Por: EL PAÍS21/09/2012
Stingo es un escritor sureño que llega a Nueva York impelido por esa necesidad impostergable de beberse la vida y luego convertir esa experiencia en la Gran Novela Americana. Stingo conoce a Sophie y Nathan, dos seres heridos por las turbulencias del siglo XX que el destino pone a su alcance para mayor conocimiento de la condición humana. Estoy hablando de La decisión de Sophie, de William Styron, una de las novelas mayores de la narrativa norteamericana del siglo pasado y parte de éste. En 1982, el gran Alan Pakula la llevó al cine con el mismo título. Yo recuerdo ambas, la novela y la película. Quien haya leído la novela o haya visto la cinta, recordará que Stingo lleva consigo un grueso volumen. Se trata de Del tiempo y el río (Of Time and the River), de Thomas Wolfe (1900-1938), en la imagen. Es su libro de cabecera. No es extraño que Styron lo incluya en su novela: ¿no es acaso Stingo una réplica de Benjamin Gant, el protagonista de El tiempo…? ¿Y negó alguna vez Styron pertenecer a esa estirpe de la que Wolfe fue uno de sus fundadores: la estirpe de los escritores del sur de los Estados Unidos? De los Warren Penn, Carson McCullers, etc.
Démosle hoy una segunda oportunidad a esa gran novela de Thomas Wolfe: Del tiempo y el río. Volvamos a sus páginas llenas de amor, primavera y desolación: los ingredientes del héroe mítico moderno en busca de su lugar exacto en el mundo. La novela tiene casi mil páginas. Nada extraño en alguien que quiso consignar en ese libro los sonidos de la vida. Thomas Wolfe tuvo siempre que defenderse en vida. Y después de muerto, también. Defenderse del olvido y de la acusación de escritor exuberante. Poco dado a la contención formal, poco austero con el aparato retórico que sostiene su novela, para mí, capital. No sirvió de mucho que William Faulkner dijera de él que era el mejor escritor de su generación.
Wolfe publicó Del tiempo y el río en 1935, tres años antes de su muerte. Impregnada de información autobiográfica, esta novela es la quintaesencia de la novela épica burguesa, que diría Georg Lukacs. Articulada en torno a la figura de Eugene Gant, el relato se propone como una de las mayores metáforas de la sed de absoluto existencial y estético de la narrativa americana contemporánea. Habría que remontarse a Las ilusiones perdidas de Balzac para hacernos una idea de la empresa titánica de nuestro autor. Gant viaja de su pueblo natal a la gran metrópoli de la modernidad, la misma en la que Styron deposita con un propósito parecido a su héroe Stingo. Hablamos de Nueva York. Gant viaja luego a París a cumplir con el sueño de la expatriación. Como Hemingway, Scott Fitzgerald y Henry Miller (a quien tanto ha influido, por cierto, Wolfe), Eugene regresa a Estados Unidos, a ese país inmortal, inmenso y cruel como Dios, según se dice en la novela.
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