Por: Babelia Mundial de Fútbol18/06/2010
FABRIZIO MEJÍA MADRID sigue a la selección de México
La felicidad es algo que sólo conjugamos en pasado. No es un estado presente ni siquiera momentáneo. Esa, la de los instantes, es la alegría. La felicidad es, acaso, la ausencia de envidia. Por eso me llamó la atención el resultado de una encuesta que se dio a conocer sólo siete horas después de que México derrotó 2-0 a Francia. Según las televisoras, 60 % de los mexicanos se sentía más feliz. Sí, había más gente sonriendo. Sí, los jóvenes -no yo- se lanzaron al Monumento a la Independencia, el Ángel, hasta llegar a 75 mil. Sí, bailaron en círculos con banderas mexicanas y tequila. Sí, disfrazados de charros, luchadores, zapatistas. Sí, se enfrentaron a la policía -que detuvo a 64- por mear en la calle. Recuerdo vergonzoso: un mexicano apaga con orina la llama del Soldado Desconocido en el Mundial de Francia 98. Eso es -digamos- euforia, no felicidad. Cuando alguien me dice que es feliz, busco de inmediato donde tiene escondido el trago y le muestro el baño.
Lo que contó la historia del México-Francia no es la felicidad, sino una rueda de generaciones de futbolistas. El primer gol es anotado por Javier “El Chicharito” Hernández que debe su apodo a que su padre, un seleccionado en el Mundial de México 86, era “El Chícharo”. El padre y el abuelo de Hernández fueron futbolistas y el primero le anotó un gol a Francia. El segundo gol provino de ese monstruo, Cuauhtémoc Blanco, un chico del barrio bravo de la ciudad de México, Tepito, cuya habilidad, además de que tiene visión periférica, es que es jorobado y camina con los pies torcidos. Como Garrincha. Sus pases, simplemente toman direcciones improbables. Pero, además, es conocido por provocar, desde la cancha, motines en los estadios, liarse con modelos de televisión, beber en exceso, y pegarle a los reporteros.
Para mí, “El Chicharito” Hernández -que hace unos días cumplió 22 años y juega en el Manchester- y Cuauhtémoc Blanco -que hace ya tiempo cumplió los 37 y que sólo hizo 3 goles con el Valladolid- cuentan la historia del futbol mexicano en la última década: del jugador cuyo nombre es impronunciable para el resto del mundo al que tiene un apodo que cuenta con decenas de sinónimos: habichuela, guisante, arveja. En inglés sería Black Eye Pea.
Hoy los dos tipos de mexicanos, los impresentables y los exportables, se sumaron para ganarle a Francia. Las pirámides en Mesoamérica solían requerir varias capas, varias generaciones, para sobresalir de la selva o el altiplano. Este partido de México me hizo pensar justo en eso. Pero no en la felicidad que los estoicos definían como no preocuparse por lo que está fuera de tu control: la vida, la muerte, la enfermedad, la gloria, la derrota, y un largo etcétera. Los resultados -futbolísticos o de otros- no son la felicidad porque ésta sólo se puede percibir en la larga cuenta y viendo hacia atrás. En cambio, fue una alegría porque el juego tuvo momentos de verdadera diversión, sobresalto, y el desenlace esperado. Si el gran arte tiene todavía un objetivo, es restablecer la idea de destino. Tras los vericuetos y los obstáculos, Ulises regresará a Ítaca. Un final feliz. Y uso ahora esta palabra porque, al menos por la tarde de hoy, no le tendremos envidia a nadie.
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Publicado por: replica handbags 18/06/2010
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