

Iba a hablar hoy de los muchos velos y harapos que veo que cubren los rostros y cuerpos de muchas mujeres aquí en Viena. Ya tenía las fotos preparadas. Pero teniendo en cuenta los acontecimientos de las últimas horas en el Parlament catalán ese no será el tema principal. Al empezar a escribir de churras y tener tan presente la noticia de las merinas, he acabado pensando en ovejas.
La cuestión es que no hay un debate serio detrás de lo que se legisla con moral y éticas de última generación, yo le eché parte de la culpa a Walt Disney en su día, en lo de los toros.
Prohibir siempre conlleva ir contra la voluntad de alguien. Así que cuanto más prohibimos, más voluntades, más libertades recortamos a la sociedad. Y en principio eso de cortar las alas de la libertad, está feo cuanto menos.
Pero claro, ya saben, esto de vivir en sociedad es complicado, porque como individuos tenemos nuestros propios intereses que a veces entran en conflicto con los de otros o con los de la sociedad en su conjunto. Como cuando estás en un lugar público y a alguien le apetece fumarse un cigarrillo; no ya sólo está jorobando su propia salud, sino también la tuya y la de los que están a tu alrededor. Así que ante este tipo de situaciones nos ponemos todos de acuerdo para sancionar a los que hieren las libertades de otros.
Hace ya mucho que se nos ocurrió lo del poder de la ley para resolver estos encontronazos de la manera más pacífica y menos dramática posible. Por eso el tema del debate siempre acaba girando en torno a la misma pregunta ¿qué derechos recortamos a unos para que no se vean afectados los de otros?
Y saber medir bien el peso de los dos lados de la balanza es una tarea más compleja de lo que parece en la gran mayoría de los casos. Unas veces por desconocimiento técnico y otras por simple falta de empatía sentimental.
Son estos los de falta de empatía sentimental, los que más revuelo arman siempre, como son el nacionalismo, el aborto, el velo islámico o el mundo del toreo. Porque todos sabemos que los sentimientos son una cosa por naturaleza arraigadas lejos de la razón y manejados por nuestra inconsciencia. Son un lavado de cerebro, que las vivencias de nuestra vida nos hacen casi sin darnos cuenta.
Así que lo primero que yo hago ante este tipo de situaciones es autodiagnosticarme, saber quién soy. Lo siguiente, tratar de comprender al otro haciéndoles preguntas que traten de darme los porqués racionales de su pensamiento, mayéutica pura. Y por último hacer el juicio. La parte más difícil del proceso siempre es encontrar a alguien del otro bando que se quiera someter a las preguntas.
En el caso del debate de más actualidad, los azahares de la vida han hecho que mi padre sea un hombre que me llevara a unos cuantos festejos taurinos de pequeño y que luego siempre me hablara muy mal de la gente a la que le gusta ir de caza los fines de semana al campo a matar perdices, conejos y otros animalejos. Con los años, he ido más veces, lo he vivido más de cerca, desde el burladero como fotógrafo, como en el San Fermín del año pasado.
En todas estas corridas yo he visto y he sentido en la atmósfera de la plaza muchas cosas; aburrimiento, miedo, tensión, alegría, gloria, admiración, pero les puedo asegurar que no vi a una sola persona divertirse con el sufrimiento de un animal, que es el principal argumento que escucho por parte de los abolicionistas. La gente empieza a silbar al picador antes de tocar al animal con su lanza y abuchean al torero si necesita más de una estocada para matarlo. Los aficionados siempre quieren un toro fuerte, vivo, que pueda responder al capote del torero hasta el último momento y perseguirlo por la plaza. Decir que el toreo consiste en torturar a un animal es la misma catetada que afirmar que el fútbol consiste en deformar un objeto esférico de cuero a base de patadas. El toreo es una función teatral, demasiado real, demasiado cara, con la vida y la muerte siempre presentes, manchada de sangre políticamente incorrecta en un mundo desnaturalizado, un espectáculo que posiblemente desaparecería con los años por falta de afición pero que en Cataluña se han puesto a prohibir, a coartar las libertades de los que todavía lo entendían.
Si les hace felices pensar que vivimos en un mundo de animales salvajes que hablan, sonríen, les aman y les piden clemencia como el gato de Shrek , adelante. No digo que una mascota para algunos no pueda suplir esas funciones humanas, pero verán entonces en este documental de Nikolaus Geyrhalter que el mundo está plagado de campos de concentración y exterminio para animales y plantas.
Me voy a desayunar un embrión de gallina acompañado de partes de un cerdo descuartizado sobre una tostada. Por cierto, ¿sabían que muchos niños ya no saben distinguir un tomate de una patata ? ¿Nadie quiere contarles la tragedia del ketchup?