Por: Virginia Collera21/01/2013
Todo tuit tiene asegurada su posteridad. De ello se está encargando la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, que desde 2010 almacena esa acelerada correspondencia en un depósito de Boulder (Colorado). La razón: "El archivo de Twitter tiene el potencial de permitir a los investigadores o expertos realizar un retrato del pasado con pinceladas y tonos de mayor riqueza", asegura Robert Dizard Jr., bibliotecario de la institución. Y es que, pensándolo bien, reflexiona el escritor James Gleick en The New York
Review of Books: “Los historiadores atesoran diarios del siglo XIX,
¿por qué no tuits del siglo XXI?”. Precisamente a las exigencias del siglo XXI quiere adaptar la editorial Thienemann Verlag el libro infantil La pequeña bruja de Otfried Preussler. ¿Su método? Eliminar todas aquellas palabras racistas. La polémica, cómo no, está servida. Empezamos.
ESTADOS UNIDOS
Cuenta el escritor James Gleick en The New York Review of Books que “durante un breve espacio de tiempo, en los años cincuenta del siglo XIX, las compañías de telégrafos de Inglaterra y Estados Unidos aspiraron a conservar todos los mensajes que viajaban por sus líneas. Millones de telegramas, en depósitos ignífugos". Y eso es precisamente lo que está haciendo con los tuits la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. La institución puso en marcha el proyecto en abril de 2010. Por entonces, Twitter ya tenía cuatro años de edad y acumulaba 21 mil millones de mensajes. Por supuesto, ahora son muchos más: desde el pasado mes de diciembre, la biblioteca ha sumado a sus fondos 170 mil millones de cápsulas de 140 caracteres. Los mensajes de los 500 millones de cuentas de Twitter los almacena una compañía de gestión de datos de redes sociales llamada Gnip, que se encarga de organizarlos por franjas horarias y de copiarlos en rollos de cinta magnética. ¿Por qué? Porque, según Robert Dizard Jr., bibliotecatio de la institución, el corpus de Twitter es un pedazo “del testimonio creativo de América” y, por tanto, está dentro de la misión de la biblioteca conservarlo. “Los historiadores atesoran diarios del siglo XIX, ¿por qué no tuits del siglo XXI?”, escribe Gleick. (vía The New York Review of Books)
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