Los ojos de Kapu (I)

Por: | 20 de mayo de 2013

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El día que el profesor le devolvió de mala gana uno de sus dibujos, las lágrimas de Ryszard Kapuscinski cayeron sobre el pupitre
. Tenía que aceptarlo: “no poseía aptitud alguna para el dibujo”, recordaría años después, al reflexionar sobre su obra fotoperiodística, cuyo archivo contiene unas diez mil imágenes (la mayoría de África) y cuya “faceta soviética” se expone ahora en el Centro Cultural Matadero de Madrid. “No sabía entonces que mi falta de talento tenía un remedio.”
Pasaron los años y cuando era un principiante en el periódico juvenil Sztandar Mlodych le dijeron que lo enviarían a la India. Tendría que hacer fotos, claro, porque viajaría solo. Pero él ¡nunca había usado una cámara! Era 1956, pidió un préstamo a uno de sus compañeros del diario, fue a la única tienda de equipos fotográficos que había en toda Varsovia (Polonia) y compró una pequeña cámara llamada Zorki (copia rusa de la Leica alemana). Su compañero, además, le explicó las funciones del diafragma y del obturador, el uso de los filtros, la profundidad de campo, la apertura del objetivo, la mejor hora del día para aprovechar la luz natural. Y Kapuscincki comenzó a dar clics. En el parque, en el estadio de fútbol. Captando los árboles, los rostros del público.
Con ese improvisado aprendizaje se fue enseguida a la India (su “primer contacto con el Tercer Mundo”, del que luego sería especialista), pero cuando volvía a Polonia (con escala en Pakistán y en Afganistán) un soldado le quitó los rollos fotográficos. En uno de los bolsillos de su chaqueta, sin embargo, había guardado dos y esos se salvaron. Al revelarlos vio que la mayoría de las fotografías estaban sobreexpuestas. Luego, en plena madurez profesional, al hacer un recuento de sus “equivocaciones, fracasos y decepciones” en materia fotográfica, concluiría: “tomar una buena fotografía implica un esfuerzo y una vivencia similares en intensidad a los que acompañan el nacimiento de un buen poema. Requiere concentración, perseverancia e imaginación similares. Por eso, al igual que el poeta siempre reconocerá sus versos, el fotógrafo sabrá identificar sus instantáneas.”
Y reconocería: “no sé simultanear la actividad de reportero con la de fotoperiodista (…) y se debe a que como reportero y como fotógrafo veo el mundo de dos maneras distintas, busco otras cosas, me concentro en otros aspectos de la realidad.”
Y ejemplificaría: “Al recoger material para una noticia, como reportero, hablaré con el jefe del clan, me interesarán sus opiniones, ideas, sensaciones y pensamientos. En cambio, en caso de visitarlo como reportero gráfico, me interesarán aspectos distintos, como la forma de su cabeza, los rasgos de su cara, la expresión de sus ojos o la curvatura de labios. Cuando visito una ciudad extraña, como reportero, acudo a las direcciones que me han recomendado, busco contactos. Como fotoperiodista, en cambio, observo la arquitectura de las casas, los rayos de sol al deslizarse por la plaza, las gotas de sudor que corren por las sienes del mozo de equipajes y su frente irradiando un resplandor húmedo y vibrante. Si aplico el filtro verde amarillo, ese fulgor cobrará claridad y nitidez.”
Y sentenciaría: “La fotografía es, por naturaleza, sentimental, porque con cada toma captamos un breve instante de la realidad, apenas una fracción de segundo.”

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 Ryszard Kapuscinski nació en un lugar que ya no es: la ciudad polaca Pinsk, ahora la ciudad bielorrusa de Pinsk. Nació entre pobreza y guerra, arrullado por la miseria y las bombas. Era 1932. Todos sus años de infancia y primera adolescencia transcurrieron en medio de la guerra. “De ahí que me pareciese que no era la paz, sino la guerra el estado natural del universo, el único posible, la única forma de existencia. Yo no sabía qué era la paz”, escribiría muchos años después, al repasar las situaciones límite que fueron su mejor escuela para soportar lo que vendría en su carrera.
A los doce años no había leído un solo libro. Fue hasta 1945, al trasladarse a Varsovia, cuando fue al colegio y empezó a leer. Le fascinaba el fútbol y era el portero del equipo escolar. El soccer era su vocación más apasionada hasta que un día, bajo el influjo de Maiakovski, escribió un poema, lo envió a un periódico y éste lo publicó. Esos versos lo introdujeron al periodismo. Cuando se creó el diario El estandarte de la Juventud lo invitaron a trabajar. Esperó a terminar la secundaria y al siguiente día de su último examen, lo llevaron al periódico. “Y pensar que había soñado con jugar de portero en la selección nacional de Polonia”, reflexionaría luego el autor de Un día más con vida.
Después se fue a trabajar a la Agencia de Prensa Polaca y le dijeron que sería corresponsal. Pero como la agencia no se podía permitir el lujo de tener varios reporteros, le asignaron todo el continente africano: 50 países. Este fue el inicio de su larga vida como nómada infatigable y testigo e intérprete de un siglo en llamas. Después de todo, era un periodista sin competencia. Sus colegas se peleaban por ser corresponsales en París, Nueva York, Madrid o Roma y no les importaban África ni Asia ni América Latina.
Kapu iba de guerra en guerra, de catástrofe en crisis, de sequía en alzamiento, pasando hambre y calor y a veces bebiendo agua sucia. Pero lo peor para él consistía en toparse con soldados niños. Y aferrado a los detalles reveladores, todo lo observaba y lo registraba en su memoria y algunas cosas en su libreta o en su cámara fotográfica, pero nunca en la grabadora. Escribía sobre la guerra pero soñaba con la paz.
Y así, cual vagabundo de las regiones, aprendía a leer y a traducir culturas al tiempo que presenciaba, una a una, 27 revoluciones, 12 guerras, tantas historias. Pero el periodismo “pobre y formal” que enviaba en los cables exigidos por su agencia le impedía difundir plenamente el mundo rico, colorido y diferente por donde viajaba. Entonces, con todo el material que le sobraba o se autocensuraba, por temor a que los regímenes locales lo echaran de los escenarios donde se producían los acontecimientos, empezó a escribir sus libros, ahora modelos del periodismo profundo.
En más de 40 años como pasajero de la actualidad, varios fueron los peligros a los que se enfrentó. Estuvo cuatro veces frente al pelotón de fusilamiento. También al borde de la muerte a causa de la malaria, aunque le suplicó a un médico hindú que lo curara en secreto para que no se enteraran en Polonia y no le quitaran la corresponsalía en África. Lo encarcelaron en Kabul, Afganistán, por llevar visa. En 1966, durante la guerra civil de Nigeria, lo secuestraron unos jóvenes activistas en tierras yorubas:
—Sentí el filo de tres cuchillos en la espalda y vi varios machetes que amenazaban mi cabeza... Esto es África, estoy en África. Ellos no saben que no soy su enemigo, sólo están convencidos de que soy blanco, y el único blanco que conocen es el colonialista que los ha humillado y a quien ahora quieren darle en el hocico.

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Kapuscinski no frecuentaba a los poderosos, por mucho que lo llamaran. Prefería dormir en las chozas africanas llenas de mosquitos o cucarachas para sentir de verdad lo que sienten los marginados. Descartados tenía el Hilton y el Sheraton. Rompía así la costumbre de escribir acerca de los pobres desde un hotel confortable. “Ser periodista —escribió en Lapidarium—implica sacrificar la vida misma. Es un oficio que conduce a la soledad, que afecta a la salud. Es como la vida del misionero, que también visita otros pueblos y trata de entenderlos”.
En una entrevista publicada en 2003 por el diario El Mundo, Tim Adams le preguntó a Kapuscinski:
—¿Ha podido construir una vida normal tras esos años?
—No. Mi hogar está en mis libros.
—También con su mujer y su hija, ¿nunca le dijeron “ya basta”?
—Nunca, afortunadamente. Mi mujer siempre ha sabido lo importante que era para mí. Y ésta es una vida que no puedes planificar. He estado en lugares donde sólo había un mapa en todo el país, y estaba roto. Tu vida se convierte en una terrible pérdida de tiempo. Y en todo ese tiempo en que estás esperando un camión o un autobús —días, semanas— lo único que puedes hacer es ser como una piedra. Tienes que aprender a no preocuparte. Y no hay mucha gente preparada para eso.
Kapuscinski también estuvo en América Latina. Primero en Chile y luego su base era México. De nuevo, a falta de recursos económicos de su agencia, se encargaba de toda la región. Pero siempre tenía la disposición para envolverse en un mosaico de realidades, de crudezas, de miserias. Un día conversaba en el Distrito Federal con su amigo Luis Suárez, uno de los principales reporteros de la revista mexicana Siempre!, acerca de América Latina. Suárez, después de leer en el periódico la crónica sobre el partido de futbol entre Honduras y El Salvador, en espera de la clasificación para el mundial México 70, le advirtió a Kapuscinski que se avecinaba una guerra. El polaco siempre confiaba en la buena intuición del mexicano y decidió viajar a Tegucigalpa. Así, fue el primer reportero en anunciar al mundo la nueva guerra centroamericana.
Kapu vivió algo irrepetible: la descolonización, el surgimiento de las naciones independientes del Tercer Mundo. Y esa experiencia le sirvió para hablar fluidamente siete idiomas y escribir una veintena de libros, bibliografía básica en las escuelas de periodismo, y en sí mismos toda una “reflexión antropológico-histórico-sociológico-filosófica” del mundo contemporáneo. “Cuando empecé a viajar por nuestro planeta como corresponsal extranjero encontré un lazo emocional con las situaciones de pobreza en los llamados países del Tercer Mundo. Era como regresar a los escenarios de mi niñez. De ahí nace mi interés por estos países. Por eso me interesan los temas que tocan la pobreza y lo que produce: conflictos, guerras, odios”, explicaba el maestro acerca de su trabajo.
En una consulta realizada por la revista mensual Press fue distinguido con el título de “Periodista del siglo”. Pero ya antes era considerado el mejor reportero de la historia contemporánea, comparado con el primer cronista de la historia de la humanidad: Heródoto. Como el historiador griego, el reportero polaco ha difundido costumbres, leyendas, historias conflictivas y tradiciones de diferentes pueblos del mundo, desconocidos para muchos. Como el autor de Historias, el escritor de El Sha ha sido testigo de varias guerras y revoluciones. Uno y otro fueron agudos observadores permanentes en sus viajes constantes. Ambos poseyeron un estilo franco, lúcido y anecdótico. Sus obras expresan los resultados de sus arduas investigaciones, para rescatar del olvido acontecimientos claves de nuestra historia.
Este periodista-humanista, escritor-investigador, reportero-viajero, historiador-antropólogo-ensayista, visitante de los sitios neurálgicos, maestro... entendió al periodismo como profesión y misión, como manera de vivir y de pensar, como apostolado y magisterio. Dejaba su casa y su estudio, repleto de libros de filosofía, historia y poesía, ubicado en el número 11 de la calle Prokuratorska, en el barrio de Srodmiescie en Varsovia, para impartir talleres y contribuir así a la formación de los periodistas. Además de visitar prestigiadas universidades, y gracias a la Fundación de García Márquez, impartió cursos en Ciudad de México, Buenos Aires y Caracas. CONTINUARÁ...

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Paquita La del Barrio: "¿Me estás oyendo, inútil?"

Por: | 12 de mayo de 2013

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Enfundada en un vestido de lentejuelas
, ataviada con pendientes, collares y anillos de oro, la rotunda figura de Paquita La del Barrio sale al escenario para escupirle rencor a la pasión. Entre compungida y desafiante, su voz entona el mejor repertorio para ridiculizar sin compasión a los hombres. “¡Duro contra ellos, Paquita!”, le gritan sus seguidoras mientras clavan la mirada en sus acompañantes. Y ellos, chulos o cobardes, sueltan risillas nerviosas. Un chupito de tequila, otro más, y el despecho se hace menos con los himnos del amor insumiso.
Paquita desgrana las congojas con tópicos arrabaleros y, de pronto, se interrumpe con una puñalada verbal:
—¿Me estás oyendo, inútil?
Los gritos y los aplausos se desbordan. Micrófono en mano y borracha de valor, la guerrillera del bolero, la sacerdotisa del despecho que excomulga a los cabrones, la redentora de las engañadas y las maltratadas, lanza sin miramientos:
Arrástrate a mis rodillas,
te quiero ver llorando sangre.
Vas a pagar lo que hiciste,
lo que lloré por tu amor aquella tarde.
Te aplastaré como a un gusano.
Y ya después te enterraré en el pasado.
Entonces la apoteosis se hace inevitable y se apodera del personal. De nuevo:
—¡Duro contra ellos, Paquita!

Paquita_3La vida de Francisca Viveros Barradas no ha sido un camino de rosas. Era una niña descalza cuando en su natal Alto Lucero (Veracruz), en la costa del Golfo de México, tuvo que aprender a cortar mango y café. Apenas logró terminar el sexto grado de primaria, pero a los 15 años le dieron trabajo en el Registro Civil de su pueblo. Ahí conoció a su primer amor: un hombre casado y treinta años mayor que ella. Sumisa, aceptó ser “la otra” y tuvo dos hijos varones. Un día, sin embargo, se cansó de las penurias que pasaba, abandonada, al lado de sus hijos. Como siempre había tenido ganas de ser cantante, le encargó los niños a su madre y se fue a la ciudad de México a buscarse la vida.
No iba sola. Su hermana Viola, que solía cantar en las fiestas del pueblo, la acompañó con el propósito de formar el dueto “Las Golondrinas” y animar las fiestas de los barrios citadinos. Eran las habituales de La Fogata Norteña, un restaurante en donde conoció a su segunda pareja. Francisca, a quien ya todos llamaban Paquita, fue por sus hijos y se dispuso a vivir en familia. El destino parecía sonreírle. Por poco tiempo, porque un día de 1975 su hermana Viola acepta hacer un par de conciertos en Sudamérica. Ella sola. Ahí se acabó el dueto y ahí se empezó a deteriorar la hermandad.
Triste y dolida, Paquita manda “a volar” eso de cantar por un tiempo y monta un pequeño restaurante donde se pone a cocinar suculentos banquetes para fiestas. En 1977 da a luz a unos gemelos que mueren a los pocos días de haber nacido. Y tres meses después fallece su madre. Si no se hundió en la depresión fue porque sus ganas de salir adelante jamás la han abandonado. Así que compró un amplio terreno en la populosa colonia Guerrero del Distrito Federal y mandó construir la “Casa Paquita” donde organizaba las que en poco tiempo se convertirían en “las legendarias cenas-shows de Casa Paquita.”
Paquita pasaba sus días yendo al mercado, cocinando y ensayando sus conciertos. En 1984 invierte sus ahorros en la grabación de su primer disco y, partir de entonces, comienza a ser conocida como “Paquita La del Barrio.” Luego empezaría a ir a los programas de Televisa y sus canciones-revancha, llenas de jocosas bombas verbales, se integrarían a la banda sonora del pueblo mexicano (y latinoamericano):
Tres veces te engañé.
La primera por coraje,
la segunda por capricho.
la tercera por placer.
Y después de esas tres veces,
no quiero volverte a ver.
Paquita La del Barrio fue más aguerrida desde que se enteró de que su marido tenía una amante. Ante las sospechas, contrató un detective que le descubrió todo: él no sólo tenía otra mujer sino también una hija. Dolida, se armó de exabruptos:
Rata inmunda,
animal rastrero,
escoria de la vida,
adefesio mal hecho.
Infrahumano,
espectro del infierno,
maldita sabandija,
¡cuánto daño me has hecho!
Alimaña,
culebra ponzoñosa,
desecho de la vida,
te odio y te desprecio.
Rata de dos patas,
te estoy hablando a ti,
porque un bicho rastrero,
aun siendo el más maldito,
comparado contigo
se queda muy chiquito. 
Luego fue más allá:
Gracias por acordarte de mi madre.
Y es que hace bastante tiempo
que no me la recordaban
con un lenguaje florido.
Gracias, te agradezco tu cumplido.
Y sin hacer tanta bulla,
te suplico que también
me saludes a la tuya.
Con letras desgarradas, la mayoría compuestas por el veracruzano Manuel Eduardo Toscano, Paquita le canta al despecho, la traición, la venganza, la infamia, el desprecio y la burla. Pero su personalidad es tímida y reservada. Realiza giras por todo el continente americano (y en los últimos 20 años ha visitado España unas diez veces), “el pueblo” encuentra en sus rotunda figura a la guía de su catarsis y en sus conciertos la aclama con fervor. A ella le basta con lanzar una y otra vez su grito de guerra:
—¿Me estás oyendo, inútil?
Pero nadie contesta.

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Cuando el Nobel es periodista

Por: | 06 de mayo de 2013

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Mario Vargas Llosa tenía 15 años cuando comenzó a ser reportero en el periódico La Crónica de Lima (Perú). Empezaba a correr la década de los cincuenta del siglo pasado y eran, dice, “los tiempos del periodismo prehistórico.” El director del diario llegaba todos los días a trabajar montado en una mula y la Redacción no podía ser más modesta: mesas y sillas apolilladadas, viejas y ruidosas máquinas de escribir, hojas de papel desperdigadas. Vargas Llosa, que todavía era “Marito” o “Varguitas”, se encargaba de las notas policiacas. El suyo era el mundo de la noche, los bares, los burdeles, las calles llenas de malandros.
Una vez asesinaron a una prostituta en el Hotel San Pablo del barrio limeño El Porvenir. El reportero fue en busca de los detalles del suceso y cuando logró esquivar a los policías que rodeaban el cadáver se topó con la muchacha apuñalada. “Fue el primer muerto que vi y me quedé impresionado. Además, los policías hacían bromas sobre esa mujer con demasiada naturalidad, sin ningún pudor. Experiencias como esas me marcaron mucho. Tanto que tal vez sin ellas no hubiera podido escribir una novela como Conversación en la Catedral. He de reconocer que muchos de los personajes del libro nacieron de experiencias periodísticas de ese tipo”, contó en una conferencia con motivo del tricentenario de la Biblioteca Nacional de España.   
Ahora, aquel ex reportero que recibió el Premio Nobel de Literatura en 2010 ha publicado su obra periodística en tres tomos. Piedra de Toque (Galaxia Gutemberg/Círculo de Lectores) es la compilación de sus columnas escritas a lo largo de 50 años (1962-2012). Son cientos de artículos en los que aborda asuntos políticos como las dictaduras o las revoluciones, problemas sociales, temas artísticos y culturales, reseñas literarias, semblanzas… Es, afirma el autor, “una autobiografía política e intelectual que escribí, prácticamente, sin darme cuenta. Lo interesante es que varios de estos textos son el orígen de algunas de mis novelas.”
Si su columna (actualmente publicada no sólo en EL PAÍS sino en varios periódicos del mundo) y esta antología se llaman así es porque un día el autor encontró en el diccionario que la piedra de toque es la que sirve para medir el valor de los metales: “y me gustó para medir el valor de las cosas de la actualidad”, dijo. Quizá la importancia de estos tres volúmenes resida en que constituyen el reflejo de la “evolución ideológica” y de los “asuntos propios” de Vargas Llosa. Comienza a escribir desde la izquierda: a favor de la Revolución Cubana y de la descolonización de África. Después transita hacia “posiciones más liberales”, como él mismo las califica. Defiende el aborto, el matrimonio homosexual, la legalización de las drogas. En lo económico, ya se sabe: siempre ha sido más “conservador.” Perú y España, sus dos países, acaparan la mayoría de sus reflexiones. No se olvida, nunca, de América Latina y de Europa. Se fija en las acciones de los principales líderes mundiales: Margaret Thatcher, Nelson Mandela, Barack Obama. Y jamás hace a un lado a los escritores y sus obras: los maestros y los contemporáneos.
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Pero antes de ser columnista, el narrador que quiso ser presidente de su país trabajó en la radio. Y de esa etapa también guarda recuerdos de experiencias que, más tarde, afianzarían su literatura. “En una ocasión, recibí el mismo día dos teletipos: uno, en el que los soviéticos ponían en órbita el primer satélite, y otro, en el que Tegucigalpa celebraba la llegada del alumbrado público. Es, por ejemplo, un hecho muy literario, ¿no?”, recuerda.
Todas las mañanas, después de hacer ejercicio, Mario Vargas Llosa lee los periódicos con sumo detenimiento porque “son una fuente extraordinaria de temas.” Tiene en su mesa de trabajo un periódico inglés, uno francés y uno o dos españoles. Y los lee desde el principio hasta el final  “como un maniático de la letra impresa.” Gracias a esto, dice, su esfuerzo se centra luego en “comentar algún suceso de actualidad que me entusiasme, irrite o preocupe, sometiéndolo a la criba de la razón y cotejándolo con mis convicciones, dudas y confusiones.” Es que para él, el periodismo es “esa brújula que nos permite encontrar caminos y direcciones en el laberinto en el que nos sume la historia cotidiana.” Debido a ello, agrega, “no hay mejor manera de medir el grado de libertad de un país que consultando su prensa.”
El periodismo también le enseñó a investigar. Se sienta a escribir un libro sólo después de haberse sumergido en decenas de libros y archivos, de haber viajado y conversado con “gente que sabe” de los temas y las épocas de las que se ocupa. Escribir artículos, reconoce, le da una destreza o mayor facilidad para hacer sus libros y, sobre todo, vitalidad para contar: experiencias. Quizá por eso echa de menos sus años de reportero. Quizá por eso, hay momentos en que la nostalgia lo invade. “Cuando empecé era una profesión bohemia, que se ejercía dentro de una pecera de humo de cigarrillo. Y los periodistas eran gente que trabajaba hasta altas horas y luego salían directamente a pecar. Estaban en el límite entre lo decente y lo indecente, la vida pública y las catacumbas... Hoy eso ha cambiado mucho, son profesionales liberales y las redacciones se parecen más a una farmacia suiza que a lo que yo conocí.”

Mr. Talese, el viejo del Nuevo Periodismo

Por: | 29 de abril de 2013

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España redescubrió a Mr. Talese en 2010 cuando la editorial Alfaguara publicó la antología Retratos y encuentros. Después la editorial Debate reeditó La mujer de tu prójimo y enseguida salieron a la venta Honrarás a tu padreVida de un escritor. Ahora el viejo del Nuevo Periodismo vuelve a las librerías hispanas con El silencio del héroe, un conjunto de relatos sobre los triunfos y derrotas de los protagonistas del deporte. En mayo de 2011 llegó a Madrid para seducir no sólo a los aprendices de periodista y a los periodistas, sino a buena parte de los lectores de Non-fiction. Entonces me di cuenta de que el hombre más elegante del periodismo tomaba notas en unos pedazos de cartón y no en una libreta tipo moleskine. Resulta que corta las tiras que el personal de la tintorería introduce en sus camisas para mantenerlas sin arrugas y guarda los trozos en el bolsillo interior de su saco. Tiene una letra pequeña y apretada. Apunta casi todo lo que ve y escucha. Siempre. El día de nuestro encuentro, por ejemplo, estaba haciendo una lista de los reporteros que habíamos ido a hablar con él en la terraza del restaurante del Hotel Intercontinental de Madrid, un lujoso y antiguo palacio de siete pisos, en el Paseo de la Castellana, la céntrica avenida de la capital española que parece calcada del Paseo de la Reforma de la ciudad de México.
Era una mañana soleada y estábamos en uno de esos típicos “maratones de entrevistas” que las editoriales organizan para sus autores con el objetivo de promocionar un libro. Gay Talese recibía uno tras otro a los representantes de los medios de información. Se notaba su  experiencia en eso. Es toda una celebridad. Un icono del periodismo mundial. Y lo sabe y lo tiene perfectamente interiorizado. “Encantado, Mr. Talese”, le dicían una y otra vez. Y él esperaba las preguntas con una sonrisa amable. Vestía un traje gris de tres piezas hecho a la medida, camisa de cuello blanco, corbata dorada bien anudada que sobresalía de su chaleco ajustado, pañuelo de seda color vino, como sus zapatos, sombrero color marfil que cubre sus canas y un Cartier de oro y números romanos en la muñeca izquierda. Todo un dandi.

Cuarenta años atrás, Gay Talese quiso conocer realmente a la Mafia. Cubría para The New York Times el caso de los Bonanno, una de las cinco familias más poderosas del crimen organizado en Estados Unidos. Habían secuestrado a Joseph Bonanno y pronto la policía neoyorquina dijo que el patriarca estaba muerto. Un año después, sin embargo, Bonanno reapareció de forma misteriosa desatando una sangrienta disputa entre familias mafiosas.
Talese se puso al tanto de la investigación y un día en los juzgados vio a Bill Bonanno, el hijo del famoso jefe, hablando con un abogado. Se acercó a ellos con una curiosidad impulsiva. “Sí –les dijo-, soy periodista, pero no les voy a hacer preguntas. Sólo quiero que me escuchen un minuto y enseguida me voy.” Se dirigió a Bill: “algún día quiero escribir sobre ti. Me gustaría saber cómo eras cuando eras más joven. Mira: dentro de muchos años, cuando mueras, sólo quedará la información estereotipada que ha dado la prensa sobre ti y sobre tu familia. Así que nadie te conocerá realmente. Por eso, algún día, me gustaría conocerte. No quiero saber si has matado a alguien, para eso está el FBI. Quiero saber cómo eres como persona.”
Durante un año, Talese llamó varias veces al abogado de la familia con la esperanza de lograr un encuentro con Bill. “Eres un pesado. Está bien, cenaremos contigo”, le respondió después de tanta insistencia. Fueron a un restaurante cerca de la sede de la ONU, en Nueva York, y el principal tema durante la conversación fue la familia.
Una semana más tarde, Bill Bonanno, su esposa y sus hijos fueron a cenar a la casa de Gay Talese. “Mi mujer preparó una cena espléndida. A mi hija, que entonces tenía dos años, le llevaron un paquete grande. Era un carrusel con caballitos que subían y bajaban al ritmo de una música… de… mafia: “love mystic the world.”
Un día después de nuestra entrevista, el escritor Juan Cruz, ante un abarrotado Salón de Actos de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, le preguntó a Talese: “¿cómo le dices a tu mujer: un gánster va a venir a cenar a casa?” Y la respuesta fue inmediata y con la mayor naturalidad: “mi esposa es editora, le interesa la escritura y el poder del lenguaje. Tiene la curiosidad que yo también tengo. Así que tener a un gánster en la casa era tener a un invitado más. Cuando hice La mujer de tu prójimo también llevé gente a casa: gente obscena, actores porno… El secreto está en no definirlos antes de conocerlos y en darles la oportunidad de que se expliquen. Nada más.”
Pues bien, pasaron tres años luego de aquella cena, tiempo en que el periodista y el mafioso siguieron frecuentándose, y Bill Bonanno fue acusado de fraude fiscal. “Era muy probable que lo encerraran cuatro años. Le dije que eso era mucho tiempo, que teníamos que hablar. Y charlamos durante varios meses. Comencé a tomar notas. Y realmente comencé a conocerlo. Sin prejuicios, que es lo que debemos hacer los periodistas cuando nos acercamos a alguien.”
“Mira –dijo Mr. Talese levantando el dedo índice, convirtiendo la charla en una lección-: no sé si en las escuelas de periodismo enseñen esto. Pero si eres una persona joven y quieres seguir esta carrera, debes saber que harás algo de mucho valor: ampliar el conocimiento de nuestra sociedad. Y para ello debemos tener curiosidad por la verdad. En realidad nunca conseguiremos la verdad absoluta, pero sí que los demás nos digan cómo ven y cómo viven el mundo. Los mafiosos también son personas. Y tenemos la obligación de acercarnos a ellos sin prejuicios, sin estar predispuestos, así sean asesinos o terroristas. Son personas que tienen zonas marginales o grises con razones para comportarse así. Para matar, por ejemplo. Y nosotros debemos conocer esas razones. Comprenderlas. Por eso, muchas veces, lo que uno escribe es todo un reto. Porque darle voz a los delincuentes no está bien visto.”
Talese se infiltró en la intimidad de los Bonanno durante seis años y descubrió que “la Mafia es un puñado de gente atrapada en las tradiciones. En los 50 y 60 los mafiosos aparecían en la prensa, pero yo me preguntaba qué era lo que hacían cuando no estaban disparando. Y me propuse humanizar a este tipo de gente. Hoy se podría hacer otro libro sobre la mafia con la familia de Mubarak, en Egipto. O de Gadafi, en Libia, porque él también esconde una gran historia: un hombre lleva 40 años en el poder manteniendo estrechas relaciones con varios países y en dos años todo cambia. Es el mismo hombre, pero hoy se le ve de manera distinta. ¿Por qué?”

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Historia de un irreverente

Por: | 22 de abril de 2013

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Michael Moore era un adolescente de 14 años cuando recibió “una llamada.” Se lo dijo a sus padres y se dispuso a irse de casa. Si no intentaron retenerlo fue porque toda la familia consideraba un gran honor que uno de sus miembros hubiera recibido “esa llamada.” Así que el chico hizo una pequeña maleta, se despidió de sus hermanas, subió al coche de papá y mientras avanzaba veía con especial atención las casas y las calles del barrio donde nació y creció, como si la nostalgia lo invadiera. Era 1968, miles de jóvenes tomaban las calles de París, Chicago o México, pero Michael Moore se dirigía al Seminario porque quería ser sacerdote.
El que más tarde se convertiría en uno de los cineastas más irreverentes, comprometidos y provocadores, había nacido en una familia católica y devota de clase media, en Flint, Michigan, que no estaba dispuesta a interponerse entre el Espíritu Santo y su hijo. Y Mike, buen muchacho, educado en colegio de monjas, estaba dispuesto a levantarse todos los días a las cinco de la mañana, rezar, pasar largos periodos de silencio, estudiar arduamente y cumplir castigos severos por desobedecer alguna norma. Pero sus dos compañeros de habitación se interpondrían en su camino.
Eran dos compañeros que no querían ser sacerdotes. Estaban ahí porque sus padres los habían obligado con la esperanza de que “se enderezaran.” Pero ellos preferían las chicas, las fiestas, fumar, decorar el baño con pósters de Playboy y escaparse del Seminario. Cuando se enteraron de que Mike tenía el firme y serio propósito de ser un gran religioso, no dudaron en burlarse de él e intentar destruir su vocación con bromas pesadas. No contaban con que lo que realmente apartaría a Michael Moore de la vida monacal serían las constantes e incómodas preguntas que lanzaba a sus profesores: “si Jesús era judío, ¿de dónde salió la Iglesia Católica? ¿Qué lección hemos de sacar de cuando Jesús aporreó a los tipos que prestaban dinero en el Templo? Si Jesús estuviera aquí y ahora, ¿enviaría soldados a Vietnam? En la Biblia no se menciona a Jesús cuando tenía entre doce y treinta años, ¿qué hizo durante ese tiempo? Yo tengo algunas teorías…”
Por eso el director quiso hablar con él:
—Lo mejor es que no vuelvas el año que viene.
—Pues yo ya tenía planeado irme, iba a decírselo. Así que no me echa. ¡Me voy! Pero, ¿por qué me pide que no vuelva?
—Es sencillo: ofendes a los demás chicos haciendo demasiadas preguntas. Siempre estás: “por qué, para qué.” Puedes aceptar las cosas o no. No hay término medio. La verdad es que no funcionarías como sacerdote.
No funcionó y se fue a una secundaria pública. Un día iba a comprar una bolsa de Ruffles y se fijo en un letrero: “Concurso de discursos sobre la vida de Abraham Lincoln.” Participó y ganó. Sus contrincantes se centraron en alabar a Lincoln, en cómo ganó la guerra de Secesión. Él, en cambio, habló sobre las prácticas segregacionistas, sobre la discriminación por cuestión de raza. Y a partir de entonces no dejaría de ocuparse de temas polémicos. Primero en un periódico y luego en sus películas.
Michael Moore cuenta anécdotas como estas en Cuidado conmigo (Ediciones B, 2012), una serie de relatos autobiográficos que, después de su éxito en inglés, se publican ahora en español. Son 500 páginas con los acontecimientos que marcaron su infancia y juventud. Están su familia y sus amigos. Está su ciudad y su estado natal. Está el perfil de su país bajo su mirada singular. Y están, sobre todo, los hechos que lo impulsaron a dedicarse al cine con un estilo propio. ImagesCAXO1C4O
El libro comienza con el Epílogo. Cuenta el acoso, las amenazas y las intimidaciones que sufrió después de aquel discurso que pronunció la noche del 23 de marzo de 2003, cuando ganó el Oscar al mejor documental por  Bowling for Columbine:
—Vivimos en un momento en que tenemos resultados electorales ficticios [en referencia al cuestionado triunfo de George W. Bush]. Vivimos en un momento en que tenemos a un hombre que nos envía a la guerra [en Irak] por razones ficticias. ¡Qué vergüenza, señor Bush! ¡Qué vergüenza!
Se desataron los abucheos, comenzó a sonar la música y él tuvo que abandonar el escenario. Era un momento en que la mayoría de los estadounidenses estaban convencidos de que su presidente tenía razón al atacar Irak porque era un país que representaba una “amenaza para la seguridad internacional” con sus “armas de destrucción masiva.” ¿Cómo se atrevía Michael Moore a cuestionar algo así? ¿No era “un patriota”?
Al llegar a Michigan vio montones de estiércol de caballo en la puerta de su casa y varios carteles: “lárgate”, “basura comunista”, “traidor.” Empezó a recibir decenas de cartas y llamadas telefónicas llenas de insultos. Y amenazas de muerte. Los guardaespaldas comenzaron a acompañarlo a todas partes para defenderlo de “posibles atentados” (que los hubo). Pero el tiempo le daría la razón: Bush atacó Irak basado en mentiras y con la complicidad inicial de buena aparte de los medios de información: no había “armas de destrucción masiva” en Irak.
En ese contexto, parecía que Bush no tendría fácil la reelección. Y en 2004 Moore quiso contribuir a ello con Farenheit 9/11, recordando las irregularidades de las elecciones del año 2000 y la relación de la familia del presidente con la familia real saudí y la de Osama Bin Laden y la construcción de mentiras y los motivos financieros para invadir Irak y la falta de autocrítica de la sociedad estadounidense.
La película obtuvo la Palma de Oro del Festival de Cannes, un éxito en taquilla sin precedentes para un documental, la aclamación internacional pero, también (de nuevo) el feroz señalamiento: “Michael Moore odia América.” Finalmente Bush fue reelecto y, de 2005 a 2007, el cineasta dejó de hacer apariciones públicas.
No es que hubiera “tirado la toalla.” Estaba buscando nuevos asuntos para llevarlos sin ficción a la pantalla. No quería, simplemente, ser el “listillo” que “lleva la contraria”, como algunos también lo han calificado. Aunque esto, reconoce en el libro, no está muy alejado de la realidad. Por ejemplo: cuando era un bebé gateaba hacia atrás, “como si tuviera ojos en la aparte de atrás del pañal”, en dirección contraria a todos los nenes.
Su madre le enseñó a leer cuando él acababa de cumplir cuatro años. Juntos descifraban el periódico. Luego iba a la biblioteca y se llevaba varios libros a casa. Al llegar al primer año de primaria, las monjas le dijeron que lo pasarían a segundo pues ya sabía lo que le iban a enseñar. Su madre dijo que no.
Su abuela le decía que la familia no tenía joyas, pero tenía historias. Le contaba, por ejemplo, la de sus antepasados del siglo XIX que formaron parte de los primeros colonos de Michigan, de cómo cooperaban con los indios y de lo orgullosos que se sentían porque nunca empuñaron armas.
Michael Moore era un niño apasionado de la historia y la política. Cuenta que un día, cuando su madre lo llevó a conocer el Capitolio de Washington, se perdió entre los pasillos del edificio y recibió la ayuda de un joven senador. Era Robert Francis Kennedy. Cuenta también uno de los momentos difíciles de su vida: cuando murió su madre. Un día se puso muy enferma y Moore dudó en llevarla al “hospital más cercano” o al “mejor hospital.” Eligió la primera opción y… no había suficiente personal médico ni bien capacitado ni el equipo técnico necesario. La señora murió al día siguiente y la tristeza y la culpa no dejan de asaltar al también autor de Estúpidos hombres blancos.
Recuerda cómo se enfrentó con timidez a sus primeras citas de amor, la idea de escapar a Canadá para evitar que el ejercito lo llamara para participar en la guerra de Vietnam (a su padre lo llamaron para ir a la Segunda Guerra Mundial y estuvo a punto de morir y él no quería pasar por lo mismo), para qué servía ser parte del consejo Educativo de su Escuela y defender los derechos de los estudiantes y cómo intentó ayudar a su mejor amiga para que abortara, pues a pesar ser un católico practicante consideraba que “un óvulo fecundado no es un ser humano. La vida comienza fuera del útero.” Michael-moore-216x300

Pero la etapa de su vida que sentaría las bases para su posterior éxito profesional serían sus años de periodista. En 1976, junto con un grupo de amigos, fundó el periódico Flint Voice. Se dedicaban, principalmente, a hacer reportajes de denuncia acerca de los abusos de políticos y empresarios. A principios de los 80 del siglo pasado viajó a Acapulco para colarse en una serie de reuniones en donde varios magnates estadounidenses se planteaban cómo trasladar sus compañías a México con el fin de abaratar costos. Una de esas compañías era General Motors.
La fábrica de General Motors era el principal sostén económico de una pequeña ciudad como Flint, donde había nacido y crecido Michael Moore. Poco tiempo después, con este antecedente, haría su primera película. Ya no tenía trabajo, había cerrado su periódico y pensó que sería buena llevar a la pantalla el caso de cómo Flint y su industria languidecían. Moore había visto cientos de películas, hacía un profundo análisis argumental y técnico de las que más le gustaban, pero nunca había estudiado cine y mucho menos había intentado hacer una. Así que recurrió a Kevin Rafferty, director de documentales como The atomic cafe.
El 6 de noviembre de 1986, Roger B. Smith, director general de General Motors, anunció el cierre de once de sus fábricas, entre ellas la de Flint, Michigan. Eso significaba que echaría a la calle a 10 mil personas tan sólo en esa ciudad. Era como destruirla porque la gente tendría que irse a buscar trabajo a otra parte. Y eso merecía una película. Moore fue a Nueva York para hablar con Kevin Refferty, recibió las mejores lecciones de cine y, sobre todo, la ayuda para filmar y editar lo que más tarde sería Roger y yo, el primer film de Moore. En ese momento no lo sabía, pero su amigo Kevin era sobrino de George Bush padre. “Mi madre y Bárbara Bush son hermanas”, le dijo después para confirmarle que al destino le gustan este tipo de ironías: su principal maestro era parte de la familia del presidente que en el siglo XXI sería objeto de su producción cinematográfica. Porque a partir de entonces, Michael Moore, ataviado con su gorra, sus lentes, su pantalón de mezclilla, sus tenis y su chamarra (el look de un “niño grandote”) se dedicaría a ir con su cámara por los centros neurálgicos de la sociedad estadounidense para hacer preguntas incómodas. Como las que hacía en el Seminario cuando quería ser sacerdote. Michael-moore-61011

Periodista en Serie

Sobre el blog

Las “víctimas” de un periodista en serie son muchas y constantes. No tiene relación con ellas. Las elige al azar y sin que tengan conexión unas con otras, en un área geográfica determinada, como Iberoamérica. Les arrebata su historia y la hace pública sin ningún pudor. No planea “entregarse” ni realizar “ataques suicidas.” Este blog es su particular SALA DE RETRATOS. Pasen y lean.

Sobre el autor

Víctor Núñez Jaime es un escribidor de historias. Estudió periodismo y literatura hispanoamericana. Sabe que el periodismo es más de nalgas que de cabeza, porque hay que estar sentado durante largos ratos escribiendo, corrigiendo... Es autor de tres libros: Un periodista ante el espejo, Los que llegan. Crónicas sobre la migración global en México y Una cabrona de Tepito. Ha ganado, entre otros, el Premio Nacional de Periodismo Cultural (México) y el Premio a la Excelencia Periodística de la sociedad Interamericana de Prensa. Con libreta y pluma en mano, sale a por las historias. Contrasta estadísticas con los testimonios de la gente. Visita a los escritores y periodistas de renombre. Está obsesionado con el buen uso del idioma español. Le apasiona leer y estudiar. Devora libros. Él es lo que ha leído. Y también lo que ha escrito.

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