40 Aniversario

La loca de mierda

Por: | 16 de junio de 2014

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Cuando en agosto de 2008 Malena Pichot, entonces una estudiante de Literatura y correctora de una editorial en Buenos Aires (Argentina), aceptó su mal de amores, mezcló humor y exhibicionismo para hallar la curación. En el territorio impune de su habitación grabó un vídeo contando (y dramatizando y parodiando) su despecho y lo colgó en YouTube con un título que recogía el insulto que su novio (ya ex) le escupió varias veces: “¡loca de mierda!” Malena pensó que, al verlo, sus amigas dejarían de preocuparse por ella y se divertirían con ella. Así ocurrió. Pero no contaba con que miles de personas más también la acompañarían.
Ante el éxito viral, la televisión y la radio y los teatros no tardaron en llamarla para entretener a sus audiencias. Malena les puso a todos una condición: respetar su libertad de creatividad. Los “adultecentes” o la “generación Peter Pan” siguió dándole su apoyo y ahora esta treintañera es una guionista, humorista y actriz famosa en buena parte de Sudamérica.
En estos tiempos… ¿sin humor no hay feminismo?

 

Escritores de la realidad

Por: | 09 de junio de 2014

Periodista y maq
Ese se niño escondido detrás del mostrador de la tienda de ropa escucha los problemas y frustraciones de las clientas. Las observa con sumo cuidado. A veces unas horas. A veces todo el día. Ningún detalle se le escapa a sus ojos y a sus oídos. Su madre conversa con ellas mientras les enseña blusas y faldas. Pero no sólo intenta vender, también se esmera por ser la mejor confidente. Y el niño aprende cómo tener una actitud afable y cómo hacer preguntas oportunas. Él todavía no lo sabe, pero escuchar y observar serán la clave de su éxito cuando comience a hacer literatura de la realidad. 
Pasará varios años en colegios de monjas y sacerdotes. Se convertirá en un adolescente tímido. Solicitará la admisión en varias universidades pero ante tantas cartas de rechazo, su padre hablará con un amigo, le conseguirá el documento de aceptación de la Universidad de Alabama y el chico empezará a estudiar periodismo. No será el preferido de sus profesores porque, según ellos, su estilo de dar la noticia a través de la experiencia personal de un individuo no persigue la “objetividad.”
Al terminar la carrera escribirá en periódicos de tirajes menores. Un día, sin embargo, llegará al prestigioso The New York Times… como chico de los recadoa, aunque no por mucho tiempo. Porque no tardará en proponer algunas historias a los editores que, al ser publicadas, le dirán: “ya arrancaste, Gay Talese”. Y lo nombrarán reportero. Entonces trabajará bajo una sola directriz: “elevar la vida ordinaria a la categoría de arte y volver memorables las experiencias y preocupaciones corrientes de hombres y mujeres.”
Unos años después, también en Estados Unidos, una mexicana estudia danza. Lo hace por las tardes, después de salir del restaurante donde trabaja como camarera. Ejercita el cuerpo, participa en  coreografías, baila. Pero sus maestros no le ven mucho futuro en esto. Ella se va a Cuba para ponerse al frente de un grupo de muchachos deseosos de consagrarse como bailarines y cuando se topa con una serie de ideas revolucionarias sabe que ya no volverá a ser la misma.
Más tarde viaja a Managua. El levantamiento sandinista está en su apogeo y ella, que nunca antes había escrito un reportaje, comienza a contar lo que atestigua. Sus textos los publica el Latin American Newsletters y así, poco a poco, Alma Guillermoprieto va convirtiéndose en una de las mejores cronistas de América Latina. En su vagabundo afán por descifrar este continente-país saltará a The Washington Post y luego a la mítica The New Yorker con la intención de “contar bien el cuento” y de “perseguir la historia hasta el final de su ciclo, no hasta el final de la historia, puesto que las historias nunca terminan.”
Estos dos escritores de la realidad demuestran que el periodismo es, sobre todo,  literatura dotada de estética coherente y de vitalidad informativa. Cada una de sus historias ofrece un lenguaje eléctrico producto de una observación apasionada. Por eso sus libros han trascendido su significación inmediata y siguen frescos en la actualidad. ¿A qué esperan para leerlos?

Truman Capote: Autorretrato

Por: | 02 de junio de 2014

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Un día reveló cómo era. Sin tapujos, sin importarle el qué dirán. Como siempre. 
¡Maestro Truman Capote: que sus pabalabras pasen al fente!:

P: Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
R: Oh, querido. Qué idea tan deprimente. Verte atado a un solo lugar. Después de todo, durante treinta años he vivido en todas partes y he tenido casas en todo el mundo. Pero es curioso, viviera donde viviera, España, Italia o Suiza, HongKong o California, Kansas o Londres, siempre he tenido un apartamento en Nueva York. Eso debe de significar algo. O sea, que si me obligaran a elegir, diría Nueva York.
P.: Pero ¿por qué? Es sucia. Peligrosa. Una ciudad difícil en todos los aspectos.
R: Mmmm. Sí. Pero aunque puedo pasar largas temporadas en la soledad de las montañas o junto al mar, soy en esencia un hombre de ciudad. Me gusta el asfalto. El sonido de mis pasos en el asfalto; los escaparates a rebosar; los restaurantes abiertos toda la noche; las sirenas en la noche…, es algo siniestro, pero vivo; tiendas de libros y de discos que, si te viene el pronto, puedes visitar a medianoche.
en este sentido Nueva York es la única ciudad ciudad del mundo. Roma es ruidosa y provinciana. París es triste, poco abierta con los extranjeros, y, resulta extraño decirlo, ex-traordinariamente puritana. ¿Londres? Todos mis amigos americanos que se han ido a vivir allí no dejan de repetirme. “Pero es tan civilizada”. No sé. Ser una ciudad completamente muerta, totalmente aburrida…, ¿es eso civilizado? Y, para remate, Londres también es terriblemente provinciana. La misma gen¬te que ve siempre a la misma gente. Todo el mundo está al corriente de tus asuntos. A lo máximo, se puede llegar a tener dos vidas separadas, ésa es la gran ventaja de Nueva York, el motivo por el cual es la ciudad. Uno puede ser allí muchas personas: diez personas distintas con diez grupos de amigos distintos, y nunca coinciden.
P: ¿Prefiere los animales a la gente?
R: Me gustan por igual. Sin embargo, a menudo me he encontrado con que las personas que sienten más afecto por los perros y gatos que por la gente poseen una crueldad oculta.
P.: ¿Es usted cruel?
R: A veces. En las conversaciones. Digámoslo de este modo: preferiría ser amigo mío que enemigo.
P.: ¿Tiene muchos amigos?
R: Más o menos siete en los que puedo confiar plenamente. Y unos veinte de los que más o menos puedo fiarme.
P.: ¿Qué cualidades busca en sus amigos?
R: En primer lugar, no deben ser estúpidos. En una o dos ocasiones he estado enamorado de personas que eran estúpidas, y de hecho, muy estúpidas; pero eso es distinto: uno puede estar enamorado de alguien y no llegar a comunicarse nunca con esa persona. Dios, por eso se casa la mayor parte de la gente, y por eso casi todos los matrimonios son infelices.
Normalmente, enseguida adivino si existe la posibilidad de que una persona y yo sea¬mos amigos. Porque no hace falta que acabes las frases. Quiero decir, comienzas a decir algo, y a la mitad te das cuenta de que esa persona ya te ha entendido. Es como hablar en una especie de taquigrafía mental y emocional.
Además de la inteligencia, es importante la atención: yo presto atención a mis amigos, me intereso por ellos, y espero que ellos hagan lo mismo.
P.: ¿Suelen decepcionarle sus amigos?
R.: La verdad es que no. A veces me he encariñado de personajes dudosos (¿acaso no lo hacemos todos?), pero siempre lo he hecho con los ojos abiertos. Las heridas que más duelen son las que te cogen por sorpresa. A mí rara vez me sorprenden. Aunque unas pocas veces me he sentido herido.
P.: ¿Es usted una persona sincera?
R.: Como escritor, sí…, o eso creo. En privado…, bueno, eso ya es opinable; algunos de mis amigos creen que cuando relato un suce¬so o una noticia, tiendo a transformarla y a elaborarla en exceso. Yo simplemente llamo a eso “darle un poco de vida”. En otras pala-bras, se trata de una forma de arte. El arte y la verdad no son necesariamente compatibles.
P.: ¿Qué le da más miedo?
R.: No la muerte. Bueno, no quiero sufrir. Pero si una noche me acostara y ya no me despertara, no me molestaría demasiado. Al menos sería algo diferente. En 1966 casi me mato en un accidente de coche: salí despedido de cabeza por el parabrisas, y aunque sufrí heridas graves y estuve cerca de lo que Henry James llama “Lo Distinguido” (la muerte), permanecí totalmente consciente en medio de charcos de sangre, recitándome números de teléfono de algunos amigos. Desde entonces me han operado de cáncer, y lo único que de verdad llegó a ponerme el alma en vilo fue esa semana vacía, sin objeto, que pasé entre el día del diagnóstico y la mañana de los bisturíes.
En cualquier caso, me parece absurda y bastante obscena esta industria médica y cosmética basada en el deseo de mantenerse jo¬ven, en el terror a la vejez y la muerte. ¿Quién demonios quiere vivir para siempre? Al parecer, casi todo el mundo; pero es algo idiota. Después de todo, existe una cosa que se llama saturación de vivir: ese punto en que todo es puro esfuerzo y total repetición.
¿La pobreza? Fanny Brice dijo: “He sido rica y he sido pobre. Greedme, ser rico es mejor”. Bueno, yo no estoy de acuerdo; al menos no creo que el dinero sea un elemento importante en nuestra armonía con el mundo ni en nuestra (qué estúpida palabra) “felicidad”. Conozco muy bien a bastantes ricos (no considero rico a nadie que no pueda reunir de un día para otro cincuenta millones de dólares en efectivo); y algunas personas, cuando quieren herirme, me echan en cara que sólo conozco a ricos (a lo que podría responderles que éstos, cuando menos, a veces pagan la cuenta, y nunca piden prestado). Pero la cuestión es: no me viene a la memoria ningún rico que, por lo que se refiere a la satisfacción personal, o a la angustia propia de todo ser humano, lo haya tenido más fácil que los demás. En cuanto a mí, puedo apañarme con una habitación amueblada en algún callejón de Detroit o con el antiguo apartamento de Colé Porter en el Waldorf Towers, que el decorador Billy Baldwin transformó en una isla de sublime y sutil lujo.

La reina del desierto

Por: | 26 de mayo de 2014

Priscilla
Cuentan que en Madrid se han agotado los zapatos de tacón de los números 43, 44 y 45. A Oriol Anglado, un bailarín de 24 años y músculos bien definidos, le llevó una semana conseguir un par del 43. Antes de presentarse al casting de Priscilla, la reina del desierto, el musical que se estrenará el próximo octubre en el Teatro Alcalá, pasó otras dos semanas intentado mantener el equilibrio al caminar con ellos puestos. “Nunca antes lo había hecho. Y tiene tela”, dice mientras se seca el sudor de la frente con un pañuelo desechable. A su lado, Jorge Bettancor se abanica para sosegar su respiración acelerada. “Para mí eso no es difícil. Porque soy de Canarias y tengo experiencia: cada año me disfrazo de mujer para los carnavales. Pero el baile… Ay, yo soy más de cantar”, arguye mientras estira la mano para sacar una botella de agua de su mochila.
Hace unos instantes, Oriol y Jorge eran parte de un grupo de 10 chicos que se contoneaban al ritmo de It´s raining men. En un escenario carente de color, la coreógrafa Sonia Dorado les marcó con paciencia los pasos a realizar y, al ponerse frente a ellos para ver cómo lo hacían, movió la cabeza de un lado a otro. Enseguida les gritó: “¡se tiene que notar tensión sexual en el baile!” Los muchachos sonrieron y le imprimieron más energía a su actuación. Abajo, en el patio de butacas, el director artístico Ángel Llácer celebró esa actitud: “¡se agradecen esos cuerpos de buena mañana!”
Los productores de la obra esperan conformar un elenco de 40 actores, cantantes y bailarines que ofrezcan al público español una obra que ya ha sido estrenada en ciudades como Sidney, Londres, Nueva York o Buenos Aires. “No buscamos a las típicas locazas. Queremos a gente que encarne a divas. Que sean picantes y sensuales”, dice Marco Cámara, productor ejecutivo. “Aquí no se habla simplemente sobre la homosexualidad, creemos que eso ya está superado. Se habla de aceptar a la gente como es y del encuentro de un padre con su hijo. No todo en este show es frívolo, tiene una esencia muy humana” 
Priscilla cuenta la historia de tres amigos (dos gays y un transexual) que atraviesan el desierto de Australia a bordo de un viejo autobús para llegar al hotel de un pueblo donde presentarán su espectáculo drag queen. En un camino plagado de aventuras y dificultades (a ritmo de Tina Turner o Madonna y ensombrecidas por un episodio homófobo), el grupo se consolida al compartir diversos aspectos de su vida. Con 23 cambios de escenografía, 500 trajes, 200 pelucas, un autobús robotizado de diez toneladas de peso, este musical basado en la película dirigida en 1994 por Stephan Elliott y cuya inversión asciende a tres millones de euros, busca atraer a familias enteras. “El eje de la obra es un hombre homosexual que va a conocer a su hijo. Esa es la historia que debe enganchar al público. Y alrededor de eso verá un show”, sostiene Ángel Llácer.
Al casting se han apuntado 1.400 personas, la mayoría hombres, que durante un mes pasarán por este escenario para demostrar su talento con dos tacones. Al pie de una pequeña escalera, Constantino Ariof, 19 años “y como unos cinco kilos de más, cariño”, se quita los zapatos de tacón con los que acaba de bailar. “Me ha ido bien. Tengo alma, que es lo que le importa a Llácer”, apunta con orgullo. Y el director asiente: “¡eso, detrás de la purpurina de Priscilla tiene que haber alma! Para que la gente conecte con la obra sin complejos… Bueno, a ver cómo nos va, ¿eh? Porque no creas que esta sociedad está muy avanzada”, agrega. “Todavía hay quien dice: ´¡mira estos maricones!´ Si es que en España las mujeres, los homosexuales y los inmigrantes siguen siendo discriminados. ¡Esto es así!”

Nina Pacari, la indigenista

Por: | 19 de mayo de 2014

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El movimiento de sus ojos preludia sus palabras. Del relato de Nina Pacari surgen términos otras veces utilizados para describir la situación de los indígenas: discriminación, exclusión. “¡Indios de mierda!”, le gritaron el día que asumió la vicepresidencia del Parlamento ecuatoriano.
“Pero todo el movimiento indígena –expresa la abogada y doctora en Jurisprudencia mientras mantiene el puño izquierdo cerrado– les dimos un bofetón demostrando la calidad y capacidad que tenemos los indígenas para participar en la vida política y social. Devolvimos así, aquella agresión de carga ideológica y de opresión.”
En quechua, su nombre significa “fuego o luz del amanecer”. Pero es relativamente reciente porque antes tenía un nombre mestizo: Estela Vega Conejo. Conserva sus apellidos pero todos la conocen como Nina Pacari. “En los tiempos de opresión, la forma de resistencia que adoptaron nuestros líderes fue el de cambiarse de nombres: de uno mestizo a uno indígena. Varios lo han hecho. Pensamos que podemos recuperar nuestra identidad comenzando por nuestros nombres y también provocar el desenvolvimiento pluricultural”, explica.

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Periodista en Serie

Sobre el blog

Las “víctimas” de un periodista en serie son muchas y constantes. No tiene relación con ellas. Las elige al azar y sin que tengan conexión unas con otras, en un área geográfica determinada, como Iberoamérica. Les arrebata su historia y la hace pública sin ningún pudor. No planea “entregarse” ni realizar “ataques suicidas.” Este blog es su particular SALA DE RETRATOS. Pasen y lean.

Sobre el autor

Víctor Núñez Jaime es un escribidor de historias. Estudió periodismo y literatura hispanoamericana. Sabe que el periodismo es más de nalgas que de cabeza, porque hay que estar sentado durante largos ratos escribiendo, corrigiendo... Es autor de tres libros: Un periodista ante el espejo, Los que llegan. Crónicas sobre la migración global en México y Una cabrona de Tepito. Ha ganado, entre otros, el Premio Nacional de Periodismo Cultural (México) y el Premio a la Excelencia Periodística de la sociedad Interamericana de Prensa. Con libreta y pluma en mano, sale a por las historias. Contrasta estadísticas con los testimonios de la gente. Visita a los escritores y periodistas de renombre. Está obsesionado con el buen uso del idioma español. Le apasiona leer y estudiar. Devora libros. Él es lo que ha leído. Y también lo que ha escrito.

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