El día que el profesor le devolvió de mala gana uno de sus dibujos, las lágrimas de Ryszard Kapuscinski cayeron sobre el pupitre. Tenía que aceptarlo: “no poseía aptitud alguna para el dibujo”, recordaría años después, al reflexionar sobre su obra fotoperiodística, cuyo archivo contiene unas diez mil imágenes (la mayoría de África) y cuya “faceta soviética” se expone ahora en el Centro Cultural Matadero de Madrid. “No sabía entonces que mi falta de talento tenía un remedio.”
Pasaron los años y cuando era un principiante en el periódico juvenil Sztandar Mlodych le dijeron que lo enviarían a la India. Tendría que hacer fotos, claro, porque viajaría solo. Pero él ¡nunca había usado una cámara! Era 1956, pidió un préstamo a uno de sus compañeros del diario, fue a la única tienda de equipos fotográficos que había en toda Varsovia (Polonia) y compró una pequeña cámara llamada Zorki (copia rusa de la Leica alemana). Su compañero, además, le explicó las funciones del diafragma y del obturador, el uso de los filtros, la profundidad de campo, la apertura del objetivo, la mejor hora del día para aprovechar la luz natural. Y Kapuscincki comenzó a dar clics. En el parque, en el estadio de fútbol. Captando los árboles, los rostros del público.
Con ese improvisado aprendizaje se fue enseguida a la India (su “primer contacto con el Tercer Mundo”, del que luego sería especialista), pero cuando volvía a Polonia (con escala en Pakistán y en Afganistán) un soldado le quitó los rollos fotográficos. En uno de los bolsillos de su chaqueta, sin embargo, había guardado dos y esos se salvaron. Al revelarlos vio que la mayoría de las fotografías estaban sobreexpuestas. Luego, en plena madurez profesional, al hacer un recuento de sus “equivocaciones, fracasos y decepciones” en materia fotográfica, concluiría: “tomar una buena fotografía implica un esfuerzo y una vivencia similares en intensidad a los que acompañan el nacimiento de un buen poema. Requiere concentración, perseverancia e imaginación similares. Por eso, al igual que el poeta siempre reconocerá sus versos, el fotógrafo sabrá identificar sus instantáneas.”
Y reconocería: “no sé simultanear la actividad de reportero con la de fotoperiodista (…) y se debe a que como reportero y como fotógrafo veo el mundo de dos maneras distintas, busco otras cosas, me concentro en otros aspectos de la realidad.”
Y ejemplificaría: “Al recoger material para una noticia, como reportero, hablaré con el jefe del clan, me interesarán sus opiniones, ideas, sensaciones y pensamientos. En cambio, en caso de visitarlo como reportero gráfico, me interesarán aspectos distintos, como la forma de su cabeza, los rasgos de su cara, la expresión de sus ojos o la curvatura de labios. Cuando visito una ciudad extraña, como reportero, acudo a las direcciones que me han recomendado, busco contactos. Como fotoperiodista, en cambio, observo la arquitectura de las casas, los rayos de sol al deslizarse por la plaza, las gotas de sudor que corren por las sienes del mozo de equipajes y su frente irradiando un resplandor húmedo y vibrante. Si aplico el filtro verde amarillo, ese fulgor cobrará claridad y nitidez.”
Y sentenciaría: “La fotografía es, por naturaleza, sentimental, porque con cada toma captamos un breve instante de la realidad, apenas una fracción de segundo.”
Ryszard Kapuscinski nació en un lugar que ya no es: la ciudad polaca Pinsk, ahora la ciudad bielorrusa de Pinsk. Nació entre pobreza y guerra, arrullado por la miseria y las bombas. Era 1932. Todos sus años de infancia y primera adolescencia transcurrieron en medio de la guerra. “De ahí que me pareciese que no era la paz, sino la guerra el estado natural del universo, el único posible, la única forma de existencia. Yo no sabía qué era la paz”, escribiría muchos años después, al repasar las situaciones límite que fueron su mejor escuela para soportar lo que vendría en su carrera.
A los doce años no había leído un solo libro. Fue hasta 1945, al trasladarse a Varsovia, cuando fue al colegio y empezó a leer. Le fascinaba el fútbol y era el portero del equipo escolar. El soccer era su vocación más apasionada hasta que un día, bajo el influjo de Maiakovski, escribió un poema, lo envió a un periódico y éste lo publicó. Esos versos lo introdujeron al periodismo. Cuando se creó el diario El estandarte de la Juventud lo invitaron a trabajar. Esperó a terminar la secundaria y al siguiente día de su último examen, lo llevaron al periódico. “Y pensar que había soñado con jugar de portero en la selección nacional de Polonia”, reflexionaría luego el autor de Un día más con vida.
Después se fue a trabajar a la Agencia de Prensa Polaca y le dijeron que sería corresponsal. Pero como la agencia no se podía permitir el lujo de tener varios reporteros, le asignaron todo el continente africano: 50 países. Este fue el inicio de su larga vida como nómada infatigable y testigo e intérprete de un siglo en llamas. Después de todo, era un periodista sin competencia. Sus colegas se peleaban por ser corresponsales en París, Nueva York, Madrid o Roma y no les importaban África ni Asia ni América Latina.
Kapu iba de guerra en guerra, de catástrofe en crisis, de sequía en alzamiento, pasando hambre y calor y a veces bebiendo agua sucia. Pero lo peor para él consistía en toparse con soldados niños. Y aferrado a los detalles reveladores, todo lo observaba y lo registraba en su memoria y algunas cosas en su libreta o en su cámara fotográfica, pero nunca en la grabadora. Escribía sobre la guerra pero soñaba con la paz.
Y así, cual vagabundo de las regiones, aprendía a leer y a traducir culturas al tiempo que presenciaba, una a una, 27 revoluciones, 12 guerras, tantas historias. Pero el periodismo “pobre y formal” que enviaba en los cables exigidos por su agencia le impedía difundir plenamente el mundo rico, colorido y diferente por donde viajaba. Entonces, con todo el material que le sobraba o se autocensuraba, por temor a que los regímenes locales lo echaran de los escenarios donde se producían los acontecimientos, empezó a escribir sus libros, ahora modelos del periodismo profundo.
En más de 40 años como pasajero de la actualidad, varios fueron los peligros a los que se enfrentó. Estuvo cuatro veces frente al pelotón de fusilamiento. También al borde de la muerte a causa de la malaria, aunque le suplicó a un médico hindú que lo curara en secreto para que no se enteraran en Polonia y no le quitaran la corresponsalía en África. Lo encarcelaron en Kabul, Afganistán, por llevar visa. En 1966, durante la guerra civil de Nigeria, lo secuestraron unos jóvenes activistas en tierras yorubas:
—Sentí el filo de tres cuchillos en la espalda y vi varios machetes que amenazaban mi cabeza... Esto es África, estoy en África. Ellos no saben que no soy su enemigo, sólo están convencidos de que soy blanco, y el único blanco que conocen es el colonialista que los ha humillado y a quien ahora quieren darle en el hocico.
Kapuscinski no frecuentaba a los poderosos, por mucho que lo llamaran. Prefería dormir en las chozas africanas llenas de mosquitos o cucarachas para sentir de verdad lo que sienten los marginados. Descartados tenía el Hilton y el Sheraton. Rompía así la costumbre de escribir acerca de los pobres desde un hotel confortable. “Ser periodista —escribió en Lapidarium—implica sacrificar la vida misma. Es un oficio que conduce a la soledad, que afecta a la salud. Es como la vida del misionero, que también visita otros pueblos y trata de entenderlos”.
En una entrevista publicada en 2003 por el diario El Mundo, Tim Adams le preguntó a Kapuscinski:
—¿Ha podido construir una vida normal tras esos años?
—No. Mi hogar está en mis libros.
—También con su mujer y su hija, ¿nunca le dijeron “ya basta”?
—Nunca, afortunadamente. Mi mujer siempre ha sabido lo importante que era para mí. Y ésta es una vida que no puedes planificar. He estado en lugares donde sólo había un mapa en todo el país, y estaba roto. Tu vida se convierte en una terrible pérdida de tiempo. Y en todo ese tiempo en que estás esperando un camión o un autobús —días, semanas— lo único que puedes hacer es ser como una piedra. Tienes que aprender a no preocuparte. Y no hay mucha gente preparada para eso.
Kapuscinski también estuvo en América Latina. Primero en Chile y luego su base era México. De nuevo, a falta de recursos económicos de su agencia, se encargaba de toda la región. Pero siempre tenía la disposición para envolverse en un mosaico de realidades, de crudezas, de miserias. Un día conversaba en el Distrito Federal con su amigo Luis Suárez, uno de los principales reporteros de la revista mexicana Siempre!, acerca de América Latina. Suárez, después de leer en el periódico la crónica sobre el partido de futbol entre Honduras y El Salvador, en espera de la clasificación para el mundial México 70, le advirtió a Kapuscinski que se avecinaba una guerra. El polaco siempre confiaba en la buena intuición del mexicano y decidió viajar a Tegucigalpa. Así, fue el primer reportero en anunciar al mundo la nueva guerra centroamericana.
Kapu vivió algo irrepetible: la descolonización, el surgimiento de las naciones independientes del Tercer Mundo. Y esa experiencia le sirvió para hablar fluidamente siete idiomas y escribir una veintena de libros, bibliografía básica en las escuelas de periodismo, y en sí mismos toda una “reflexión antropológico-histórico-sociológico-filosófica” del mundo contemporáneo. “Cuando empecé a viajar por nuestro planeta como corresponsal extranjero encontré un lazo emocional con las situaciones de pobreza en los llamados países del Tercer Mundo. Era como regresar a los escenarios de mi niñez. De ahí nace mi interés por estos países. Por eso me interesan los temas que tocan la pobreza y lo que produce: conflictos, guerras, odios”, explicaba el maestro acerca de su trabajo.
En una consulta realizada por la revista mensual Press fue distinguido con el título de “Periodista del siglo”. Pero ya antes era considerado el mejor reportero de la historia contemporánea, comparado con el primer cronista de la historia de la humanidad: Heródoto. Como el historiador griego, el reportero polaco ha difundido costumbres, leyendas, historias conflictivas y tradiciones de diferentes pueblos del mundo, desconocidos para muchos. Como el autor de Historias, el escritor de El Sha ha sido testigo de varias guerras y revoluciones. Uno y otro fueron agudos observadores permanentes en sus viajes constantes. Ambos poseyeron un estilo franco, lúcido y anecdótico. Sus obras expresan los resultados de sus arduas investigaciones, para rescatar del olvido acontecimientos claves de nuestra historia.
Este periodista-humanista, escritor-investigador, reportero-viajero, historiador-antropólogo-ensayista, visitante de los sitios neurálgicos, maestro... entendió al periodismo como profesión y misión, como manera de vivir y de pensar, como apostolado y magisterio. Dejaba su casa y su estudio, repleto de libros de filosofía, historia y poesía, ubicado en el número 11 de la calle Prokuratorska, en el barrio de Srodmiescie en Varsovia, para impartir talleres y contribuir así a la formación de los periodistas. Además de visitar prestigiadas universidades, y gracias a la Fundación de García Márquez, impartió cursos en Ciudad de México, Buenos Aires y Caracas. CONTINUARÁ...
