Escola de Cultura de Pau de la UAB

Hace unos días ACNUR daba a conocer su informe sobre el desplazamiento forzado global y, como en los últimos años, las cifras arrojaron un nuevo récord. Hasta finales de 2017, un total de 68,5 millones de personas –50% más que hace una década– se habían visto obligadas a abandonar sus hogares a causa de situaciones de violencia, persecución y conflictos armados. Entre ellas, 25,4 millones de personas refugiadas, 40 millones desplazadas dentro de sus propios países y 3,1 millones de solicitantes de asilo. Las circunstancias y motivaciones de cada una de estas personas son múltiples y complejas, pero es indudable que, a nivel general, el significativo aumento del desplazamiento forzado está vinculado con el panorama global de conflictos y violencia, que también ofrece una evolución preocupante.

Refus1Sirios y sirias en zona fronteriza entre Grecia y Turquía / Reuters

El análisis de la conflictividad en el mundo por parte de la Escola de Cultura de Pau (ECP), recogido anualmente en Alerta! Informe sobre conflictos, derechos humanos y construcción de paz, concluyó que en 2017 se produjeron 33 conflictos armados en el mundo. De ellos, la mayor parte (13 casos) fueron conflictos armados de alta intensidad, es decir, disputas que provocaron la muerte de más de mil personas en un año, además de otros severos impactos sobre la población y el territorio. En términos comparativos, los casos de alta intensidad también se han incrementado en los últimos años. Si en 2008 los conflictos graves representaban un 26% de los casos, en 2018 ese porcentaje había aumentado hasta el 40%, según los datos de la ECP. Además, cabe destacar que muchos en muchos de estos casos los niveles de letalidad estaban muy por sobre las mil víctimas mortales anuales. Así, por ejemplo, solo en el caso de Iraq se estimaba que el número de personas fallecidas entre la población civil a causa del conflicto en 2017 ascendía a unas 13.000 personas.

La conexión de este panorama de conflictos con el desplazamiento forzado es evidente. Según los datos de ACNUR, excluyendo a la población refugiada palestina (5,4 millones), más de dos tercios (68%) de todas las personas refugiadas procedían de tan solo cinco países, todos ellos conflictos armados de alta intensidad: Siria, Afganistán, Sudán del Sur, Somalia y Myanmar. El conflicto en Siria continuó siendo una de las principales causas del exponencial aumento en las cifras de desplazamiento forzado global. A finales de 2017 un total de 6,3 millones de sirios y sirias habían abandonado el país, mientras que otras 6,2 millones de personas se habían desplazado internamente–algunas de ellas en múltiples ocasiones– a causa de las complejas dinámicas de violencia; los numerosos y cambiantes frentes de batalla; y la diversidad de actores armados locales, regionales e internacional implicados. Sólo en 2017 el conflicto sirio habría causado la muerte de unas 10.000 personas –según estimaciones–, además de otros múltiples impactos, entre ellos violencia sexual, torturas, ejecuciones sumarias, instrumentalización de la ayuda humanitaria, destrucción de infraestructuras civiles y asedios (al finalizar el año unas 390.000 personas permanecían cercadas por las fuerzas del régimen). Como consecuencia del conflicto, siete de cada diez personas en Siria requerían ayuda humanitaria.

En el caso de Afganistán, las hostilidades causaron más de 3.400 víctimas mortales solo entre la población civil a lo largo de 2017. El país, que ha vivido en conflicto armado de manera casi ininterrumpida desde 1979, continuó siendo escenario de enfrentamientos armados, múltiples violaciones a los derechos humanos y ataques explosivos (con varios atentados de magnitud en Kabul, que provocaron cientos de víctimas). En los últimos años la situación de seguridad se ha caracterizado por una consolidación de la capacidad talibán para controlar territorios y por una presencia más notoria de ISIS. En este contexto, Afganistán continuó siendo el segundo país emisor de población refugiada a nivel mundial, la mayor parte de la cual ha encontrado refugio en la vecina Pakistán.

Refus2Población rohingya que huye de Myanmar llegando a Bangladesh / Reuters

Myanmar fue uno de los casos más notorios en 2017. La violencia en el país no sólo causó miles de víctimas mortales –en tan solo un mes había dejado más de 6.700 personas fallecidas–, sino que también motivó nuevos y masivos desplazamientos de población. Unas 660.000 personas abandonaron el país y se refugiaron principalmente en Bangladesh, huyendo de la persecución a la población rohingya. El conflicto armado escaló de manera abrupta a mediados de 2017, después de que unas acciones de un grupo armado de oposición motivaran una ofensiva militar sin precedentes. Las vulneraciones a los derechos humanos en Myanmar –incluyendo incendios de viviendas con personas en su interior, ejecuciones sumarias y uso de la violencia sexual– llevaron a alertar sobre la comisión de crímenes contra la humanidad y genocidio.

En África, Sudán del Sur y Somalia continuaron registrando conflictos con un grave impacto en términos de desplazamiento forzado. En el primer caso, la violencia agudizó la situación de crisis humanitaria durante 2017, mientras que Somalia siguió viéndose afectada por el conflicto que protagoniza al-Shabaab y padeció el peor atentado de su historia, con más de 500 víctimas mortales. Otro de los casos destacados en el continente africano fue el de la República Democrática del Congo (RDC). Escenario de múltiples dinámicas de conflicto, durante 2017 la RDC vivió una significativa escalada de violencia en la región de Kasai (centro) debido a los enfrentamientos entre grupos armados y las fuerzas del Gobierno y entre diversos grupos étnicos. Como consecuencia de este conflicto, también de alta intensidad, el número de personas desplazadas internas en RDC se duplicó en 2017, alcanzando los 4,4 millones de personas. RDC se convirtió así en el país con la mayor población desplazada interna de toda África.

 

El conflicto en Kasai: ¿una nueva disputa étnica?

Por: | 03 de julio de 2018

Martí Font i Carbó, diplomado en Cultura de Paz por la Escola de Cultura de Pau de la UAB

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Cinta hallada en una fosa común, emblena de Kamuina Nsapu. Reuters//Aaron Ross

La crisis política y humanitaria que atraviesa la República Democrática del Congo (RDC) sigue generando periódicamente nuevos y violentos conflictos que ponen de manifiesto la frágil e inestable situación en la que se encuentra sumido el país bajo la dirección del presidente Joseph Kabila. En paralelo a la tragedia que lleva tiempo asolando las provincias del este y noreste, hace poco más de un año y medio se produjo el estallido de un nuevo conflicto en la región de Kasai, un territorio que abarca buena parte del centro y el sur de la RDC y que hasta el momento había logrado eludir el clima de conflictividad que lleva décadas intoxicando otras geografías del país. A diferencia de lo que ocurre en otras provincias, el origen del conflicto en Kasai poco o nada tiene que ver con la pugna por el control de los recursos naturales ni con la extracción de los denominados minerales de sangre. De hecho, aunque las tierras de Kasai son abundantes en oro y minerales, su industria minera se encuentra en decadencia debido a la falta de infraestructuras y a los innumerables impedimentos logísticos y energéticos derivados de la situación de subdesarrollo crónico que padece la región.

En tales circunstancias, la estabilidad existente hasta mediados de 2016 difícilmente podría considerarse como sinónimo de bienestar. Según datos del PNUD, en el año 2012 la región registraba una tasa de pobreza de entre el 75 y el 80%, poseía una esperanza de vida inferior a los 50 años, y contaba con unos niveles altísimos de mortalidad infantil, malnutrición y analfabetismo. Al mismo tiempo, la miseria en la región – cuyos índices no han cesado de crecer desde 2005 –, se ha visto agravada de manera sistemática por el total y absoluto abandono que sufren sus habitantes por parte del Gobierno, que de esta manera sanciona el importante apoyo que históricamente ha recibido en estos territorios el candidato de la oposición Étienne Tshisekedi, oriundo de Kasai y perteneciente a su etnia mayoritaria, los luba.

Tambores de guerra en el Gran Kasai

El conflicto en la región empieza a gestarse a partir del mes de marzo de 2012, momento en el que se produce el fallecimiento del líder tradicional de la jefatura de Bajila Kasanga (Kasai Central) y se inician los trámites para coronar al nuevo Kamuina Nsapu de la comunidad. El elegido para suceder al líder fallecido fue Jean Pierre Mpandi, un hombre carismático y muy crítico con el régimen de Kabila, que en 2016 acabó siendo vetado por la propia administración central en beneficio de otro candidato más afín a la ideología del Gobierno. La intromisión del Estado sobre esta cuestión generó de inmediato un profundo malestar que el propio Mpandi aprovechó para dar legitimidad a su llamado a la insurrección popular. La creciente miseria que vive la región, combinada con el sentimiento de exclusión política derivado de la gestión partidista del poder tradicional, cuaja en un peligroso cóctel que, utilizado convenientemente por el Kamuina Nsapu, desatará finalmente la insurrección violenta en Kasai Central.

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4 millones de personas se han desplazado como consecuencia del conflicto en Kasai. REUTERS/James Akena

El conflicto no tardó en expandirse por toda la provincia. Los partidarios de Mpandi, jóvenes en su gran mayoría, se organizaron en torno a una milicia que bautizan con el nombre de Kamuina Nsapu y empezaron a atacar edificios públicos y otros símbolos del Estado. Finalmente, el 12 de agosto de 2016 se produjo el hecho que hará escalar definitivamente el conflicto: Jean Pierre Mpandi fue asesinado en Tshimbulu en medio de un enfrentamiento con las Fuerzas Armadas de la RDC (FARDC). Este hecho, lejos de diluir la revuelta, la acabó exacerbando y ampliando más allá de Kasai Central. Ante estos ataques, las FARDC lanzaron una contraofensiva desproporcionada que, según fuentes de MONUSCO, podría haber ido acompañada de numerosas violaciones de derechos humanos y crímenes de guerra sobre la población civil.

En abril de 2017, tras varios meses de conflicto armado y numerosas reuniones entre la familia de Mpandi y el Gobierno congoleño, las autoridades se comprometieron a retornar el cuerpo del Kamuina Nsapu fallecido y a facilitar el nombramiento de un nuevo líder tradicional. La milicia, por su lado, accedió a deponer las armas y a abandonar la lucha armada, aunque en la práctica la tensión todavía tardó unos meses en suavizarse. De hecho, a partir de este mismo mes el conflicto en Kasai adquiere una dimensión étnica más pronunciada. Por un lado, los miembros de las etnias luba y lulua, ambas mayoritarias en la región, empezaron a ser acusados de simpatizar con el Kamuina Nsapu, mientras que los miembros de las etnias pende, tetela y tchokwe empezaron a asumir posiciones cada vez más próximas al ejército y al Gobierno. Al estar formada casi exclusivamente por lubas, los ataques de la milicia fueron interpretados por las otras etnias como un intento de erradicar su identidad y como un medio de imponer la hegemonía étnica sobre toda la región. Es por esta razón que, a principios de abril, algunos de ellos decidieron pasar a la acción y organizarse en torno a una nueva milicia, la denominada Bana Mura, que aunque inicialmente es concebida como una milicia de autodefensa, con el paso de las semanas empezó a perpetrar atentados y asesinatos masivos sobre la población de etnia luba. La Bana Mura está constituida principalmente por miembros de las comunidades pende, tchokwe y tetela, y el liderazgo de la milicia se encuentra en manos de jefes tradicionales progubernamentales y de actores paramilitares. Asimismo, no son pocas las voces que vinculan a la milicia con el aparato político cercano a la órbita del poder. En este sentido, ni siquiera el partido del propio presidente Kabila parece estar libre de responsabilidades en este asunto, tal y como parecen demostrarlo los numerosos testimonios que delatan las presuntas conexiones entre el Gobierno y los líderes tradicionales que apoyan abiertamente a la Bana Mura.

Con todo, es innegable que el conflicto de Kasai ha conducido a un incremento de las tensiones interétnicas en la región. Si bien es verdad que las disputas entre los distintos grupos étnicos existen desde hace tiempo, también lo es que nunca antes habían llegado a extremos como los que se han podido observar en el transcurso del conflicto. Sin embargo, cabe remarcar el hecho de que la cuestión étnica solamente adquiere relevancia en este contexto a partir de la aparición en escena de la milicia de la Bana Mura, ya que desde el inicio del conflicto los ataques del Kamuina Nsapu fueron dirigidos casi de manera exclusiva a objetivos militares y gubernamentales. En ese sentido, los testimonios que apuntaron a la existencia de vínculos entre la Bana Mura, las FARDC y el poder político, obligaron a poner sobre la mesa la hipótesis de que actualmente se esté instrumentalizando y manipulando la identidad étnica de Kasai con fines electoralistas por parte de esferas de poder cercanas al presidente Kabila.

La gestión partidista del poder tradicional y la instrumentalización de las identidades étnicas

El origen del conflicto en Kasai, por lo tanto, tiene mucho que ver con la falta de legitimidad del Estado y la sensación de abandono y ninguneo institucional que padecen los habitantes de este territorio, uno de los más empobrecidos de la RDC. Las constantes maniobras del presidente Kabila por permanecer en el poder, sumadas al terremoto político que genera su decisión de no reconocer al Kamuina Nsapu legítimo, contraviniendo abiertamente la tradición local, espolearon el sentimiento de agravio y exclusión política que desemboca en la insurrección popular de agosto de 2016. Los líderes tradicionales en la RDC no solamente juegan un importante papel en el seno de sus comunidades, sino también en el propio panorama nacional. De esta manera, asuntos como el nombramiento de nuevos líderes rara vez quedan circunscritos al ámbito local, ya que en última instancia su reconocimiento depende de las autoridades centrales y, por lo tanto, está sujeto a posibles injerencias políticas. Los líderes tradicionales normalmente se encuentran conectados económica y políticamente con los centros de poder de la capital, y es precisamente en el marco de esta interrelación cuando se activa toda la maquinaria de intereses e influencias que conducen a la gestión partidista del poder tradicional.

Paralelamente, la gestión del conflicto por parte de las autoridades centrales y las FARDC, caracterizada por un uso brutal e indiscriminado de la fuerza contra la milicia, ha contribuido a agravar la situación. En este sentido, la cronificación de la violencia en el centro y el este del país le ha servido al Gobierno como justificación para postergar sistemáticamente las operaciones de actualización del censo electoral necesarias para poder llevar a cabo la inscripción de electores de manera correcta. Con esta maniobra, Kabila gana unos cuantos meses para lograr aquello que muchos consideran que es su principal objetivo, que es promulgar una reforma de la Constitución que le permita optar a un tercer mandato.

En este sentido, el pacto con la familia de Mpandi no parece que vaya a resolver un conflicto que ya ha superado con creces la dimensión local que tuvo en sus inicios y cuya evolución se encuentra cada vez más vinculada al devenir político nacional. Las conexiones entre las milicias y los distintos grupos de poder, tanto en Kasai como en Kinshasa, complejizan mucho más, si cabe, un conflicto que, según fuentes de la Iglesia Católica, ya ha dejado más de 3300 muertos y 3,9 millones de desplazados. Si bien es cierto que el nivel de hostilidades en la región se ha reducido en los últimos meses, también lo es que las tensiones intercomunitarias se mantienen altas. Así, el riesgo de nuevos brotes de violencia no solo dependerá de cómo acabe evolucionando el panorama político nacional tras la enésima negativa del presidente Kabila de convocar elecciones en el país, sino también de cómo empiecen a gestionarse a partir de ahora los efectos devastadores que ha tenido la instrumentalización política de las identidades que han convivido históricamente en la región.

 

Pamela Urrutia Arestizábal, investigadora de la Escola de Cultura de Pau e integrante de WILPF

La intensificación en los niveles de violencia y el deterioro en las condiciones de vida como resultado de los graves conflictos armados que afectan a diversos países del Norte de África y Oriente Medio (MENA) están teniendo un creciente impacto en un sector altamente vulnerable: los niños y niñas de la región. En los últimos años se han ido observando una serie de hechos y tendencias preocupantes en materia de letalidad, reclutamiento de menores, detenciones, desplazamiento forzado, violencia sexual, trabajo infantil y falta de acceso a la educación, entre otros ámbitos, que amenazan con dejar una profunda huella en toda una generación. Tanto por las consecuencias directas y a largo plazo de estas dinámicas, como por el hecho de que miles de niños y niñas de la región han nacido y crecido en medio de las hostilidades, por lo que apenas conocen un entorno diferente al de la guerra.

MenoresMENA
Campo de desplazados de Quneitra (Siria) ALAA AL-FAQEER/UNICEF

Las y los menores de edad se han visto crecientemente expuestos a morir o a resultar heridos en el marco de conflictos armados caracterizados por el uso indiscriminado y/o deliberado de la violencia en zonas densamente pobladas y en los que se transgreden múltiples normas del derecho internacional humanitario, incluyendo la necesaria distinción entre civiles y combatientes. Países como Libia, Yemen, Iraq o Siria ilustran esta tendencia. En el caso de Siria, los datos de UNICEF indican que 2017 fue el peor año en términos de letalidad del conflicto armado en niños y niñas, con un 50% de incremento en el número de muertes respecto a 2016 –910 muertes verificadas en 2017, aunque la cifra definitiva podría ser mucho más elevada teniendo en cuenta que las estimaciones de organizaciones como la Syrian Network for Human Rights (SNHR) apuntan a la muerte de 2.300 menores en el mismo período. En Yemen, a finales de 2017 UNICEF estimaba que un total de 5.000 menores habían muerto o resultado heridos desde la intensificación de la violencia en el país en marzo de 2015. Además de las consecuencias físicas y psicológicas por la exposición a brutales niveles de violencia, niños y niñas también sufren por la pérdida de familiares y amigos. En Iraq, por ejemplo, se estimaba que 90% de los menores de Mosul padecía traumas por la pérdida de una persona cercana.

Al finalizar 2017 casi uno de cada cinco menores de la región requería asistencia humanitaria inmediata, 90% de los cuales vivía en países afectados por conflictos. En algunos casos la entrega de ayuda humanitaria se vio obstaculizada por las medidas impuestas por algunos actores en conflicto, como en el caso del régimen de Bashar al-Assad y su política de asedios contra zonas controladas por la oposición –Aleppo y Ghouta Oriental son ejemplo de ello– o el bloqueo de Arabia Saudita en el conflicto yemení. Tanto UNICEF como OCHA llamaron la atención sobre los problemas de malnutrición en estos países –1,8 millones de menores en Yemen, de los cuales 400.000 sufrían desnutrición severa; 20.000 con desnutrición severa aguda en Siria–, y HRW alertaba de que utilizar el hambre como estrategia de guerra, sin considerar su impacto en menores, constituía una de las tendencias más preocupantes de los conflictos en la región.

Salud y educación, en riesgo

Niños y niñas de MENA también se vieron directamente afectados por la destrucción de infraestructuras civiles en el marco de estos conflictos, particularmente en el caso de hospitales y escuelas. En Yemen, el severo deterioro de las instalaciones de salud no sólo ha mermado las posibilidades de tratar a las personas heridas por el conflicto, sino también de controlar la expansión de enfermedades. Así, según datos de UNICEF, los niños y niñas menores de 5 años representaban un cuarto del millón de enfermos de cólera y otros graves casos de diarrea en Yemen, una situación agravada por la destrucción de infraestructuras sanitarias y la falta de acceso a agua potable. Paralelamente, millones de menores han padecido los problemas en el sistema educativo. En Siria, por ejemplo, OCHA estimaba que el 40% de la infraestructura escolar se había visto afectada por el conflicto armado y que unos 180.000 profesores ya no estaban en servicio. Los menores sirios que han abandonado el país junto a sus familias en los últimos años tampoco tienen garantizada la escolarización. Así, por ejemplo, a finales de 2017 se estimaba que más de 280.000 menores sirios refugiados en Líbano permanecían fuera del sistema educativo.

Reclutamiento de menores

Otro de los fenómenos preocupantes tiene que ver con el reclutamiento de menores por parte de actores armados. Datos de la ONU indican que los menores están asumiendo roles cada vez más activos –manejando armas, recibiendo entrenamiento, desempeñando tareas en puestos de control– y que el número de niños reclutados activamente para actividades de combate en la región se ha incrementado significativamente en los últimos años. En Yemen, desde marzo de 2015 hasta finales de 2016 se habían reclutado a más de 2.100 menores, según cifras verificadas por la ONU, principalmente por parte de las fuerzas al-houthistas. En Siria, numerosos actores armados han reclutado a niños y adolescentes en sus filas, algunos de los cuales han sido captados en los campos de refugiados en los países vecinos (en ocasiones con ofertas de compensación económica para sus familias). Tanto en Siria como en Libia e Iraq, el grupo armado ISIS desplegó una estrategia deliberada para el reclutamiento de niños para combatir en primera línea, perpetrar operaciones suicidas y otras acciones de extrema violencia, o utilizarlos como escudos humanos. Incluso se llegó a crear una unidad de ISIS integrada por menores (Fetiyen al Jinneh). Tras el retroceso de ISIS en 2017, uno de los retos es qué ocurrirá con los niños soldados captados por el grupo armado. En Iraq, después de la expulsión de ISIS de Mosul, estos menores enfrentaban amenazas de venganza y algunos de ellos permanecían ocultos en campos de ayuda o casas particulares en el norte del país. HRW ha alertado de que el sistema judicial iraquí trata a estos menores como adultos y no como víctimas. Los informes recientes del secretario general de la ONU sobre menores y conflictos armados también han llamado la atención sobre el arresto y la detención de cientos de menores en países como Iraq, Siria o Yemen por su participación en grupos armados.

Trabajo infantil y matrimonios forzados

Cabe destacar que, a nivel global, Oriente Medio es la principal región emisora, pero también receptora, de población refugiada y desplazada internamente. El abandono del hogar, la ciudad y, en algunos casos, el país, ha afectado a millones de menores de la zona, que enfrentan dificultades para satisfacer sus necesidades más básicas. En situaciones de extrema precariedad, muchos menores se ven forzados al trabajo infantil. Así, se ha detectado a menores refugiados sirios de hasta seis años que están trabajando extensas jornadas en fábricas en Turquía. Lo mismo ocurre en Líbano, más aún teniendo en cuenta que las restricciones en los permisos de trabajo para los adultos convierten a muchos menores en los principales proveedores de sus familias. En el caso de las niñas, uno de los fenómenos más alarmantes es el incremento en los matrimonios forzados y a muy temprana edad. Las estimaciones varían, pero algunas indican que los matrimonios de niñas y adolescentes se han cuadruplicado entre la población refugiada siria, con numerosos casos en Líbano, Jordania, Turquía y Egipto. En otros países de la región, como Libia, el desplazamiento forzado de población ha conducido a otras situaciones alarmantes, como la instalación de mercados de esclavos y los abusos contra población refugiada y migrante, incluyendo agresiones sexuales, que también han afectado a niños y niñas. Respecto a la violencia sexual, cabe recordar que ha sido utilizada por actores armados en varios conflictos de la región y que un caso emblemático ha sido el de ISIS y sus abusos contra la población yazidí. Miles de mujeres y niñas de esta minoría capturadas a mediados de 2014 fueron abusadas y convertidas en esclavas sexuales en Iraq y Siria.

El amplio abanico de formas de violencia a las que se han visto expuestos los menores en diversos países de MENA –y que en muchos casos continúa afectándoles– supone, por tanto, uno de los principales retos para el futuro de la zona. Lamentablemente, la espiral de conflictos, el constante desprecio por las normas de derecho humanitario por parte de numerosos actores armados, el bloqueo en las negociaciones para buscar salidas a las crisis y la falta de acción de la comunidad internacional están normalizando unos niveles de violencia en MENA que no permiten augurar un cambio a corto plazo que permita salvaguardar el futuro de millones de niños y niñas de la región.

 

María Villellas, investigadora de la Escola de Cultura de Pau e integrante de WILPF

S3.reutersmedia.netPoblación refugiada cruzando la frontera Bangladesh-Myanmar. REUTERS/Adnan Abidi

La grave crisis humanitaria y de derechos humanos que asoló Myanmar durante el año 2017 amenaza con poner en peligro los frágiles avances en términos de democratización y construcción de paz que han tenido lugar en el país en los últimos años. En agosto, las fuerzas de seguridad de Myanmar iniciaron una operación militar a gran escala en respuesta a varios ataques llevados a cabo por el grupo armado rohingya ARSA en el estado de Rakhine. Como consecuencia de esta operación, casi 700.000 personas rohingyas se desplazaron de manera forzada, refugiándose fundamentalmente en Bangladesh, y miles murieron fruto de la violencia. La organización Médicos sin Fronteras denunció que al menos 6.700 rohingyas murieron como consecuencia de la violencia, incluyendo numerosos menores –más de 700 menores de cinco años–, en el primer mes después del inicio de la operación militar. Además se documentaron múltiples casos de violencia sexual por parte de personal militar contra población civil y otras graves violaciones de derechos humanos, como incendios y saqueos. Diversas organizaciones de derechos humanos y Naciones Unidas alertaron de que la acción de las fuerzas de seguridad birmanas podía ser constitutiva de delitos de genocidio. Así pues, si bien al finalizar 2017 la intensidad de la violencia se había reducido, la grave crisis ha puesto de manifiesto la enorme fragilidad de los avances de la transición política iniciada en el país en los últimos años y liderada por la Consejera de Estado y premio Nobel de la paz, Aung San Suu Kyi.

La desproporcionada respuesta militar por parte de las fuerzas de seguridad birmanas a los ataques de ARSA han puesto de manifiesto el papel central que las poderosas Fuerzas Armadas pretenden seguir jugando en Myanmar. Tras décadas de férrea dictadura militar, el proceso de transición había dado lugar a un delicado equilibrio entre las fuerzas políticas y militares, que la crisis en Rakhine ha roto, dejando en evidencia la incapacidad de los poderes civiles de controlar y ejercer autoridad sobre el estamento militar. Pese a los múltiples llamamientos por parte de la comunidad internacional y de las organizaciones de derechos humanos para que se pusiera fin a la operación militar que estaba dejando tras de sí un éxodo masivo de población rohingya, las autoridades civiles no pusieron fin a la operación militar sin precedentes en la que se cometieron atroces violaciones de derechos humanos. De hecho, la propia Aung San Suu Kyi, no se desplazó a la zona afectada por el conflicto armado hasta el mes de noviembre y el Gobierno negó en repetidas ocasiones las acusaciones de genocidio y limpieza étnica.

Aunque la violencia de mayor intensidad ha remitido, se ha iniciado un proceso de militarización del estado de Rakhine, con un amplio despliegue de las fuerzas de seguridad que han ocupado amplias zonas civiles. Este despliegue, unido a la destrucción de poblaciones enteras que fueron arrasadas y quemadas, hace prever que el retorno al estado de los centenares de miles de personas desplazadas por la violencia está seriamente en riesgo. Así pues, la crisis humanitaria de desplazamiento –que actualmente tiene un carácter internacional, puesto que es Bangladesh el país donde se ha refugiado la inmensa mayoría de la población rohingya– amenaza con perpetuarse en el tiempo, con el consiguiente impacto en las condiciones de vida de centenares de miles de personas. La militarización de Rakhine, por tanto, no solo amenaza la fragilidad de las estructuras políticas civiles del país, construidas en los últimos años de transición, sino que también llevará con toda probabilidad al enquistamiento de la crisis humanitaria. Tampoco pueden descartarse nuevas acciones militares de la insurgencia rohingya, y el grupo armado ARSA, que ha estado inactivo en los últimos meses, podría llevar a cabo de nuevo ataques contra las fuerzas de seguridad o contra población rakhine. Además, el yihadismo internacional podría tratar de interferir en este conflicto, que hasta el momento ha permanecido ajeno a estas dinámicas. Grupos armados como ISIS o al-Qaeda ya han hecho algunos llamamientos a dar apoyo a la causa rohingya.

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La activista Razia Sultana en el Consejo de Seguridad de la ONU.UN Photo/Mark Garten

Por otra parte, la crisis en el estado de Rakhine también puede tener un impacto muy negativo en el proceso de paz que se está llevando a cabo con un amplio número de grupos armados de oposición y que se ha materializado en un acuerdo de alto el fuego de alcance nacional y en la celebración de la Conferencia de Paz Panglong 21. Sin embargo, persisten enormes dificultades para lograr avances sustantivos en el marco de esta Conferencia, fundamentalmente por la exclusión de los grupos armados que no han firmado acuerdos de alto el fuego, pero indudablemente, la crisis de derechos humanos desencadenada tras la operación militar en el estado Rakhine representa un nuevo obstáculo para lograr definitivamente acuerdos de alto el fuego con todos los grupos insurgentes y avances en las reivindicaciones de las diferentes minorías étnicas que componen el país. La situación de seguridad en Rakhine ha impedido la celebración de procesos de consultas y de diálogo nacional asociados al proceso de paz, lo que ha derivado que se pospongan nuevas sesiones de la Conferencia Panglong 21, por esta y otras dificultades.

Todos estos factores amenazan el futuro inmediato de Myanmar y han puesto de relieve la incapacidad tanto de las autoridades civiles como de la comunidad internacional para detener la masacre de la población rohingya. En el futuro inmediato, se deberá hacer frente a las acusaciones de genocidio y limpieza étnica y, desde instancias internacionales, promover una investigación independiente de lo sucedido que permita la rendición de cuentas ante la justicia internacional.

 

Oportunidades para el diálogo

Por: | 11 de octubre de 2017

“Si quieres hacer las paces con tu enemigo, tienes que trabajar con
tu enemigo. Entonces él se vuelve tu compañero” - Nelson Mandela

Hace unos años el Centro para el Diálogo Humanitario (HD Centre) publicó el estudio Conflict analysis: the foundation for effective action. Se planteaba la necesidad de disponer de un profundo conocimiento analítico del contexto de conflicto para poder llevar a cabo cualquier iniciativa de mediación. Para ello, esa guía identificaba siete elementos que debían ser analizados para poder desarrollar cualquier esfuerzo mediador, como son el contexto, los actores implicados en el conflicto, el diseño del proceso a seguir y su secuenciación, los problemas identificados para llevar a cabo una negociación efectiva, las iniciativas de negociación previas (y sus éxitos y fracasos), el estudio comparativo de otros procesos de paz y las dificultades y retos en la implementación de un acuerdo de paz. El HD Centre es una organización independiente creada en 1999 que se ha convertido en una de las principales organizaciones a nivel internacional en el campo de la mediación de conflictos. En la actualidad está trabajando de forma pública o confidencial en más de 40 iniciativas de diálogo en unos 20 países, como Filipinas, Malí, Nigeria, Senegal, Siria, Somalia, Sudán o Túnez, algunos de ellos escenarios de conflicto armado y otros situaciones de tensión política. En España es conocida por su papel de garante y facilitador de los contactos con ETA.

Intentando responder a alguna de estas cuestiones, el informe Alerta 2017, Informe sobre conflictos, derechos humanos y construcción de paz de la Escola de Cultura de Pau de la Universitat Autònoma de Barcelona analiza el estado del mundo en términos de conflictividad y construcción de paz durante el 2016 y la naturaleza, causas, dinámicas, actores y consecuencias de los principales escenarios de conflicto armado y tensión socio-política en el mundo, lo que permite ofrecer una mirada comparativa regional e identificar algunas tendencias globales. Este análisis es clave para poder llevar a cabo cualquier iniciativa de mediación y construcción de paz, tal y como parece que se está planteando en el conflicto político que se está dibujando en el complicado panorama político catalán.

índex2Foto: JMR

Una de las tendencias de los casi 40 procesos de paz y negociaciones analizados en 2016 es identificar claramente el quién. En la mayoría de los casos los principales protagonistas de las negociaciones fueron los gobiernos de los respectivos países y los actores opositores políticos, sociales y armados afectados o activos en esos conflictos, lo que implica la constatación de que los principales actores, incluidos los gobiernos, no pueden rehuir de participar en las iniciativas de diálogo. Para resolver un conflicto, las partes implicadas deberán participar tarde o temprano en alguna iniciativa de diálogo. La negación del diálogo no resuelve los conflictos, si acaso los agrava, enquista y eterniza.

En segundo lugar, el qué. Aunque se niegue por activa y por pasiva, a nivel internacional se está dialogando entre gobiernos y entidades que exploran arquitecturas políticas intermedias, que buscan un nuevo estatus político y administrativo o que aspiran a ser Estados con pleno reconocimiento internacional. En la mitad de los 33 conflictos armados actuales y en la mitad de los 87 escenarios de tensión a nivel internacional estuvieron presentes demandas de autogobierno y/o identitarias. Entre estos casos en los que existen procesos de negociación se cuentan varios en Europa, por ejemplo, el de Georgia en lo referente a Abjasia y Osetia del Sur; Moldova y la autoproclamada república de Transdniestria; Ucrania y las autoproclamadas repúblicas de Donetsk y Lugansk; o el de Serbia y Kosovo –si bien el estatus legal internacional de Kosovo no está definido, ha sido reconocido como Estado por más de un centenar de países. En el continente africano cabe mencionar la situación en el norte de Malí, la región senegalesa de Casamance, el conflicto en los estados sudaneses de Darfur, de Kordofán Sur y Nilo Azul, o Sudán del Sur, declarado independiente mediante un referéndum pactado, el caso de Marruecos-Sáhara Occidental –la RASD no ha sido reconocida internacionalmente, pero al mismo tiempo el Sáhara Occidental sigue siendo considerado por la propia ONU como un territorio pendiente de descolonizar cuya pretendida pertenencia a Marruecos no está reconocida por el derecho internacional ni por ninguna resolución de Naciones Unidas¬–, o el de Israel y Palestina –donde aún está pendiente la configuración y reconocimiento internacional del Estado palestino, pese a su admisión como “Estado observador” en la ONU en 2012 y su reconocimiento por numerosos Estados. En Asia podrían destacar las negociaciones entre el Gobierno filipino y el MILF en la Región Autónoma en Mindanao Musulmán, las negociaciones entre el Gobierno de Tailandia y las provincias del sur del país o el pueblo naga en la India, por citar algunos ejemplos actuales.

Las terceras partes

Otra de las cuestiones que ha saltado a la luz en los últimos días es el papel de las terceras partes implicadas en procesos de paz y negociación. Las terceras partes intervienen en la disputa a propuesta de los actores implicados y con aceptación de éstos para contribuir al diálogo entre los actores enfrentados y favorecer una salida negociada del conflicto. Cabe mencionar que si bien hay muchos casos donde se conoce públicamente cuáles son los actores involucrados en tareas de mediación, facilitación y acompañamiento, por la necesidad de respaldo público a la iniciativa de paz, en otros contextos estas tareas se llevan a cabo de manera discreta y no pública, para preservar el contenido de las conversaciones y evitar que su publicidad afecte o determine las propias negociaciones. En el escenario catalán, en los últimos días se han publicitado multitud de iniciativas que pueden favorecer el diálogo pero sería deseable que surgiera alguna iniciativa que preservara la confidencialidad de los actores y el contenido de las propuestas, en un escenario en el que la aceptación de una mediación podría ser percibida como una renuncia o una debilidad.

A nivel internacional, la ONU, organizaciones regionales, Estados y sociedad civil son los principales actores involucrados como terceras partes en los numerosos diálogos abiertos durante 2016. En un tercio de los 40 procesos analizados ese año estuvo presente la ONU, mientras que en 11 de los 15 casos africanos fueron la Unión Africana o bien otras organizaciones regionales del continente, como ECOWAS, IGAD o SADC. En Europa, la ONU ha actuado en Chipre con apoyo de la UE, mientras que en Serbia-Kosovo es la UE (y en el pasado la ONU) la que ha activado procesos de diálogo, además de la situación de Georgia, en la que han actuado la UE, la OSCE y la ONU. La OSCE también ha actuado en numerosos espacios del continente europeo, como por ejemplo en Nagorno-Karabaj (Armenia-Azerbaiyán). A su vez, la UE también ha desempeñado funciones como tercera parte más allá del continente europeo, en especial en contextos de África y Oriente Medio, entre ellos Mozambique, RDC, Sudán del Sur, Israel-Palestina (integrando el Cuarteto para Oriente Medio) o Siria (como parte del Grupo Internacional de Apoyo a Siria, el ISSG). En el caso de América, la UNASUR estuvo involucrada en Venezuela. En Oriente Medio, la Liga Árabe estuvo implicada en Siria. En Asia destaca la participación de una organización intergubernamental de carácter religioso, la Organización para la Cooperación Islámica (OCI) en Filipinas. La OCI también estuvo presente en la RCA y en Siria. La Iglesia Católica también se implicó en algunos procesos negociadores. Históricamente, el ejemplo de la Comunidad de Sant’Egidio en Mozambique es el más revelador. En la actualidad, en Venezuela esta participación se tradujo en la implicación del Vaticano en el equipo mediador; en Mozambique la Iglesia Católica se sumó al equipo negociador; y en la RDC la Iglesia Católica congolesa fue clave para facilitar la firma de un acuerdo entre el Gobierno y la oposición política a finales de diciembre de 2016.

Además, cabría recordar las decenas de organizaciones y centros de investigación que facilitan herramientas, conocimientos y/o pueden dinamizar procesos de diálogo de forma discreta en diferentes conflictos actuales, como son, entre otras, la Fundación Jimmy Carter (EEUU); Conciliation Resources e International Alert (Reino Unido); Berghoff Foundation (Alemania); NOREF, IPRA y PRIO (Noruega); SIPRI (Suecia); Swisspeace, CICR, Geneva Call y la antes mencionada HD Centre (Suiza); CMI (Finlandia); el International Crisis Group, o departamentos de paz y conflictos como los de las universidades de Notre Dame (EEUU), Uppsala (Suecia) o Bradford (Reino Unido), en apoyo de los múltiples actores que participan en los procesos de negociación, por citar algunos ejemplos.

A lo largo de 2016 también se registraron otros contextos en los que la intensificación de la violencia y de la tensión afectó seriamente las perspectivas de la negociación, derivando en algunos casos en un deterioro, reducción o bloqueo de la vía o espacio de diálogo, aunque siempre existen espacios, procesos y oportunidades de diálogo y negociación en todo el ciclo del conflicto, como ponen de manifiesto los múltiples ejemplos reseñados antes. Por último, cabe tener en cuenta que cada vez hay más evidencias que sustentan que los procesos inclusivos en los que no se reproducen las dinámicas de exclusión de las mujeres y la sociedad civil obtienen mejores resultados en términos de firma de acuerdos así como de sostenibilidad y su implementación.

Nunca es demasiado tarde. Pero el primer paso en todos los conflictos es reconocer la existencia de ese conflicto. Aunque no se comparta el mismo análisis del conflicto, los actores tienen que estar de acuerdo en que existe un conflicto y que debe ser resuelto mediante el diálogo. Esta premisa todavía no está clara y aceptada en el escenario catalán, aunque sí está sobre la mesa la oportunidad para el diálogo.

Paz, en construcción

Sobre el blog

Un espacio de reflexión y debate sobre la necesidad de generar condiciones de paz en un mundo azotado por la violencia y la injusticia. El blog será coral, nutrido por colaboraciones de varias personas vinculadas a los centros de investigación, ONG y movimientos sociales por la paz de todo el Estado. También contará con alguna colaboración puntual de voces internacionales.

Sobre los autores

Jordi Armadans Jordi Armadans Politólogo, periodista y analista en temas de seguridad, conflictos, militarismo, desarme y cultura de paz. Director FundiPau (Fundació per la Pau), miembro de la Campaña Armas Bajo Control y miembro de la Junta Directiva de AIPAZ.

Jordi CalvoJordi Calvo Economista, analista e investigador sobre economía de defensa, militarismo, paz y desarme. Investigador del Centro Delàs de Estudios por la Paz (Justícia i Pau) y miembro de la Junta Directiva de la Federació Catalana d’ONG y del International Peace Bureau (IPB).

Josep Maria RoyoJosep Maria Royo Politólogo, analista e investigador sobre conflictos y construcción de paz de la Escola de Cultura de Pau de la UAB. Miembro de la Junta Directiva de la Federació Catalana d’ONG.

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