Periodismo con futuro

Periodismo con futuro

Con todas las incógnitas del momento, el título de este blog es una afirmación en la que creemos sin dudar. El cómo, quién, dónde y cuándo ya no están tan claros. Queremos abrir un debate sobre el presente y futuro del periodismo y su industria. Sobre nuevas tendencias, contenidos, tecnología, soportes y modelos de negocio. Con información y análisis. Y vivir en primera línea un nuevo ecosistema informativo tan apasionante como incierto.

Internet y el cerebro: una guía para periodistas

Por: | 29 de octubre de 2011

Libros y artículos que definen el debate
sobre la influencia de los medios digitales en la mente

Bill_keller_at_nycEl  18 de mayo de 2011, Bill Keller, entonces director de The New York Times, publicó un artículo titulado “The Twitter Trap” (“La trampa de Twitter”), homenaje melancólico a un mundo que se esfuma: el de los diarios impresos y los libros de papel, el de la lectura atenta y las conversaciones cara a cara. En los últimos párrafos, Keller escribió: “hay una creciente cantidad de Casandras digitales que están explorando lo que los nuevos medios hacen con nuestro cerebro”, y citaba a la novelista Meg Wolitzer, cuyo último libro afirma que las nuevas generaciones poseen “información, pero no contexto”.

Todo gran cambio tecnológico y cultural, como los propiciados por la invención de la escritura —hace más de seis mil anos— y por la expansión de la imprenta de tipos móviles —siglo XV—, causa al mismo tiempo entusiasmo y recelo. La intuición de que cada nueva herramienta da tanto cuanto arrebata es una constante en  la historia. Sócrates temía que la escritura acabase con la memoria. Los elitistas en el amanecer de la Edad Moderna recelaban de que la difusión generalizada de libros condujese a la banalización de la cultura. "Amamos y odiamos a la vez nuestras creaciones, de las que nos gusta desconfiar" escribió José Cervera en un ensayo en la revista Orsai.

La revolución que vivimos hoy, que supone la traducción de nuestro acervo personal y social a código binario, ha desatado un debate intenso, del que el artículo de Keller forma parte. Pero, ¿qué hay de cierto en sus aventuradas afirmaciones? ¿Debe preocuparnos lo que los nuevos medios hacen con nuestro cerebro? ¿O es más correcto centrarse en lo que no cambian, en aquellos rasgos nocivos de la naturaleza humana de los que se aprovechan y que pueden reforzar?

 

Superficiales

Tecnología y cerebro

Uno de los libros que inspiraron el artículo de Keller es Superficiales (2010), del ensayista Nicholas Carr, que ha causado revuelo tanto por la fuerza de sus argumentos como porque, al igual que el exdirector del Times, parte de preocupaciones legítimas para llegar a conclusiones en apariencia plausibles, pero alarmistas.

Carr comienza con la confesión de que en el pasado era capaz de pasar horas sumido en un texto largo. Hoy, por el contrario, "mi concentracion comienza a disiparse después de una o dos páginas. Me inquieto, pierdo el hilo, comienzo a buscar otra cosa que hacer. Siento que debo esforzarme continuamente para conducir mi cerebro de vuelta al texto. La lectura profunda, que me era tan natural, se ha convertido en una lucha".

No es difícil identificarse con la inquietud de Carr. Si es usted uno de los millones de individuos que pasan el día frente a una pantalla, habrá percibido que la cantidad de distracciones que batallan por su atención se ha multiplicado: alertas automáticas, feeds de actualizaciones en Facebook y Twitter, el último vídeo casero en YouTube, la galería de fotos más reciente en Flickr, los posts que florecen en su agregador de blogs favorito... La fragmentación de la atención es un problema real.

Ahora bien, afirmar sin matices que el cerebro humano cambia debido al uso constante de tecnologías digitales, como hace Carr, es una media verdad trivial que puede conducir a equívocos. Veamos por qué.

El cerebro flexible

Neurons

El funcionamiento del cerebro está basado en la interacción de miles de millones de células, llamadas neuronas. Las neuronas son, a grandes rasgos, diminutos generadores de energía eléctrica erizados de cables de emisión —los axones, uno por célula— y de recepción —las dendritas. La percepción, la razón, la memoria, la consciencia del propio ser y la ilusión de que poseemos alma y libre albedrío son propiedades emergentes de la actividad de redes neuronales. (Imagen de la derecha: dibujo de Ramón y Cajal)

El cerebro crea nuevas conexiones entre neuronas como respuesta a cualquier estímulo. Esta dinámica se llama neuroplasticidad, término que Carr usa en numerosas ocasiones en Superficiales. La neuroplasticidad permite que recordemos nuestras experiencias y que usemos esa información en decisiones futuras.

Esta es la principal arma de nuestra especie desde sus orígenes en África: somos capaces de aprender y prever, aun de forma incompleta, los peligros de entornos desconocidos. Por eso, hoy ocupamos hábitats tan diferentes como los hielos de Groenlandia y las selvas tropicales. El antropólogo John Tooby dijo una vez que el ser humano no habita en un nicho natural, como el resto de animales y plantas, sino en un nicho cognitivo, resultado de la manipulación consciente de cualquier ecosistema que invade.

La flexibilidad del cerebro llega a extremos sorprendentes. En 1911, los neurólogos británicos Henry Head y Gordon Holmes propusieron la hipótesis de que, cuando usamos una herramienta, el cerebro la trata como una parte del cuerpo, y no como una mera extensión. Nuestra mente, explicaron, mantiene representaciones de la estructura del organismo que habita. Estas representaciones, llamadas mapas somatotópicos, nos permiten andar y correr sin perder el equilibrio y calcular la distancia que nos separa de amenazas y alimentos.

Los mapas somatotópicos no son inmutables. Según Head y Holmes, “debemos a la existencia de estos esquemas el poder de proyectar el reconocimiento de nuestra postura, movimiento y localización más allá de los límites de nuestros cuerpos hasta el extremo de un instrumento sostenido entre las manos. Sin ellos, no podríamos tantear con un palo ni usar una cuchara a no ser que nuestros ojos estuviesen fijos en el plato”. Desde muy temprano en nuestra evolución, pues, los humanos nos hibridamos con las máquinas, instrumentos y tecnologías que ideamos. Somos ciborgs, literalmente.

La hipótesis de Head y Holmes fue confirmada en 1996, cuando Atsushi Iriki, de la Universidad Médica y Dental de Tokio, observó qué sucede en el cerebro de un macaco japonés cuando este se ayuda de un pequeño rastrillo para alcanzar un pedazo de comida. Tras unos días de entrenamiento, varias regiones cerebrales de los animales utilizados en los experimentos comenzaron a identificar la herramienta no como prótesis, sino como parte del brazo mismo.

Esa capacidad no es exclusiva de los macacos. Según Iriki, "cuando jugamos a un videojuego, sentimos que nuestra autoimagen se proyecta al interior de la pantalla como una extensión del cuerpo". Estudios posteriores de Lucia Riggio (Universidad de Padua) demostraron que el ser humano percibe estímulos táctiles tanto si estos son registrados por los dedos como si nacen de la punta de una herramienta manejada en ese momento.

BeyondTambién es pertinente mencionar los experimentos que el neurocientífico Miguel Nicolelis, de la Universidad de Duke, narra en Beyond Boundaries (2011). Nicolelis consiguió que varios monos controlasen extremidades robóticas y objetos virtuales en la pantalla de un ordenador con el pensamiento. Previamente, con la ayuda de sensores, había logrado transformar la actividad electroquímica cerebral en código descifrable por un procesador.

Nicolelis bromea: "no es sorprendente que millones de personas no quieran separarse ni un minuto de sus amadas Blackberrys". Los sienten como parte de sus cuerpos, de cierta manera, al igual que ocurre con las generaciones educadas en el uso continuo de una tecnología: la tratan como algo natural, lo que espanta a sus mayores. El cerebro infantil, en pleno desarrollo, es mucho más maleable que el adulto.

Los límites de la neuroplasticidad

Así pues, es cierto, como sostiene Carr, que la tecnología modifica el cerebro adulto, pero no está claro que lo haga de forma profunda y permanente, que es lo que Superficiales sugiere. Los cambios cerebrales significativos sólo han sido probados en usuarios con patrones anormales de uso de nuevas tecnologías.

En un estudio publicado en junio de 2011 por la revista PlosONE, un grupo de científicos chinos analizó la actividad cerebral de dieciocho adolescentes con síntomas de adicción a Internet. Los investigadores detectaron que varias áreas fundamentales para el autocontrol y la capacidad de concentrarse en una tarea y evitar distracciones presentaban un tamaño menor que la media. También identificaron niveles de actividad por debajo de lo normal en regiones relacionadas con la memoria de corto plazo.

El profesor de neurociencia Karl Friston, del University College London, matizó los resultados del estudio en un artículo en Scientific American. Afirmó que no eran sorprendentes, teniendo en cuenta que el cerebro se comporta como un músculo: su configuración se altera tanto con la práctica intensa como con su ausencia. El que se observen cambios a corto plazo no implica que estos se mantengan después de un tiempo. La adaptabilidad del cerebro es bidireccional.

IbrainY es que lo que tanto Nicholas Carr como Gary Small y Gigi Vorgan, autores de El cerebro digital: cómo las nuevas tecnologías están cambiando nuestra mente (iBrain: 2009), llaman cambios en el cerebro son lo que hemos conocido siempre como aprendizaje y educación. Small y Vorgan escriben en su libro sobre un experimento en el que compararon la actividad cerebral de tres nativos digitales (crecidos entre ordenadores) con la de tres inmigrantes digitales (adultos con menos experiencia en su uso) en el acto de hacer una búsqueda en Google y navegar por los resultados.

El estudio desveló que un área llamada córtex prefrontal dorsolateral, relacionada con la planificacion de actividades conscientes, se activaba con más intensidad en el cerebro de los nativos que en de los inmigrantes, lo que repercutía en la velocidad con la que completaban la operación. Sin embargo, tras cinco días de entrenamiento, el cerebro de los inmigrantes comenzó a comportarse como el de los nativos.

Este resultado es menos sorprendente de lo que parece. Piense en lo que ocurre en actividades cotidianas, como conducir un coche. Durante los primeros días en que uno se sienta al volante, todo parece nuevo. El cerebro necesita esforzarse y dirigir conscientemente manos y pies para que controlen los movimientos de la máquina. Al cabo de un tiempo, cuando el cerebro ya ha creado nuevas conexiones y reforzado ciertas regiones, las maniobras que antes nos parecían difíciles —y para las que necesitábamos hacer complicados cálculos mentales— quedan internalizadas; las ejecutamos rutinariamente. En lenguaje cotidiano, no decimos que nuestro cerebro ha cambiado (a pesar de que es cierto que lo ha hecho), sino que hemos aprendido.

En esta línea, uno de los comentarios más críticos sobre El cerebro digital y Superficiales fue el de Steven Pinker, profesor de la Universidad de Harvard, en The New York Times. En su artículo “Mind Over Mass Media” (junio de 2010), Pinker señaló que la existencia de la neuroplasticidad no significa que el cerebro sea "una esfera de barro moldeable por la experiencia. La experiencia no cambia nuestras capacidades básicas de procesamiento de información". Como escribió una vez Daniel Simons, psicólogo de la Universidad de Illinois "el mundo ha variado enormemente a lo largo de los siglos, pero los ingredientes básicos de la felicidad humana permanecen inmutables".


La generación más estúpida

Dumbest

Los temores que Superficiales recoge son versiones suavizadas de los expresados en libros anteriores, como The Dumbest Generation (2007), de Mark Bauerlein, y Distracted (2008), de la periodista Maggie Jackson. Ambos auguran la llegada de una nueva “edad oscura” cuando quienes hoy son niños y adolescentes, educados en la omnipresencia de los medios digitales, alcancen la madurez. Según estos autores, las nuevas generaciones son narcisistas y superficiales. En el futuro, sostienen, la inteligencia media de los seres humanos será inferior a la de sus progenitores.

En tono mucho más moderado y razonable, Maryanne Wolfe, jefa del Centro de investigación de la Lectura y el Lenguaje de la Universidad de Tufts, se preguntó en Proust and the Squid: The Story and Science of the Reading Brain (2007) si Internet no fomenta el consumo en diagonal de textos cada día más breves y estilísticamente pobres, en detrimento de la cultura libresca, basada en la lectura lineal y lenta de obras largas, bien elaboradas y editadas.

Proust¿Los medios digitales nos hacen menos inteligentes? Tal vez no (aunque hay quien sugiere incluso que provocan autismo...). Los libros anteriores tienen tres problemas: discuten la inteligencia como si fuese un fenómeno único, la analizan como un atributo exclusivamente individual y no prestan atención a la evidencia (anecdótica en muchos casos, parecida a la usada en ellos) que contradice sus hipótesis. Vayamos por partes.

La inteligencia es la capacidad de absorber estímulos externos y transformarlos en conocimiento que sirva para modificar el ambiente en nuestro beneficio. Entre sus muchos componentes están la habilidad de aprovecharnos de lo que el entorno ofrece, la de convertir observaciones episódicas en lecciones generalizables, la de establecer relaciones productivas con nuestros congéneres y la de conectar conceptos de manera creativa.

La inteligencia consiste, pues, en un cierto equilibrio entre el pensamiento funcional y el razonamiento abstracto y depende de circunstancias históricas: ser inteligente no significa lo mismo para un cazador-recolector que para un profesor de Física porque sus ecosistemas imponen restricciones y ofrecen posibilidades diferentes. Hoy en día, alguien que no sepa cómo manejar las redes sociales, el correo electrónico y los buscadores puede ser considerado menos inteligente que quien sí domina esas tecnologías, tanto en un nivel funcional (el simple conocimiento de cómo usarlas) como en el abstracto (la capacidad de analizarlas teóricamente y combinarlas de forma creativa).

ConnectedSegundo: es cierto que la inteligencia es, en buena parte, producto de la herencia genética y el esfuerzo personal. Pero la evidencia muestra que se trata, asimismo, de una propiedad de origen social. Nicholas Christakis y James H. Fowler en Connected (2009) y Steven Johnson en Las buenas ideas: una historia natural de la innovación (2010), explican que las redes sociales en las que nos integramos ejercen una enorme influencia sobre nuestro desarrollo. Un entorno estimulante aumenta las posibilidades de que la inteligencia mejore: somos permeables a los conocimientos y capacidades de quienes nos rodean.


Internet ayuda en esta dinámica por medio de entornos virtuales de intercambio de ideas. En un ensayo titulado “Yes, People Still Read, but Now It's Social” (junio de 2010), Johnson recuerda que la cantidad de gente que ha escrito reseñas y ensayos sobre algunos de los libros mencionados en este artículo es muchísimo mayor que los que respondieron a la publicación, en 1964, de Comprender los medios de comunicación, del canadiense Marshall MacLuhan, uno de los hitos del pensamiento sobre la relación entre tecnología y sociedad.

Johnson añade que muchas de las grandes ideas surgidas a lo largo de la historia no nacen de mentes privilegiadas trabajando en solitario dentro de laboratorios silenciosos, sino que emergen en “espacios de conexiones, de colisión entre diferentes cosmovisiones, sensibilidades y especializaciones. No es por accidente que la mayor parte de la innovación científica y tecnológica del último milenio se haya producido en centros urbanos abarrotados y llenos de distracciones. La Ilustración dependió más del intercambio de ideas que de la lectura solitaria y concentrada”.

BuenasIdeasPor destacar un ejemplo en la línea de Johnson: la Teoría de la Evolución, la idea científica más importante de todos los tiempos, no fue la conclusión únicamente de los más de veinte años que Charles Darwin pasó sumido en el estudio, el cultivo de flores y la cría de palomas, sino también del abundante intercambio epistolar y personal que mantuvo con colegas y amigos de enorme talla intelectual, como Thomas Henry Huxley y Alfred Russel Wallace (quien, por cierto, intuyó la evolución por selección natural al mismo tiempo que Darwin). De haber nacido a finales del siglo XX, el famoso biólogo británico sería, con toda probabilidad, un usuario muy activo de correo electrónico, como mínimo.

El tercer problema con algunos de los libros que proclaman que los medios digitales nos idiotizan es que sus autores escogen los datos que mejor se adaptan a ciertas ideas preconcebidas (The Dumbest Generation) o confían demasiado en experiencias personales del próprio autor (Superficiales). No explican por qué muchos de los países más conectados, como Corea del Sur, Japón, Singapur, Noruega, Suecia y Finlandia, son también los que disfrutan de mejores resultados en educación secundaria y superior, lo que sugiere que los efectos supuestamente perniciosos de la sociedad red pueden ser contrarrestados por profesores motivados y eficaces. 

Por otra parte, si fuese cierto, como los apocalípticos sostienen, que la exposición constante a la pantalla reduce la inteligencia, tendría que ser posible descubrir una caída generalizada del cociente intelectual (CI) medio mundial. Pero lo que sucede es exactamente lo contrario: tras sesenta años de televisión y casi dos décadas de uso cotidiano de Internet, la inteligencia no para de crecer.

En los años 80, el filósofo James Flynn comparó los resultados de tests de inteligencia desde la Primera Guerra Mundial (momento en que se sistematizó su uso) hasta aquel momento. Descubrió que los resultados habían mejorado de forma general, lo que obligaba a los diseñadores de los exámenes a ajustar al alza la dificultad de las preguntas constantemente. En 1994, Charles Murray y Richard Herrnstein, autores del polémico The Bell Curve, llamaron a este fenómeno Efecto Flynn. Ha sido confirmado en más de treinta países.

Los exámenes de CI usan el índice 100 para determinar la inteligencia media en cada período histórico. Ese número representa una cantidad de inteligencia diferente dependiendo de cuándo la midamos. Por ejemplo, si un adolescente actual viajase hasta 1950, su CI sería de 120, lo que está bastante por encima de la media. Según cálculos de Steven Pinker en su reciente The Better Angels of Our Nature, un individuo común hoy en día es más inteligente que el 98% de las personas en 1910. Y el cálculo funciona a la inversa: si una persona de inteligencia media de 1910 atravesase el túnel del tiempo y llegase a 2011, su CI, medido según los estándares actuales, sería de 70, tan bajo que frisaría el atraso. Si las tecnologías digitales tienen efectos tan negativos sobre la inteligencia como los críticos dicen, desde luego cuentan con el poder de equilibrar otras variables que la elevan de manera radical.


La decadencia de la profundidad

Distracted

¿Y la queja de que Internet nos vuelve superficiales? De nuevo, depende de si uno desea ver la botella medio llena o medio vacía. Es verdad que las noticias más leídas en publicaciones online suelen ser las relacionadas con sexo, violencia y celebridades. Pero sorprenderse por ello es absurdo: esos temas nos interesan no porque nos hayamos degradado intelectualmente, sino porque están enraizados en nuestra naturaleza. Nos fascina el sexo porque es el método más eficiente de perpetuar nuestros genes; nos interesa la violencia porque, al contemplarla, nos preparamos para su posible irrupción en nuestro ambiente cotidiano; nos regocijamos en los cotilleos porque somos animales sociales.

Generalizar en exceso, además, es injusto: un estudio de la Universidad de Pensilvania sobre las noticias más recomendadas en The New York Times, publicado en 2010, descubrió que los lectores del diario preferían historias de tono positivo, y que un porcentaje considerable de ellas trataba asuntos científicos. No todas las audiencias son iguales.

Por otra parte, si bien es cierto que Internet es el reino de la superficialidad, repleto de tuits irrelevantes, vídeos de aficionado y entrevistas con Paris Hilton, también lo es que entre las publicaciones tradicionales que mejor resisten la crisis están The Economist, The New Yorker y The Atlantic Monthly, que no se distinguen precisamente por practicar periodismo populachero, ni en sus versiones impresas ni en las digitales. En televisión se percibe un patrón semejante: triunfan Big Brother y Dancing with the Stars, pero también la cadena HBO, que emite series como Game of Thrones, The Sopranos, The Wire y Mad Men, caracterizadas por personajes con abundantes matices, diálogos bien hilvanados y tramas complejas que exigen atención total del espectador.

Los medios digitales no fomentan la superficialidad sino que abren la puerta a más de todo: más superficialidad para quien desea superficialidad, más profundidad para quien busca profundidad. Si no existiese Internet, gran parte del tiempo perdido en mensajes intrascendentes en Facebook no sería invertido en leer a Schopenhauer, sino en comentar el último partido de la selección en el bar de la esquina. Lo único que Internet hace es facilitar el acceso a lo que nos atrae como animales al mismo tiempo emocionales y racionales, sociales e introspectivos.

Nuestra relación con los medios digitales debe basarse, pues, en controlar lo que nuestra naturaleza ansía a través de lo que la razón dicta. Esta es la clave para enfrentar dos de los grandes desafíos reales que Internet plantea, relacionados, sí, con la forma en que nuestra mente funciona: la tendencia a la multitarea y las burbujas personalizadas.

El primer desafío: multitarea 

Nuestro cerebro no está diseñado para mantener la atención en un único asunto por mucho tiempo. En los albores de la especie humana, cualquier pequeño cambio en el paisaje podía ser indicio de una fuente de calorías o de la presencia de un depredador. Por ello, tendemos a gastar la menor cantidad posible de energía con cada estímulo antes de abandonarlo y enfocarnos en el siguiente.

Actuar de esa forma libera dopamina, un neurotransmisor, en algunas áreas cerebrales pertenecientes al circuito de recompensa: las novedades nos proporcionan placer. Y pueden ser difíciles de dominar. Para conseguirlo, necesitamos del esfuerzo de los lóbulos frontales —el cerebro ejecutivo— donde, a grandes rasgos, reside la capacidad de autocontrol consciente.

Las consecuencias de esta herencia de nuestro pasado remoto son notables. El ensayista Cory Doctorow, uno de los pioneros en el análisis de los nuevos medios, definió al ordenador en cierta ocasión como un “ecosistema de tecnologías de la interrupción”: ventanas con mensajes instantáneos, avisos de llegada de correos electrónicos, el navegador que espera tras el procesador de texto, invitándonos a adentrarnos en un mundo de noticias... El propio funcionamiento de las tecnologías digitales conspira contra nosotros, aprovechándose de los apetitos de la mente.

Gorilla2Un problema complementario es que, según Christopher Chabris y Daniel Simons, autores de El gorila invisible: cómo nuestras intuiciones nos engañan (The Invisible Gorilla, 2010), es muy fácil sucumbir a la ilusión de atención: sentimos que podemos mantener el control de varias actividades al mismo tiempo, pero “cuantas más tareas que requieren atención el cerebro realiza simultáneamente, peor es nuestro rendimiento en cada una de ellas”.

Esta ilusión es lo que nos lleva a pensar, por ejemplo, que somos capaces de conducir hablando por el teléfono móvil. El engaño surge porque nuestro cerebro es capaz de continuar con la actividad principal —mantenernos en la carretera— incluso cuando atendemos una llamada. Lo que no notamos, hasta que es demasiado tarde, es que el uso del móvil elimina la  capacidad de percibir lo imprevisto: un peatón que atraviesa la calle, un coche que se salta un semáforo, una bicicleta que se cruza frente a nosotros.

Muchos de los argumentos más contundentes contra la multitarea están recogidos en Hamlet's Blackberry: Building a Good Life in the Digital Age(2010), del periodista William Powers. Powers señala que “cuando uno abandona una actividad para prestar atención a una interrupción, el vínculo emocional y cognitivo con la actividad primaria comienza a decaer, y cuanto más tiempo dure y más atractiva sea la distracción, más difícil es regresar a aquella. Recuperar la concentración puede llevar de diez a veinte veces el tiempo que la interrupción nos robó. Tras una distracción de un minuto podemos pasar más de diez intentando regresar a lo que estábamos haciendo”.

HamletExperimentos de Clifford Nass, profesor de comunicación en la Universidad de Stanford, revelaron que las personas acostumbradas a ser multitarea en el ordenador tienden a trasladar sus rutinas de trabajo al mundo real. Muestran dificultad en concentrarse por periodos largos en una única actividad. Cualquier pequeño estímulo los desconcentra. Más interesante: aquellos que piensan que son mejores en simultanear varias actividades son, precisamente, los peores en hacerlo. Christopher Chabris y Daniel Simons llaman a este fenómeno ilusión de la autocofianza.

Los multitarea son, asimismo, menos productivos. Entre 2008 y 2009, un conjunto de estudios de Basex, una compañía especializada en investigación sobre tecnología, concluyó que un trabajador medio pasa más de un cuarto de su jornada laboral lidiando con distracciones, tanto reales (interrupciones de colegas, llamadas de teléfono), como virtuales. Basex calculó que las pérdidas anuales por culpa de la sobrecarga informativa son de casi novecientos mil millones de dólares solo en Estados Unidos.

Otro estudio citado por Powers fue conducido por RescueTime, empresa que analiza hábitos de trabajadores del sector de tecnologías de la información. Reveló que cada empleado que pasa su jornada frente a un ordenador accede, en media, cincuenta veces a su gestor de correo al día, 77 a programas de chat, y cuarenta a páginas Web.

El artículo sobre multitarea de la Asociación Americana de Psicología explica que dejar de realizar una actividad para acometer otra es un proceso que consta de dos fases. Primero, uno toma la decisión; segundo, el cerebro pasa un instante analizando las reglas de la nueva tarea. Aunque necesitemos solo una décima de segundo para completar esos pasos, los efectos son acumulativos si los repetimos demasiadas veces. El mensaje es nítido: si quiere aumentar su productividad, concéntrese en una única cosa durante un tiempo razonable, sin distraerse. Y evite interrupciones: cierre la puerta de su despacho, apague el teléfono móvil y desactive las alertas automáticas en el ordenador.


El segundo desafío: las burbujas personalizadas

Extremes

Confiéselo: si tiene tiempo de leer un único periódico, lo más probable es que opte por el que mejor refleja su ideología. Si es usted conservador, elegirá uno de derechas, contrario al aborto y al matrimonio entre homosexuales y partidario de la reducción de impuestos; si es usted de los que simpatiza con el socialismo, buscará un diario que defienda la intervención pública en la economía y la expansión de la sanidad y de las escuelas públicas. No se alarme. Es normal.

El ser humano evita inconscientemente argumentos que contradigan sus prejuicios y presta atención a aquellos que los refuerzan. Los psicólogos llaman a este fenómeno sesgo de confirmación y han demostrado su existencia en numerosos estudios desde los años 50.

Por ejemplo, si usted no cree que el cambio climático sea una consecuencia de la acción humana, no importa cuánta evidencia empírica se le presente; su cerebro obviará el hecho de que una mayoría aplastante de científicos esté convencida de sus efectos y recordará solo que su comentarista radiofónico favorito y algunos expresidentes de Gobierno con los que usted simpatiza (José Maria Aznar, de España, Václav Klaus, de la República Checa) aseguran que es todo una exageración o una conspiración que cuenta con la aquiescencia de la comunidad académica mundial.

(El sesgo de confirmación, por cierto, explica por qué tantos estadounidenses piensan que Barack Obama es musulmán —un rumor originado antes de la campaña electoral de 2008—, que Sadam Husein participó en los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 y que —en el caso de conspiracionistas de izquierdas— dicho ataque fue el resultado de una alianza entre el lobby israelí y el Gobierno de George W. Bush).

Los nuevos medios potencian el sesgo de confirmación porque ayudan a esquivar completamente lo que no nos agrada ver y leer. Esta personalización total es peligrosa, según Carl Sustein, profesor de Derecho en Harvard, que escribe en Going to Extremes: How Like Minds Unite and Divide (2009): “cuando las personas se mantienen dentro de grupos en los que todos los individuos piensan de manera parecida, es muy probable que se vuelvan más extremistas”. Esta dinámica funciona tanto en comunidades reales como en virtuales. Ambas pueden convertirse en máquinas de polarización.

FilterbubblePor si eso no fuese preocupante, el ensayista y activista de izquierda Eli Pariser explica en The Filter Bubble: What the Internet is Hiding from You (2011) que la personalización del menú de consumo de información ya no está completamente bajo nuestro control. Empresas como Google, Amazon y Facebook reunen tantos datos que se creen capaces de prever nuestras elecciones posteriores.

A partir de indicios recogidos mientras navegamos (páginas visitadas, compras en Internet, formularios, correos electrónicos, etc.), esas organizaciones filtran los resultados de búsquedas y noticias para destacar los vínculos que visitaremos con más probabilidad y pueden llegar a eliminar los que, según sus cálculos, no nos atraerían. Parte del interés para desarrollar este tipo de técnicas es comercial: cuanto mejor una empresa conozca a cada usuario, más fácilmente podrá mostrarle anuncios individualizados y venderle productos que le atraigan.

En el futuro, según Pariser, los algoritmos que caracterizan esta nueva era de la personalización serán tan sofisticados que, sin que nos demos cuenta, nos privarán de encontrarnos con artículos y reportajes que desafíen ideas y prejuicios. El autor llama a esta tendencia “ciberbalcanización”. Estaremos atrapados en bucles de retroalimentación ideológica que nos proporcionarán satisfacción, pero de los que será difícil salir, bien por ignorar su existencia, bien por no saber cómo configurarlos. Un remedio parcial: forzarse a seguir un régimen informativo variado que incluya algunos medios analógicos (diarios, revistas), estrategia efectiva para toparse con puntos de vista en los que nunca habíamos pensado.


Epílogo: contra los instintos

Nature

Libros recientes como What Technology Wants (2010) del fundador de la revista Wired, Kevin Kelly, y el más equilibrado e interesante The Nature of Technology (2009), de W. Brian Arthur, en el que aquel se inspira, sugieren que la tecnología es un ente autónomo que evoluciona junto a la especie humana, sin que esta pueda controlarlo nunca al cien por cien.

Pensadores contrarios a este tecnodeterminismo, entre los que está el Jaron Lanier de Contra el rebaño digital (You Are Not a Gadget2010), replican que la tecnología nos influye, sí, pero que solo cobra vida cuando un individuo la usa.

La relación humano-herramienta es bidireccional, nos dicen Lanier y otros neohumanistas, y lo que debe preocuparnos de los nuevos medios no es que cambien nuestro cerebro, sino que potencien y se nutran de instintos perjudiciales: el hambre por novedades triviales y la seducción del sectarismo. Sobreponernos a ellos y dominarlos —con ayuda de la tecnología o a pesar de ella— es nuestro gran desafío para el futuro. Como reza el título de un buen libro del ensayista Douglas Rushkoff (Program or be Programmed: Ten Commands for a Digital Age), es mejor controlar que ser controlado.

 

Alberto Cairo (Twitter: @albertocairo) es director de infografía de la revista Época (Editora Globo, Brasil) y autor de los libros El arte funcional: infografía y visualización de información (2011) e Infografía 2.0: visualización interactiva de información en prensa (2008).

Hay 15 Comentarios

I have used a couple of tools for some of my client projects, that we had worked on. Normally the client suggests the tool that we need to use and therefore we came across some of them. Some features have really impressed us, such as iteration in less projects and simplicity in ZOHO. Precisely every project tracking software has its specialty.

I have used a couple of tools for some of my client projects, that we had worked on. Normally the client suggests the tool that we need to use and therefore we came across some of them. Some features have really impressed us, such as iteration in less projects and simplicity in ZOHO. Precisely every project tracking software has its specialty.

Como artículo perodistico está bien sube el nivel sobre lo habitual de forma encomiable, así que felicidades. Desde un punto de vista científico en la línea de los curripipi mix habituales también. El hecho de que no cite a ni un sólo autor español no significa que no haya estudios al respecto, sólo que o no se van enlazando unos con otros en amazon o simple desconocimiento. De todas formas este tipo de artículso justificarían que me gastase el dinero en un periódico en papel, lo que desde luego hace mucho que dejé de hacer.
Por cierto, no estaría mal que el Sesgo de informaicón cuando no Síndrome de Estocolmo se lo aplicara la profesión periodística a sí mismos. Ciao

M

Un artículo extraordinario, que es en sí mismo una prueba de que en Internet se puede encontrar reflexión de alta calidad. El miedo a las nuevas tecnologías y a las nuevas narrativas ha sido una constante en la historia de la humanidad, como bien señala el autor, y frente al miedo irracional a Internet y el mundo digital es necesario que haya gente que se pare a investigar lo que realmente sucede, en vez de dejarse llevar por sus fobias y miedos instintivos. Creo que es muy recomendable recordar aquello que decía McLuhan: "Durante muchos años vengo observando que los moralistas suelen
sustituir la ira por la percepcion". Esa ira, medio o fobia, condiciona demasiado a menudo la comprensión del fenómeno Internet. Felicidades a Alberto Cairo por no seguir esta tendencia.

Una discusión sumamente interesante, además de importante. Hace unos cuantos años (quizás 50), el antropólogo Melville Hersovits definió a la cultura como una extensión del ser humano, de tal modo que nuestras creaciones también se vuelven necesidades. Es muy curioso que, teniendo las mismas capacidades mentales, los seres humanos nos distingamos por que, al mismo tiempo, desarrollamos habilidades diferentes. Esto, a su vez, puede implicar sustituciones o, más de lleno, pérdidas. Así, las ventajas y desventajas de informática no son exactamente algo nuevo. Lo nuevo es que cada generación vive esta experiencia a su manera. Por fortuna, disponemos de tiempo limitado. Conviene, por lo mismo, escoger de qué se vale uno y de qué no. Sentir nostalgia es positivo si lo orienta a uno hacia algo que uno extraña o requiere. De igual manera, ver positivamente la creación de nuevos medios es importante. Una mayor cantidad de gente tendrá a su disposición una mayor diversidad de posibilidades de expresión. Mientras, el cerebro seguirá ampliando nuevos dominios, pero muy posiblemente olvide (o descarte) otros.

El autor hace un análisis objetivo y desapasionado, divulgativo hasta cierto punto, y suministra una interesante lista de obras de referencia. En cuanto a que lo tachen de imparcial en sus fuentes por citar autores anglos, no tiene nada de raro que los textos más consultados en el campo científico- sociológico- tecnológico- divulgativo sean escritos en el país que más invierte en investigación, en ciencia y tecnología. No es por hacer comparaciones fáciles, pero hay que preguntarse dónde está el equivalente en lengua castellana de cada uno de los autores que Cairo cita y que le hubieran permitido documentarse para escribir un artículo como éste. Ojalá el periodismo fuera más de esto y menos de fútbol y de duquesadealbas. Divulgar la noción de que nuestro cerebro cambia y de que con cada pensamiento éste es modificado debería ser una labor de las escuelas primarias; dicho conocimiento debería convertirse en la columna vertebral de todo el sistema educativo. De todos modos, es emocionante que lectores exigentes como Sawedal quieran ver el listón puesto aún más alto en los medios populares de información.

Quiero invitarte a que visites mi blog:

http://www.pianistasdelmundo.blogspot.com

Está dedicado a los mejores pianistas de todos los tiempos, hay videos en directo y enlaces con su biografía.
Si te gusta añadela a tus favoritos,o hazte seguidor, iré incluyendo muchos más.

Muchas gracias por tu tiempo.

Lo prefiero a leer los 'reviews' en Amazon!

Alberto. Una vez más, gracias por la recopilación, la síntesis y el aporte valioso.

Muy bueno el articulo y mejor la convocatoria a la conectividad.

Gracias por los comentarios. Gracias, Ricardo: si Gould levantase la cabeza, no sólo me reñiría a mí, sino a muchísimos investigadores, psicómetras, neurocientíficos, etc. De todas formas, la crítica de Gould tiene ya treinta años (su libro 'La falsa medida del hombre' se publicó, si no recuerdo mal, en 1981).


No soy un experto en Psicología, pero parece cierto que el CI puede ser sesgado, mejorable, y que depende del contexto histórico (sus variaciones pueden deberse a variables como la alimentación y la calidad de la educación). Por eso se ajusta cada cierto tiempo, de hecho. También es cierto que tal vez no mida la inteligencia en sentido muy general, sino que dé más importancia a los aspectos lógicos y matemáticos.


No obstante, sí parece cierto que mide alguna cosa, y también lo es que, en promedio, los individuos con más CI suelen ser los que obtienen mejores resultados en la escuela y la universidad, alcanzan trabajos con salarios razonables, viven bien, y tienen existencias felices y satisfactorias. Hay una correlación significativa en ello. El aumento del CI es otro indicio, entre otros muchos, de que hoy no somos menos inteligentes que nuestros antepasados por culpa de la tecnología, sino tal vez más.


Un buen artículo sobre el uso (y mal uso) del CI y sobre el efecto Flynn es éste:


http://www.newyorker.com/arts/critics/books/2007/12/17/071217crbo_books_gladwell


Gracias, Sadewal. Éste es un foro abierto, así que puede compartir las referencias bibliográficas que desee. El artículo no pretende ser más que una lista y comentario de lecturas sobre el asunto del título. Por cierto: Atsushi Iriki es de Japón; Lucia Riggio es italiano, y Miguel Nicolelis es brasileño, procedente de una familia de larga tradición en São Paulo, aunque trabaje en la Universidad de Duke, en Carolina del Norte.

O sea: Según parece, para el autor Cairo, el debate sobre la influencia de los medios digitales en la mente humana es anglosajón. Casi no existen personas ni discusiones que valgan la pena en otros idiomas y nacionalidades. Sólo los anglos son "grandes pensadores"; ya que apenas menciona a dos o tres investigadores no anglos.
Me resulta evidente que el autor del artículo padece del dejarse llevar e influir por los disparates que más abundan (comerciales), al margen de investigación seria y profunda de causas y efectos coherentes, bien analizados en los matices que realmente influyen y se concatenan.
Una cháchara de puras referencias someras que entremezclan cosas más o menos posibles con auténticas estupideces pseudo científicas.
Perdón si resulto ofensivo, pero artículos de esta clase me ocasionan repulsión profunda.

Cuidado con los C.I., lo mínimo que se puede decir de ellos es que son sesgados. Dependen SIEMPRE del contexto, y me parece una contradicción que el autor primero explique correctamente las diferentes inteligencias respecto al contexto/ecosistema (cazador-recolector vs profesor de física) y luego se lance a tumba abierta a pregonar que el C.I. ha aumentado (tal vez sea cierto...) comparando dos ecosistemas/épocas diferentes. El c.i. se supone que evalua inteligencia, no conocimientos (otra falacia de los c.i.). Si S.J. Gould levantara la cabeza le reñiría, señor Cairo, ;)

Apasionante artículo.

En esta dinámica ´tecnológica", ¿Qué papel ha tenido y tiene en la crisis económica el flujo de información?.
¿Los agentes somos capaces de procesar todos los datos adecuadamente?. ¿Reflexionamos?.

¿Hay algún estudio analice la variabilidad en bolsa desde la generalización de las herramientas financieras en internet?.

Enhorabuena por el artículo

Revelador artículo. Gracias por compartir ideas y pensamientos tan valiosos

Publicar un comentario

Si tienes una cuenta en TypePad o TypeKey, por favor Inicia sesión.

Sobre los autores

Especialistas de todo el mundo y periodistas de EL PAÍS reflexionan sin prejuicios sobre lo que ocurre, incluso sin esperar a que ocurra. Desde profesionales que viven en las redacciones hasta quienes dedican su tiempo al análisis en las universidades tendrán un hueco aquí y en el canal de Eskup.

Eskup

Archivo

abril 2014

Lun. Mar. Mie. Jue. Vie. Sáb. Dom.
  1 2 3 4 5 6
7 8 9 10 11 12 13
14 15 16 17 18 19 20
21 22 23 24 25 26 27
28 29 30        

El País

EDICIONES EL PAIS, S.L. - Miguel Yuste 40 – 28037 – Madrid [España] | Aviso Legal