, pelea de los más pobres por quedarse con un poquito más de la riqueza nacional, no sólo por salvar sus sueldos de la inflación. Y también sabe que su gran truco para aminorar los efectos de esa inflación sobre las clases medias y altas y mantenerlas refunfuñonas pero consumidoras —ergo contentas— consiste en esos subsidios tremebundos que entrega a los monopolios del transporte y la energía; son 48.000 millones al año, de los cuales por lo menos 16.000 —dos veces la Asignación Universal— están dedicados a mejorar las condiciones de vida de los menos necesitados, de los que podrían pagar esos servicios a su precio. Y sabe que esos subsidios no se pueden mantener así pero que el día en que los corten el que los corte se va a querer cortar algo más: lo que tenga según sexo y color, lo que le quede.

Y creo que la doctora Fernández se va a presentar a las próximas elecciones presidenciales porque nunca en la historia reciente de esta gran nación argentina hubo unas elecciones tan fáciles, tan carentes de ninguna oposición coherente o articulada o siquiera realmente existente, y que es muy difícil para un político desaprovechar semejante oportunidad porque la política, como la naturaleza, tiene horror del vacío y siempre intenta llenarlo con sus cositas, sus cagaditas de paloma.

Y creo que la doctora Fernández no se va a presentar a las próximas elecciones presidenciales porque tiene una aguda conciencia de la historia y los manuales de historia y sabe que, si pudiera retirarse ahora, sus gobiernos —propio y ganancial— quedarían relatados como un período de recuperación y cierto bienestar y moño y pompón rojo y que, en cambio, si sigue, tendría que enfrentar el derrumbe de su famoso modelo —por causa de su famoso modelo y sus problemas ya citados— y su capítulo terminaría muy feo.

Y creo que la doctora Fernández se va a presentar a las próximas elecciones presidenciales porque tiene una aguda conciencia de la historia y los manuales de historia y sabe que, si se bajara, su supuesto proyecto quedaría colgado de la brocha y su grupo de seguidores se disolvería en unos días y su nombre de casada desaparecería de la discusión política argentina en unos meses, porque un grupo puede sobrevivir a una derrota pero no a una fuga —y es probable que esa idea le moleste. Esto sin contar la parva de inútiles cercanos que saben que su única posibilidad de supervivencia en el coche oficial es que la doctora vuelva a presentarse y que, estando por definición cerca de ella, le taladran las neuronas con explicaciones de por qué debe hacerlo —sin decirle nunca por qué necesitan que lo haga aunque ella, que no es tonta, lo sabe, lo considera y, por eso, minimiza sus argumentos sin piedad y entonces piensa que quizá no debiera presentarse pero.

Y creo que la doctora Fernández no se va a presentar a las próximas elecciones presidenciales porque es una mujer inteligente y sabe que el discurso épico que la sostiene no se puede sostener mucho tiempo tan falto de hechos épicos y, como se ve que no le interesa producir ninguno, más temprano que tarde va a tener que renunciar a ese discurso —y no tiene otro. O, dicho en japonés: que el curro de la década de los setentas no puede servir durante décadas y décadas.

Y creo que la doctora Fernández se va a presentar a las próximas elecciones presidenciales porque, ¿qué podría hacer una mujer de sesenta años que tuvo todo el poder si deja de tener ese poder: dedicarse a criar los nietos que no tiene? ¿Desesperarse viendo desde afuera lo que podría estar haciendo desde muy adentro? ¿Aprender a bordar punto cruz? ¿Escribir unas memorias maquilladas con la esperanza de que la devuelvan al centro de atención? ¿Coleccionar teteras? ¿Maldecir cada mañana el momento en que lo tenía todo y decidió dejarlo?

Y creo que la doctora Fernández no se va a presentar a las próximas elecciones presidenciales porque de verdad debe estar cansada y harta de pelearse con una manga de oportunistas mediocres que se dicen sus amigos y desalentada de ver lo complicado que es hacer nada serio en medio de tanta pequeñez y deprimida de pensar que está haciendo lo mejor que podría hacer en su vida y sin embargo no lo disfruta nada y encima sus hijos le piden que se quede en casa y aprenda punto cruz.

Pero creo que la doctora Fernández se va a presentar a las próximas elecciones presidenciales porque no veo cómo haría para no presentarse. Es decir: qué historia podría contarse para volverse a casa. No el discurso público barato de renuncio a los honores pero no a mi puesto de lucha o la escalada de pequeños anuncios médicos que lleven al anuncio final de que su cuerpo enfermo no resiste más o la explicación psicologista de culebrón porteño. No, lo que no consigo ver es cómo se explicaría a sí misma y, más que nada, al fantasma de su marido muerto en la dizque trinchera de la lucha —el glorioso Nestornauta, el desaparecido 30.001, la escuelita de Misiones la terminal de buses de Jujuy la comisaría de Resistencia, Él— que ella es una cobarde pusilánime traidora que prefiere abandonar la pelea por la que Él sí dejó todo, abandonarlo a Él, al recuerdo de Él, a todo lo que armaron durante toda su vida sólo porque está un poco cansada o desalentada o deprimida o despistada. Yo creo que va a seguir porque no sabría cómo justificar su retirada.

Y creo, más que nada, que es triste que estemos discutiendo estas pavadas: tristísimo que tantas cosas en este país dependan de lo que decida una noche esta doctora, de cómo haga jugar éstos y otros elementos que sin duda ignoramos. Creo que la importancia de ese gesto individual, menor, es la medida de nuestra realidad actual. O, dicho de otra manera: que si la política argentina pende de la decisión de una señora, cualesquiera sean esa señora y esa decisión, estamos al horno y acaban de prenderlo.

 

Mayo 2012

(Pamplinas, aquí mismo)

Pagina12

Seré breve: Lanata fundó y dirigió Página/12. Otra vez: Lanata fundó y dirigióPágina/12, y parece un chiste que yo esté escribiendo esta frase. Es público y notorio y comprobable que Jorge Lanata imaginó y fundó Página/12 en los primeros meses de 1987, que le inventó el estilo, que lo dirigió durante varios años y que convocó a los mejores periodistas que pudo convencer, que también contribuyeron a formarlo.

Digo: Lanata fundó y dirigió Página/12, y parece chiste que yo esté escribiendo esta frase –o que esta frase deba ser escrita– pero ese diario acaba de cumplir 25 años y lo celebró con un número especial que incluía a la mayoría de sus plumas actuales y ninguna –ninguna– de ellas hizo la menor referencia a Jorge Lanata: lo desaparecieron de su historia. Como si el diario hubiera salido solo, por generación espontánea, sin director, sin creador. O como si lo hubiera hecho un ente anónimo, secreto, clandestino. Va de nuevo: un suplemento de 40 páginas donde los periodistas y editores de un diario cuentan los principios de ese diario pero no nombran a su fundador y primer director. Lo callan, lo niegan. Y dicen que son periodistas. Todo terminó ayer miércoles cuando la señora presidenta de los argentinos, la doctora Jorgelina Griñones de Velotti, fue a una fiesta organizada para seguir celebrando tan magno evento y peroró y tampoco lo nombró –“la verdad que no quiero olvidarme de nadie”, dijo, y nada–, y otros peroraron y tampoco.

Nadie recordaría aquella foto de Lenin con Trotsky si Stalin la hubiera hecho publicar con un epígrafe tipo "el exiliado León Trotsky antes de traicionar a la revolución". Pero nos acordamos porque lo que Stalin hizo fue borrar la imagen de Trotsky de la foto: borrarlo de la historia. Por eso aquella foto fue un símbolo de un régimen siniestro. Más allá de los personajes: los procedimientos.

Se pueden discutir lecturas de la historia, interpretaciones de la historia, explicaciones de la historia. Pero no ciertos hechos precisos de la historia. Cambiarlos no se llama discutir: se llama mentir. Y si se tiene poder –el poder de reescribir esa historia desde un diario o un púlpito o un trono–, se llama abuso de poder, autoritarismo, estalinismo, canallada. 

No estoy hablando de Jorge Lanata. A veces acuerdo con él, a veces no, es mi amigo, lo quiero, pero no es importante en este asunto. Y el asunto tampoco: en última instancia, que Lanata haya fundado o no Página/12 no es relevante. Es relevante –impresionante– que esas personas se ensucien así por algo tan menor. Es relevante que unas personas se crean que pueden falsificar gratis, y que ofrezcan con esto un ejemplo demasiado obvio de lo que hacen tan a menudo, tantas veces.

Digo: estoy hablando de unos idiotas que se creen que los demás somos tan idiotas como ellos y que pueden engañarnos con mentiras berretas. Estoy hablando de una banda de mentirosos y mentirosas que se jactan de respetar la Verdad y la Memoria y se cagan en cualquier verdad y cualquier memoria que no les guste o no les sirva, y se creen que pueden inventar cualquiera que sí, incluso cuando casi no importa –y más, por supuesto, cuando sí.

Estoy hablando de personas penosas, peligrosas. Personas que me están dando miedo. Por eso estoy hablando. 

Muerte de un asesino

Por: | 17 de mayo de 2013

Papa-y-videla
El hijo de mil putas asesino Jorge Rafael Videla, digno militar argentino, acaba de morirse. Murió, por suerte, en una cárcel. Su desaparición –su desaparición– es un alivio para todos. Es raro que una muerte sea una alegría, pero sí. Algunos, en estos momentos, lamentan que no haya sufrido como sus víctimas. Sin ánimo ni posibilidad de comparar, yo creo que sufrió mucho al ver que los ricos argentinos que lo habían impulsado y apoyado cuando su gobierno torturaba y mataba, después lo abandonaron con su clásica cara de yo no fuí.

Pero esa es otra discusión, que habrá que seguir con más tiempo. Mientras, quiero recordar aquí la única vez que lo ví. En 1991 el indulto del ahora senador Carlos Menem –apoyado por el resto del gobierno y los gobernadores, muchos de ellos en distintos espacios de poder ahora– lo había soltado.

El general Videla estaba libre y unos amigos me dijeron que se paseaba muchas mañanas por la Costanera Sur, que entonces –previo a Puerto Madero– era un lugar muy marginal.

Allí fuimos, Rafael Calviño y yo, a buscarlo. Como podrán ver en estas líneas, al final lo encontramos, tuvimos una breve charla. Después, durante años, tantas veces me pregunté qué razón, qué miedo, qué idea del periodismo o de la vida me impidieron partirle mi grabador en la cabeza. O, por lo menos, intentarlo.

 

Videla Gym

Eran justo las ocho y media cuando el 504 dobló desde Cangallo despacito, tranquilo, y tomó por la costanera hacia el fondo, hacia la fragata Sarmiento. El coche era gris, reciente, absolutamente discreto; sólo tenía una antena de más.

Liliana Heker y Ernesto Imas me lo habían dicho un par de días antes.

– Cuando lo ví por primera vez no lo pude creer. En realidad no lo ví, lo escuché. Estaba haciendo flexiones y de pronto escuché una voz muy seca, muy cortante, que me dice: "Buenos días – Señor". Ahí levanté la cabeza y lo ví, y creo que todavía me dura la impresión.

Dijo Imas. Y Heker dijo que no sabían qué hacer.

– Queríamos que se supiera, nos parecía terrible que este señor anduviera trotando por acá como si nada hubiera pasado.

Una antena de más no es gran cosa en estos tiempos. Adentro del coche –C1386767– había una señora obesa, un gorila reventón y un hombre flaco y de bigotes que manejaba con la ventanilla abierta, empapándose del fresco de la mañana. El ex–general, ex–presidente, ex–salvador de la patria, ex–convicto y ex–asesino Jorge Rafael Videla se dirigía, como todos los lunes, miércoles y viernes, a cumplir con sus ejercicios matinales.

– Empezó a aparecer a fines de octubre –había dicho Imas. Y desde entonces no faltó nunca.

A Calviño y a mí el coche nos tomó de sorpresa. Aunque lo esperábamos, se nos debe haber notado el escalofrío de verlo, porque, en vez de parar, el coche siguió de largo, dió la vuelta y enfiló hacia la Ciudad deportiva de Armando. Creímos que lo habíamos perdido: yo pensaba que, al menos, le habíamos arruinado su mañana sportiva, y ya imaginaba piquetes de voluntarios que pasearían distraídamente por todos los lugares que el hombre suele frecuentar, tanto como para joderle un poco la vida.

Lo esperamos un rato más, y no volvía. Al final, empezamos a caminar hacia la glorieta de Luis Viale. Casi llegando encontramos el coche; al lado, recostado contra la baranda de la costanera, el goruta leía en la Crónica el empate de Boca; un poco más allá, sobre el césped del boulevard, el ex resoplaba por el esfuerzo de unos abdominales.

– No voy a hacer declaraciones. Estoy realizando mi actividad diaria.

Hacía un rato que yo caminaba a su lado. El forzaba el paso y fingía no escucharme. Yo gritaba:

– ¿Pero no le preocupa estar así en un lugar público?

– ¿Usted tendría miedo?

– Yo no he hecho lo que usted ha hecho.

– Son cuestiones de criterio.

Dijo, tajante, sin haberme mirado ni una vez, y se largó a correr, revoleando las piernas flacas. Va solo; el guardaespaldas se quedó con la Crónica y él trota, tranquilo, como quien silbara. Usa un short azul, una camiseta celeste y en la mano tiene una toalla que se pasa de tanto en tanto por la frente. Para un señor de sus años y sus muertes, su estado físico es notable. Aunque el sudor y la agitación le marcan las venas de las sienes, que palpitan como si prometieran un estallido.

El lugar es idílico, muy verde y casi desierto. Hay jacarandás en flor, un sol benigno, voces de muchos pájaros. En medio del boulevard, entre los árboles, un grupo de chicos de colegio se está rateando con gritos y empujones. El ex pasa a su lado, alguien lo reconoce y todo el grupo se inmoviliza, enmudece, se congela.

– Yo lo mato con la indiferencia.

Dirá, más tarde, un petiso de rodillera roja y pelo corto, uno de los habitués.

– A mí me mata que el tipo corra como si fuera uno más, con todo lo que hizo, pero lo mejor es matarlo con la indiferencia.

– Sí, porque se ve que te mira como tratando de que lo reconozcas, de que le digas algo.

– Sí, te desafía.

– No, quiere que lo saludes. Al principio se quedaba allá en el fondo, cerca de la fragata, pero ahora se animó y se viene hasta acá, ya ganó confianza.

Dirá otro corredor, un cuarentón de canas bien peinadas y jogging impecable, sin sudores.

– Yo acá vengo a correr y el resto no me importa, viste.

Aclarará uno de rulos rubios atados en una colita y musculosa verde con vivos amarillos.

Pero ahora el ex sigue con el trote, suave, sostenido, y un diariero que pasaba en bicicleta se le ha puesto a la par y lo cubre de elogios. No se oyen las palabras pero se entienden los gestos, las sonrisas. Desde un camión también lo saludan y el ex responde, con el brazo en alto.

– El otro día él venía corriendo adelante mío y yo pisé medio fuerte, para ver qué pasaba, y él se dió vuelta enseguida, se sobresaltó. El tipo debe tener miedo, con el pasado que tiene.

Dirá el del jogging impecable.

– A mí no me da un asco especial, no más que cualquier milico –dirá, ya casi al final, un pelado de sesenta, muy bronceado, que se bajará de un renault 18 con sus pantalones cortos y su acento reo–. Porque a mí no me hizo nada, ni a ningún familiar mío, así que yo contra él no tengo nada. La verdad que es un pobre tipo que no lo dejan tranquilo, que tiene que andar con custodia, mirar para todos lados.

La costanera sur es un vestigio de otros tiempos, de otro país. Una ruina de lo que la patria iba a ser cuando tenía un futuro, una parte de la ciudad que la naturaleza está recuperando poco a poco. Aquí ha instalado su cabeza de puente la vanguardia de los yuyos que algún día serán Buenos Aires. En la glorieta coquetona, muy fin de siglo, el doctor Luis Viale, que hace ciento veinte años le ofreció su salvavidas a una dama en un naufragio para poder ahogarse como un caballero, sigue tirando el mismo salvavidas a un yuyal florecido por los calores. Aquí, el mundo se ha detenido en aquel gesto de bronce, inútil, perfectamente innecesario. Más allá, más tarde, otra corredora, treinta años largos y mallita stretch, rubiona de tintorería, interpelará al pelado:

– No es un pobre tipo, es un asesino condenado por la Justicia.

– ¿Qué justicia? ¿La misma que lo largó? La justicia sólo sirve para condenar a los pobres tipos. La justicia largó a estos y a los otros, en cambio mirá a Monzón, que tuvo un desliz y sigue adentro. Lo que no me explico es lo de la iglesia. A este todos lo condenan y después va el obispo y lo bendice. Uno se pregunta si ese obispo representa al mismo Dios en el que yo creo. ¡Qué arrogancia, por favor, qué arrogancia!

Dirá el pelado, y el de la indiferencia, de vuelta de otra vuelta, se acercará trotando.

– El otro día el tipo éste pasaba por al lado del campo de deportes del colegio Buenos Aires y a los pibes se les fue la pelota a la calle. Entonces lo vieron y le gritaron tío, tío, tirá la pelota. Y el tipo fue y se la tiró. Los pibes ni lo reconocieron, pero yo me quedé pensando que al final el tipo se tuvo que arrodillar para agarrar la pelota igual que yo, igual que cualquiera se tuvo que arrodilar, te das cuenta?

El ex vuelve caminando desde el sur. Al rato se le suma su mujer, que se escapa en cuanto ve a Calviño con el tele en ristre. Me pregunto por qué habrá elegido este lugar. Su casa está en Figueroa Alcorta, al lado de los bosques de Palermo, pero es probable que aquello resulte demasiado público. Acá, en cambio, no hay más que un grupito de habitués que incluye a varios oficiales del Ejército que vienen desde el Comando en jefe; entre ellos, el general Martín Balza. Pero, de todas formas, hay algo de desafiante en el hecho de correr en un paseo público, no ocultarse en un club, en una quinta. Como quien reivindicara el derecho de usar una ciudad que fue suya. Como quien no temiese a los piquetes de paseantes que le fueran ocupando los espacios, expulsándolo de los espacios que fueron suyos cuando era la muerte.

El ex ya está llegando a la glorieta, con la vena muy hinchada.

– Si yo hubiera hecho lo que hizo usted, tendría mucho miedo.

– Si usted hubiera hecho algo, no estaría acá.

Dice, en un gruñido, sin mirarme, y no termino de entender la amenaza. Lo sigo, diciéndole estúpidamente que la repita, que la repita si se atreve, pero él camina hacia el coche donde lo espera el ropero. No me queda mucho más, él se está yendo y sólo por respeto me parece que debería gritarle algo. Entonces le grito asesino y él se da vuelta, me mira, entra en el coche. Como todos los lunes, miércoles y viernes, a las nueve, en Cangallo y Costanera.

(Este texto se publicó en un diario que entonces se llamaba Página/12. Al otro día se formaron grupos para ir a la Costanera Sur a interceptarlo y el dictador -pobre consuelo- no pudo usarla más.)

Actualización: comentaristas me reprochan que no diga que Videla murió preso por la política de derechos humanos de este gobierno. Es cierto. También es cierto que el doctor Kirchner era gobernador menemista en 1991, cuando el entonces presidente Menem amnistió a Videla y sus adláteres, y no esbozó la menor crítica -que muchos manifestamos en las calles. También parece cierto que la acumulación de esas y otras manifestaciones hizo que el doctor y su esposa entendieran que cambiar su política con respecto a los dictadores sería bienvenido por una parte importante de la sociedad. Y que les serviría para poner en segundo plano otros aspectos mucho menos populares de sus gobiernos.

Lali Bertá

Por: | 15 de mayo de 2013

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Hay que ser bruto para entregarle ese lugar a Macri.

Mauricio Macri supo ser una beca para los progresistas de la ciudad de Buenos Aires: que fuera el jefe de los contrarios era una gran ayuda. Era fácil unirse contra el boquipapa hijo de papá representante del centro-derecha empresarial. En 2003, por ejemplo, consiguió el milagro de que un candidato –Aníbal Ibarra– curvado bajo el peso de la Alianza devastada ganara en el distrito, solo porque él estaba enfrente: porque todos los no-neoliberales hicieron la unión sagrada contra él.

De eso –como de casi todo– ya pasaron diez años; Macri empezó a gobernar en 2007 y fue perdiendo, en el gobierno, las calidades que tenía en la oposición. Nadie lo había elegido por su verba, su carisma, su historia democrática; era, sobre todo, una promesa de gestión eficiente –y sus seis años al frente del distrito más fácil del país la desmintieron: inundaciones repetidas, tránsito caótico, basura rampante, escuelas cerradas, un deterioro general de la ciudad. Ya nadie cree que Macri sea capaz de gestionar bien; si conserva alguna chance es por este desierto en que vivimos.

Y, por supuesto, por la ayuda del gobierno kirchnerista. Que hace seis años fue evidente: cuando Néstor Kirchner prefirió romper el frente que lo enfrentaba y dejarle ganar la ciudad para constituirlo como enemigo supuestamente conveniente –como enemigo que le resultaba cómodo, que le permitiía definirse por oposición. Y que, durante estos años, tuvo sus vaivenes y terminó por hartar a casi todos: cuando entre ambos –gobierno nacional, gobierno municipal– consiguen dar la impresión de que sus reyertas y querellas resultan en proyectos que no se concretan, servicios que no funcionan, más problemas para los ciudadanos.

La colaboración, de todos modos, es mutua: la torpeza es común, la ineptitud de uno suele ser la ventajita del otro. El episodio más reciente fue hace unos días cuando, en una de las peores semanas del gobierno nacional –asalto a la justicia, economía descalabrada, corruptelas– el municipal mandó sus botones a reprimir al manicomio, y le dio cierto aire. El gobierno, ahora, se lo devolvió con creces.

Es casi impensable que Cristina Fernández piense de verdad hacer las trampas leguleyas que precisa para intervenir Clarín. Clarín –ya lo he dicho demasiadas veces– me parece uno de los grandes problemas de la patria, un síntoma clarísimo de la degradación de la cultura argentina contemporánea. Nunca me gustó el periodismo que hacen ni el papel que ocupan y lo escribí a menudo. Es triste que tenga que aclarar este punto para decir que lo que quiere hacer ahora el gobierno me parece nefasto, indefendible.

Y creo que –por una vez– lo mismo le parece a millones. La intervención a Clarín, si se concreta, podría tener, a lo sumo, un formato legal pero ninguna justificación legítima: pueden decir que lo hacen al amparo de una ley confusa, pero no con ninguna razón que no sea su voluntad política, sus ganas siempre abortadas de hundir a un enemigo. Que hagan campañas y más campañas diciendo que Clarín miente es aburrido pero tolerable –al fin y al cabo, Clarín hace lo mismo con ellos, se podría considerar fair play–; que utilicen, en cambio, su poder delegado para destruirlo sería un error muy bruto. Creo que, por suerte, hay pocas medidas más impopulares entre los pocos millones que leemos los diarios que usar el poder para cargarse un diario, cualquier diario.

Pero hay sospechas fundadas de que quieren hacerlo y, así, en otro alarde inigualable de su inepsia, le regalan a Macri el papel de adalid de la libertad de expresión: el que sale a poner el pecho por la democracia amenazada.

Hay gente a la que decir libertad le sale mal –y otros van y los ayudan a que no se note. Es sorprendente: frente a la tozudez de un gobierno enceguecido, Macri, cuya relación con los medios siempre se limitó a leerlos –poco– y comprarlos –con dinero público–, ahora se convierte en su campeón. Se da el lujo de promulgar su segundo decreto de necesidad y urgencia diciendo que la libertad de prensa es esencial para la democracia y que su gobierno y la ciudad piensan defenderla –contra los ataques del gobierno nacional. Y se dará el lujo, en unos días, de obligar a los diputados más progres o incluso izquierdistas de la ciudad a votar una ley que él propuso, que no podrán objetar: que resulta, en sí, bastante inobjetable.

Es otro prodigio kirchnerista: nieblas del Riachuelo, milagros mugres de esta patria manejada por pavotes.

Una de espías

Por: | 08 de mayo de 2013

4

A la izquierda, el botón Américo Balbuena infiltrado como periodista de la Agencia Rodolfo Walsh.

Un oficial de inteligencia de la Policía Federal Argentina se pasó estos diez últimos años infiltrado en la Agencia de Prensa Rodolfo Walsh, un grupo de periodistas dedicados a difundir las actividades de los grupos más críticos. La agencia tenía la confianza de todos esos militantes: al trabajar allí, el botón conseguía la mejor información sobre las actividades de la izquierda argentina.

Lo descubrieron, por fin, sus propios compañeros, que al principio no podían creer que Américo Alejandro Balbuena, el tipo con el que habían compartido tantas cosas, no era ése que decía que era sino uno que se había pasado todos estos años trabajando para sus enemigos, traicionándolos, cagándolos.

Hay que ser una persona muy particular para poder pasarse diez años engañando a las personas con las que uno se pasa la vida, diez años diciendo todo el tiempo lo contrario de lo que se piensa, diez años actuando, truchándose quince horas por día. Y es horrible, del otro lado, descubrir que alguien no es lo que uno creía, que no es lo que había dicho. Hay pocas formas de sentirse más engañado: por un amor, un amigo, un proyecto. Es horrible descubrir que un gobierno, un proyecto político no son lo que habían dicho.

En cuanto se hizo pública la denuncia del espionaje de Balbuena, la ministra de Seguridad Nilda Garré lanzó un comunicado que dice que “requirió un informe urgente al jefe de la Policía Federal sobre las tareas que desempeñaba Américo Alejandro Balbuena y sobre otros efectivos del área de reunión de información; resolvió iniciar una investigación sumaria y pasar a disponibilidad preventiva a personal de inteligencia de la Policía Federal Argentina para contribuir a esclarecer si las tareas que realizaba están comprendidas o no dentro de las funciones asignadas a la fuerza por la ley de Inteligencia”.

La hipótesis de que la ministra no supiera que sus hombres estaban espiando a esas organizaciones de izquierda es risible o patética. Risible: parece más bien una mentira de ocasión, berreta, ofensiva. Patética: si se lo creemos es peor. ¿Está diciendo que en la Policía Federal hay grupos que espían por su cuenta, mano de obra autónoma que trabaja para vaya a saber quién? ¿Está diciendo que el gobierno no controla –no sabe– lo que hacen sus fuerzas armadas? En cualquiera de los dos casos –si no sabía, si sabía y mintió– por inútil o por mentirosa, debería irse a su casa.

Pero eso importa poco. Con Garré o sin Garré, lo preocupante es que este gobierno sigue demostrando su voluntad creciente de reprimir: palos, tiros, amenazas, espionaje. Por supuesto que no es el único: sus oponentes, como Mauricio Macri, también lo hacen. Pero ese intento de exculparse diciendo que el otro hace lo mismo ya era pobre en la primaria. Mal de muchos, solíamos decir.

Y el caso Balbuena no acepta un consuelo de tontos. Es gravísimo: espionaje del mejor estilo dictadura. Aunque los grandes medios no le hacen mucho caso: a quién le importa si botonean a unos zurditos. El gobierno tampoco: fuera de ese comunicado inverosímil de Garré, nadie salió a hacerse cargo del asunto.

Los voceros kirchneristas, tan vocinlgeros otras veces, ahora silban bajito. Debe ser difícil. Frente a estas evidencias, los que alguna vez eligieron –por las razones que sean, más o menos defendibles– seguir al kirchnerismo se atrincheran, redoblan sus medidas de seguridad o de ceguera. Sus gobiernos, nacionales y provinciales, han matado manifestantes, promulgado leyes represivas como la "Antiterrorista", sostenido módulos de espionaje como el Proyecto X, torturado en cárceles y comisarías, asesinado a cientos de pibes con sus policías de gatillo tan fácil. Y siguen, mientras tanto, diciendo que son populares, progresistas, democráticos, todas esas cosas. Y sigue habiendo gente que quiere creerles. Debe ser cada vez más laborioso.

Dejenlo, muchachos. No hay guita ni ilusión que valgan tanto engaño.

¿Política?

Por: | 05 de mayo de 2013

The-futureVeía pasar banderas rojas –banderas republicanas, banderas catalanas, pancartas enojadas– por la via Layetana y me preguntaba de qué hablaría todo el tiempo si no hubiera nacido en la Argentina y en el año de gracia de 1957. Digo: si no hubiera tenido quince años en ese tiempo ese lugar, si mis padres hubieran sido otros, si me hubiese apasionado el origami, si no hubiera creído desde tan chico que la política era algo que no podía ni quería dejar de lado.

Si la política no hubiera definido varias veces mi vida: en 1976, cuando me tuve que ir de la Argentina; en 1983, cuando pensé volver; durante los noventas, cuando puteábamos en el desierto de los shoppings; ahora, cuando soporto cada vez menos la extrema tontería de tirios y troyanos. Si pudiera pensar más en otras cosas, pienso, y en ésas menos, cómo sería mi vida.

Digo, con perdón de la brutalidad: yo podría no interesarme por lo político. Tengo una vida agradable, no tengo graves problemas económicos, hago cosas que me interesan y me gustan, las disfruto: se podría decir –yo podría decir– que “me va más o menos bien”. Podría dedicarme, como otros escritores, como tantos, a hablar sobre las autobiografías maoríes –sobre las cuales se pueden decir cosas apasionantes– o la nueva nueva narrativa de Palermo –sobre la cual bastantes menos– y a contestar más en serio cuando me preguntan por mi infancia y menos cuando por la última elección. Y sin embargo no: insisto, vuelvo, sigo. Escribo estas columnas, hablo, me meto en líos, hago libros que tienen, casi sin solución, una dosis fuerte de política.

Lo cual es particularmente desdichado porque la política es mi fuente más caudalosa, más insistente de tristeza. El espacio de la desazón y la derrota.

Digo: unas banderas rojas y unas decenas de miles de personas en la calle, un primero de mayo, en un país con siete millones de desocupados. Digo: la comprobación de que los mecanismos de control social son tan eficaces que los pueden manejar incluso estos semiinfradotados –de aquí y allá y también acullá– y funcionan igual. Digo: la prueba repetida de que tantos millones viven mal y no saben qué hacer para solucionarlo o, peor: piensan que no hay forma de solucionarlo. Digo: la demostración insistente de que no hay nada más fácil de engañar que mucha gente. Digo: la angustia de haber visto cómo las ideas de cambio que imaginamos durante siglos se desmoronaron y todavía no aparecen las que deben reemplazarlas. Digo: la evidencia de que hoy los más activos son los defensores de ciertas religiones medievales o, en su defecto, los jóvenes bienintencionados acojonados que quieren defenderse: de los estados, de los desastres, de las corporaciones -y no saben qué hacer con la parte de los proyectos de futuro. Digo: la tristeza de ver cómo distintos estafadores, en distintos países, ocupan con cierta facilidad esos vacíos. Digo: la falsificación de hacernos creer que la política es eso que hacen los políticos. Digo: la comprobación de que nada va a ser muy distinto mientras viva: que –a diferencia de lo que creí mientras crecía– ya no me alcanza para ver un mundo menos feo.

Digo: yo podría no pensar –pensar un poco, mucho menos– en todas esas cosas, y mi vida sería mucho más agradable. A veces lo extraño. Me imagino una vida en que esos problemas me incomodaran algunas noches, por supuesto, pero no dedicara tanto tiempo a intentar entenderlos, a escribirlos, a cabrearme por ellos, desolarme por ellos.

(Y a veces me apena haber nacido en esta época desesperanzada, envidio otras. Nacer por ejemplo en Italia y en 1880, pasar por vicisitudes y derrotas y morir en 1950 pensando que el mundo que supo vencer al Duce y al Führer y al imperio británico estaba listo para grandes cosas. O nacer si no en Francia y en 1700 y suscribirme a la Enciclopedia de Diderot y D’Alembert y vivir asustado y lleno de esperanzas en el triunfo final de la Razón y morirme antes de que sus sueños se volvieran monstruos. O nacer en Buenos Aires y en 1790 o 1850 o 1910 e imaginar que, pese a todo, estábamos haciendo un país que alguna vez valdría la pena. Extraño, parece, creer. Y la política fue siempre mi único espacio de creencia. Detesto la creencia, extraño la creencia –creo que necesito la creencia. Quizá también por eso. Llegué a la política cuando era una promesa solvente, indudable. Me quedé ahora que es puro choque contra la vergüenza de la realidad, contra las impotencias.)

Digo: me imagino una vida sin política como una vida más amable y supongo que me sentiría una mierda, un traidor a mí mismo porque éste ya soy yo, irremediablemente. Pero sé que no hay espacio en que la pase tan mal: tan lleno de frustración y de derrotas.

Lo curioso es que creo que les sucede a muchos más. Puede que no, pero me parece que hay muchas personas que vivirían más tranquilas –más felices– si apartaran la política de sus vidas. La política de la modernidad apareció como un recurso de los jodidos, los aplastados de todo tipo, para dejar de serlo o por lo menos serlo menos: apareció como un sacrificio que valía la pena hacer para dejar atrás ciertos infiernos. Y, sin embargo, en nuestras sociedades solemos ser los menos aplastados –los que, de últimas, no la necesitamos tanto– los que le dedicamos más tiempo y más esfuerzo. Y chocamos contra paredes cada vez más bobas y seguimos, y otro choque y seguimos y otro y otro. Y seguimos.

¿Por qué lo hacemos? ¿Por culpa, por costumbre, por esa necesidad de creer en algo? ¿Por puro masoquismo? ¿Por una forma cada vez más menguada, más inverosímil de la esperanza? ¿Por la fatalidad biográfica? ¿Por una rara versión de la decencia? ¿Por cabreo? ¿Porque no sabemos ya cómo callarnos? ¿Porque tanta fealdad no se soporta? ¿Por optimistas incurables? ¿Por boludos?

Las respuestas pueden ser variadas. Igual, no cambian demasiado: aquí me tienen. Buscando, empecinado, alguna idea, alguna historia, algún vislumbre que me hagan pensar que, al fin y al cabo, la política no es solo una condena.

Un ministro se quiere ir

Por: | 25 de abril de 2013

En esos tres minutos de video está casi todo. El funcionario –ministro de Economía, dice su carnet, aunque a nadie le consta– debe contestar las preguntas de una periodista televisiva y griega. El ministro da cifras que no cree y las da mal, dubitativo. La periodista, falsa ingenua, le pregunta por la inflación en la Argentina. El ministro balbucea, dice que por supuesto las cifras son las oficiales y que ésas son las únicas posibles y que solo esa repartición tiene los medios técnicos para hacerlo -pero no dice ninguna cifra, supongo que le da vergüenza. Entonces la falsa ingenua periodista le dice que claro pero que cuánto es, y el ministro cada vez más balbuciente dice que cree que el acumulado del último año debe ser diez punto dos, dice, diez coma dos, más o menos, puede que me equivoque en el decimal, dice, "o algo por el estilo". Pero entonces la periodista le pregunta si esa es la inflación verdadera, porque el FMI la ha cuestionado; el ministro quiere decir que sí pero no le sale. Quizá algún prurito contra la posibilidad de una mentira tan visible, quizá mera bruticie. Lo cierto es que intenta contestar, se corta, dice no, me quiero ir. En medio de la entrevista, con la cámara encendida, como un nene chiquito en una fiesta fea, el ministro dice que se quiere ir -y lo repite: me quiero ir, me quiero ir. Entonces su ayudante de prensa le explica a la periodista que esas preguntas no se hacen: "La verdad que... hablar de la inflación cuando nosotros no hablamos, ni con los medios argentinos, de la inflación...", le dice, pero tampoco consigue terminar su frase. 

 

En tres minutos, casi todo: para empezar, la inepcia extraordinaria de un señor que trampea los datos económicos desde hace años y todavía no sabe cómo explicarlo. Para seguir, la sorpresa de un funcionario porque una periodista se atreve a hacerle una pregunta –la más obvia, la obligada. Por fin, la omnipotencia necia de un gobernante que cree que si corta la entrevista en plena entrevista, ante la cámara, la periodista va a ser tan servil como tantos colegas locales y no lo va a mostrar. Porque, parece, lo han malacostumbrado.

Digo: la inepcia más la imprevisión más la omnipotencia más el acostumbramiento a su propio poder, el coctel justo para un autoritarismo de tercera. Y, para los que lo vemos, la sensación de que estamos gobernados por tarados.

El ministro, por fin, dijo que se quería ir -y sintetizó, magistral, lo que muchos argentinos sentimos al verlo.

Solo que a él nadie –terriblemente nadie– se lo impide.

Honestismo

Por: | 23 de abril de 2013

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Jorge Lanata lo hizo otra vez. Con 30 puntos de rating, con millones de personas mirándolo, con más millones comentándolo, su programa dejó de ser un programa para transformarse en un fenómeno cultural y político. Hace diez días que toda la Argentina –eso que llamamos toda la Argentina– habla de sus revelaciones; hace diez días que instaló metáforas nuevas: la idea de la plata pesada, por ejemplo –de tanta plata que no se puede contar sino pesar–, va a terminar siendo uno de los símbolos de estos años tristes. Y la Ferrari de Fariña se reunió con la Ferrari de Menem en el panteón de los gobiernos muertos.

Lo que ningún partido opositor había conseguido lo consiguieron periodistas. Este gobierno no para de tirarse tiros en las patas –y gracias a esa práctica su apoyo baja y baja, pero sus opositores no contribuyen casi nada a esa caída. Las revelaciones de Lanata y Wiñazki sí.

Es curioso el efecto que produce la prueba del afano. Para un gobierno que mintió tanto, que acabó con tantas esperanzas, que produjo desastres tan mortíferos, pocas cosas parecen haber sido más dañinas que estas evidencias. No hay nada más tranquilizador para un argentino que comprobar que sus enemigos políticos roban. Es, una vez más, el poder de lo que no admite debate.

Lo mismo sucedió con el menemismo: un gobierno estaba dando vuelta la estructura social y económica del país y nos preocupaban sus robos, su corrupción, sus errores y excesos. Fue lo que entonces llamé el honestismo.

La palabra cundió, y en estos días más de uno me preguntó, solícito: ¿Ahora vas a seguir hablando de honestismo, pelotudo? ¿A ver qué vas a decir ahora, bigotón? –me interpelan, con la elegancia que suele caracterizarlos, y no cejan: ¡Ahora sí que te podés meter el honestismo bien en el culo!

Estudié la posibilidad, no me pareció suficientemente placentera; decidí que era mejor discutir el asunto. Para lo cual, primero, quisiera definirlo, tal como aparece en mi libro Argentinismos: “Honestismo, sust. mas. sing., argentinismo: la convicción de que –casi– todos los males de la Argentina actual son producto de la corrupción en general y de la corrupción de los políticos en particular”. Y después, más en extenso:

“El honestismo es un producto de los noventas: otra de sus lacras. Entonces, ante la prepotencia de aquel peronismo, cierto periodismo –el más valiente– se dedicó a buscar sus puntos débiles en la corrupción que había acompañado la destrucción y venta del Estado, en lugar de observar y narrar los cambios estructurales, decisivos, que ese proceso estaba produciendo en la Argentina.

“La corrupción fueron los errores y excesos de la construcción del país convertible: lo más fácil de ver, lo que cualquiera podía condenar sin pensar demasiado. Es como los juicios a los militares: aquellos militares empezaron a cambiar las estructuras sociales del país, destruyeron las organizaciones sociales, produjeron la deuda externa que todavía nos siguen cobrando pero los juzgamos por haber robado una cantidad de chicos. Es terrible robar chicos. Pero frente a lo que construyeron como país es un hecho menor. Sus torturas, sus asesinatos incluso son, frente a eso, un hecho menor: un hecho espantoso acotado frente a un efecto global que se extiende en el tiempo, que dura todavía. Pero es mucho más fácil acordar en lo horrible de sus torturas y robos que en lo definitorio de su reestructuración del país –entre otras cosas, porque los que se beneficiaron con esa reestructuración son, ahora, los dueños de casi todo. Lo mismo pasó, con menos brutalidad, con la misma eficacia, con las reformas del peronismo de los años noventas.

Y después: “La furia honestista tuvo su cumbre en las elecciones de 1999, cuando elevó al gobierno a aquel monstruo contranatura, pero nunca dejó de ser un elemento central de nuestra política. Muchas campañas políticas se basan en el honestismo, muchos políticos aprovechan su arraigo popular para centrar sus discursos en la denuncia de la corrupción y dejar de lado definiciones políticas, sociales, económicas. El honestismo es la tristeza más insistente de la democracia argentina: la idea de que cualquier análisis debe basarse en la pregunta criminal: quiénes roban, quiénes no roban. Como si no pudiéramos pensar más allá.”

O sea: es terrible que los políticos elegidos para manejar el estado le roben, nos roben. Estamos todos de acuerdo en eso. Ése es, precisamente, el poder del discurso contra la corrupción: es muy difícil no estar de acuerdo. Es, sin ningún ánimo de desmerecer, un lugar común: un lugar donde todos podemos encontrarnos. Nadie defiende la corrupción, a los corruptos. Nadie dice está bien que se afanen la guita; a lo sumo dicen no, no afanan tanto, no se crean. O dicen más bien este hijo de puta que los está denunciando es un perverso que unta a su perra con crema chantilly. O –a lo sumo, los más atrevidos– defienden el famoso robo para la corona. Ahora en su versión kirchnerista: necesitamos plata para construir poder, dicen, para hacer política, sin pararse a pensar –a pensar– que al decirlo dicen demasiado sobre su idea de lo que es “hacer política”.

“La corrupción existe y hace daño. Pero también existe y hace daño esta tendencia general a atribuirle todos los males. La corrupción se ha transformado en algo utilísimo: el fin de cualquier debate. Si las empresas estatales se malvendieron a otras empresas estatales extranjeras no fue porque una deuda de miles de millones obligó a la Argentina a hacer lo que querían sus acreedores externos, sino porque a un par de ministros y cuatro secretarios les gustaban ciertos polvos más que otros. Si hay tantos pobres –y se los cuida tan poco y tan mal– la causa se ve menos en el reparto de las riquezas y el abandono de las obligaciones del Estado que en el desvío de ciertos fondos menores. Y así sucesivamente. La discusión política es el tema que el show de la corrupción supo evitar”, decía Argentinismos.

“La honestidad es el grado cero de la actuación política; es obvio que hay que exigirle a cualquier político –como a cualquier empresario, ingeniero, maestra, periodista, domador de pulgas– que sea honesto. Es obvio que la mayoría de los políticos argentinos no lo parecen; es obvio que es necesario conseguir que lo sean. Pero eso, en política, no alcanza para nada: que un político sea honesto no define en absoluto su línea política. La honestidad es –o debería ser– un dato menor: el mínimo común denominador a partir del cual hay que empezar a preguntarse qué política propone y aplica cada cual.”

Nadie arguye que la corrupción no sea un problema grave. Pero también es grave cuando se la usa para clausurar el debate político, el debate sobre el poder, sobre la riqueza, sobre las clases sociales, sobre sus representaciones: acá lo que necesitamos son gobernantes honestos, dicen, y la honestidad no es de izquierda ni de derecha.

“La honestidad puede no ser de izquierda o de derecha, pero los honestos seguro que sí. Se puede ser muy honestamente de izquierda y muy honestamente de derecha, y ahí va a estar la diferencia. Quien administre muy honestamente en favor de los que tienen menos –dedicando honestamente el dinero público a mejorar hospitales y escuelas– será más de izquierda; quien administre muy honestamente en favor de los que tienen más –dedicando honestamente el dinero público a mejorar autopistas y teatros de ópera– será más de derecha. Quien disponga muy honestamente cobrar más impuestos a las ganancias y menos iva sobre el pan y la leche será más de izquierda; quien disponga muy honestamente seguir eximiendo de impuestos a las actividades financieras o las explotaciones mineras será más de derecha. Quien decida muy honestamente facilitar los anticonceptivos será más de izquierda; quien decida muy honestamente acatar las prohibiciones eclesiásticas será más de derecha. Quien decida muy honestamente educar a los chicos pobres para sacarlos de la calle será más de izquierda; quien decida muy honestamente llenar esas calles de policías y de armas será más de derecha. Y sus gobiernos, tan honesto el uno como el otro, serán radicalmente diferentes. Digo, en síntesis: la honestidad –y la voluntad y la capacidad y la eficacia–, cuando existen, actúan, forzosamente, con un programa de izquierda o de derecha.”

Y eso es lo que el honestismo evita discutir. “La ideología de cierta derecha siempre consistió en postular que no hay ideologías, y que lo que importa es la eficiencia, la honestidad. Es la misma línea de pensamiento que resumió, en sus días de pelea agropecuaria, la doctora Fernández, entonces presidenta: ‘En política se puede ser peronista, antiperonista, comunista, en política se puede ser cualquier cosa, pero en economía hay que tratar de ser lo más sensato y racional que sea posible’. La política no define la economía –que debe ser ‘sensata y racional’– ni las decisiones de gobierno –que deben ser ‘honestas’–: la política da igual, es un capricho”.

Ahora, desde los crímenes de Once y las inundaciones, se agregó una frase más: la corrupción mata. Sin duda mata y es terrible. Más mata, sin embargo –si es que vamos a embarrarnos en estas comparaciones vergonzosas–, la falta de hospitales, la malnutrición, la violencia, la vida de mierda –y eso no es producto de la corrupción sino de las elecciones políticas.

Hay quienes oponen a esto un argumento: que si “los políticos” no robaran, muchas cosas serían mejores: la salud, la educación, por ejemplo.

“Quizá mejoraran marginalmente. Pero lo que define la salud o la educación argentinas no es que quienes tienen que organizar sus prestaciones públicas se roben un 10, un dudoso 20, incluso un improbable 30 por ciento del dinero destinado a ellas; lo que las define es que –gracias a la dictadura militar y sus continuadores democráticos– los argentinos que pueden hacerlo compran salud y educación privadas, y dejan a los pobres esa educación y esa salud públicas que los políticos corroen –lo cual resulta, ya que estamos, absolutamente de derecha.

“O sea: si este mismo sistema estuviera administrado sin la menor fisura, habría –supongamos– un tercio más de recursos para hospitales y escuelas y los pobres tendrían un poco más de gasa y un poco más de vacunas y un poco más de tiza –y los ricos seguirían teniendo tomógrafos y by-passes al toque y computadoras de verdad en el aula. Quiero decir: si todos los políticos fueran honestos, todavía tendríamos que tomar las decisiones básicas: en este caso, por ejemplo, si queremos que haya educación y salud de primera y de segunda, o no. Si queremos que un rico tenga muchísimas más posibilidades de sobrevivir a un infarto que un pobre, o no. Si pensamos que saber matemáticas es un derecho de los hijos de los que ganan menos de cinco lucas, o no.

“Pero muchos políticos –y muchos ciudadanos– evitan discutirlo y hablan de la corrupción, que es más fácil y es decir casi nada: ¿quién va a proclamar que está a favor del cáncer? El honestismo es la forma de no pensar en ciertas cosas, un modo parlanchín de callarse la boca. Cuando no hay ideología, la idea de la decencia y de la ética parecen un refugio posible. Es curioso: no hubo, en la Argentina contemporánea, un gobernante más decente, más reacio a acumular riqueza personal, que un señor que vivió hasta hace poco en un apartamento de cuatro ambientes en un barrio modesto que tuvo que dejar para ir, grasiadió, preso, y se sigue llamando, pese a todo, Jorge Rafael Videla, ex general de esta Nación.”

Esto, entre otras cosas, decía cuando hablaba de honestismo. Y otra vez, para que quede –casi– claro: no digo que no haya que ocuparse de descubrir todos los robos y corruptelas que se pueda. Al contrario –y aplaudo y agradezco a quienes lo hacen. Pero digo, también, que si no pensamos la política más allá de eso, si la pensamos en puros términos de honestos y deshonestos, si la pensamos como un asunto de juzgado de guardia, corremos el riesgo de volver a elegir a la Alianza de De la Rúa y Chacho Álvarez.

Los argentinos, ya se sabe, somos tan buenos para volver a tropezar con mismas piedras.

El País

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