Martín Caparrós

PamplinasMundial 26. Pipá, Pipá

Por: | 05 de julio de 2014

Eran cuatro; debían ser cuatro pero no. Parecía que al fin no eran cuatro sino uno, siempre uno: que la Argentina era Messi y solo Messi. El primero en caer fue Agüero, lesionado. Di María corría y recorría sin consecuencias, Higuaín erraba y erraba y la prensa quería echarlo –y solo estaba Messi, solo. Hasta que, el martes, Di Maria fue decisivo y ayer, cuando ya no quedaba ningún otro, Higuaín recuperó la memoria, los instintos, y volvió a ser él: uno de los grandes goleadores del fútbol mundial, el menos valorado.

Hace un año publiqué un Elogio del Pipita: “A veces pienso que Higuaín no es un jugador para estos tiempos. No hace piruetas, no tiene caprichitos, no sale en las revistas con tremendos gatos, no vende humos diversos; Higuaín se la juega callado, corre, pelea, no para, corre, gana. Higuaín es uno que está siempre ahí, uno que todos quieren en su equipo, un optimista impenitente, un Palermo que sabe jugar a la pelota. (…) Es rapidísimo en los últimos metros, está siempre donde tiene que estar, impone el cuerpo como nadie, le pega sin problemas con las dos –pero también puede tirar una gambeta o un cambio de frente sin problema. Solo que no hace bardo ni glamour; en un mundo de artistas y cafiolos, el Pipita es más bien un laburante, un obrero supercalificado”. Ayer, en Brasilia, miles lo gritaban: olé olé olé olé, Pipá, Pipá.

Fue la baza ganadora en un partido serio: un partido pensado, regulado. La Argentina lo ganó como ganaba en mi recuerdo la Argentina: sólido, sin alardes, sin despilfarro. Se diría que sin arte; con oficio, con la claridad de que quien no quiere gustar sino ganar. Ganar. Ganar.

Es una idea. Cuando te sale bien –o la hacen los tuyos– se llama realismo o pragmatismo; cuando no –o la hacen otros– se la llama con todo tipo de palabras.

Es una idea. No es la que me gusta pero es una idea clara –y la Argentina la llevó adelante con destreza: una defensa por fin sólida, concentración y dientes apretados, un par de rachas de buen fútbol. Por momentos entregó demasiado el terreno; por momentos parecía que habría podido imponerse más con la pelota o aprovechar los espacios: el partido para el que se preparó este equipo –ventaja en el marcador y campo para el contraataque– por fin había llegado. Pero en ese segundo tiempo Messi estaba cansado –había peleado tanto en el primero– y no había más reservas, y Sabella reafirmó la idea cambiando al 9 por un 5: era de aguantar.

Aguantaron, ganaron. Sin violencia, con solvencia, sin otra pretensión: aguantaron y ganaron. Por quinta vez en su historia, después de 24 años, la Argentina está a un paso de entrar en la final; llegó, las otras cuatro, pero en ninguna de ellas estaba, al cabo del camino, el espejismo de Brasil. En el medio, la tormenta naranja.

PamplinasMundial 25. O Antifutebol

Por: | 05 de julio de 2014

En mi cancha –ustedes disculpen, es la cancha de Boca– cuando un equipo visitante juega así todos gritamos “equipo chico lalalalá lalalá”, pero no gritamos lalalalá lalalá; gritamos otra cosa. Lo gritamos, por ejemplo, cuando un equipo va ganando 2 a 0 por un gol de chiripa rodillazo y otro de soberbio tiro libre por un foul dudoso y, faltando todavía casi 20 minutos, su juego consiste en pegarle de puntín lo más lejos posible, sacársela de encima y encerrarse atrás. Lo peor del fútbol: aquello que los clásicos, dios los perdone, solían llamar “el antifútbol”. Lo raro, lo indignante, es que eso lo haga la selección del país más potente del fútbol mundial, en su casa, contra otra que nunca había llegado a un cuarto de final.

Ayer Brasil se esforzó todo un tiempo apretando, presionando, mostrando su incapacidad supina para dar cinco pases seguidos cuando recuperaba la pelota –y, pareció que le daba resultado: ahogó a Colombia, no lo dejó jugar. En el segundo ya no pudo mantener el ritmo y se dedicó, decíamos, a la demora, el enredo, el puntinazo. Y la violencia: cometió treinta y un (31) fouls pero un árbitro vergonzoso y español solo amonestó a un jugador brasileño por obstruir el saque del arquero contrario y a su arquero por un tackle que debió valerle la expulsión. Y Colombia, enfrente, no supo cómo contestarle; así, el partido más esperado se convirtió en un juego de potrero, vulgar, torpe: desconcierto de errores y pases sin destino, de pelotas volando y patadas voladoras. El fútbol como un juego de descontrol y lotería.

Supongamos que estaban muy nerviosos, que siempre es más amable. Supongamos que el peso de la responsabilidad, la obligación de ganar su Mundial les impide jugar como querrían. Supongamos que no les gusta estar haciendo lo que hacen. Supongamos.

A mí –disculpas otra vez– me indignan, y espero que pierdan por fin contra ellos mismos. Disfruté tanto de verlos cuando valía la pena: cuando eran alegres, bellos y finales. Ahora me aterran: espero que pierdan, de verdad lo espero. El estilo que se lleva un campeonato suele ser imitado. Por eso espero muy honestamente que Brasil no gane este Mundial: que no nos condene a cuatro años de fútbol inmirable.

PamplinasMundial 24. El susto brasileño

Por: | 03 de julio de 2014

En la pantalla, ahora, las personas hacen cosas raras: están sentadas, hablan, se miran, se sonríen, algunos incluso se besan o se duermen o se comen. Pero no salen haciendo lo que deberían hacer –correr detrás de una pelota– y el desespero aumenta. Ya van dos días de abstinencia cruel: hoy se termina. No sé si será por esa privación, pero esta jornada parece la mejor desde que, aquel 12 de junio tan lejano, nos soldamos a una pantalla plana y nos volvimos miradores.

Alemania contra Francia siempre es un buen plato: dos formas de entender el fútbol, dos países que se mataron tanto y ahora están condenados a entenderse, a ayudarse si no quieren volverse una colonia –de vacaciones– sinoamericana. Tiene, está claro, mucho morbo. Pero Brasil contra Colombia es un plato extraordinario.

El equipo que –por ahora– jugó mejor fútbol del Mundial se enfrenta al que debería haberlo jugado. El nuevo niño mimado contra el niño mimado que ya parece viejo. La batalla de los opuestos –a sí mismos– está por empezar.

Es como si Greenpeace se lanzara a lanzar barriles de petróleo por los mares del mundo, como si el comandante en jefe del mayor ejército recibiera un premio Nobel de la Paz, como si Cataluña le impusiera el castellano a Salamanca, como si Cristina Fernández insistiese en pagar los vencimientos de la deuda externa: Brasil juega un fútbol antibrasilero. Brasil, la cuna y estandarte del jogo bonito, esgrimirá su especulación, su mezquindad contra Colombia, que juega a lo Brasil.

Y Brasil tiene un susto espantoso: el Asunto Mundial se les fue de las manos. Tanto prometerlo, tanto creérselo ganado, ahora están aterrados ante la posibilidad de no, ante el abismo posible de perderlo –y se les nota en sus movimientos en la cancha, en los llantos con mocos, en la psicóloga de urgencia. Se diría –diría mi padre– que tienen más miedo que vergüenza.

(Yo, mientras tanto, en un esfuerzo de producción meritorio, casi inverosímil, encontré una razón para desear que Brasil se lleve el Mundial: un artículo en el New York Times firmado por un señor Anatole Kaletzky, que dice haberse pasado dos semanas allí y descubierto que “la comunidad de negocios y finanzas, junto con buena parte de la clase media” quieren que Dilma pierda las elecciones de octubre próximo y que, para eso, nada mejor que una buena derrota futbolera. Es tan asquerosito que casi me dan ganas –pero no: mejor sospecho que el señor Kaletzky no lo entendió del todo.)

Colombia, en cambio, ya está hecho. Quiere ganar, por supuesto, porque quién no quiere, pero no se juega su identidad en este juego. Ha conseguido más que lo que la mayoría esperaba: las simpatías, todos los elogios. Ha conseguido, entre otras cosas, que los argentos le envidiemos a Pékerman, la sensatez andando, el trabajo constante, el fútbol bien pensado y argentino. Ya nos arrepentimos de no haberle perdonado aquel error menor: mandar a la cancha al Jardinero Cruz en ese partido con Alemania, 2006, en lugar del jovencito Messi. Perdimos –o, mejor dicho, no pudimos ganar– y la imagen del chiquito enfurruñado fue su losa. Cuántos, ahora, Sabella mediante, lamentan haber coreado su responso.

PamplinasMundial 23. Tiempo de más

Por: | 03 de julio de 2014

Hace unos días, cuando empezaron los partidos a suerte y verdad, imaginé que el Mundial 2.0 iba a durar hasta el domingo 13. Fue otro error: el “patrón de los octavos”, esos siete partidos tan parecidos en los que un equipo temeroso de otro supuestamente más potente se encerraba atrás y resistía y resistía, no debería sobrevivir; es probable que los partidos de cuartos y semis, entre equipos más o menos equivalentes, se jueguen más abiertos, más ofensivamente francos. Ése sería, si se verifica, el Mundial 3.0.

Es nuestra última esperanza. Hasta ahora hemos visto partidos emotivos pero malos: mayormente malos, con largos lapsos de aburrimiento por avaricia explícita y miedito. Para evitarlo en futuras competencias quiero lanzar una propuesta.

Sus bases están claras: en los ocho partidos de octavos hubo 17 goles; siete (7) se consiguieron en los segundos tiempos, siete (7) en los suplementarios y solamente tres (3) en los primeros tiempos: los tres, en los partidos Brasil-Chile y Colombia-Uruguay, la jornada sudaca. Está claro que, con equipos europeos, los primeros tiempos sobran. O no sobran: son necesarios para desgastar, son la rutina de la gota de agua que, lenta, tonta, va horadando la piedra. Los que sobramos somos nosotros, los telespectadores: puede que esos procesos sean necesarios; son, sin duda, un fastidio.

Dicen que en la televisión el tiempo es oro –o, dicen, es tirano, equiparando metales y opresores. ¿Por qué no postular entonces que esos primeros tiempos se jueguen de entrecasa, sin televisión, sin ese tedio de millones? Se podría incluso aprovechar esa ventana para irradiar maravillosos programas especiales sobre los problemas acuciantes de este mundo, emisiones educativas inteligentísimas, debates deslumbrantes, una película indonesia –y, si acaso, prometer a la amable teleplatea que en la eventualidad, tan improbable, de que alguien se equivoque y haga un gol, un flash lo anunciará al instante y repetirá un mínimo de cuatro (4) veces.

Alguien dirá que es un castigo inmerecido para los equipos sudamericanos, que sí golearon –un poquito– en ese lapso virgen. La audacia, entonces –la justicia–, consistiría en definir que solo se transmitirán los primeros tiempos entre equipos latinos: nos lo habremos ganado. Y quizá, con ese aliciente, con la expectativa de que sus amigos y parientes en casa puedan verlos, los demás se decidan a intentar jugar al fútbol desde el primer minuto.

PamplinasMundial 22. Por suerte

Por: | 01 de julio de 2014

Pagaría –no sé qué pagaría– por saber qué tiene este pibe en la cabeza. En el segundo tiempo, apretado contra la raya por dos guardias suizos, decidió salir de ahí, desde un lugar de donde nadie sale. Saltó al primero, quebró al segundo, corrió hacia el área, eludió a un tercero, se la dejó a Palacio a ocho metros del arco –pero le rebotó. Pagaría –no sé qué pagaría– por saber qué pensó: ¿que Valdano o Burruchaga las metían? ¿Que su pase podría haber sido mejor? ¿Que la próxima vez la sigue él?

Messi debe sufrir; todos sufrimos. Ayer terminamos dando lástima. Cortando clavos. Pidiendo la escupidera. Rezando, santiguando, apretando el izquierdo. Y en el último segundo nos salvó la suerte, un palo, un rebote milagroso; Romero, helado, la miraba. Helada, la Argentina.

Pero antes habían pasado 120 minutos en que el patrón de los octavos se cumplió con creces: el equipo supuestamente superior solo consigue quebrar al inferior –que se defiende a ultranza y, de tanto en tanto, intenta algún ataque– en el final. Sucedió, con muy ligeras variaciones, en siete de ocho partidos.

A la Argentina le costó un Perú. Salvo 25 minutos del segundo tiempo, donde sí tuvo ritmo y movimiento, el equipo fue espeso, previsible, lento. La defensa era un hueco; Fernández, imposible; Mascherano sofocando incendios. Más arriba, la pelota no circulaba fácil, se trababa. Había arremetidas de Messi, sobre todo, y Di Maria, algún centro de Rojo; el resto, en las tinieblas.

Se diría que es una idea para otro campeonato. Está armado para aprovechar su contragolpe rápido pero enfrenta contrarios que se amontonan y lo esperan. No encontraba caminos; cuando el técnico hizo cambios fue peor. Basanta, un central, por Rojo, lesionado –porque no llevó otro marcador de punta. Biglia, un volante defensivo, por Gago –cuando había que organizar jugadas para llegar al gol.

Argentina sigue sin ser un conjunto –ni de lejos. Mejorará mucho el día en que por fin Messi se devuelva una pared, desborde, eche el centro y corra a cabecear. Mientras tanto depende de que Di Maria –que ahora es justo héroe, que equivocó cuatro de cada cinco intervenciones– pueda seguir corriendo más allá de la lógica.

Aunque ahora todo va a cambiar. El patrón de octavos no sirve para cuartos: se encontrarán equipos supuestamente equipotentes y no habrá –en principio– diez muchachos emboscados atrás. La Argentina tendrá más espacio para desarrollar algún juego, aunque siga sin tener quien lo arme. Pero tendrá, también, que soportar ataques más frecuentes con una defensa que no para a nadie. Quizás ahora sí empiece ese golpe por golpe que alguna vez previmos. Va a ser dramático; quizá, con mucha suerte, no sea trágico.

PamplinasMundial 21. El patrón de los octavos

Por: | 01 de julio de 2014

Uno, por suerte, se equivoca. Pensé que el Alemania-Argelia no valía la pena y estuve a punto de dejarlo pasar. Lo miré por deformación profesional, sin esperanzas; para ir viendo, si acaso, cómo los alemanes se irían convirtiendo en ese equipo intratable que suelen. Y terminé viendo el mejor partido del Mundial.

Tuvo todo: dos equipos lanzados, la máquina contra la voluntad, el ida y vuelta sin cuartel, los toques elegantes, la fuerza sin medida, ocasiones de goles y más goles, las salvadas, dos arqueros increíbles diferentes, un alemán acalambrado, el ramadán. Argelia jugaba uruguayo pero sin mordiscos; Alemania, como es lógico, jugaba alemán –y ninguno de los dos prevalecía. Hasta que un gol muy raro y la fatiga extrema de los musulmanes –que dijeron respetar su ayuno religioso de comida y agua– terminó definiéndolo como la lógica mandaba.

Fue dramático y único y fue, al mismo tiempo, el mejor ejemplo de estos octavos de final. Donde se acabó el juego alegre del principio, el record de goles, esas cosas. Donde el guión se repitió una y otra vez: un equipo “grande” –Alemania, Brasil, Holanda, Francia– que sufre frente a uno más chico que de un modo u otro lo domina o neutraliza, le maneja el partido, lo asusta hasta que por fin en un par de arrebatos el grande pone orden, mete el gol o los goles necesarios, gana. Es, decíamos ayer, el peso de la historia y es, también, la forma en que la diferencia se manifiesta en este fútbol: un equipo al límite aguanta mientras aguanta contra uno superior que sabe que lo es, tiene confianza, y termina por llevárselo. Pero, cada vez, con un susto importante.

En unas horas, Argentina tiene su partido de octavos –y el patrón podría repetirse. Ojalá no. No se sabe cómo jugará. Si fuera político, Alejandro Sabella sería un político democrático –o, dirían algunos, uno acomodaticio. Uno que tiene sus ideas pero es capaz de abandonarlas cuando queda claro que hay una mayoría importante que prefiere otras. Al principio quiso armar un equipo con cinco defensores, tres mediocampistas y dos delanteros y se resignó, frente a la aclamación popular y las quejas de sus muchachos, a jugar el 4-3-3 que todos le pedían. Ahora, cuando ese consenso se rompió por la lesión de Agüero, duda –o vuelve a sus ideas más conservas. Quizá sabe lo que quiere; no termina de dejarlo claro. Así que, con Lavezzi delantero o con Maxi volante, será una Argentina diferente la que tendrá que enfrentar, contra Suiza, el patrón de terror de los octavos.

PamplinasMundial 20. El peso de la historia

Por: | 30 de junio de 2014

El deporte es una fábrica constante de obviedades, de esas que pasan por sabiduría. Hay una que me gusta de tan obvia. Es una especie de lema de los Yankees de Nueva York: It ain’t over ‘till it’s over –que nada está acabado hasta que está acabado: que hay que seguir peleándola. Ayer, la maldición de la Concacaf la hizo evidente.

México tenía todo para sacar a Holanda; se lo empataron cuando faltaban dos minutos, se lo ganaron cuando sobraban tres. Costa Rica, ídem con Grecia. Dos partidos que se redefinieron cuando ya todo parecía definido; dos equipos que no supieron cerrarlos cuando los tenían.

Alguien tendrá que explicar en qué consiste el peso de la historia, ése que hace que Holanda siga, Brasil siga: que haya equipos que no pierden sus ventajas, que saben cómo mantenerlas, que haya equipos que se imponen incluso cuando parecen despeñarse. Que haya equipos que no necesariamente son mejores pero ganan tanto más a menudo que los otros. No son favores arbitrales, no es el juego en sí, no es experiencia o tradición; parece una forma de la confianza, de la convicción de que sí pueden –y, por lo tanto, no tienen que cantarlo: solo hacerlo.

En el primero de la tarde, México dominó bien su partido, pero lo dejó ir. Holanda mostró otra vez –como contra Chile– que es el clásico equipo especulador, que solo se lanza cuando no tiene más remedio. Deja la duda abierta: ¿si se lanzara sería tremendo o no está en condiciones de lanzarse?

En el segundo, Costa Rica cargaba con un favoritismo raro. Es viejo como el mundo: tiempos en que los guerreros se comían la carne, la sangre, el espíritu de sus vencidos para apropiarse de su fuerza; en esta competencia, cada cual tiene el tamaño del enemigo que acabó: Uruguay, Italia, Inglaterra.

Costa Rica tiene, también, una idea clara: un buen arquero, una defensa de cinco a la que no le entran, un mediocampo peleador, dos jugadores de construcción y ataque como Ruiz y Campbell –y la suerte de que, ayer, sin ir más lejos, su 10 le pegó mal y la metió por un rincón.

Pero, cuando ya resultaba demasiado fácil, Costa Rica se quedó con diez, para que fuera o pareciera heroico. Y después los penales, sus festejos, esos cinco minutos increíbles que explican y justifican todo el resto.

México perdió por el peso de la historia; contra cualquier historia, Costa Rica entró al Grupo de los Ocho. Y ahora, caído México, se transformó en el adalid de su región –y de los chiquiticos, los países sin historia. Contra Holanda será, de nuevo, lo que mejor le va: la víctima supuesta, la ilusión de volver a sorprender al mundo.

PamplinasMundial 19. Cinco centímetros

Por: | 29 de junio de 2014

Si Brasil vuelve y pasa, ese partido se recordará con sonrisas, como suelen recordarse los sustos que no fueron; si vuelve a ser lo que está siendo y cae, se lo recordará como el llamado que no fue atendido. Nunca se sabe cómo será un recuerdo; sabemos, ya, que ese partido no fue un buen partido.

Brasil se pasó la última hora sin poder disimular su miedo, Chile lo intentó y hasta tuvo más posesión pero le faltó cierta fineza; el resultado fue una sucesión de temores y de errores y de tedio que, de pronto, se rompían un momento: un patadón, al arco o al contrario. O, de tanto en tanto, la pelea por un puesto catalán: una corrida de Neymar, calesitas de Alexis. Lo más peligroso para Brasil era cuando se creía Brasil: sobraban el partido y lo perdían. El resto del tiempo eran muchachos chocadores, corredores, sin el menor orgullo brasilero. Lo fatal para Chile fue que no terminó de creerse Brasil y no supo aprovechar lo que los amarillos le entregaban. No fue un buen partido y, sin embargo, tuvo a millones colgados de un pincel, comiéndose muñones, licuándose de susto o esperanza.

No fue un buen partido, pero nadie habría querido perderse esos últimos minutos. Alguna vez habría que repensar a qué llamamos un buen partido o, por lo menos, cuáles son los que de veras nos atraen. Quizá descubramos que nos gustan los malos y podamos cambiar de canal. Por ahora: fue un partido mediocre, donde la jugada más sorprendente fue la contraria de lo que muchos imaginábamos: un árbitro inglés que privó a los brasileños de un gol que podría haberles dado, una mano dudosa. Si al local –si a Brasil– lo empiezan a a bombear los jueces, es que algo muy extraño está pasando en esa Fifa, en esta copa.

Pero más acá o más allá de esas minucias hay minucias que definen las cosas. ¿Cómo se puede escribir, cómo pretender pensar sobre algo en que cinco centímetros hacen toda la diferencia? No digo la vida, digo el fútbol. Si el pelotazo de Pinilla en el minuto 120 hubiera ido cinco centímetros más bajo, este artículo y tantos otros serían otros, hablarían de la heroica gesta chilena –en esos u otros términos levemente menos cursis pero semejantes. Si el pelotazo de Pinilla en el minuto 120 hubiera ido cinco centímetros más bajo, a esta hora Brasil sería un velorio. ¿No hay algo muy patético, ridículo en una cultura cuyo humor podría cambiar tan radical por esos cinco? Digo: el fútbol.

(Donde, con solidez creciente, la Colombia de Pekerman y el goleador elegante James Rodríguez sigue sin dejarse ni un punto. Lo que hizo contra Uruguay fue autoritario y abrasileñado. Pero para el próximo partido le cayó esa piedra: enfrentarse a todos los fantasmas brasileños. Habrá que ver, en Recife, este viernes 4, cuál de los dos cambiará de camiseta.)

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Nota: Ayer, en estas ¿páginas? una parva de ¿lectores? se quejó de un título que incluía la palabra sudacas. Quizás a esta altura deberían saber que la mejor forma de desactivar la carga de desdén que un término puede tener es apropiárselo, usarlo para sacarle ese peso de encima.

Pese a lo que dicen algunos de los ¿lectores?, sí vivo en España pero nací en Argentina y soy hincha y socio de un club local que se llama Boca Juniors. Durante años, cuando querían insultarnos, nos llamaban bosteros. Desde que nosotros mismos empezamos a llamarnos así, la palabra ya no fue una ofensa posible. Es solo un ejemplo. 

PamplinasMundial 18. La jornada sudaca

Por: | 28 de junio de 2014

Hoy, en el mundo mundial, es jornada sudaca. El azar –para eso está– fue juguetón y los amontonó, de modo que cuatro equipos latinoamericanos –Brasil, Chile, Colombia, Uruguay– se transformarán en uno en tres pases de magia o cruda realidad. En el Mundial 1.0 todo fue bien para Sudaquia –casi todos sus equipos siguieron adelante– y aparecen estos días las voces que celebran el éxito, que hablan del continente como una especie de unidad orgullosa.

Supongo que lo es; es, también, el lugar donde las rivalidades se exasperan. Si no fuera por las Malvinas, los argentinos jamás pensaríamos en Inglaterra como un enemigo: los nuestros naturales son Brasil, sobre todo, y de un modo casi cariñoso, Uruguay.

Es recíproco y está cuantificado. Los números dominan el mundo y los números mienten y los números dominan al mundo. El New York Times publicó una encuesta muy sesuda: preguntaron a miles en 19 países cuál ganaría el Mundial y cuál querrían que no ganara. Todos dijeron que Brasil lo ganaría, salvo los argentinos, españoles y norteamericanos, que se eligieron a sí mismos. Pero ningún país cosechó tanto rechazo como Argentina: cuatro de los cinco latinoamericanos encuestados –Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica– prefieren que pierda pronto. “El disgusto parece venir de la historia futbolística argentina y de su pretendida superioridad económica y cultural en la región”, intentó explicar el diario.

Pero, más allá de reyertas y querellas, queda la pregunta del millón: ¿Por qué tres países –o dos países y medio: en Brasil, el fútbol nunca fue más al norte de Río de Janeiro– concentran casi la mitad de los mundiales jugados hasta ahora?

Porque, en principio, por vaya a saber qué raro designio, el fútbol se reinventó en estas tierras. De ese deporte inglés fue apareciendo este juego sudaca: “Aquél es más pesado, lento, fuerte, disciplinado y armónico en la acción conjunta. El nuestro es más liviano, veloz, afiligranado, con menos acción colectiva y más derroche de habilidad personal”, escribió, hace casi 80 años, Chantecler, el gran comentarista de la revista El Gráfico.

Ahora, cuando la globalización podría haber acabado con esas diferencias, el misterio sigue en pie: ¿por qué nuestros países producen todavía esos futbolistas que todos cotizan y, de vez en cuando, alguno realmente excepcional? ¿Por qué seguimos teniendo esa ventaja cuando millones y millones lo intentan sin el mismo resultado? ¿Qué raro privilegio tiene el fútbol sudaca?

PamplinasMundial 17. Mundial 2.0

Por: | 27 de junio de 2014

Ya nos habíamos aprendido casi todas las letras. Sabíamos que Colombia estaba en la C, Corea en la H, Costa Rica en la B –y de pronto nada de eso sirve para nada. Metáfora mala del saber contemporáneo: aprender cosas que quedarán caducas en unos pocos años. ¿Quién usa, ahora, el Messenger o un grabador de cinta o la democracia de delegación?

Todo eso se acabó; mañana empieza el Mundial 2.0, el verdadero. Del 1.0 solo importaban las sorpresas; lo suyo, lo normal, son sus confirmaciones. En cambio en el 2.0 todo es posible –o casi todo– y eso es lo que lo hace salvaje, irresistible. El Mundial es una sobredosis. Una amante exigente, una locura de verano: no es poco, es casi demasiado. Es una suerte, dijo alguno, que lo gocemos y suframos cada cuatro años; más sería, quizás, insoportable.

La sorpresa, en este caso, fue el fracaso de las tres ligas más ricas del mundo: tal vez reconsideren su estructura de importadores compulsivos. Las confirmaciones, que todos los otros que debían pasar pasaron. Pero sin alardes: tras 48 partidos no hay candidatos claros, o no más que al principio.

Ni Brasil ni Argentina ni Alemania parecieron intratables. Holanda y Francia impresionaron por momentos y tuvieron baches importantes. Colombia circuló tranquila con equipos que no la exigieron; Costa Rica, sobreexigida, pasó por el estrecho tempestuoso; Chile camina hacia la trampa brasilera, el peso de las instituciones; Uruguay perdió a su héroe en nombre de sus propias tradiciones.

Creo que nada se recordará –del 1.0– más que esa mordida. Hay personas que hacen más que lo que deben: son los que se destacan, son los que se hunden. Hay personas que llevan el mandato que reciben –el mandato social– más allá de sus límites, hasta el abismo o el ridículo: personas que se despilfarran.

Dominique Strauss-Kahn iba a a ser presidente de Francia pero era un hombre al que siempre dijeron que los hombres de verdad se cogen cuantas más mujeres –y no pudo parar de hacerlo y perdió todo. Luis Suárez escuchó tantas veces que la garra charrúa, que la celeste se debe defender con uñas y con dientes –y mordió de verdad y perdió casi todo.

Siempre me fascinó la tragedia de esos personajes: los que no pueden controlar sus instintos, los que hacen algo innecesario que los pierde, que saben que no deben pero igual. La mordida de Suárez fue un triunfo de la pulsión por sobre la razón. En estos tiempos de razón comerciante, de interés y control, nada puede resultarnos más ajeno, más perturbador: más memorable.

Sobre el autor

Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957) es escritor y periodista, premios Planeta, Herralde, Rey de España. Su libro más reciente es la novela Comí.

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