Por: Winston Manrique Sabogal27/07/2012
Puedes ver aquí la serie completa de VERANOS LITERARIOS
“Cualquiera que le hubiese visto allí habría tomado a Tarzán por la reencarcación de algún semidios antiguo. Su atlético cuerpo se mecía en actitud de relajado abandono sobre la rama de aquel gigante de la jungla, mientras los rayos del sol ecuatorial se filtraban a través de la verde y tupida fronda para salpicar de brillantes motas de luz la bronceada piel. Tenía inclinada la cabeza en absorta meditación, en tanto devoraba con los grises ojos, inteligentes y soñadores el objeto de su reverencia.
Nadie hubiera supuesto que, en su infancia, aquella criatura se amamantó en los pechos de una espantosa y peluda simia, ni que, desde que sus padres murieron en la cabaña construida en una pequeña cala, al borde de la selva, el muchacho no tuvo ni conoció más compañeros que los torvos machos y las gruñonas hembras de la tribu de Kerchak, el gran mono. Tarzán no recordaba haber tenido otros. (…) Aquel mozo era hijo de una bellísima dama inglesa y su padre fue un aristócrata británico de la más antigua alcurnia.
Para Tarzán de los monos la verdad de su origen resultaba un misterio absoluto. Ignoraba que era John Clayton, lord Greystoke, con escaño en la Cámara de los Lores. No lo sabía pero, de saberlo, tampoco hubiera comprendido lo que representaba”.
Y nosotros entendemos a Tarzán, ha sido uno de nuestros héroes y con él hemos aprendido de la vida y disfrutado con sus aventuras de ficción. Pero ¡Tarzán existió!. Y hoy lo vamos a visitar en Veranos literarios, porque él vive en esa estación, aprovechando que se cumplen cien años de su creación y convertido en un icono popular nacido en la literatura y como penúltimo ser que cumple la tradición milenaria del hombre criado por animales. Todos conocemos su vida, su desventura al quedar huérfano en la selva africana y ser criado por la mona Kala, en una tribu de simios, vivir en la jungla y aprender a convivir con los animales y reflejar una época con todo lo bueno y malo que ella tuviera: finales del siglo XIX comienzos del XX. Lo hemos visto enfrentarse a mil peligros, lo hemos acompañado en sus momentos de reflexión sobre su propia existencia y la de los demás y también lo hemos visto entristecerse y soñar.
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